La perfecta felicidad

A veces la primera etapa de la vida de una persona parece ser la más feliz de su existencia. ¿Será que la vida consiste en la búsqueda inútil de la felicidad que quedó para atrás? Dios no podría permitir que así fuese, y hace que seamos visitados por una felicidad proveniente de la alegría del esfuerzo victorioso, prenuncio de la eterna bienaventuranza, que baja sobre nosotros como una estrella salida de las manos maternales de María.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Hay un período de la vida del hombre –  por lo menos para la gran mayoría de los hombres – que va más o menos desde el momento en que él comienza a conocer el mundo exterior hasta las primeras desilusiones con sus amigos, cuando estas no se dan dentro de su propia casa.

La felicidad inolvidable de la primera etapa de la vida

            En esa primera etapa de la vida hay una secuencia continua de felicidades, y las personas tienen una alegría de la cual no se olvidan hasta el fin de su existencia. Cuando llegan a la extrema vejez, después de haber pasado por las situaciones de alma más diversas, y por lo tanto, habiendo alcanzado a veces los más grandes triunfos, así como también habiéndose resbalado hasta lo más profundo de las derrotas más aflictivas, a ellas les gusta acordarse de aquella felicidad primera, como si hubiese sido algo que, una vez perdido, ya no se recupera. Y ese era, para ellas, el verdadero sentido de la felicidad.

            A veces, aún en la juventud, después de que el individuo recorrió los primeros cuatro o cinco pasos de la vida, mira hacia atrás y percibe que en aquel período realmente él era feliz, pero no sabía que lo era. Le parecía tan natural que todo corriese bien, él se acomodaba fácilmente a lo mucho o a lo poco que su familia poseía: ¡oh, felicidad!

            La persona avanza un poco en la vida y percibe, de repente, que está cercada de preocupaciones, de decepciones, tiene interrogantes confusos, oscuros con relación al futuro, siente carencias, perplejidades, y al mismo tiempo un gran deseo de vivir. Pero en medio de todo eso, esa felicidad sin mancha y sin nubes del pasado quedó para atrás.

            Para gozar bien la vida en la Tierra, la verdadera pregunta sería: ¿cómo volver a aquella felicidad?

            A veces los más grandes poetas, los hombres que pasaron por las situaciones más emocionantes y agradables, cuando hablan del tiempo de su primera infancia se conmueven.

            Consideren la tragedia de un hombre que, poco después de haber dado unos pasos iniciales en un gran camino en busca de algo, se da cuenta de que atrás quedó lo que él buscaba, pero él no puede volver.

Napoleón no encontró la felicidad en su carrera gloriosa…

Córcega es una isla que en el siglo XVIII fue incorporada a Francia. Allá vivía la familia Bonaparte, la cual, perseguida por razones políticas por haber participado de guerrillas en aquellas montañas escarpadas, tuvo que mudarse a Francia, en una condición pobre. Allá, el mayor de la familia, Napoleón, por condescendencia del rey, fue recibido como cadete en la escuela de oficiales.

Él comenzó, entonces, su carrera, que comportó de todo, tuvo una ascensión continua, pasó por victorias militares embriagantes, fue coronado emperador de los franceses, se casó con una archiduquesa de la casa imperial más ilustre del mundo, la de los Habsburg, presidió congresos de emperadores, reyes, príncipes, duques; a sus pies las plateas eran cabezas coronadas. Se contaba este caso: en un palacio determinado donde Napoleón se encontraba, fue dado el toque característico de entrada de un huésped ilustre. Entonces un soldado le preguntó a otro:

– ¿Quién está llegando?

– ¡Ah, no es nada más que un Rey…!

Tantos emperadores iban allá, que no siendo un emperador, era un cero a la izquierda.

Podemos imaginar cuántas impresiones alegres tuvo Napoleón en la vida, con las cuales él nunca había contado. Basta pensar simplemente en la fecha de su coronación. ¡Cómo eso lo haría de radiante!

…ni en la gloria reconquistada después de terribles reveses

          Las desgracias más fulminantes también lo acometieron. En 1814 él cayó. Los rusos, austríacos y prusianos invadieron Francia, y él fue depuesto, tan odiado, al punto de tener que caminar hacia el sur de Francia y allí tomar un navío que lo conduciría al exilio en una pequeña isla del Mediterráneo, donde él tenía el título ridículo de “Rey de la Isla de Elba”. Y él, para quien era un acto de bondad recibir un rey, comenzó a anunciar que Su Majestad, el Rey de la Isla de Elba, Napoleón Bonaparte, recibiría a todas las personas de paso por la isla que quisiesen conocerlo. Y así se transformó en una especie de atracción turística, para tener gente con quien conversar.

            En determinado momento las situaciones políticas le son favorables, se dan mil circunstancias, y él vuelve a Francia. En poco tiempo está en París, el Rey de la Casa de Borbón huye, y Napoleón retorna al palacio, cargado por todos sus fieles, y él es de nuevo el emperador de los franceses. Imaginen la ebriedad al dormir en la cama que él había dejado, servido nuevamente por los cortesanos en el palacio que él había perdido.

            Pues bien, al cabo de cien días, exactamente, él sufre una derrota en Waterloo y tiene que huir, esta vez al Norte, donde toma un navío inglés y le escribe al Rey de Inglaterra una carta en la cual dice: “Vine a refugiarme junto al más generoso y más grande de mis adversarios. Espero de vuestra parte una acogida magnánima.”

                A lo que el monarca inglés le responde: “¡Cómo no, Ud. está preso!”

           Él va a Santa Helena, una isla volcánica en medio del Océano Atlántico, ¡en un abandono tremendo! Abandonado por sus mejores amigos, sube una embarcación y se dirige al exilio acompañado por una pequeña corte de gente que había quedado fiel a él, que lo sigue para colgarse de la solapa del saco del hombre ilustre.

            Treinta días de viaje durante el cual pasa largas horas silencioso, viendo el mar pasar. A veces baja al comedor donde, en las horas de las comidas, tiene largas conversaciones con personas de tercer orden, que toman nota de lo que él dice, para publicar sus confidencias cuando él muriese, para ganar dinero.

            Desembarcan en Santa Helena, y poco después le da una especie de cáncer en el estómago. Al final de su vida estaba tan débil, que no tenía fuerzas para levantar los párpados, y así murió.

         A cierta altura de su vida, todavía en el auge de su triunfo, le preguntaron:

            – ¿Cuál fue el día más feliz de su vida?

            La respuesta de él es famosa:

            – El día de mi Primera Comunión.

            Era, por lo tanto, la felicidad que había quedado para atrás.

Preludio de la felicidad futura

            Entonces, si hay que caminar distanciándose cada vez más de lo que buscamos con ebriedad, ¿qué es la vida?

       Dado que no puedo evitar las contrariedades, inquietudes, desilusiones, y encuentro la fórmula de la felicidad en las saudades de los primeros pasos de mi existencia, debo comprender lo siguiente: en esta vida, la felicidad es relativa.

            Sin embargo, Dios no sería Dios si hiciese de esa primera felicidad original un sarcasmo: “Vive, Yo te doy una degustación de la copa inefable de la felicidad y te suelto en el mar de los dolores. Anda.”

              No, Dios no hace eso. Él le hace al hombre una magnífica promesa:

            “La felicidad que tuviste al comienzo, hijo mío, fue una muestra de la bienaventuranza eterna que tendrás en el fin. No es realidad que te vas hundiendo de infelicidad en infelicidad. Por el contrario, la verdad es que, al final del camino encontrarás la felicidad. Tendrás que pasar por los umbrales de la muerte, pero más allá de esta se encuentra la felicidad radiante de la cual Jesucristo goza en el Cielo. Todo lo que fue felicidad en tu infancia está, con relación a la que tendrás en el futuro, como la luz de una luciérnaga está para la de diez mil soles reunidos. No se puede una tener idea de esa felicidad que te espera. Tendrás que caminar y sufrir. Sufre con rectitud y recibirás ese premio. Camina, húndete en el dolor, en la dificultad, con resignación y coraje, traspón ese mar de tormentas y cae en la sepultura; ¡al otro lado estará la aurora eterna! No mires tu pasado como una felicidad perdida. Míralo como la promesa de la felicidad a ser adquirida.”

Gimiendo bajo el peso de la cruz

            A lo cual alguien podría responder:

         “¡Señor, cómo es de grandioso todo eso, cómo es de magnífico! Permitidme decir: ¡cómo es de misericordioso, cómo es de terrible! Una caminata tan larga durante la cual no encuentro un oasis, ni una gota de agua cristalina, ni una sombra, ni un cocotero, y tengo que caminar, caminar, caminar, partir del Mar Rojo para llegar al otro lado del océano… Señor, sé que es un océano de delicias, pues Vos lo afirmáis. Y además decís: la delicia para mí seréis Vos, y yo creo, Dios mío. Pero, Señor, ¡ten pena de mí! Quiero mucho llegar allá, pero no tengo fuerzas para atravesar ese desierto. Tanto más cuanto no se trata apenas de transponerlo. Mucho más aún, es menester atravesarlo rectamente. Es la ley de mi cruz, oh Dios mío: cargar la vuestra.

            Cargar la cruz de no pecar, de ser virtuoso, de cumplir vuestros santos y magníficos Mandamientos. Pero estos son como la felicidad: me encantan, comienzo a cumplirlos y me pesan. Y el peso es tan grande que a veces, por mi culpa, caigo y tengo la desgracia de ofenderos… ¡En mi joven edad, cuando veo al Dr. Plinio con setenta y siete años, imagino cuánto tiempo voy a tener que andar en ese desierto!”

            Otro le dirá a ese pobre:

            – Entonces pídale a Dios para morirse.

         – Tampoco es para tanto – respondería el joven –, tengo miedo de morir. ¡Dios mío, tengo miedo de la vida, tengo miedo de la muerte! ¡Oh, tiempo dorado, que quedó para atrás, cuando yo no pensaba en esto! Dr. Plinio, ¿No se da cuenta de que yo no quería ver de frente lo que Ud. me está mostrando? ¡Y Ud. abre mi cabeza y me cuenta lo que yo tenía miedo de oír! Ahora el hecho está consumado, veo que de hecho eso es así, y Ud. no tiene en cuenta cuánto yo trataba de envolverme con nubes para no ver eso de frente. Ud. sopla mi nube y yo estoy delante de ese cuadro. ¡Oh, Dr. Plinio! ¿Por qué hizo eso?

El reencuentro de la felicidad primera

            Dios es un Padre lleno de misericordia y nos da un medio de sentir, de vez en cuando, a lo largo del camino, la felicidad que dejamos. Ella nos visita multiplicada por sí misma, como una estrella que bajase del cielo para iluminar nuestra vía, y con la cual pudiésemos jugar.

            Es algo que depende de nosotros. De tal manera depende tanto de nosotros, que se diría que depende sólo de nosotros y no de Él. Pero depende tanto de Él, que se diría que depende sólo de Él y no de nosotros.

            Cuando el hombre, en esta vida, tiene la conciencia recta, cumple los Mandamientos por la gracia que recibe del Cielo y sabe que está caminando hacia el Cielo en medio de mil dolores. Hay momentos en que la estrella cae del cielo y lo visita. Es el momento en que la persona se siente pura, tiene alegría de conciencia por estar llevando la vida que debía y correspondiendo a las felicidades enunciadas por Nuestro Señor en el Sermón de las Bienaventuranzas. Y por un lado de su alma, aquella felicidad inicial continúa hasta que la persona llega a los bordes iluminados de toda la felicidad, y entonces muere tranquila.

            No hay quien, siendo católico practicante por la gracia de Dios y los ruegos de María, no haya sentido la alegría de confesarse y salir de ese sacramento con la impresión de que su alma quedó limpia, la absolución posó sobre él y lo reconcilió con Dios, y él dejó el confesionario satisfecho, con el cuerpo y el alma más leves. A veces dura poco, aunque la persona se mantenga por mucho tiempo en estado de gracia. Pero, ¡qué sensación de felicidad! ¿No es verdad que reencontramos aquella felicidad primera?

Un grado más de la felicidad: ¡la del heroísmo!

            Poco después llega la tentación y comienza la lucha. Con la lucha, se tiene la impresión de que la felicidad se apartó. Y realmente, muchas veces la lucha es terrible. Pero cuando la lucha pasa, comprendemos que incluso durante la lucha éramos felices, porque teníamos conciencia de estar venciendo, siendo fieles a Nuestra Señora, a Nuestro Señor y aplastando al demonio.

            A las felicidades de la infancia se junta una nueva que la infancia no conoce: la felicidad de la victoria, de haber hecho esfuerzo y de haberla conseguido. La primera infancia no conoce eso. Todo le llega a la mano, sin esfuerzo. La persona tenía la ilusión de que esa era la felicidad, precisamente porque no exigía esfuerzo. Pero cuando conoce la alegría del esfuerzo victorioso comprende: “Yo subí un grado en la felicidad. Me convertí en un héroe por primera vez y respiré el aire puro de las cumbres. ¡Ah, quiero más cumbres, porque quiero vencer!”

        Vencer ante todo y por encima de todo el pecado. Ese es esencialmente el enemigo que debemos derrotar. Qué tranquilidad y alegría cuando un hombre puede decir: “Atravesé tal prueba, sin embargo cumplí mi deber. Tentado por toda forma de impureza, de cólera, de abatimiento, de cobardía, por todo, ¡resistí y vencí!”

            Alguien podría objetar: “Pobre miserable, tú no venciste nada. Tú no hiciste carrera. ¿Qué venciste?”

            La respuesta es simple, y ahora hablo de mi caso en concreto. Yo vencí a mi peor enemigo: Plinio Corrêa de Oliveira. Porque cada uno de nosotros tiene dentro de sí a su peor enemigo, de quien se trata de desconfiar, cogerlo por el cuello y derrotarlo. Y si Nuestra Señora me concede la gracia de vencer hasta el fin a ese enemigo, al fin de cuentas, viendo mi pasado yo diría: ¡fue un camino de dolor; es una senda de luz!

            Entonces, ¿qué es la felicidad en esta perspectiva? Es el recuerdo fiel de un gusto del Cielo que yo, bautizado, hijo de la Iglesia, miembro del Cuerpo Místico de Cristo, tuve en el origen de mi vida. Y en el fondo esa es la felicidad que yo busqué la vida entera y me fue dada a gotas, de vez en cuando, mientras iba caminando. Fueron los oasis. Al final, viene el Cielo.

            De todo hombre que sinceramente pueda decir eso de sí mismo y para quien de hecho fue así, se podrá escribir en su sepultura: “Aquí yace un anónimo. Fue feliz porque se fue para el Cielo.”

El mundo nos ofrece conchas llenas de aflicción

            Consideren a un rico que reformó su casa diez veces a lo largo de la vida, y compárenlo con una persona que posee una casita mediana y pasó la vida entera contento en esa casa. ¿Quién es más feliz: el que reformó la casa varias veces o quien supo encontrar su deleite en una casa que no necesitó de reformas?

            El mundo presenta padrones de felicidad que son conchas de aflicción. Son lindas al verlas. Al probarlas se siente la amargura. ¡Qué desilusión, qué cosa tremenda! Una vida sin sentido, sin significado, que lleva a las personas a preguntarse para qué están viviendo, y, a veces, a cometer suicidio.

            Nuestra civilización, tan rica, a la cual se insiste en presentar como el mundo de la felicidad, es la que conoció en más alto grado una de las manifestaciones más impresionantes de infelicidad, algo privativo de nuestra época: el suicidio de niños.

La alegría que baja del Cielo sobre aquel que cumple el deber

              ¿Cuál es, entonces, el mundo de la felicidad?

            Piensen en los cruzados partiendo hacia Tierra Santa. ¡Los corceles comienzan a desfilar sobre un bonito gramado, cómo todo es de bonito! Pero, sobre todo, es bonito notar cierta alegría de aquellos cruzados, ¿que van para dónde? Hacia el peligro. Ellos saben que con las embarcaciones frágiles de aquel tiempo podían ir a parar en el fondo del Mediterráneo, y el mar convertirse en su sepultura.

            Cuando lo atraviesan, al otro lado encuentran el calor tórrido del desierto, al cual no están habituados, una naturaleza seca, árida, donde el peligro mahometano los aguarda. Y con eso, cuántas y cuántas veces la muerte sin un médico, sin cirugía, tremenda, en el campo de batalla; horas de sed abrasadora, porque está vertiendo sangre y el cruzado tiene ganas de beber una gota de agua, pero no tiene quien se la dé, porque está sin socorro. Metido en aquella armadura que vistió por amor a Nuestro Señor Jesucristo, sobre la cual incide el sol desde la mañana hasta la tarde, y él está metido en un horno.

            Sabiendo todo eso, ¿cómo pueden estar tan alegres a la hora de partir? Hay ahí, sin embargo, algo de la felicidad de la infancia. Es la alegría bajada del Cielo sobre el hombre que está cumpliendo su deber. Una alegría de ángel que no lo abandona, ni siquiera cuando él está como en un horno dentro de su propia coraza, exangüe, muerto de sed, pero acordándose de que Nuestro Señor dijo, antes de expirar: “¡Tengo sed!” Y en la consideración de estar sufriendo lo que Cristo sufrió, el cruzado tiene un ósculo de la gracia en su alma y muere en paz. ¡Ah, eso es felicidad!

La perfecta alegría

            Se cuenta que estando San Francisco de Asís en un viaje en pleno invierno, junto con otro fraile de su Orden, este le preguntó, atormentado por el frío intenso:

            – Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas: ¿dónde está la perfecta alegría?

              A lo que el santo respondió:

            – Cuando lleguemos al convento enteramente mojados por la lluvia y transidos de frío, llenos de lama y afligidos por el hambre, y golpeemos la puerta y el portero llegue irritado y nos diga: “¿Quiénes son Uds.?” Y nosotros digamos: “Somos dos de vuestros hermanos”, y él replique: “Están mintiendo; son dos vagabundos. ¡Fuera!” Y nos deje bajo la nieve y la lluvia, con frío y hambre hasta la noche; si soportamos entonces tal injuria y crueldad sin perturbarnos ni murmurar contra él, en eso está la perfecta alegría.

            Y añadía San Francisco:

            – Y si además, constreñidos por el hambre y el frío, volvemos a golpear la puerta durante la noche y pedimos por el amor de Dios y con muchas lágrimas, que nos abra y nos deje entrar, y él más escandalizado diga: “Vagabundos, importunos, les voy a pagar como se lo merecen.” Y salga con un bastón, nos agarre del capuz, nos lance al piso, nos arrastre por la nieve y nos golpee; y soportemos todas esas cosas pacientemente, pensando en los sufrimientos de Cristo; ¡oh, Hermano León, en eso está la perfecta alegría!

            A mi modo de ver, San Francisco hizo un gran descubrimiento. Es decir, en el momento en que renunciamos a todo por Nuestra Señora y seguimos adelante, en cierto momento baja sobre nosotros la perfecta felicidad.

Como una estrella venida de las manos maternales de Nuestra Señora

            Si de la alta cumbre franciscana es lícito bajar a la vida corriente de nuestros días, cuento un pequeño episodio para concluir estas reflexiones.

            Yo tenía más o menos veinte años cuando pasé por una serie de pruebas espirituales tremendas, como nunca pensé que sufriría en mi vida.

            Pasados seis meses de tormento, cierta mañana, en la São Paulinho de aquel entonces, aún con poco movimiento, los primeros tranvías, los primeros automóviles comenzaban a circular, yo estaba esperando un tranvía que me llevaría a la Avenida Paulista, en una esquina desde donde podía ver la imagen de Nuestra Señora en lo alto de la cúpula de la Iglesia de la Inmaculada Concepción.

            De repente comienzo a notar algo así: “¡Qué luz particularmente bonita hay hoy! ¡Cómo está lleno de pajaritos que cantan! Esa aurora quiere decir algo… Está más bonita que de costumbre, no pensé que las auroras fuesen tan bonitas. Qué bienestar siento en mí, no puedo comprender qué es eso. Tengo la impresión de que hasta mi infortunio está pasando. Estoy comenzando a sentir una alegría como nunca sentí en mi vida, me llena el alma, pero no sé explicarla.”

            Eso duró algunas horas, pero luego el infortunio se presentó una vez más con su garra de hierro.

            Pocos días después, en medio de la batalla, abro un libro espiritual y comienzo a leer. Eso me inundó de felicidad nuevamente, aunque mucho más definida que la que había experimentando días antes. A partir de cierto momento comenzó para mí un período de unos seis meses durante los cuales sentía una felicidad indecible y continua. Yo vivía, entonces, en medio de la alegría, de la satisfacción, y me sentía, por así decir, en el Cielo. Así, después de haberme dicho a mí mismo: “No pensé que fuese posible tanto sufrimiento”, pasé a pensar lo siguiente: “No pensé que se pudiese ser tan feliz en esta Tierra.”

          Atravesemos, pues, todos los infortunios, y sigamos adelante, y encontraremos la verdadera felicidad de los primeros pasos de la vida presentándose nuevamente, de vez en cuando, como una estrella que Nuestra Señora deja caer de sus manos maternales a las nuestras, para darnos cierta alegría que Ella, mejor que nadie, le gradúa a cada uno, pues siendo nuestra Madre, sabe qué necesitamos. Debemos besar cada felicidad de esas y decir como la Santísima Virgen: “Magnificat anima mea Dominum”, y pensar: “¡Oh Cielo, yo camino en dirección a ti!”

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(Revista Dr. Plinio, No. 239, febrero de 2018, p. 14-19, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de una conferencia del 26.7.1986)

Last Updated on Saturday, 10 March 2018 17:42