Conociendo y amando a Nuestro Señor

Desde niño, al analizar la fisionomía de Nuestro Señor representada en bellas imágenes, el Dr. Plinio discernía el alma de Él y procuraba componer cómo debería ser la mentalidad correspondiente a dicho semblante. Al tomar conocimiento de los episodios narrados en los Evangelios, comprendió que ellos condecían enteramente con esa mentalidad.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

Amor y comprensión

 Al considerar las narraciones de los Evangelios, se percibe que los apóstoles y todas las personas que convivían con Nuestro Señor – exceptuando naturalmente a Nuestra Señora – no habían entendido bien al Redentor.

Con el curso del tiempo, después de los primeros equívocos, ellos al menos dejaron de formar ideas erradas respecto a Él. Pero se nota que no tenían una idea exacta de cómo era la Persona de Nuestro Señor.

Esa comprensión era de una importancia trascendental para que ellos lo amasen como debían haberlo amado. Si lo hubiesen amado como debían, en contrapartida habrían comprendido tanto cuanto podían. Ahora bien, ellos lo comprendieron menos de lo que podían, y tampoco lo amaron cuanto debían. Así es el juego entre el amor y la comprensión. Y ellos no tuvieron ese amor. Como resultado, les costó reconocerlo como Dios.

Nuestro Señor les preguntó: “¿Y vosotros, quién decís que soy Yo?” (Mt 16, 15). San Pedro dijo que Él era el Hijo de Dios. Entonces Nuestro Señor le manifestó su agrado a San Pedro, constituyéndolo como fundamento de la Iglesia y estableciendo el Papado. Según mi parecer, en esa ocasión ellos reconocieron a Nuestro Señor Jesucristo como Hijo de Dios. Pero antes…

La voz, las miradas y los gestos de Nuestro Señor

            ¿Quién es Nuestro Señor Jesucristo?

            Él forma con el Verbo de Dios una sola Persona. No hay dos personas: la del hombre y la del Verbo de Dios, unidas de algún modo. No. Es una sola Persona, que tiene dos naturalezas: la divina y la humana.

            Por lo tanto, en Él hay un alma verdadera y un cuerpo verdadero, unidos entre sí como lo están el alma y el cuerpo en cada uno de nosotros. Pero esa alma y ese cuerpo están unidos hipostáticamente a la naturaleza divina, constituyendo una sola Persona, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

            Por lo tanto, cada vez que Él hablaba, era el Verbo de Dios que hablaba; cada vez que Él veía, era el Verbo de Dios que veía; cada vez que Él hacía cualquier gesto, era el reflejo más perfecto que se puede imaginar de la naturaleza divina en la naturaleza humana.

            Manifestaba así una santidad, una perfección, una superioridad de la cual no podemos hacernos una idea, ni siquiera remota, si no nos ayudase la gracia de Dios.

            Si nos formásemos una idea tan exacta como podemos y debemos de cómo fue Él, habremos comenzado a amarlo como necesitamos amarlo.

            Su voz, sus miradas, sus gestos… ¡qué espejo eran de la Santísima Trinidad! Necesitamos reconstituir un poco eso para amarlo como merece ser amado, y para no haber equívocos amándolo como Él no es. Porque si amamos a Nuestro Señor como Él no es, acabaríamos un poco amando a quien Él no es. Todos comprendemos ese peligro.

            Ese es un trabajo muy delicado y si no fuese con la ayuda de la gracia no se haría en el alma de nadie, porque es mucho más alto que la meditación de cualquier hombre. Además, sería necesario utilizar datos muy imponderables; ser un psicólogo extraordinario para hacer esa recomposición. Naturalmente, no se le puede exigir eso a una persona como condición para su salvación.

Analizando una imagen del Sagrado Corazón de Jesús

Por esa causa, tengo la impresión de que con el Bautismo y las primeras impresiones religiosas nos es dada una primera noción de Él, que va perfeccionándose con el tiempo.

Gracias a Dios tomé como punto de partida el que la fisionomía presentada habitualmente por las imágenes de Nuestro Señor era fiel. Ese era el rostro que Él tuvo en la vida terrena y, por lo tanto, aquella fisionomía ya quería decir algo.

Me acuerdo de que – dado a examinar a las personas por el rostro – instintivamente yo analizaba durante largos períodos la fisionomía de Él. Sobre todo en esa imagencita del Sagrado Corazón de Jesús que hay en el oratorio del cuarto de mi madre.

Larga, atenta y meticulosamente – cuanto pueda caber en la mente de un niño – yo la examinaba. Y eso condecía con las imágenes existentes en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en un altar lateral y en el techo también, y formaba una resultante, una especie de figura central correspondiente a lo esencial de esas imágenes, y era como yo lo imaginaba, más o menos.

Al tomar conocimiento de los episodios de la vida de Nuestro Señor, yo procuraba preguntarme si condecían con lo que me imaginaba de su mentalidad. Y percibía que no sólo estaban de acuerdo, sino que tomaban un realce extraordinario, imaginando los predicados de aquel Varón, con esa fisionomía y esa actitud. Ese rostro explicaba el episodio y el episodio explicaba el rostro. Y yo me sentía, por lo tanto, en la verdadera pista de entender cómo era Él.

Después yo procuraba ver también en la Iglesia: dado que Él poseía tal fisionomía correspondiente a tal personalidad, si Él tuviese que hacer la Iglesia, ¿la habría hecho como es? Y llegaba a la conclusión de que sí, era enteramente lo que Él debía hacer.

De donde una confirmación de la fe originaria que recibí, por bondad de Nuestra Señora, al ser bautizado. Con el bautismo nos convertimos en templos del Espíritu Santo, la gracia habita en nosotros. Eso ayuda enormemente a la formación religiosa vista como un todo, y a su vez favorece el amor, lo cual ayuda a conocer mejor.

Fusión de las virtudes opuestas, formando una armonía extraordinaria

Ante todo, la impresión causada en mí por Nuestro Señor, al ver su humanidad santísima, es la de estar Él envuelto en meditaciones enormemente superiores a todo lo que se puede imaginar, de una elevación sin proporción con nada. Sin poder llegar con el pensamiento ni de lejos hasta donde Él llegaba, sin embargo alguna luz de esas meditaciones brillaba en Él y yo como que veía el alma de Nuestro Señor inundada de esas luces de las cuales Él estaba repleto.

Sería más o menos como un hombre que no puede entrar en una catedral en la noche, pero ve por el lado de afuera que está con las lámparas encendidas en su interior. Él ve los vitrales por lo tanto iluminados, se aproxima y oye la música, se acerca aún más y el perfume del incienso llega a su olfato. Se encanta con la catedral, donde no entra. Las señales de la catedral lo hacen percibir algo de su naturaleza. Así seríamos nosotros – por lo menos yo – con Él.

Percibía de esa forma algo de una elevación prodigiosa; sin embargo, desde el primer momento – por el punto más profundo por el cual lo podría comprender – con esa característica de una fusión de las virtudes más opuestas en un nivel indeciblemente alto, formando una armonía extraordinaria.

Por ejemplo, una fuerza incomparable y al mismo tiempo una bondad sin par; una severidad inquebrantable y un perdón de una dulzura infinita; un extraordinario poder para tranquilizar aliado a una capacidad insuperable de mover a la lucha; una trascendencia divina con la posibilidad de descender hasta la última persona y hasta un cachorrito, y de hacerle un beneficio a cualquiera. Estoy seguro de que si un cachorrito se acercase a Nuestro Señor, Él se alegraría.

Todo eso indica la superioridad y la inmensidad maravillosa de Nuestro Señor, para que virtudes tan opuestas, llevadas a un grado sumo, puedan caber en Él con tanta armonía.

En esa armonía estaría justamente lo que mi vista podría captar de los reflejos de la gracia divina, que transparecen en la naturaleza humana de Nuestro Señor Jesucristo.

¡Con eso y por eso, también mucha gravedad y una seriedad enorme! Sería imposible imaginarlo hablando una cosa banal o inclusive diciendo algo que no tuviese por detrás una razón infinitamente elevada y perfecta.

Variedades del modo de ser del Redentor

Incluso cuando Él dormía, su sueño era de una perfección, de un equilibrio, de una dulzura, de una fuerza, con tal poder de manifestación de toda su santidad, que si una persona, al entender quién y cómo era Él, pudiese pasar apenas una noche entera viéndolo dormir, consideraría esa noche como la más feliz de su vida.

Él poseía la naturaleza humana en su perfección e inundada por la unión hipostática, con favores divinos insondables. Por lo tanto, viendo a cada uno de nosotros conocería enteramente cómo somos y sabría cómo tratarnos. De tal forma que, conforme él quisiese, la persona se sentiría vista hasta el fondo del alma en sus lados malos o en sus aspectos buenos.

En los lados malos, con un rechazo por donde el individuo tendría ganas de huir de su propio pecado. ¡En los aspectos buenos, con una atracción tal que la persona desearía multiplicar por cien quintillones su virtud, ya de entrada!

Sin embargo, por una bondadosa condescendencia para con los hombres, Él no veía enteramente de una forma ni de otra, a no ser en situaciones excepcionales, para que las personas pudiesen vivir a su lado.

Todos los episodios de la vida de Nuestro Señor son maravillosos. Pero no me impresiona tanto ese, este o aquel episodio, tanto cuanto las variedades de su modo de ser personal mientras andaba de un lado para otro.

Un grito majestuoso que resucita a Lázaro

            Por ejemplo, durante toda mi vida me impresionó la majestad de Él ante el sepulcro de Lázaro. En primer lugar, la bondad con la cual lloró junto al sepulcro porque Lázaro había muerto. Además, como no pudiendo contener su propio dolor, grita: “¡Lázaro, ven fuera!” (Jn 11, 43), con un clamor que imagino majestuoso y abriendo la sepultura. Y la vida vuelve a Lázaro. ¡Es una cosa majestuosa!

            Imaginarlo recibiendo la censura de Marta: “Señor, si hubieseis venido antes, mi hermano no habría muerto…” (cf. Jn 11, 21). Parece estar insinuado que, por la relación de amistad existente entre los dos, Jesús tenía la obligación de evitar la muerte de Lázaro. Y tal vez la tuviese, de hecho… Sin embargo, Él hizo algo mejor que salvarlo de la muerte: ¡lo sacó de la muerte!

            En ese momento, tal vez a Marta le hubiese parecido que Él estaba tiznado ligeramente de culpa… ¿Y cómo se portó Nuestro Señor en esa ocasión, en la cual no le dio a ella ninguna justificación? Fue a la sepultura, y al llorar pareció casi justificar la censura de ella.

            ¿Por qué entonces lo dejó morir? ¿Por qué no llegó antes? “¿Vos lloráis la muerte que podríais haber evitado? ¿Qué llanto es ese?”

            ¡Él entonces resucitó a Lázaro, dejando a Marta extasiada! Esas cosas no comportan ningún comentario.

            Por otro lado, la escena de los fariseos diciendo que era necesario matarlo (cf. Jn 11, 50-53). La primera vez que ellos hablan de matar a Jesús fue cuando vieron a Lázaro ser resucitado. Y Él conocía todo eso.

            Podemos imaginar también a Nuestro Señor viendo a Marta, seguramente postrada ante Él, llorando con una emoción dulcísima, y Él atenderla como quien dice: “Hija mía, yo te perdono. ¡Deberías haber comprendido que no fue mi culpa! Pero te di un don que no esperabas.” Pasar enseguida cerca de los fariseos y mirarlos… ¡Qué mirada! No se consigue imaginar; apenas podemos tener vislumbres.

            Podemos considerarlo en otra circunstancia, yendo a Betania a descansar. Imaginarlo entonces afable, reposando en la convivencia con Marta, María, Lázaro, los apóstoles, Nuestra Señora, en la vida cotidiana de la residencia de Lázaro, recibiendo honras, conversando en la intimidad. Cómo todo eso debería consolarlo de tanta infamia, al ver lo maravilloso que había en esas almas que Él estaba formando en la virtud.

            Esas diferentes actitudes de Él que se suceden, sobre todo en el momento de pasar de una posición a otra, me dejan especialmente encantado.

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(Revista Dr. Plinio, No. 226, enero de 2017, p. 18-23, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de una conferencia del 9.6.1984)

Last Updated on Friday, 09 February 2018 15:54