"...y renovaréis la faz de la Tierra"

Con 30 años de edad y al frente de un pujante movimiento mariano, el Dr. Plinio preveía la aurora de una nueva sociedad católica, fruto de la renovación de la faz de la Tierra operada por el Divino Espíritu Santo.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Descansando en Itanhaém en estas vacaciones lluviosas de julio [de 1938], se debe notar que no siento el menor deseo de tratar de política. De por sí, en los días que corren, el asunto es… ¿cómo decirlo? Pestilente. En días de vacaciones y de descanso, él pasa a ser inabordable. Y por eso lo pongo positivamente de lado. Tratemos, pues, de otro tema. ¿Cuál? No será fácil decidir. Llueve, el tiempo está oscuro, la playa hostil, y el ambiente no está interesante. Lo mejor sería dormir. Pero el periodismo impone obligaciones ineluctables. Tendré, pues, que escribir. Para vengarme, entonces, del mal tiempo, que le da un ambiente crepuscular prematuro a la sala en la cual escribo, voy a tratar de una cosa exactamente opuesta a este crepúsculo ceniciento y aburrido. Voy a escribir sobre la “aurora”. Y la aurora que resolví tomar como tema es tan espléndida, que no habrá ningún crepúsculo que consiga ensombrecerla con sus tinieblas.

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Vivimos en un período de penumbra. Dos mundos enteramente opuestos luchan uno contra otro, en el caos de la sociedad contempo-ránea. Uno es el mundo crepuscular de una sociedad que acaba. El otro es la aurora, todavía tímida, de un mundo que comienza. La unión de la aurora y del crepúsculo crea una penumbra que camina para la oscuridad total, la muerte, el aniquilamiento inexorable. Y la aurora es la penumbra que camina incoerciblemente hacia el esplendor triunfal del medio día. Dejemos la penumbra crepuscular en la cual se hunden hoy en día las sociedades paganas que viven lejos de Cristo. Tratemos apenas de la aurora de la nueva sociedad católica que está naciendo.

Hay en la Liturgia Sagrada una invocación que debería ser la oración constante de todos los católicos: “Enviad, Señor, vuestro Espíritu, y todas las cosas serán creadas, y renovaréis la faz de la Tierra”. […] El Espíritu Santo sopla en las más diversas regiones del mundo, creando para la fe, por la gracia, a millares de almas, y comienza realmente a “renovar la faz de la Tierra”. Dos hechos recientes lo comprueban, atestiguando al mismo tiempo la invencible vitalidad de la Iglesia Católica. […]

El Espíritu Santo va a buscar en el fondo de las prisiones de la sociedad burguesa o en pleno corazón de la Rusia comunista las nuevas piedras con las cuales será construido el edificio de la futura civilización católica.

Días atrás el telégrafo nos trajo la noticia de una espía francesa condenada a muerte por traicionar a su patria durante la guerra, días antes del armisticio. A esta mujer infame, sobreviniendo la paz, le fue conmutada su pena por veinte años de cárcel. En el fondo de la cárcel, la gracia la hirió como hirió a Paulo en el camino de Damasco. Convertida, se transformó ella en un modelo de virtudes, y, cumplida la pena, salió directamente de la cárcel a un convento, donde fue a tomar el velo de esposa del Señor.

El otro hecho es la conversión de un jefe de propaganda de los sin Dios en Rusia, que narró su regreso a la Iglesia de Cristo en un libro, “Lʼouragan rouge”. Cuenta él que entró en contacto con la Iglesia Católica a través de los padres que tenía que perseguir para servir al gobierno ateo de su país. Su invencible constancia, el heroísmo de su ardor apostólico, la alegría entusiástica de su martirio, conmovieron profundamente al perseguidor de aquellos sacerdotes, quien, comenzando a estudiar el Catolicismo, acabó por huir de Rusia y por pedir su ingreso en la Santa Iglesia de Dios. Entre otras cosas, narra él que los sacerdotes católicos promovían numerosas comuniones ocultas, incluso de niños arrancados a las garras de las organizaciones de los sin Dios, que enfrentaban el martirio para recibir a Cristo Eucarístico.

Esos dos hechos, narrados en este artículo terminado a las carreras, deben servir de objeto de meditación para los que atacan a la Iglesia o los que la sirven con tibieza. Con ellos, sin ellos o contra ellos, la aurora de la civilización católica se transformará en una espléndida realidad, porque Dios hasta de las piedras sabe hacer “hijos de Abraham”. Y en cuanto a los tibios, “los vomita de su boca”.

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(Revista Dr. Plinio, No. 40, Julio de 2001, p. 6-8, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Transcrito de “O Legionário”, No. 303, del 3.7.1938)

 

 

Last Updated on Friday, 09 February 2018 15:58