Un eco fidelísimo de la Iglesia

 “…nos congratulamos con… el egregio Autor, merecidamente célebre por su ciencia filosófica, histórica y sociológica, y auguramos la más amplia difusión del denso opúsculo, que es un eco fidelísimo de todos los Documentos del supremo Magisterio de la Iglesia…” Con estas palabras, en 1964, el Cardenal Giuseppe Pizzardo, Prefecto de la Sagrada Congregación para los Seminarios y Universidades, de la Santa Sede, y Mons. Dino Staffa, secretario de la misma Congregación y más tarde también Cardenal, elogiaban “La libertad de la Iglesia en el Estado Comunista”, de autoría del Dr. Plinio.

 “Un eco fidelísimo de todos los documentos del supremo Magisterio de la Iglesia” es la nota característica de toda la gran obra escrita y oral del Dr. Plinio, señalada por él mismo en un discurso que transcribimos a seguir, dirigido a un auditorio repleto de jóvenes de Brasil y de otros países.

  

“Mi deseo en la vida no es sino repetir aquello que oí de la

 Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana 

  

Plinio Corrêa de Oliveira

 Imaginad una ciudad completamente entregada al desorden y al caos. Una ciudad de cuyo ruido confuso parten cacofonías de toda especie. Una ciudad en medio de cuyas cacofonías rugen la blasfemia y la inmoralidad. 

Imaginad, esparcidas por esa ciudad, las campanas de centenas de iglesias que tocan, implorando a Dios misericordia y justicia, rogando al Altísimo que, por el perdón o por la fuerza, haga cesar de inmediato tantas abominaciones a fin de salvar las almas que se pierden. 

Imaginad esas campanas que doblan, tocadas por manos fieles, y cuyos timbres se elevan por el aire, intentando dominar la cacofonía blasfema de la ciudad. Es un rumor de voces, es un conflicto de sonidos; es la armonía sacral de las campanadas que protestan y que bajan desde lo alto, procurando sofocar los ruidos espurios que suben de la Tierra. 

En el transcurso de esa lucha van envejeciendo los primeros batalladores, van muriendo aquí, allá y más allá. Otros no mueren ni envejecen, sino que van tocando las campanas con la mano más cansada. El desánimo los ataca. Otros, por fin, acaban seducidos por el vocerío de la Tierra, abandonan las campanas, prevarican de su misión y descienden de las sagradas torres de la fidelidad a los pantanales, a las calles llenas de inmoralidades y blasfemias. 

Pocas campanas tocan todavía, pero en medio del ruido de la ciudad ellos perseveran. Perseveran de todas las formas, perseveran de todas las maneras, perseveran contra toda esperanza. ¡Ellos continúan obstinadamente tocando…! 

En lo más alto de los Cielos está Nuestra Señora, Reina de todo el Universo, que oye, juzga y reza. Omnipotencia Suplicante, paso a paso Ella acompaña los acontecimientos terrenos. 

Dotadas de una sonoridad sobrenatural, las campanas comienzan a encontrar eco 

            Y en medio del clamor general, de los gritos de angustia que salen del pecado, de los gritos de rebelión que se desprenden de la lujuria, del egoísmo y del orgullo, en medio de todo eso Nuestra Señora dota esas campanas de una sonoridad sobrenatural. Comienzan ellas, entonces, a encontrar eco. 

            Surge aquí y allá, diseminada por la ciudad revuelta, una u otra voz impresionada que dice: “¡Esta confusión no puede continuar! Hay una campana que me convida a algo diferente de esta cacofonía. Me daré a la voz de esa campana. La buscaré en medio de la confusión. Me colocaré junto a ella y ahí encontraré un camino para mí. ¡Hombres, venid y seguidme!” 

            Y de aquí, de allá y de más allá, despuntan pequeños núcleos en la oscuridad y en la vastedad de la catástrofe, que se aglomeran, se conocen, se articulan, se unen, llegan a la parte de la ciudad donde algunos campanarios todavía tocan, y ahí se congregan. 

            Enseguida dan inicio al trabajo contra toda especie de desorden. Empuñan la espada de la palabra que, según San Pablo, es tan tremenda, tan admirable, tan eficiente, que logra algo mucho más grande que destruir millones de cuerpos. 

            Mientras ese puñado de fieles trabaja, la misma campana continúa tocando. La misma campana del comienzo de la reacción lleva consigo el timbre de los bronces tocados en las épocas pasadas de gloria y de paz. La misma campana que es un eco fidelísimo de las voces anteriores. Es la campana de la tradición que, en la aurora del Reino de María, toca el sonido de todos los tiempos, el sonido de todas las lecciones de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana. No sólo prolongando el pasado, sino haciendo sonar el timbre del más radioso y más bello de los futuros. 

            Nuestra Señora aguarda, para intervenir, ese momento de conjunción en que todo parece perdido, y Ella desea que todo se salve. 

            Y ese es el momento exacto que tenemos delante de nosotros. 

            El ejemplo cotidiano nos lo demuestra, en el contacto no sólo con los que nos son próximos, sino también con los que nos son distantes: de aquí, de allá y de más allá, en medio del caos generalizado, vemos personas que se aproximan y se aglutinan. 

            Se realiza lo imposible: auditorios como este se llenan, y se llenan de jóvenes que la Revolución hace siglos viene preparando para convertirse en víctimas de ella. 

            ¿Cómo explicar este hecho, a no ser por medio de lo sobrenatural, por una gracia especial de Nuestra Señora, por una misión impar en el mundo revuelto de hoy? 

            En vuestros Estados, en vuestras ciudades, en vuestros países, vosotros seréis otras tantas campanas de la Tradición que toquen. En torno de vosotros, en los ambientes que frecuentáis, la fuerza galvanizadora de ese apelo de Nuestra Señora se hará sentir. 

“La gracia no os faltará” 

Vosotros sois el campanario que toca en lo oscuro y en la cacofonía, que toca en medio de toda la confusión, haciendo eco del sonido de la Tradición, el sonido del pasado católico, y elevando este sonido hacia los primeros días del Reino de María. 

En esta misión tan bella, dada a cada uno de vosotros individualmente, al menor entre vosotros, al más probado entre vosotros, al más tentado entre vosotros, en esta misión – que en este momento toca la puerta de vuestras almas para convenceros y avivaros – en esta misión, aunque los Cielos se debiesen abrir y los ángeles debiesen bajar en forma visible para preservar vuestra fidelidad, ¡en esta misión la gracia no os faltará! 

Sed valerosos, sed fieles ecos de la Tradición, y volveréis aquí en un futuro próximo, cantando alegres las victorias que por medio de vosotros Nuestra Señora conquistó. 

Hay un salmo que dice: Euntes ibant et flebant, mittentes semina sua. Venientes autem venient cum exsultatione, portantes manipulos suos. Ellos iban con tristeza, en la madrugada, en la incerteza, en la penumbra, llorando, pero sembraban. Y he aquí que vuelven, y vuelven con alegría, trayendo a la tranquilidad del hogar, al esplendor de la convivencia de los suyos, los instrumentos y los frutos del trabajo con el que llenaron el día en el cumplimiento del deber. 

Vida pautada por la doctrina de la Santa Iglesia 

            Una palabra sobre vosotros fue dicha. Es necesario que se diga una palabra a mi respecto. 

            Tantas veces fue mi nombre pronunciado en esta noche, tantas veces fue él objeto de una referencia generosa, que yo faltaría a la justicia si, con respecto a mí mismo, no os dijese algo. 

            Vosotros me leísteis, vosotros me oísteis hablar en diferentes ocasiones, vosotros me oís hablar una vez más en este momento. Vosotros jamás oiréis de mí la siguiente frase: “Yo elaboré una doctrina, yo construí un pensamiento, yo fundé una escuela, yo hice esto, yo hice aquello”. 

            Todo lo que he realizado en mi vida siempre lo presento – por un deber de justicia, en la alegría, en el entusiasmo, en el reconocimiento y en la gratitud exultantes de mi alma – como siendo doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. 

            Porque si hay alguna cosa buena en mí, no es sino un resultado del hecho de que Nuestra Señora me concedió la gracia – que no tengo palabras para agradecer, y espero poder pasar junto a Ella toda la eternidad agradeciendo – de haber sido bautizado, de ser hijo de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

             La doctrina que enseño es una exposición de la doctrina de la Iglesia. Leed mis libros, oíd mis conferencias grabadas: vosotros nunca aprenderéis de mí otra cosa. 

“Yo no soy sino un eco de la gran campana que es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana” 

            Diréis que hay mucha observación de la realidad, que hay mucha sagacidad en el modo por el cual discernimos las cosas, que hay originalidad en la manera como solucionamos los problemas. Y yo os diré que es verdad. Pero oiréis cien veces repetido por mí, que esos predicados los debo al hecho de que estamos imbuidos de la doctrina católica. 

            Yo no soy, no pretendo ser sino una campana, y menos que una campana. Soy un eco de la gran campana que es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Yo deseo prolongar la enseñanza de Ella, no como ministro, no como maestro, sino como un discípulo fiel y embebido de alegría por la gloria de ser discípulo. 

            Nosotros somos el eco que en medio de la batalla prolonga la voz de la campana, que la lleva a lo lejos y la hace oír por toda parte. 

            Mi deseo en la vida no es sino repetir aquello que oí de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. 

Confianza indefectible en Nuestra Señora 

            ¿A qué debo esta fidelidad que hasta el día de hoy mantuve y que Nuestra Señora – espero – me otorgará hasta el fin de mis días? 

            Permitidme un instante de confidencia.

            Había hacia 1920 un niño en São Paulo, nacido de familia católica, que tenía en su cuarto una imagen de Nuestra Señora con relación a la cual él manifestaba una inexplicable implicancia. 

            En determinado momento, ese niño pasó por una prueba muy dura. Y en ese instante él fue a rezar junto a una imagen de Nuestra Señora Auxiliadora. 

            Ese niño, levantando los ojos a la imagen de Nuestra Señora – sin tener una visión, ni una revelación, sin tener nada que pasase de las vías comunes de la gracia – ese niño entendió, sin embargo, que Ella era la Madre de Misericordia, y que con Ella resolvería sus dificultades. A partir de entonces, él adquirió una confianza en María que nunca lo abandonó a lo largo de toda su vida. La Virgen le sonrió continuamente, y ese niño tomó como un deber hablar de Ella y servirla mientras él viviese.

            Ese niño, que debe todo a Nuestra Señora y que ahora le hace a Ella un homenaje agradecido de veneración, mostrando que en él no hay nada, y que Ella es la Medianera de todas las gracias, que a Ella debemos atribuir todo lo que tenemos –  ese niño, vosotros lo veis en este momento. Él os acaba de dirigir la palabra.

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(Revista Dr. Plinio, No. 6, septiembre de 1998, p. 23-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo)

Last Updated on Wednesday, 28 March 2018 21:29