El progreso material puede llegar a ser nocivo para el hombre

En la presente conferencia el Dr. Plinio se refiere a la Revolución Industrial, levantando interrogantes sobre la nocividad del progreso meramente material para el hombre, cuando perjudica su equilibrio interno.

 

Revolución Industrial, velocidad y pulchrum

 

Plinio Corrêa de Oliveira

El estudio de la Revolución Industrial es capital para comprender enteramente la Revolución. Al analizarla surge un problema: muchos de sus componentes son maléficos al hombre y en cuanto tales tienen un elemento de inmoralidad, de contradicción con la Moral.

¿El progreso puede ser nocivo para el hombre?

Por ejemplo, la velocidad de la conducción. Se podría decir que el primer hombre que montó a caballo aprendió a andar a una velocidad considerada prodigiosa por el pedestre anterior a él, quedando excitado y nervioso por esa causa. ¿No era el caso entonces de educar la sensibilidad del hombre para vencer ese sentimiento de velocidad, para conservarse equilibrado? En ese caso, la velocidad vertiginosa de algunos vehículos de hoy en día no sería apenas el auge de una línea que parte del caballo a la búsqueda de velocidades mayores.

Aquí nacería también un interrogante: siendo una determinada invención resultante de un aprovechamiento de las fuerzas de la naturaleza por el ingenio humano, ¿se puede admitir que sea nociva al hombre?

Eso contiene un punto muy delicado, pues muchas encíclicas, sobre todo al final del siglo XIX y al comienzo del XX – período en el cual el mito del progreso brilló más ante los hombres –, procuran defender a la Iglesia de la imputación de ser contraria al progreso. Por esa causa proclaman que todo progreso es conforme a la expansión natural de la Civilización Cristiana.

Ahora bien, con ciertas críticas que se hacen a la Revolución Industrial, nosotros llegaríamos a la conclusión de que ella es nociva al hombre, por lo menos considerada en su conjunto.

El Beato Pío IX y el ferrocarril

            Creo que un hecho que se da con un Papa, cuya heroicidad de virtudes ya fue reconocida oficialmente por la Santa Sede, Pío IX, es muy interesante en ese sentido. En su tiempo, él acompañó la transición de las carreteras a las vías férreas. Yo vi fotografías de eso. Pío IX, entonces, probablemente para probar que la Iglesia no era contraria al progreso, autorizó la introducción de trenes en los Estados Pontificios, sobre todo en las dos ciudades más importantes que eran Roma y Bolonia. Y mandó a preparar un vagón para él mismo viajar dentro de los Estados Pontificios. No sé si el vagón se conserva, o si aún existe la fotografía del mismo. Es una cosa interesantísima, porque desde el punto de vista ornamental representa una tendencia a adaptar la configuración del vagón a la de los carruajes del Ancien Régime1.

            El vagón tienen una forma obligatoria: es largo, ofrece un frente estrecho en cuanto a la oposición del aire, para ser espacioso se alarga en dirección a la parte trasera. Es hecho de materiales muy duros, resistentes, porque de lo contrario se descoyuntaría con el desplazamiento. A pesar de todo eso, el vagón tenía una porción de apliques de madera dorada por el lado de afuera. Justo en el medio había un óculo colosal, todo bordeado con hojas y flores de madera dorada, cubierto con un vidrio enorme. Sorprende ver cómo en aquel tiempo ya se hacían láminas de vidrio de ese tamaño.

            Dentro del vagón, un trono sobre dos o tres escalones, bien frente al vidrio, de tal forma que le permitiese al Papa contemplar el panorama. Y también para que, cuando el tren parase en estaciones intermediarias, el Sumo Pontífice pudiese ser visto por el pueblo como dentro de una vitrina, para dar la bendición, ser venerado, etc.

            Desde el punto de vista de lo obsoleto, ese vagón es el auge, pero representa una tentativa de ajustar la condición de un Papa a un vagón. Ahora bien, los trenes no fueron hechos para llevar reyes ni Papas, quienes dentro de ellos están en condiciones impropias para presentarse al pueblo. Así, el primer género de vehículo que el progreso industrial engendra es, en ese sentido, revolucionario. A propósito, hay un mundo de cosas de esas con las cuales el progreso acabó por una necesidad técnica intrínseca.

Los vagones de la Central de Brasil

Es necesario considerar lo siguiente: los trenes de ese tiempo presentaban también un lujo interior que todavía alcancé a ver. Cuando yo era niño e iba a Rio de Janeiro en el tren nocturno, quedaba encantado con un trabajo artístico que había en todos los vagones de la Central de Brasil, compuesto de lindos lazos grandes de madreperla que recorrían la unión entre el techo y la pared del vagón de punta a punta, a ambos lados, con aquella alternancia de colores que puede tener la madreperla de muy buena calidad. Eso era incrustado en excelentes maderas brasileras.

Se notaba así la tentativa de hacer la Revolución Industrial más conciliable con la tradición, aunque entre una cosa y otra exista una incompatibilidad considerable.

En el fondo del problema está lo siguiente: el pulchrum no es apenas una mera apariencia, pero es revelador, a su modo, de algo de la esencia de la cosa. Él tiene, por lo tanto, algo de verum en sí mismo. No es una ilusión, un sueño, una fantasía con la cual se pinta una realidad.

Luego, si queremos conocer la esencia de las cosas no debemos apenas hacer su análisis químico o físico, sino una apreciación cultural con respecto a su belleza, e interpretar el lenguaje de ese pulchrum.

El sentido de protección es inherente al ser humano

Transponiendo ese principio a la cuestión de la velocidad arriba referida, si la naturaleza se presta para ser aprovechada para emitir apenas los aspectos malos del progreso, es porque existe una capacidad de producir tales aspectos que están en la naturaleza, cuando el hombre explora el mal, que cuestiona un tanto todo el problema del progreso. Por lo tanto, ese mismo progreso con sus descubrimientos, aunque sea fruto del ingenio del hombre que supo aprovechar los recursos naturales, puede ser nocivo al ser humano.

Por ejemplo: existe en el hombre, en sus espontaneidades, una necesidad de sentir protección para tener seguridad. Ese sentido de protección nativo es inherente al hombre y no puede ser violado de cualquier forma. El ser humano tiene necesidad de ver la seguridad para sentirse seguro, y no puede sentirse bien apenas con un cálculo racional de que él está seguro.

Tomemos como ejemplo a San Pedro andando sobre las aguas, que fue víctima de una cosa de esas. Él sabía, por la fe, que estaba seguro, pero en determinado momento fue asaltado por la apariencia de inseguridad que da el agua, porque no es una superficie sólida sobre la cual el hombre puede caminar.

San Pedro debería haber confiado en la Providencia, a pesar de las apariencias, porque Nuestro Señor le estaba hablando. No obstante, fuera del campo sobrenatural no se le puede exigir eso al hombre.

Siendo así, es necesario decir que la Revolución Industrial ignoró reglas de las más fundamentales del funcionamiento del ser humano. E ignorando esas reglas, ella se extrapoló hacia otra serie de cosas.

Supongamos que hubiese posibilidad de, por medio de determinados rayos, evitar que en una ciudad en pleno bombardeo, cierta área fuese bombardeada. Entonces un habitante de esa área viese las bombas explotar en el aire y no cayesen sobre él. Exigirle a él que durmiese ahí hasta sería viable si le permitiesen quedarse en una casa, y tuviese la impresión enteramente ilusoria de que esta lo protegiese. Aunque supiese que era una ilusión, algo de su armonía interna sería atendida por el hecho de tener la sensación de que la casa lo protegería.

Sin embargo, ¿se podría exigir a ese hombre que fuese a dormir tranquilo al aire libre durante el bombardeo, en un gramado excelente, durante una noche de verano calientísima, viendo las bombas deshacerse al llegar a diez metros por encima de él? ¿Ese hombre no se levantaría hecho un neurópata?

¿No se diría también que el exceso de velocidad le da al hombre una sensación de precariedad y de inseguridad, que él sólo puede vencer mediante algo que lo habitúe al exceso de velocidad, pero ese hábito produce un daño de cierto equilibrio interno de él? ¿Y que con eso él queda descarrilado en otros aspectos de su personalidad?

El hábito puede ser una virtud o un vicio

En el ejemplo del bombardeo, si la persona hubiese sido educada desde pequeña con la idea de la existencia de esos rayos protectores, con un pequeño grabado que mostrase niños durmiendo bajo la acción de tales rayos, otro representando a la madre explicándole al niño cómo funciona, y este se queda tranquilo, ¿tal vez se daría el caso de que, a fuerza de habituarse, el hombre aceptaría o no aceptaría eso? ¿Hasta qué punto llega la flexibilidad del ser humano por la fuerza del hábito? Esa es también una cosa para considerar dentro de eso.

¿Cuál es la plasticidad, la flexibilidad del hombre en su capacidad de habituarse? Ese es un problema muy delicado.

¿Qué es habituarse? Si es adaptarse de un modo conveniente a lo menos inocuo, está bien. Pero si es de un modo nocivo, no es un hábito sino una deformación.

¿Hasta qué punto la capacidad de habituarse en el hombre es una cualidad y hasta qué punto es un defecto?

Por ejemplo, las personas de personalidad débil tienen una capacidad mucho mayor de habituarse. En ellas eso es un defecto, no una cualidad.

Esa capacidad sólo es una cualidad en la medida en que es voluntaria de parte del hombre. Él ve que una cosa determinada es un hecho consumado, entonces tiene que habituarse, pero es una cosa diferente, con efectos psicológicos distintos, del hábito que nace del buen ordenamiento de la personalidad rumbo a un objetivo determinado.

El hábito puede resultar de la virtud o del vicio interno del alma.

Viajando en avión

Me acuerdo de un día que estaba viajando en avión – no me acuerdo de dónde a dónde –, de poca capacidad, condición indispensable para mí, para que un vuelo no sea un infierno. Era una tarde bonita, el avión estaba hacía tiempo volando muy establemente, sin aquellas sacudidas que yo detesto, en una normalidad extraordinaria. En cierto momento entró por alguna de las ventanillas un rayo de sol que incidió sobre el tapete central del avión, e hizo ver que se desprendía de él una buena cantidad de polvo. De todas formas daba una impresión tan casera, tan estable, que pensé con mis botones: “¡Increíble! ¡Esta babosa de metal no anda!” De hecho estaba andando a no sé cuántos kilómetros por hora, y yo, criatura humana que detesta las supervelocidades, me sentía dentro de una babosa de metal que me daba mal humor.

Pero yo estaba imaginando lo siguiente: si el Profeta Elías llegase a la altura en la cual estuve, él bajaría a la Tierra diciendo cosas fenomenales: “Estuve en la altura de los Querubines, vi tales cosas, etc.” Yo me bajo en el aeropuerto con un maletín cualquiera, pensando: “¡Ih! Ya estoy en tierra; sé que hay gente aburrida esperándome.” Es decir, nada de eliático, sino la banalidad más completa, como quien se baja de un taxi. ¿Hubo en mí un fenómeno de hábito o no?

Me acuerdo de que en la Iglesia del Inmaculado Corazón de María2, en una de las paredes laterales del altar de Nuestra Señora de Monserrat, estaba pintada la leyenda: “Yo hice en el cielo una luz inapagable, y me senté en el trono sobre una columna de nubes.”

Y en el avión yo miraba hacia abajo, veía un tapete de nubes y pensaba: “El trono del Profeta se cimentaba sobre una columna de nubes. Yo estoy aquí, volando varios kilómetros por encima de las nubes. Sin embargo, mire a ese individuo durmiendo ahí, aquel otro leyendo una revista, etc. Aquello que al Profeta le parecía algo de quedar trastornado y elevado hasta el cielo, esta caja de aluminio lo hace: atraviesa esas maravillas y lleva hasta allá el chorro de la banalidad.”

¿Entonces, fue hecho algo útil? Es una pregunta que se puede hacer, cuya respuesta dejamos para otra ocasión.

 

1) Del francés: Antiguo Régimen. Sistema social y político aristocrático en vigor en Francia entre los siglos XVI y XVIII.

2) Situada en la Rua Jaguaribe, barrio Santa Cecilia, en São Paulo.

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(Revista Dr. Plinio, No. 226, enero de 2017, p. 9-15, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de una conferencia del 13.8.1986).

 

 

Last Updated on Monday, 15 January 2018 22:33