Enrique VIII y el anglicanismo

 

Enrique VIII, al determinar la ruptura de la iglesia anglicana con Roma, tuvo como objetivo adquirir el más pleno dominio sobre toda Inglaterra, convirtiéndose, al mismo tiempo, en jefe del Estado y del poder espiritual. Sin embargo, hoy en día pocos son los jefes de Estado más privados de atribuciones reales en la vida política de su país como la actual soberana de Inglaterra.

 

El fin de la Edad Media inglesa

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Antes de Enrique VIII, Inglaterra era uno de los baluartes de la Iglesia Católica. En toda la vida intelectual, artística, política y social, la influencia de los principios católicos era profunda. El número de santos nacidos en territorio inglés fue tan grande que Inglaterra llegó a ser llamada la “Isla de los santos”.

Características particularmente sobresalientes de ese espíritu católico eran justamente el apego profundamente sincero del pueblo a la autoridad del rey y, al mismo tiempo, la altivez con la cual se insurgía contra todas las tentativas de la Corona, tendientes a transformar la monarquía en tiranía.

La lucha de los ingleses por sus libertades trae el estigma característico del espíritu católico, un gran respeto a la autoridad y un gran amor a la justicia. Amantes de la autoridad, los ingleses, antes de Enrique VIII, nunca llegaron a intentar la destrucción de la monarquía, incluso cuando luchaban por su libertad. Amigos de la justicia, siempre reivindicaron sus derechos, sin que su respeto a la autoridad les dificultase la libertad de acción.

La historia medieval inglesa no conoce la mayor parte de las abominaciones que conmovieron la historia de Francia, de Alemania o de Italia en el mismo período (que, dicho sea de paso, son insignificantes al lado de aquellas a las cuales asiste el mundo contemporáneo).

Las “jacqueries” en las cuales los campesinos querían exterminar a los señores feudales, las revoluciones en las cuales los nobles querían exterminar a la realeza, y las luchas en las cuales la realeza procuraba aniquilar los derechos del pueblo y de la nobleza, tuvieron en Inglaterra un aspecto inmensamente más benigno y más razonable que en otras partes. El feudalismo inglés, modelo admirable de inteligencia administrativa, fue quizás el régimen político más perfecto de la Europa medieval.

En las luchas de los barones y del pueblo con los reyes, los desacuerdos existentes respecto al gobierno de Inglaterra acabaron por resolverse definitivamente. Y surgió, bajo el soplo de la Iglesia, la estructura política más firme que Europa haya conocido hasta hoy.

El pecado del otrora “Defensor de la fe”

Una crisis de carácter íntimo y pasional vino a poner en juego la estabilidad de ese edificio admirable, todo él fundamentado y cimentado en los principios católicos.

Antes de que la atmósfera político-religiosa se deteriorase, el Rey Enrique VIII, haciéndose intérprete del sentimiento del pueblo inglés, escribió una obra de refutación del protestantismo, que comenzaba a incendiar a Alemania. El Papa, reconocido por la intervención del Rey, le otorgó el título honorífico de “Defensor de la fe”. Y Lutero, indignado con Enrique VIII, lo llamaba “el más sucio de todos los puercos”.

Pero sucede que Enrique VIII sintió en sí la misma flaqueza que arrastró a David al pecado y a Salomón a la perdición.

Una novela – expresémonos así, para no decir algo peor – se había formado en la vida del Rey. Él deseaba anular su matrimonio con la Reina para contraer nupcias con otra dama de su corte. No consiguiendo del Papa la anulación del matrimonio, quedó colocado en un cruel dilema: o renunciar a la fe, o renunciar a la “novela”. Renunció a la fe. ¡Se hizo protestante el “Defensor de la fe”! Y su unión ilícita fue bendecida por el mismo protestantismo que lo había apodado como “el más sucio de todos los puercos”.

El fin de la monarquía orgánica

            Es interesante notar que Enrique VIII encontró en Santo Tomás Moro, su Primer Ministro, un adversario irreconciliable de la anulación de su matrimonio. Profundamente católico, Tomás Moro se negó a abjurar de la fe. Fue condenado a muerte. Sufrió el martirio y hoy brilla en los altares de la Iglesia Universal con la aureola de la santidad. (*)

            Se puede decir que, con el desaparecimiento de Santo Tomás Moro, se extinguían también los últimos destellos de la Edad Media – moribunda en aquel siglo XVI – y de la monarquía orgánica. Esta, como se sabe, se basaba en el principio de subsidiariedad, por el cual cada grupo social debe sacar de sí mismo los recursos para proveer sus necesidades y solucionar sus problemas. Cuenta con el auxilio del grupo superior apenas en la medida en que, por su propia naturaleza, no le fuere posible suplir sus carencias ni resolver sus dificultades. De tal manera que exista una especie de autonomía de todos los cuerpos e instituciones dentro del Estado.

            Era lo que se verificaba en la organización de la Edad Media, en la cual cada unidad social disponía de una vitalidad por la cual producía su propio impulso. Así, los feudos tenían leyes, costumbres y hasta idiomas característicos. Los pequeños se encajaban en los más grandes, que sólo intervenían en la existencia de los primeros para remediar las violaciones de la Ley de Dios y de los principios de la civilización cristiana, o para sustentarlos cuando las limitaciones de su pequeñez así lo exigiesen. Las ciudades se desarrollaban con vida propia y, dentro de ellas, las corporaciones llevaban también su existencia particular, con reglas y usos peculiares. Por encima de todos, el rey, ápice de esa estructura de subsidiariedades. Él era el mantenedor de todas las libertades y autonomías, el coordinador y estimulador de todas las actividades generales.

            Entre estas autonomías, la mayor, la más notable, era la de la Iglesia Católica. Y cuando se trata de la Iglesia, no se puede hablar de autonomía, sino de soberanía. Ella es una entidad soberana, tanto cuanto el Estado, y, en su esfera propia, no puede ser dominada ni dirigida por ningún gobernante civil.

            Cuando, sin embargo, tuvo inicio la decadencia de la Edad Media, los monarcas pasaron a hacerse absolutos, tomando como modelo a los emperadores romanos, verdaderos déspotas de la antigüedad. Llevados por esa manía de absolutismo, comenzaron a eliminar todas las autonomías inferiores, y se lanzaron, con un particular empeño, sobre la libertad de la Iglesia. Deseaban transformarla en un instrumento para el gobierno de sus respectivos países, aunque en un ámbito propio a la fuerza espiritual y, por lo tanto, independiente de las funciones del poder temporal.

Un hecho de graves consecuencias…

Ahora bien, Enrique VIII, con el pretexto de legitimar su divorcio, fue más lejos. Al determinar la ruptura de la iglesia anglicana con Roma, tuvo como objetivo adquirir el más pleno dominio sobre toda Inglaterra, convirtiéndose, al mismo tiempo, en jefe del Estado y del poder espiritual.

Para tener una idea de las consecuencias de ese hecho en la antigua “Isla de los santos”, basta tomar en consideración dos cosas. En primer lugar, el menguamiento de las órdenes religiosas, que comenzaron a vaciarse en virtud de la supresión del celibato. El rey, ahora líder de la iglesia anglicana, permitió que monjes y religiosas abandonasen sus conventos para contraer matrimonio, provistos de una pequeña dote que el propio monarca les concedía, a fin de iniciar “una nueva vida”. Semejante disposición concernía también a los padres seculares.

En segundo lugar, los bienes de la Iglesia Católica fueron confiscados por el monarca y, en su mayor parte, distribuidos entre los nobles, de tal suerte que, aún hoy en día, muchas familias residen en antiguas abadías, transformadas en habitaciones particulares.

Ahora bien, en la antigua y buena Inglaterra, los pobres vivían a costa de la Iglesia, siendo muy bien sustentados por Ella. A partir del momento en el que fueron cerradas y espoliadas las instituciones eclesiásticas, los mendigos se vieron privados de aquellos medios de subsistencia. Pasaron, entonces, a confluir a Londres, con el intuito de recaudar limosnas de las clases más abastadas de la capital británica. Como resultado, surgieron los primeros decretos en la iglesia anglicana de represión a la mendicidad, uno de los tristes frutos del desaparecimiento de las instituciones de caridad.

…que perduran hasta hoy

Esas no fueron las únicas consecuencias de lo que pasó en la Inglaterra del siglo XVI. Otras, igualmente graves, surgieron con el paso del tiempo, y algunas de ellas se hacen sentir hasta el día de hoy. (*)

En efecto, las semillas de protestantismo que el anglicanismo adoptó, produjeron los frutos de anarquía que le son propios. De estos fue un preludio la Revolución que destituyó y decapitó al rey Carlos I.

Desde ese entonces, lentamente, la disgregación de las instituciones políticas inglesas se ha acentuado más y más. La lucha entre el factor “orden católico” y el factor “anarquía protestante” en la doctrina anglicana, se proyectó en el terreno político. Las dos tendencias se han combatido en una confrontación a todo momento, y por ellas se explica la grandeza y la decadencia de la monarquía británica.

Grandeza, porque ningún dominio temporal está, hoy en día, colocado más en lo alto. Afirmado en un principio, el poder del monarca inglés no se fundamenta sobre un entusiasmo momentáneo, sino sobre un amor profundo de la multitud a una dinastía unida a la historia del país.

Decadencia, porque ese poder, en la apariencia tan magnífico, es apenas un vestigio de lo que él fue otrora, una reminiscencia histórica, en los cuadros constitucionales ingleses. Pocos son, actualmente, los hombres que reciben tantas reverencias y manifestaciones de respeto cuanto la Reina de Inglaterra. Y, entre tanto, pocos son los jefes de Estado más privados de atribuciones reales en la vida política de su país como ella…

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(Revista Dr. Plinio, No. 19, octubre de 1999, p. 29-32, Editora Retornarei Ltda., São Paulo –  Extraído del “Legionário”, del 13.12.1936, con excepción del trecho situado entre asteriscos.)

 

 

Last Updated on Friday, 01 December 2017 16:21