El respeto en las relaciones humanas

El Santo Nombre de Dios

 y el respeto en las relaciones humanas

 

 

El orden nacido de la Contra-Revolución – afirma el Dr. Plinio – deberá refulgir más aún que el de la Edad Media, sobre todo en los puntos en los cuales esta fue vulnerada por la Revolución. Así, una nueva Cristiandad ha de brillar por un profundo respeto a los derechos de la Iglesia y del Papado, y una sacralización, en toda la extensión posible, de los valores de la vida temporal, así como por un espíritu de jerarquía que marque todos los aspectos de la sociedad y del Estado, de la cultura y de la vida1.

Espíritu de jerarquía y profundo respeto estos, nacidos del amor a Dios plenamente correspondido, conforme el propio Dr. Plinio enseñaba a sus jóvenes discípulos, al hacerlos comprender los corolarios de la práctica de los Diez Mandamientos en nuestra existencia individual y comunitaria:

“Consideremos, por ejemplo, el no tomar el Santo Nombre de Dios en vano. Más directamente significa que nunca debemos pronunciar el Nombre de Dios a no ser movidos por una razón ponderable que lo justifique. Por lo tanto, jamás blasfemar (lo cual constituye el auge del empleo de ese Santo Nombre de un modo indebido), sino tampoco usarlo en conversaciones frívolas, inapropiadas, pues Dios es tan supremo y sagrado que el simple hecho de nombrarlo sin necesidad ya implica faltarle al respeto.

Sin embargo, ese mismo precepto, por el hecho de referirse a Dios, también concierne, de algún modo, a todo aquello que tiene una relación particular con el Altísimo. De donde no podemos mencionar en vano las cosas celestiales y terrenas muy sagradas, no debemos tratarlas de manera peyorativa ni hacer de ellas un objeto de bromas y de dichos jocosos, pues participan – en cierta medida – de la dignidad divina.

Antes y por encima de todo importa que no banalicemos el más suave y santo de los nombres que hombre alguno jamás haya usado: el Santísimo Nombre de Jesús. Y por debajo de ese, el más dulce y más accesible de los nombres que una mera criatura jamás haya usado: el dulcísimo Nombre de María. No los empleemos en vano; y cuando haya necesidad de mencionarlos, que nuestros labios los pronuncien con sumo respeto. De lo contrario, estaremos transgrediendo el mandamiento divino.

Por extensión de ese vínculo con la dignidad de Dios, merecen un respeto análogo los nombres de personas e instituciones cuyos atributos las hacen tan venerables que deben ser usados por nosotros con deferencia y propiedad. Y tratándose de una personalidad eclesiástica, que el nombre sea precedido del título que la distingue: Monseñor, Canónigo, Padre, Excelencia, Papa…

Se comprende, pues la función sagrada ejercida por el personaje confiere mayor respetabilidad a su nombre, el cual no debe ser mencionado sin el título respectivo. Más o menos como en una familia bien constituida, los hijos no se refieren al padre o a la madre llamándolos simplemente por el nombre: ʻFulanoʼ, o ʻZutanaʼ, sino que dicen: ʻPapáʼ, ʻMamáʼ, o con relación a los tíos: ʻtío Fulanoʼ, o ʻtía Zutanaʼ – en atención al especial respeto que se debe a esas personas.

Esas actitudes de reverencia resultan de la suprema veneración que tributamos al Santo Nombre de Dios, la cual a su vez resulta del amor que debemos consagrar a Él, por encima de todas las cosas. Amándolo, observamos su Ley, cuyos preceptos nacen del orden puesto por el Omnipotente en la creación.”2

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1) Cfr. Revolución y Contra-Revolución, Editora Retornarei,São Paulo, 2002.

2) Extraído de una conferencia proferida por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira el 17.3.1984.

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(Editorial de la Revista Dr. Plinio, No. 112, Julio de 2007, p. 4, Editora Retornarei Ltda., São Paulo)

 

 

Last Updated on Wednesday, 21 February 2018 17:17