Los colores simbolizan a las personas

El chal tiene algo de superfluo que al ser bien utilizado puede dar aires de nobleza y dignidad. A una señora que tiene la edad del sol cuando se pone, le conviene un chal discreto, distinguido, que orne los ocasos. Uno de los colores adecuados para Doña Lucilia era el lila, que tiene algo de reflexivo y de triste, de aquello que camina hacia el fin.

 

El chal lila

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Aunque un espíritu no tiene color, pues no es de naturaleza material, se pueden relacionar estados de alma con determinados colores, procurando ver el espíritu que en ellos se refleja. Así, podríamos preguntarnos si existe un espíritu color amaretto, nacarado o dorado. El color es apenas un símbolo material de un estado de alma espiritual, inmaterial.

Color, aroma, sonido, sabor, y trazado de una línea

            En un primer abordaje, la respuesta a la pregunta resulta una banalidad, porque es evidente que a estados de espíritu corresponden colores. Por ejemplo, al negro le corresponde el luto. Y no es por una analogía, por una relación convencional, sino por una correspondencia natural. Un hombre muerto no ve, no siente. Él está para la vida como un ciego para lo deslumbrante de las luces, es decir, no ve. Se encuentra en una noche, en una oscuridad “eterna”, en la cual no ve nada.

            Por otro lado, hay colores festivos que indican estados de alma jubilosos, triunfales, así como existen colores y tonalidades que denotan reposo.

            La experiencia muestra que los artistas utilizan en sus obras este o aquel otro color para expresar un estado de espíritu determinado. Luego, esa reversibilidad existe.

            Sin embargo, podríamos ir más lejos y preguntarnos si sería posible, tratando con personas, percibir qué color corresponde a este o a aquel individuo como mentalidad, y si, por lo tanto, las personas tienen colores, en ese sentido. Evidentemente no entra en consideración aquí la etnia.

            Si establecemos con una persona un contacto en el cual ella no se sienta forzada a representar un papel, no se empeñe en falsificarse para hacerse agradable; por lo tanto, tomada la persona en su autenticidad, y supuesta una convivencia en la que, por la continuidad, los diferentes aspectos de ella van apareciendo y completándose – lo cual no implica una convivencia necesariamente muy larga, basta que sea proporcionada al discernimiento del observador –, podríamos decir que cada persona causa una impresión dominante. A mi modo de ver, esa impresión dominante sería reductible, simbolizable en un color.

            Más aún, creo que si, como vimos, a cada persona podría corresponder un color o una tonalidad dentro de un color, de donde resultarían matizaciones más o menos indefinidas, a cada familia también le podría corresponder un color, así como un aroma, un sonido, un sabor.

            Eso ocurre también con las formas, pues el modo habitual de andar en la vida, la conducta de la persona o de la familia, sería pasible de reducirse al trazado de una línea. Así, hay personas cuya conducta es simbolizada por una línea tambaleante, otras por una línea recta, y otras por una espiral.

Lo práctico y lo estético

La única persona que yo reduje a un color, muchos años después de haber cesado mi convivencia con ella, fue mi madre. Realmente el brillo de la amatista era exactamente el lumen de ella. Pude notar que mi gusto por la amatista, cuando Doña Lucilia estaba viva, correspondía a un modo de quererla bien.

Mientras ella estaba viva, yo nunca hice esta reversión. A posteriori, cuando llegué a realizarla, me di cuenta de que todo lo que cercaba a mi madre estaba inmerso en la luminosidad de la amatista, de un color tirando un poco a oscuro. No es, por lo tanto, de esas amatistas un poco blancuzcas. Es una amatista de valor, de color nutrido, casi de cuaresma.

El chal que ella usaba continuamente estaba en consonancia con eso.

Generalmente, cuando se trata del asunto de un traje, en las épocas más o menos bien constituidas como era todavía el tiempo en el cual ella vivió, al menos en algunos aspectos, se ve que hay una especie de composición entre el lado práctico y el estético. Las personas se hacen una cierta idea del lado práctico y con eso ven algunas ideas del lado estético. Y hacen con eso un total en el cual no se sabe qué prepondera más: lo práctico o lo estético.

El chal es característico a ese respecto. La idea es la siguiente: en aquella época había mucho miedo a los resfriados. Y se comprende bien, porque no existían antibióticos como hoy. Y para curar un resfriado era necesario mucho cuidado, porque de lo contrario degeneraba con cierta facilidad en gripe. Y la gripe podía degenerar en neumonía, y esta en tuberculosis. Y la tuberculosis, que es una molestia infecciosa, mataba un número muy grande de gente en el tiempo en que Doña Lucilia era joven. Basta decir que en las piezas de teatro, la mayor parte de los héroes y heroínas que eran presentados muriendo fallecen de tuberculosis. De tal forma esa enfermedad se volvió frecuente en aquel tiempo.

Y el resfriado era el comienzo de un camino descendente que llegaba hasta la tuberculosis. Las personas tomaban por lo tanto un cuidado enorme contra el resfriado, que hoy ya no se justifica, dada la facilidad que se tiene en combatir las enfermedades infecciosas. La idea práctica para evitar los resfriados, y sobre todo las enfermedades del pulmón, era que las señoras protegiesen los pulmones por medio de un chal. Se ve entonces que el chal envuelve y protege esa parte más sensible del cuerpo contra el peligro de las neumonías.

Ornato para expresar la mentalidad

            De esa idea práctica se apoderó el arte. Y el chal usado por las señoras de ese tiempo fue adoptado como una especie de ornato, para expresar la mentalidad de ellas. Entonces, el chal – siendo lo que queda por encima del cuerpo y tiene más relación con el vestido, forma el busto de la persona – era muy indicativo de la mentalidad de la señora. Y en una señora con chal aparece sobre todo el busto, formado por el rostro, el cuello y el área del chal; y después viene la falda. Las faldas eran largas y llegaban en general hasta los pies. Tenían, por lo tanto, mayor importancia indumentaria, en comparación con esos faldones vagabundos de hoy.

            Por otro lado, el chal tenía algo particularmente noble, porque lo verdadero y lo bonito del chal es tener algo de superfluo. Eran paños largos que la persona no sólo se colocaba para cerrar como un suéter, sino que se doblaba el chal hacia un lado y después hacia el otro. Y lo superfluo bien utilizado puede dar aires de nobleza, de dignidad. De tal manera que el chal fácilmente ennoblecía a la señora que supiese usarlo.

            Los modos de poner, de doblar y de arreglar el chal eran actitudes casi rituales. Y la señora mostraba la educación, la elegancia y la inteligencia que tenía, a propósito del chal.

            El chal de Doña Lucilia era semejante a los que tenían incontables señoras de aquel tiempo. Ella lo usaba de esa forma y se velaba con el chal muy compuestamente, suavemente. Los chales de ella tenían una mezcla de distinción y suavidad en el modo de presentarse, que realmente me encantaba.

Una señora que tiene la edad del sol cuando se pone

            El color y los diseños del chal tenían relación con la situación y la edad de la señora que lo usaba. De manera que no le quedaba bien a una señora anciana, por ejemplo, un chal rojo, o brillante, con lentejuelas doradas o plateadas; sería una cosa horrible.

            A una señora que tiene la edad del sol cuando se pone le conviene un chal discreto, distinguido, que orne los ocasos. En esas condiciones, uno de los colores adecuados para mi madre era el lila, que tiene al mismo tiempo algo de azul, sin duda, pero también algo reflexivo, triste, organizado, de aquello que ya camina hacia el fin. El lila le quedaba muy bien a ella.

            Ese chal fue traído por mi hermana de un viaje a Europa. Tengo casi certeza de que ella lo compró en París. Mi hermana tiene mucho espíritu práctico y al mismo tiempo sabe vestirse muy bien. Y era un chal que tenía tres finalidades: calienta mucho, pesa poco – es importante que pese poco sobre los hombros de una señora anciana – y orna bien.

            Aunque sea normal que una persona, vistiendo ese chal, lo use sobre todo en ocasiones en las cuales esté delante de personas extrañas, porque es un bonito ornato, a ella de tal manera le gustó, que comenzó a usarlo todos los días.

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(Revista Dr. Plinio, No. 239, febrero de 2018, p. 6-7, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de conferencias del 6.7.1980 y 25.8.1983)

Last Updated on Tuesday, 20 February 2018 14:59