Parad y ved

La TFP desea una Feliz Navidad y Año Nuevo a todos sus lectores, colaboradores, simpatizantes y amigos, así como a sus seres queridos, pidiendo a la Santísima Virgen y a San José que nos obtengan del Divino Infante las mejores gracias y bendiciones, y nos hagan perdurar la alegría de estos días, pues, como nos enseña el Dr. Plinio en este artículo, en el alma en la cual habita el Salvador, por la gracia, esta alegría dura siempre y jamás se apaga. Es la alegría de la fe y de lo sobrenatural.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

No resistí. […] Del fondo de mi alma subían reminiscencias armoniosas y distensivas de mis Navidades de otrora. A mi alrededor – en la mirada de muchos de los conocidos y desconocidos con quienes me cruzo en la calle, en el reflejo de los amigos al lado de los cuales lucho y trabajo y de los íntimos cuya amistad me ha acompañado a lo largo de los años que se van – noto una sed espiritual mal saciada, un deseo mudo y tal vez hasta subconsciente de reencontrar un poco de la verdadera alegría de la verdadera Navidad. Por cierto, ese también es el estado de espíritu de muchos de mis lectores.

En tales condiciones, me parecía censurable negarme a mí mismo y a tantas otras personas una ocasión para liberar de las mazmorras del olvido tantos recuerdos áureos y para aplacar la sed de lo maravilloso, de dulce, de sacrosanto, que reluce en la Navidad.

[…] Abrámonos, por algunos instantes, a la luz de la Navidad, a fin de que se reanimen nuestras almas exhaustas y desoladas. Después retomaremos con mayor coraje el peso casi insoportable…

Naturalmente, no hablo de la alegría propagandística y falsa que domina la Navidad de hoy. Ella perdió en nuestras costumbres sociales casi todo su perfume de otrora. Y pasó a ser una función de comercio. Una propaganda frenética que casi no deja a la población libertad psíquica para no hacer compras. Compras que caben en el presupuesto de cada cual. Y compras que no caben. Es necesario “obligar” al pueblo a comprar, para hacer circular las existencias acumuladas y aumentar el monto de los negocios.  La Navidad tomó así, hace años, el aspecto afanoso y trepidante de una inmensa correría del pueblo al servicio del aparataje desarrollista.

“Ipso facto”, la psicología del regalo y de las fiestas cambió. Cada vez más, el regalo va perdiendo su carácter afectivo, desinteresado e íntimo. Este es un apéndice de los negocios. Su principal razón de ser es crear, entretener o ampliar relaciones que sirvan a los negocios. Bajo el soplo de esa mentalidad, incluso el regalo desinteresado va tomando aires comerciales. Cada cual procura prever cuánto costará el regalo que recibirá del amigo, para darle otro de igual precio. Pues si el regalo dado vale más que el recibido, el donante se sentirá burlado y frustrado. Y recíprocamente. En suma, el regalo pasó a ser un intercambio, calculado en función del valor. En cuanto a la fiesta – preparada en general con mucha dificultad – cuántas veces el interés económico, en lugar de la amistad, motiva la confección de la lista de invitados, el volumen de los gastos, etc.

“Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. ¡Cómo este cántico angélico encontró un ambiente adecuado en las vastedades desiertas de los campos de Belén, y en los corazones rectos de los pastores que despertaban del sueño pesado y tranquilo! Cómo, por el contrario, las palabras del coro angélico parecen extrañas, sin resonancia, sin afinidad, con los pensamientos de los hombres en estas megalópolis modernas, dominadas por la obsesión del oro, es decir, de la materia.

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            ¿Murió la Navidad auténtica? Exagerando un poco, se podría decir que sí. Murió en el alma metalizada de tantos millones de hombres. Murió incluso en ciertos pesebres. Sí, en los pesebres progresistas que nos exhiben a la Sagrada Familia con los trazos y la fisionomía desfigurados por el arte moderno, y con connotaciones que inducen a la revolución social.

            Pero si hay alguna exageración en decir que la Navidad murió, es verdad que todavía conserva algunos destellos de vida. Vayamos en su búsqueda.

Los encontraremos ante todo – y burbujeantes – en el propio hecho de ser el día de Navidad. Cada fiesta del calendario litúrgico trae consigo una efusión de gracias peculiares. Quieran o no los hombres, la gracia les toca las puertas del alma, más sublime, más suave, más insistente en estos días de Navidad. Se diría que, a pesar de todo, sopla en el aire una luz, una paz, un aliento, una fuerza de idealismo y de dedicación, que no es difícil de percibir.

Además, en innumerables iglesias, en muchos hogares, el pesebre auténtico todavía nos pone ante los ojos la imagen del Niño Dios, que vino a romper los grilletes de la muerte, a aplastar el pecado, a perdonar, a regenerar, a abrir a los hombres horizontes de fe y de ideal nuevos e ilimitados, posibilidades de virtud y de bien nuevas e ilimitadas.

Dios está aquí exorable y a nuestro alcance, hecho hombre como nosotros, teniendo junto a sí a la Madre perfecta. Madre de Él pero también nuestra. Por medio de Ella, hasta los peores pecadores pueden pedir y esperar todo. Ahí está también San José, el varón sublime que reúne en sí la maravillosa antítesis de las más diferentes cualidades. Es príncipe de la Casa de David y también carpintero. Es un defensor intrépido de la Sagrada Familia. Pero al mismo tiempo es un padre tiernísimo y un esposo lleno de afecto. Esposo perfecto, es sin embargo el esposo castísimo de Aquella que fue siempre Virgen. Padre verdadero, no es, sin embargo, padre según la carne. Modelo de todos los guerreros, de todos los príncipes, de todos los sabios y de todos los trabajadores que, en el futuro, la Iglesia engendraría en esta tierra para el Cielo, él no fue principalmente nada de eso. Sus títulos más altos son dos: padre de Jesús y esposo de María. Títulos pequeñitos e inmensos que, al mismo tiempo, paradójicamente, pulverizan y comunican vida, nobleza y esplendor a todos los títulos de la tierra.

Los pastores se presentan allí en una amable intimidad con los animales… así como con Nuestra Señora, San José y el propio Niño Jesús. Es la imagen conmovedora de Dios excelso, que lleva la irradiación de su grandeza hasta extremo de tocar y de elevar incluso lo más humilde y pequeño entre los hombres. Que, no contento con eso, atrae y cubre de bendiciones incluso a las creaturas irracionales.

Al contemplar esto, nuestras almas crispadas se distienden. Nuestros egoísmos se desarman. La paz penetra en nosotros y entorno de nosotros. Sentimos que también en nuestro vecino algo está ennoblecido y dulcificado. Florecen los dones de alma. El don del afecto. El don del perdón. Y como símbolo, el ofrecimiento delicado y desinteresado de algún regalo.

Para que nada falte, el hermano cuerpo – como decía San Francisco – también tiene parte en la alegría. Hecha la oración junto al pesebre, todos se sientan en la misma mesa. Se come sin exceso. Se bebe sin embriaguez. Es la fiesta en la cual brilla la alegría de tener fe, de tener virtud; de tener las acciones hechas, y puestas las cosas, en un orden sacral.

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¿Alegría de la Navidad? Sí. Pero mucho más que eso. Para el católico verdadero, es la alegría de los 365 días del año. Pues en el alma en la cual habita el Salvador, por la gracia, esta alegría dura siempre y jamás se apaga. Ni el dolor, ni la lucha, ni la enfermedad y ni siquiera la muerte, la eliminan. Es la alegría de la fe y de lo sobrenatural. La alegría del orden sacral.

– Oh, vosotros que pasáis por el camino, parad y ved si hay un dolor semejante al mío, exclamó el profeta Isaías, previendo la Pasión del Salvador y la compasión de María.

Pero él también podría haber dicho, profetizando las alegrías cristianas perennes e indestructibles que la Navidad lleva a su auge: Oh, vosotros que pasáis por el camino, parad y ved si hay una alegría semejante a la mía.

– Oh, vosotros que vivís egoístamente para el oro; oh, vosotros que vivís tontamente  para la vanagloria; oh, vosotros que vivís torpemente para la sensualidad; oh, vosotros que vivís diabólicamente para la rebelión y para el crimen: parad y ved las almas verdaderamente católicas, iluminadas por la alegría de la Navidad: ¿qué es vuestra alegría comparada a la de ellas?

No veáis en estas palabras provocación, ni desdén. Son mucho más que eso.

Son una invitación a la Navidad perenne, que es la vida del verdadero fiel: “Christianus alter Christus” – el cristiano es otro Jesucristo.

No, no hay una alegría igual. Aun cuando el católico esté, como Jesús Nuestro Señor, clavado en la cruz…

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 (Revista Dr. Plinio, No. 9, diciembre de 1998, p. 10-11, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Publicado en la Folha de São Paulo, del 27.12.1970)

 

Last Updated on Friday, 09 February 2018 15:57