La Catedral de Colonia

El ideal expresado en la belleza

 

Plinio Corrêa de Oliveira

El alma alemana – cuando no está influenciada por ciertas tendencias contrarias al espíritu católico – es meditativa, idealista, vuelta hacia la búsqueda constante de una realidad superior, invisible y metafísica. Ese apelo de alma germánico se encuentra, bastante deteriorado, en las composiciones de Wagner, por ejemplo. Y se halla en todo su esplendor, en toda su osadía de vuelo, en la Catedral de Colonia.

A primera vista, se diría que son apenas dos torres, unidas por un pequeño cuerpo central del edificio, exprimido, casi como un bello guión que las une.

Las torres se lanzan vertiginosamente hacia lo alto, concebidas con la idea de llevar el espíritu hacia arriba, y en esa vigorosa ascensión parecen emular entre sí, emergiendo cada cual en uno de los ojos del observador, atrayéndolos hacia alturas extraordinarias. Son leves y delgadas, sin abandonar la característica robustez alemana.

Solas, esas torres perderían algo de su hermosura, quedarían desproporcionadas, claudicantes. Por el contrario, juntas se armonizan, se apoyan para subir. La elevación extrema a la cual llegan es compensada por la base, y por un punto invisible de equilibrio – un vez más, metafísico – que flota en el aire, es un eslabón insospechado de confluencia de las dos torres, que el espíritu idealiza y la mirada no percibe. Ese es el punto de unión en lo más alto, de lo más alto, de las dos torres de la Catedral de Colonia.

A medida que se yerguen, se afilan, se adelgazan, acentuando la extensión de la altura, como si se perdiesen en las nubes. El propio encaje de piedras en que terminan las torres refuerzan esa idea de lo irreal: ya es medio el cielo, medio la tierra, medio obra del hombre, medio obra de Dios, dentro de la ilusión óptica de quien las contempla desde el suelo. Las últimas puntas de la construcción, no consiguiendo ir más lejos, mueren sobre sí mismas con elegancia y distinción. Todo es hecho para hacerse más fino, más fino, más fino y subir…

Sus ojivas también crecen hacia el firmamento, y tienden a disputar con las torres la primacía en las alturas.

Al contrario de la fantasía oriental, patente en los minaretes de las mezquitas tan frágiles y delgados, la Catedral de Colonia es la expresión de la fantasía occidental: un mundo de piedras; sólida, con su base fuerte, robusta, clavada en el piso, maravillosamente compacta hasta el momento en que las dos torres se separan y comienzan su vuelo.

La manifestación del genio de la Edad Media se muestra en esas bellezas, labrado de una forma idealista, en busca de los esplendores indeciblemente magníficos que nos aguardan en el Paraíso.

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(Revista Dr. Plinio, No. 106, enero de 2007, p. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo)

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