El Santo Sudario de Turín

Ignorada por algunos, poco comentada por otros, la historia del Santo Sudario demuestra cómo al expirar el siglo XIX, Dios le dio a la Santa Iglesia un verdadero pendón de la resurrección de Cristo. A seguir, el Dr. Plinio comenta el valor y el significado más profundo de ese milagro impresionante.

 

¡La bandera de la victoria!

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Debido al hecho de que la historia del Sudario de Turín es poco conocida, no se le da a esa reliquia toda la veneración que se merece.

Amigos por interés

            Había en Europa un pequeño ducado, llamado de Saboya, cuya capital era Turín. Los duques de Saboya pertenecían a una dinastía señora de dos Estados: Saboya y Cerdeña – una isla en el Mediterráneo –, y tenían los títulos de duques de Saboya y reyes de Cerdeña.

            Siendo esta una época de fe, en ella no se consideraban como tesoros tan sólo los metales y las piedras preciosas, sino también y principalmente aquellos que los hombres apreciaban más que todo: ¡las reliquias! Entre las que pertenecían a esa casa real, figuraba un largo tejido traído a Occidente, que constaba ser el Sudario, o sea, el paño mortuorio en el cual fue envuelto el Cuerpo Sacrosanto de Nuestro Señor Jesucristo en la sepultura, donde quedó hasta el momento glorioso en el cual, por un acto de su voluntad, resucitó de entre los muertos.

¿El Sudario será de hecho auténtico?

¿Cuál es la prueba de autenticidad del Sudario?

Los incrédulos levantaron innumerables objeciones en cuanto la autenticidad de la reliquia. Por más que su recorrido hasta Occidente fuese conocido, sin embargo, ¿cómo pasó a hacer parte de la casa de los emperadores de Oriente? ¿De qué modo el Sudario fue transferido desde los Apóstoles hasta ellos? ¿Estuvo de hecho en poder de los Apóstoles?

No había pruebas, era una tradición. La legítima propensión que tenían los antiguos para creer en tradiciones, llevó a los emperadores de Constantinopla y a los príncipes de la Casa de Saboya a prestar el homenaje y el culto debido al Sudario, incorporándolo a sus tesoros.

Por determinación de los duques de Saboya, el Santo Sudario fue colocado en una capilla entre el Palacio Real y la Catedral de Turín, en un monumento de mármol, en el interior de un magnífico marco. Se trata, de hecho, de una reliquia tan preciosa que todo el oro y la plata de la Tierra no serían dignos de contenerla.

La fotografía revela la autenticidad del Sudario

En el transcurso del siglo XIX surgió la fotografía.

Mediante el empleo de determinadas sales de plata y de diversos procesos científicos, fue posible fijar en el papel figuras diversas de las cosas más variadas.

En ciertas ocasiones el Santo Sudario fue expuesto a la veneración de los fieles, y en una de ellas un fotógrafo experimentado, que había en Turín, tomó la deliberación de sacarle fotos1. La revelación de fotografías era muy complicada y lenta en aquel tiempo, y exigía la manipulación de ciertos líquidos, sales y diferentes objetos, en un ambiente iluminado por una tenue luz roja.

Cuando el fotógrafo comenzó a revelar el negativo, constató que había una imagen en el tejido, y al final la fotografía demostró la existencia de esa figura. Así quedó revelada la autenticidad del Santo Sudario.

El mundo, la Cristiandad y la Iglesia llegaron a recibir ese legado verdaderamente inestimable: ¡una fotografía de Nuestro Señor Jesucristo!

Las fotografías del Santo Sudario fueron difundidas por todo el orbe, causando una admiración general y una gran decepción en los incrédulos. Fue entonces posible observar la analogía evidente entre la Faz del Santo Sudario y la de las imágenes corrientes de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Dentro de la fotografía salta una verdad religiosa que destruye innumerables incredulidades de una sola vez!

¡El tejido de la humillación se transformó en la bandera de la victoria!

            Sin embargo, la impiedad tiene artimañas… La polémica feneció a partir de 1912, 1915. Ya no se ponía en duda el milagro. Los ateos no querían deducir que Jesucristo existió de forma comprobada. No obstante, ya no lo negaban.

            Por ser un argumento triunfante contra los incrédulos, el Sudario no era comentado. Con el paso del tiempo, el tema fue siendo olvidado: era la victoria del Santo Sudario.

            Victoria todavía más linda cuando se considera lo siguiente: José de Arimatea y Nicodemo, acompañados por San Juan Evangelista y las santas mujeres, adquirieron el tejido para depositar a Nuestro Señor Jesucristo en el sepulcro. Cubrieron todas sus heridas con ungüentos, según el ritual antiguo. La cantidad de ungüentos fue grande, pues – como decía la profecía respecto de sus sufrimientos: “Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él nada sano” – Él estaba completamente cubierto de lesiones, debido a los golpes causados por los verdugos. Envolviendo a Nuestro Señor en el tejido y llevándolo a la sepultura, lacrándola, ¿imaginaron ellos que aquel Sudario, muchos siglos después, sería un triunfo sobre la impiedad?

            ¡Lo que parecía ser el paño de la humillación y de la derrota, de la tristeza y del dolor, del desconcierto y de la aflicción, fue transformado en la bandera de la victoria!

Ellos no podían imaginar eso. Tenían delante de sí un hecho concreto: aquel Cristo Jesús, a quien habían adorado y seguían adorando – Él, Vencedor y Rey tan majestuoso, delante de quien cualquier rey de la Tierra no podría tomar otra actitud sino sacarse la corona, postrarse y pedir permiso para tocar sus divinos pies con la diadema – había muerto.

En las sombras de la muerte

            ¿Cómo sería la convivencia con ese Varón, cuando Él estaba vivo? ¿Quién osaría decirle: “está haciendo frío”…? Antes de terminar la frase, ya se notaría que era una bagatela que no podía ser dicha en su presencia.

            Más bien se le debería decir:

            “¡Señor, hablad que vuestro siervo escucha! ¡Fijo la vista en vuestros ojos divinos y veo que ahí está la Sabiduría infinita! ¡Vos decís cualquier palabra y vale más que todo el oro de la Tierra! ¡Vos dais un paso adelante y percibo que sois Rey, por el semblante con el que avanzáis! ¡Vos encontráis a un pobre, a un pecador, y os dirigís a él para hacerle bien al cuerpo y al alma! ¡Noto tanta bondad en Vos, que me veo sin color en comparación con Vos! ¡Señor, delante de Vos, quién puede subsistir? Soy hecho para veros y para adoraros, por misericordia vuestra, pues no soy digno de tal cosa.”

            El Rey de las naciones – como se consideraba a Nuestro Señor, cuya genealogía regia llegaba indiscutiblemente hasta David y Salomón, los dos grandes reyes de Israel – estaba allí muerto entre dos ladrones, acompañado por el séquito del dolor: una Madre en cuya alma no había a no ser el sufrimiento más pungente que se pueda imaginar. ¡Solamente un discípulo fiel a Él! ¡Él que había tenido tantos! Dos hombres que eran “criptodiscípulos” y no osaban mostrarse en público como seguidores suyos: Nicodemo y José de Arimatea.

            Santa María Magdalena, vertiendo lágrimas copiosas, y las santas mujeres cargan aquel cuerpo sagrado, después de haberlo embalsamado y envuelto en el Sudario, y lo depositan en la sepultura. Era necesario andar deprisa, pues dentro de poco tiempo comenzaría la Pascua, fiesta entre los judíos, no siendo permitido hacer entierros ni trabajos manuales.

            Ellos deseaban preparar todo lentamente, tranquilamente, elevando los ojos y la mente hacia la última mirada de Jesús. Sin embargo, hicieron todo con rapidez. Cerraron el sepulcro. Y, con excepción de Nuestra Señora, creían que todo había terminado, pues no entendían bien lo que Él había profetizado acerca de su propia resurrección.

            La muerte y la sepultura lo deglutieron. ¡Un sueño maravilloso… una cruel decepción! Todos lloraban, por lo tanto, sobre el Sudario cayeron tal vez las lágrimas de ellos… y posiblemente también las de Nuestra Señora. Y ese paño entró en las sombras de la muerte.

¡Cristo, Tu venciste!

Cuando el siglo XIX estaba en el auge de su orgullo, preparándose para transmitirle al siglo XX muchos frutos de Civilización – infelizmente había algo que hacía que todos esos frutos estuviesen descompuestos: la impiedad triunfante –, ¡surgió el Santo Sudario como una bandera magnífica de la resurrección! Nuestro Señor muerto fue envuelto en ese precioso tejido. No obstante, quien lo guardó con tanta piedad, atravesando varias centurias, no sabía que aquel envoltorio contenía también una prueba de la resurrección de Cristo.

¡Su Divino Cuerpo emanó señales que marcaron la sábana y fueron reveladas por la fotografía! La ciencia impía doblaba las rodillas y decía: ¡Cristo, Tu venciste!

En la figura de Nuestro Señor estampada en el tejido se notan, entre otras, las señales de la coronación de espinas. El Santo Sudario es una maravilla tal y tan grande prueba de la existencia de Nuestro Señor Jesucristo y de su resurrección, y comprueba nuestra fe, que en todos los ambientes religiosos de debería hablar de él. Sin embargo, el hombre contemporáneo le da la espalda al Santo Sudario.

Los medios de investigación se desarrollaron enormemente, y los procesos que existen para verificar la autenticidad del Sudario llegaron a lo inimaginable.

Ahora bien, los equipos científicos indicaron que el Santo Sudario tiene restos de polen de plantas de Asia Menor, algunas de las cuales no existen en Occidente, de la fecha precisa en que vivió Nuestro Señor. Fue una confirmación más de su autenticidad, hecha por la ciencia. Con el desarrollo de los microscopios y de otros procesos complementarios, se hizo posible tomar, en paños antiguos, fragmentos mínimos de restos de flores y de polen que vuelan por el aire e impregnan los tejidos. Los del Santo Sudarios son de flores de Asia Menor, del tiempo de Jesucristo.

Una fotografía detallada de los ojos de Nuestro Señor revela que sobre los párpados fueron colocadas monedas, para mantenerlas cerradas. Fue posible tomar fotos de unas monedas cuya marca quedó en el paño, y se verificó que eran de la época de Nuestro Señor.

De esta manera constatamos que la propia ciencia comprueba hasta la evidencia la autenticidad de ese tejido sagrado.

La grandeza, el poder y la bondad de Dios

Entre otras preguntas de orden científico, surgió la siguiente: ¿qué marcó ese paño de esa forma como está caracterizado? ¿Fueron apenas evaporaciones y trasudaciones de un cadáver?

Al hacer el análisis, se llegó a la respuesta: ¡no! Hubo, eso sí, otra fuerza que marcó el paño y dibujó la figura.

¿Cuál es esa fuerza? Sabemos que es la acción triunfante, omnipotente de Dios, que posó sobre ese cadáver y lo hizo resucitar. Por designios misteriosos, Dios deseó que esa acción delinease aquella figura en el paño. ¡Él lo quiso, Él lo hizo! Los científicos la estudiaron y concluyeron que tiene tres dimensiones.

Recordando nuestras consideraciones anteriores, dijimos que el siglo XIX recibió, al expirar, una manifestación enorme de grandeza, de poder y de bondad de Dios.

El Santo Sudario es como un estandarte que le afirma a la Santa Iglesia: ¡Tú no morirás!


1) El abogado Secondo Pia le tomó fotos al Sudario en mayo de 1898.

 

 (Revista Dr. Plinio, No. 139, octubre de 2000, p. 24-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de una conferencia del 28.4.1984).

 

 

Last Updated on Monday, 09 October 2017 16:52