La sociedad orgánica y las sanas originalidades

Estimular y no imponer las originalidades dentro de la sociedad; el papel de una dinastía; mantener la contemplación dentro del progreso, con la ayuda de la gracia; en esta conferencia el Dr. Plinio hace algunas luminosas explicitaciones con respecto a la sociedad orgánica.

 

Las sanas originalidades

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Las criaturas pueden tener analogías, pero nunca se repiten. Eso se hace más evidente entre las criaturas vivas que entre las inertes, y más aún en el hombre, por ser una criatura superior a las de vida vegetal o animal.

Las originalidades en una sociedad

A causa de esa diferencia, por la cual cada criatura viva es única en su género y, por lo tanto, original en algunos puntos, la vida que en ella circula también es única y original. Y la fisionomía completa, ya sea la de una sociedad pequeña, ya sea la de una sociedad grande, sólo se alcanza considerando sus originalidades y sus afinidades. Tomo aquí el término “afinidad” como siendo, en un sentido forzado, lo contrario de la originalidad.

Cuando se llega a tener conocimiento, o a tomar en su debida consideración la unicidad de una sociedad determinada, captando lo que ella tiene de único para conocer sus legítimas originalidades, y para dar a estas todo el espacio que merecen tener en la vida, sólo entonces toda la riqueza potencial de una nación florece, sale a la luz del sol.

Por ejemplo, para aprovechar toda la riqueza de vida que existe en el Valle del Roncal1, es necesario tomar en consideración que cada aldea tiene, dentro de la atmósfera de ese valle, una originalidad que debemos dejar florecer.

Dados los efectos del pecado original en la humanidad, el buen orden exige que se hagan reglamentos y determinaciones que aplastan un tanto algunas originalidades. Yo creo que en el Paraíso terrestre no sería así.

Alguien podría hacerse la siguiente idea equivocada del Edén: Adán y Eva tendrían hijos que serían la copia exacta de ellos, y existiría una sociedad en la cual a todos les gustaría lo mismo, las mismas flores, los mismos peces y las mismas horas del día. ¡No!

Habría mentalidades medianas a las que les gustaría el sol del medio día, mentalidades nocturnas que se encantasen más con la noche; existirían todas las variedades en toda clase de campos, desabrochando sin contusiones.

Turismo y número excesivo de leyes

            Pero en este valle de lágrimas existen contusiones, y la lucha contra la Revolución nos obliga, muchas veces, a combatir originalidades en las cuales entró el demonio. Debemos lamentar que eso sea necesario, y es una razón más para, combatiendo el mal con energía, salvar ávidamente aquello que puede ser una sana originalidad. No entra, por lo tanto, ningún liberalismo dentro de eso.

            Por otro lado, las originalidades no deben ser estimuladas de un modo artificial. Estimular consiste más en crear condiciones propicias, que en imponer un determinado modo de ser.

            Por ejemplo, yo no soy muy favorable a que, si hay en cierta montaña vasca una fiesta muy bonita, se le coloque un chorro de turismo encima. ¡Eso la mata, la liquida! Lo correcto es dejar que eso florezca, dándole las condiciones para eso, como hace un agricultor que no hala la planta hacia arriba, sino que dispone los elementos para que ella crezca. Así también se debe hacer con los regionalismos.

            Sería necesario que hubiese un régimen por el cual les fuese dado a esas originalidades modelarse y organizarse, en vez de tener perpetuos legisladores que se reúnen en las cámaras para hacer torrentes de leyes que no resuelven nada.

            Cierto jurista sustentaba, en el prefacio de su libro sobre leyes, que el viejo principio de que nadie puede alegar la ignorancia de la ley es una quimera dentro de ciertos Estados del Brasil de hoy, porque hay tantas leyes, que si un hombre se pasase la vida estudiándolas, no conseguiría ni de lejos conocer todas las leyes existentes en el país.

            Hay una máxima latina atribuida a Tácito que dice: “Corruptissima republica, plurimæ leges.” Es decir, cuando el Estado es corrupto, las leyes se multiplican.

            Yo creo que la ley es, hasta cierto punto, lo contrario de la vida; es el plano de la teoría, elaborado sin tomar en consideración por dónde andan las personas, y con una orden: ¡caminen por ahí! La ley es necesaria y no puede ser vista sólo de esa manera, pero ella fácilmente representa ese papel, y necesitamos dejar florecer las sanas espontaneidades, dentro de la moral, porque esa es la vida.

Organicidad y autogestión

Lo que sustenta a una sociedad es la vitalidad existente en sus varios elementos: las células, los órganos y los organismos, para servirme nuevamente de esa metáfora. Y la salud de una sociedad está en la buena relación entre esos mismos componentes, lo cual supone como elemento indispensable, entre otras cosas, la expansión espontánea de aquello que es legítimo, conforme a la Ley de Dios, y único, característico de ese lugar.

Como estoy acentuando mucho ese lado orgánico, existiría el peligro de surgir el siguiente malentendido: ¡entonces, la felicidad ideal de los hombres sería la autogestión!

Mi respuesta es la siguiente: imaginen un organismo humano en el cual fuese posible desintegrar todas las células y esparcirlas por el piso. Ellas serían lanzadas a la muerte, porque es propio de la célula no tener una vida individualista. Ella posee, sin duda, una vida individual, pero sin el vicio de separarse. La célula no es separatista, ella desea la unión, los factores de unidad como elemento complementario de la originalidad. De ahí resulta, por ejemplo, el hecho de que yo piense que en el Reino de España, por mayor que sea el número de “Guipúzcoas”2 allí existentes, la unidad de la nación es una necesidad, pero se trata de una necesidad complementaria de esa prodigiosa variedad.

Entonces, si yo estuviese delante de un movimiento de descentralización exagerada, haría la apología de la unión, del factor de unidad, sin el cual esas variedades terminaban en caos.

Dentro de esa perspectiva, el Estado no es principalmente un regulador de cuestiones de impuestos, de aduana, etc., sino, sobre todo, un ente que hace posible y conveniente la práctica de la virtud, conteniendo como uno de los factores la recta ordenación de las almas en el plano natural.

El papel de las dinastías

Por esa causa, el rey es un símbolo que se irradia a toda la nación y posee una individualidad propia, que no es pura y simplemente una síntesis del país, sino algo singular para ser estudiado y envuelve la siguiente cuestión: en una sociedad así de orgánica, ¿cuál es el papel de una dinastía?

La dinastía es una especie de unidad formada naturalmente, aunque no sin una providencia particular; en el orden sobrenatural la dinastía no se mantiene sin gracias especiales, ella constituye un pequeño todo, distinto del resto del país. Se diría que hay una pequeña patria de aquellos que constituyen la dinastía, que engloba las posibilidades de entendimiento con todas las “Guipúzcoas” y “Subguipúzcoas”, así como con todas las “Castillas” o las “Cataluñas”.

Todos, viendo al rey, tienen la impresión de que su región está presente dentro de él, aunque al mismo tiempo con una sensación de que todo el reino está en cada región, con sus autonomías. No obstante, hay algo más, medio providencial, medio sagrado, que la coronación o la posesión del rey por las manos de la Iglesia hace todavía más sagrado, y que contiene el futuro; incluye algo que, sin merecer el nombre técnico de profético, tiene algo de profético y es, por eso, el punto común de encuentro de todos los reinos y de todas las “Españas”.

Sucede que las “Guipúzcoas”, o las “Cataluñas”, o “Andalucías”, o “Castillas”, viendo al rey se ven ahí, dentro de él, y contemplan algo que no es él y tampoco ninguna de las regiones; es el punto de fidelidad de ellas, porque perciben que, mirando hacia ese punto, ellas caminan hacia la plena expansión de sí mismas.

Se trata de algo elaborado por un proceso de selección natural, aumentado por una riqueza de alma particular, que hace con que, a mi modo de ver, las dinastías verdaderas sean, en general, más o menos como si Dios bendijese un árbol para que diese un fruto especialmente magnífico, pero sería una acción de orden natural. Así también Él puede bendecir a una nación para que dé una dinastía, la cual es una especie de síntesis de todo lo que la nación posee, y de los ideales más perfectos que ella debe tener, por donde vea lo que ella sería si tuviese años de progreso espiritual, intelectual y cultural. Representa, por lo tanto, el futuro.

Alguien podría objetar: “Ud. está exponiendo una idea deformada de dinastía, al presentarla como si fuese el futuro. Ella es el pasado, la tradición.”

La dinastía es la continuidad, ella viene del pasado trayendo consigo una imagen que la nación va realizando gradualmente. Aquello que la dinastía trae consigo fue un ideal del país en el pasado, mantenido en el presente, con los debidos desarrollos inherentes al progreso de la nación, y que contienen las semillas del ideal del país de mañana.

Contemplación y recogimiento

Un tema correlato con ese es que una sociedad así supone un estilo de vida más contemplativo.

Cuando pensamos en una sociedad donde las personas fuesen más contemplativas, se nos viene enseguida a la imaginación una buena dueña de casa que está haciendo tricot o croché, y contemplando… Su marido es un carpintero que se encuentra en un edificio de al lado, haciendo sillas, y también está contemplando; y todo el mundo en la ciudad contempla, al mismo tiempo que efectúa sus diferentes tareas.

Sería algo lindo, aunque se presenta medio irrealizable, pues, en el sentido corriente de la palabra contemplar, raramente las personas contemplan.

Sin embargo, en los ambientes donde hay mucha continuidad, las personas se impregnan, y esa impregnación es la propia respiración del alma. En las sociedades antiguas, con ciudades pequeñas y con pocos medios de comunicación entre sí, con una población no tan colosal, los ambientes eran mucho más fijos y la impregnación psicológica mucho más natural y profunda.

Eso levanta una cuestión de difícil solución: ¿entonces, la sociedad orgánica encuentra dificultades con el tren, la autopista, el carro, el bus, el avión, y tantos otros frutos del progreso tecnológico?

Aún disponiendo de esos medios de locomoción rápidos, y hasta perfeccionados, la Providencia puede hacer que los hombres no necesiten vivir corriendo de un lado a otro, dando, así, condiciones para que tengan el alma recogida.

La gracia lo puede todo y, correspondiendo a ella, es posible imaginar que los hombres encuentren los medios para que no lleguen a los excesos de nuestros días, aunque las formas de locomoción proporcionen eso.

Yo acostumbro a ser parco en previsiones con respecto al Reino de María, exactamente porque creo que supera todos nuestros pensamientos, pero es posible que el poder de los ángeles sobre los hombres y las preservaciones de la inocencia en las personas sean mucho mayores, y que ese factor ayude mucho a mantener en orden, dentro del progreso, a la humanidad.

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1) Situado al norte de España, en la Provincia de Navarra. (Ver el artículo “Sociedad orgánica, velocidad y revolución industrial”, en la sección “Temas de interés”).

2) Referencia a una pequeña provincia del País Vasco, localizada al norte de España.

 

(Revista Dr. Plinio, No. 199, octubre de 2014, p. 22-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de una conferencia del 8.9.1991).

Last Updated on Sunday, 29 October 2017 00:49