Preparando el alma para la Semana Santa

Al aproximarnos a la Semana Santa, debemos tener una comprensión clara de su significado y del bien que la Iglesia tiene la intención de obtenernos durante esos días. El Dr. Plinio, con una piedad entrañada, nos indica cómo participar de las conmemoraciones de la Pasión de un modo atento, devoto y esperanzado.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Sin prestar atención en las cosas, nada se hace bien. Por ejemplo, un pintor que no presta atención en la pintura no hace nada que preste. Fijar la atención donde se debe y mantenerla allí durante el tiempo necesario es una condición para que la persona haga algo bueno.

Esa verdad se aplica, sobre todo, a lo más importante: los actos de piedad por los cuales la persona se vuelve hacia Dios, le pide gracias y las recibe. Es necesario saber recoger esas gracias y aprovecharlas, actuando en la línea indicada por ellas.

Todo eso supone mucha seriedad. Y para tener esa seriedad bien atenta durante el importantísimo período del año litúrgico en el cual los católicos conmemoran la Pasión y Muerte de Cristo, la compasión de Nuestra Señora y la Resurrección de Nuestro Señor, presentaré algunas nociones respecto a esas conmemoraciones.

Las consecuencias del pecado original

            Cuando Adán y Eva pecaron, como consecuencia perdieron los dones preternaturales: quedaron sujetos a la muerte, a tormentos, a enfermedades, a dolores, a indisposiciones, etc. Su inteligencia se volvió más limitada y perdieron el dominio que tenían sobre los animales, desde el tigre o el león más feroz, hasta el insecto más pequeño. Cualquier mosquito puede perturbarnos; antes del pecado eso no le sucedía a Adán.

            El estudio y el trabajo, ya sea manual, ya sea intelectual, se hicieron difíciles. Para la mujer, la gestación pasó a ser frecuentemente acompañada de incomodidades para su salud, y el dar a luz un hijo, dolorido. Y hay otra serie de castigos causados por el pecado original.

            Sin embargo, eso no es nada en comparación con lo siguiente: como el pecado cometido tenía una gravedad infinita, quedaron cerradas al hombre las puertas del Cielo. Y además de padecer en esta Tierra, el hombre corría un grave riesgo de ir al infierno.

            Porque después del pecado, el hombre quedó con tendencias hacia el mal, con mucha dificultad para practicar el bien, como lo demuestra el episodio de Caín y Abel.

Caín y Abel

Adán y Eva tuvieron muchos hijos; entre otros a Caín y Abel. Este era el predilecto, bien apersonado, bueno, dedicado y amaba a Dios. Caín, por el contrario, era un hombre irascible, de mal genio y envidioso.

El Génesis no narra detalles, pero me imagino que la historia de Caín y de Abel se dio del siguiente modo:

En cierta ocasión, Abel ofreció un sacrificio a Dios: colocó frutos sobre un altar y atizó el fuego a fin de consumirlos como una alabanza a Dios, arrojando un bonito humo en dirección al cielo.

Caín también hizo un altar, sobre el cual puso frutas descompuestas, y el humo que subía era feo. Viendo que el sacrificio de Abel era aceptado por Dios y el suyo era rechazado, tuvo envidia de su hermano y, tomado de odio, lo mató.

Podemos imaginar cómo sufrieron Adán y Eva con eso. Nunca habían visto a una persona muerta, y ahora estaban ante el cadáver de su hijo predilecto. Y dirigieron sus ojos hacia Caín, que estaba con una cara pésima, pues había cometido un homicidio, un pecado que clama al Cielo y pide a Dios por venganza. Y era un homicidio con un agravante terrible, pues se trataba de un fratricidio.

Maldecido por Dios, Caín comenzó a cumplir el castigo que el Creador le impuso: andar por toda parte sin poder parar. Cada cierto tiempo, Adán y Eva veían pasar a Caín medio sin rumbo, y tal vez decirles: “No puedo parar, tengo que andar, andar y andar, porque maté a mi hermano…” Y nuevamente se internaba en el monte.

Para salvar al género humano, la propia Segunda Persona de la Santísima Trinidad vino a la Tierra

Pero Dios quería salvar al género humano, y para eso era necesario que alguien expiase el pecado de nuestros primeros padres. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad debería encarnarse y sufrir todo lo que Nuestro Señor Jesucristo padeció, para que hasta el fin del mundo quedasen abiertas las puertas de la gracia y del Cielo para el hombre.

Y los fieles a la comunicación de que vendría un Salvador, un Mesías, se quedaron esperando y a cada nueva generación se preguntaban: “¿Vendrá el Mesías? ¿Será el hijo de uno de nosotros?” Y pasaron millares de años hasta que al fin, una mañana, una Virgen estaba rezando y el ángel Gabriel se le aparece, diciéndole que Ella era llena de gracia, perfecta a los ojos de Dios.

El Mesías nacería de Ella, y en último análisis le preguntaba si estaba de acuerdo. Su respuesta fue un asentimiento sublime:

“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.”

En ese momento, el Divino Espíritu Santo intervino en Nuestra Señora y el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros.

La previsión de un sufrimiento atroz

En todo pesebre bien hecho, el Niño Dios aparece sonriendo, afable, como un niño encantado de ver a su Madre – ¡y qué Madre!, se puede imaginar el encanto de Ella al ver a su Hijo, con “H” mayúscula; ¡qué cosa incomparable! –, pero con los brazos abiertos en forma de cruz.

Es decir, Él venía a la Tierra consciente de que era para padecer el sufrimiento de la cruz. Jesús sabía todo lo que iría a sufrir todos los días de su vida para salvar a los hombres. Él fue el ápice de los profetas, el Profeta perfecto; no sólo previa lo que sucedía, sino que hacía lo que previa.

Hay composiciones muy bonitas que representan a Jesús siendo ya adolescente – San José era carpintero –, trabajando con  su padre. En cierto momento, Él coge dos pedazos de madera que forman una cruz y se queda solo, contemplándola.

Otras muestran a Nuestra Señora en la casa de Nazaret, mirando por una puerta entreabierta a Nuestro Señor Jesucristo, que está en una sala vecina rezando con los brazos abiertos en cruz, comprendiendo y ante-sufriendo lo que vendría.

El comienzo de la vida pública

            Él pasó treinta años de vida particular en oración, en recogimiento junto a San José y a Nuestra Señora. Y en ese período falleció San José, Patrono de la buena muerte porque murió teniendo a Nuestro Señor Jesucristo y a Nuestra Señora alentándolo. Por lo tanto, no se puede tener una muerte mejor que la de él.

            Cierto día, Jesús se despide de María Santísima, quien comprende que Él se va a la vida pública.No será más la vida del hogar, sino la del mundo; Él va a comenzar a predicar, a hacer milagros, a convertir personas, así como a suscitar un entusiasmo y una veneración indecibles, que se manifestarán el Domingo de Ramos.

            Pero también va a despertar la envidia, el odio. Muchos lo vieron llorar por la muerte de Lázaro, y después, al llegar ante su sepulcro, darle la orden: “¡Lázaro, ven afuera!” Lázaro se levantó, probablemente todavía todo envuelto con las tiras con las cuales los judíos envolvían a los muertos, y se deshizo de ellas.

            Algo fantástico, pues la Escritura afirma que Lázaro estaba hacía cuatro días en la sepultura y, según dijo Marta, ya debía estar oliendo mal. Nuestro Señor le mandó salir de la sepultura, y él así lo hizo en condiciones de perfecta salud.

            ¡Podemos calcular la alegría de sus hermanas y el entusiasmo de los que seguían a Nuestro Señor! Pero también hubo odio a Nuestro Señor, porque Él era santo y predicaba la virtud. Los malos odian el bien, la virtud, y a quien hace milagros para propagar el bien y la virtud.

            Movidos por ese odio, los malos combinaron entre sí matar a Jesús.

Nuestro Señor celebra la Pascua y llora sobre Jerusalén

            Al fin llega el momento. Era la Pascua y Nuestro Señor va con los suyos al Cenáculo, a fin de celebrarla. Él instituyó la Sagrada Eucaristía, y después, con los Apóstoles, se dirige cantando, como era costumbre entre los judíos, a un lugar donde pudiesen hacer oración.

            Llegan así al Huerto de los Olivos, después de haber pasado por un local desde el cual veían a lo lejos el templo y la ciudad de Jerusalén, sobre la cual Jesús había llorado. Él sabía perfectamente que ese templo sería destruido, así como la ciudad, con respecto a la cual hizo una linda comparación: cuántas veces procuró reunir su población en torno a Él, así como la gallina hace con sus polluelos. Sin embargo, ellos no quisieron y vino el castigo.

El lance más pungente de la Pasión

            Comenzó después la Pasión de Nuestro Señor, con sufrimientos inenarrables. A mi modo de ver, el más doloroso ocurrió cuando Él se encontró con Nuestra Señora, porque la vio sufrir todo lo que un corazón de madre puede padecer en esa situación, en medio de aquella gentuza vil. Ella sabía que Jesús estaba siendo conducido a la muerte y lo siguió, fidelísima, hasta la cima del Calvario, donde se quedó a los pies de la cruz hasta el momento en que Él murió.

            En lo alto de la cruz, cuando los estertores de los peores dolores lo atormentaban, Nuestro Señor hizo además un acto buenísimo, convirtiendo al buen ladrón, que se llamaba Dimas, y diciéndole: “Hodie eris mecum in paradiso – Tu estarás hoy conmigo en el Paraíso.” Fue la primera canonización y la Iglesia lo saluda como San Dimas. Él había sido un ladrón, un bandido, pero ahora se abría la era de la misericordia.

Los últimos sufrimientos

            Recientemente, los médicos estudiaron lo que Nuestro Señor debe haber sufrido en la cruz. Cada uno de sus pulsos fue traspasado por un clavo, y no había un soporte debajo de sus pies, como generalmente los crucifijos presentan. Sus pies también estaban atravesados por un clavo, que los prendía directamente al madero de la cruz.

            Antes de ser crucificado, Nuestro Señor había perdido bastante sangre, pero en lo alto de la cruz perdía mucha más. Cuando sentía falta de aire, a fin de respirar mejor, Él se elevaba apoyado en los clavos de las manos y de los pies, sufriendo por eso dolores atroces.

            En ese terrible tormento Jesús dijo: “¡Mujer, he ahí a tu hijo!”, “Hijo, he ahí a tu Madre.” Esas palabras indicaban un gran perdón, porque San Juan Evangelista se había dormido en el Huerto de los Olivos.

            El hecho es que San Juan, a partir de ese momento, pasó a ser hijo de Nuestra Señora de un modo especial. Él era un pariente muy cercano de María Santísima, porque la madre de él era prima de Ella. Pero no era hijo. Él se convirtió en hijo cuando Nuestro Señor dijo: “Hijo, he ahí a tu Madre.” Aquél que había huido horas antes, ahora recibía la mayor gracia que se pueda imaginar.

            Y en el auge de los dolores, Jesús exclamó: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me abandonaste?” Él sabía que no estaba abandonado; era un clamor, pues su sufrimiento había llegado al auge. Después inclinó la cabeza y expiró.

En lo alto de la cruz, Nuestro Señor tenía presente cada acto que practicamos

            Nuestro Señor tenía la ciencia de todo, del presente, del pasado y del futuro, porque era el Hombre Dios. Conocía a todas las personas, y por lo tanto, a cada uno de nosotros individualmente. En lo alto de la cruz, Él vio todos los pecados cometidos por nosotros, todos nuestros actos de virtud, mis palabras en este auditorio y a los que me están oyendo. Y ofreció sus sufrimientos y su vida por cada uno de nosotros individualmente.

            Jesús abrió el Cielo para nuestras almas, continuamente nos concede gracias, su misericordia baja sobre nosotros. Él viene a nuestro corazón por medio de la Sagrada Comunión. Su Madre está rezando todo el tiempo en el Cielo por nosotros, como nuestra Abogada.

El problema central de nuestra vida

            En caso de que pequemos, arrepintámonos inmediatamente, y por medio de María Santísima pidámosle a Él que nos perdone. Si fuere un pecado mortal, necesitamos ir enseguida a confesarnos, para que esa mancha repugnante y horrible se borre de nuestras almas, a fin de volver a la gracia de Dios.

            Y debemos convencernos de que el problema central de nuestra vida consiste en practicar cada vez más actos de virtud, y en ser imitadores de Nuestro Señor Jesucristo, por intercesión de María. Y, por otro lado, en aplastar al demonio, rechazando las solicitaciones que él nos hace para el pecado. Y confiando en Nuestra Señora podremos decir: “Non peccabo in aeternum – No pecaré eternamente.”

            Para que esto no se borre de las almas de mis oyentes – acuérdense de cómo el beneficiado tiende a olvidar el beneficio recibido –, es necesario rezar a Nuestra Señora, pidiéndole que eso no suceda. Y que Ella les dé las gracias necesarias y superabundantes a fin de que no pequen más. De ese modo, sus vidas transcurrirán en la continua amistad de Dios y de Nuestra Señora, hasta el momento bienaventurado en que entreguen sus almas a Dios y suban al Cielo.

            Esta es una introducción para estos días de meditación.

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(Revista Dr. Plinio, No. 145, abril de 2010, p. 10-13, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de una conferencia del 2.3.1991)

 

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