Vírgen de Fátima

"Los vientos y el mar le obedecen"

 

Plinio Corrêa de Oliveira

En la noche de Navidad es normal que, reunidas junto al Pesebre, las familias piensen en las gracias recibidas a lo largo del año que va finalizando y en las perspectivas que se descortinan delante de ellas para el año nuevo que se aproxima.

Cristo Nuestro Señor es el centro de la Historia. En Él se encuentran el pasado, el presente y el futuro. Es, por lo tanto, justo que esos pensamientos afloren, entre tantos otros, en el espíritu de aquellos que procuran ser fieles a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana en esta sociedad tan conturbada.

Por todos lados vemos corrupción, confusión y ruina, en lo cual hay materia abundante para sentirnos carentes de la protección divina y la pidamos con toda devoción al Niño Jesús, por medio de José y de María Santísima, cuya intercesión junto a Él tiene un valor tan decisivo.

Con todo, no podemos celebrar esta magna Fiesta como si fuese un año cualquiera. Nuestra Navidad debe ser como en una casa de familia donde la madre se encuentra gravemente enferma y padeciendo dolores atroces. Se comprende que se monte un árbol de Navidad, y haya un movimiento de piedad y de alegría a propósito de una fecha tan augusta. Pero todo eso debe estar dominado por el recuerdo de la madre enferma, que proyecta una luz violácea sobre las festividades.

Esa es bien la atmósfera que debe haber en nuestras conmemoraciones navideñas, por razones tan bien conocidas por todos nosotros. Debemos, pues, cargar el dolor de nuestra Santa Madre, la Iglesia, durante esta Navidad, y saber tener un espíritu de reparación en los actos de piedad ofrecidos por nosotros en esta ocasión.

Nuestra Señora, con certeza, desde el primer instante reparaba junto al Niño Jesús todos los sufrimientos que Él habría de padecer. Al contrario de lo que se acostumbra a pensar – o sea, que las tristezas son inconvenientes para la Navidad –, aquella noche sacrosanta tuvo tristezas.

Ahora bien, en las actuales circunstancias, no tener pesar por la situación de la Santa Iglesia es inconcebible. Entonces, ¿el cáliz del dolor está siendo sorbido hasta la última gota, y nosotros, en vez de meditar en los cálices con hiel, pensamos apenas en las copas con champaña? ¿Cómo un alma verdaderamente católica puede ser así?!

Sin embargo, una confianza indestructible debe acompañar esa tristeza. No nos dejemos aterrar por los oleajes que sacuden al mundo moderno. Una palabra del Divino Maestro puede imponer límites a la tormenta y salvar a los que están con Él en la barca.

Después de haber ordenado a los vientos y a las aguas revueltas en el Lago de Genesaret que se aplacasen, por cierto Jesús pudo oír de sus discípulos este comentario, que habrá alegrado a su Sagrado Corazón: “Qualis est hic, quia et venti et mare obœdiunt ei?” – “¿Quién es este, a quien hasta los vientos y el mar le obedecen?” (Mt 8, 27).

No habrá vientos que la Providencia Divina no reduzca al silencio, ni mares que Ella no contenga en sus debidos límites, en la medida en que esto sea para la mayor gloria de Dios y salvación de las almas.

De nuestra parte, debemos pedir al Niño Jesús la gracia de prestar a la Causa de la Civilización Cristiana todos los servicios necesarios para contener los oleajes de la inmoralidad y de la corrupción contemporánea.

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(Editorial de la Revista Dr. Plinio, No. 285, diciembre de 2021, p. 4. Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Cf. Conferencias del 20/12/1965 y 30/11/1990 – Título del Editorial en la Revista: Venti et mare obœdiunt ei).

Last Updated on Thursday, 02 December 2021 17:21