Uno de los primeros luchadores contra la herejía

San Juan Evangelista, el Apóstol virgen, que auscultó el Sagrado Corazón de Jesús y recibió a Nuestra Señora como presente, fue también el precursor de todos los batalladores de la fe hasta el fin del mundo. 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Con respecto a San Juan Evangelista, cuya fiesta la Iglesia conmemora el 27 de diciembre, tenemos para comentar una ficha extraída de Dom Guéranger1.

Águila que se eleva hasta el Divino Sol

San Esteban es reconocido como el prototipo de los mártires, pero San Juan nos aparece como el príncipe de los vírgenes. El martirio le valió a Esteban la corona y la palma: la virginidad le mereció a Juan prerrogativas sublimes que, al mismo tiempo que demuestran el valor de la castidad, colocan ese discípulo entre los principales miembros de la humanidad.

Descendiente de David, de la familia de la Santísima Virgen, San Juan era pariente de Nuestro Señor según la carne. Mientras otros fueron Apóstoles y discípulos, él fue amigo del Hijo de Dios. Como proclama la Santa Iglesia, esa predilección se debe al sacrificio de la virginidad ofrecido por Juan al Hombre Dios. Conviene, pues, resaltar en el día de su fiesta las gracias y prerrogativas que resultan para él de esa amistad celestial.

Conforme al Evangelio, San Juan fue el discípulo que Jesús amaba. Esa simple frase basta por sí misma, pero ese amor debe haber sido para él el principio de dones relevantes, entre los cuales se destaca el hecho de haber sido el primer defensor del Verbo Divino, del Hijo consubstancial al Padre, que la herejía ya comenzaba a negar. En esa defensa, San Juan se eleva como un águila hasta el Divino Sol en enseñanzas luminosas y límpidas.

Si Moisés, después de haber conversado con Nuestro Señor, se retira de ese maravilloso entretenimiento con la frente ornada de rayos maravillosos, ¡cuán radiosa debería ser la faz admirable de Juan, que se apoyaba sobre el Corazón de Jesús, donde, como habla el Apóstol, están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia!

¡Además, fue el hijo de María! Al morir, Jesús dejaba a su Madre. ¿Quién en la Tierra merecería recibir tal legado? Por cierto, el Salvador debería enviar a sus ángeles para guardar y consolar a la Santísima Virgen. Pero, de lo alto de la cruz, el Salvador vio a su discípulo virgen, cuya castidad lo hizo digno de heredar ese tesoro tan valioso. Así, según la bella frase de San Pedro Damián, Pedro recibió en depósito la Iglesia, la madre de los hombres, pero Juan recibió a María, la Madre de Dios.

La castidad ennoblece y dignifica a la criatura humana

En este texto pululan los pensamientos profundos y las consideraciones importantes, de manera que no es posible comentar todo, pero alguna cosa puede ser considerada.

En primer lugar, es la afirmación muy verdadera de que el sacrificio de la virginidad, la oblación de la castidad, es tan grata a Dios, que viene inmediatamente después del martirio.

La castidad es, sobre todo, una virtud del alma que importa en un abandono de lo bajo, de lo sórdido, en una renuncia a todo aquello que tendería a establecer el dominio de la materia sobre el espíritu. La castidad ennoblece y dignifica a la criatura humana, haciéndola afín con Dios. Por eso, Nuestro Señor Jesucristo amaba a San Juan al punto de ser – como está recordado en esta ficha – el discípulo a quien Jesús amaba.

Está muy bien afirmado: si los otros fueron Apóstoles y discípulos de Nuestro Señor, él fue el amigo. Él era el más cercano de todos y a quien el Redentor tributaba un sentimiento por encima del dado a los otros.

Aquel pequeño episodio que se dio en la Cena es muy característico a ese respecto. San Pedro quería saber quién era la persona que iría a traicionar a Nuestro Señor, porque le Divino Salvador había dicho que uno de ellos lo traicionaría. Entonces San Pedro – noten, se trataba del primer Papa –, queriendo de todos modos conocer el nombre de esa persona, pidió a San Juan que preguntase, y este, posando la cabeza sobre el propio pecho de Nuestro Señor, preguntó.

Ahí tenemos una maravillosa evocación de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. San Juan se quedó oyendo pulsar el Corazón Divino. En aquel momento sus pulsaciones eran de amor, pero también de angustia y de dolor, porque el abismo de sufrimiento en que iría a precipitarse estaba llegando cerca de Él.

Se ve en ese hecho que San Juan – un alma eminentemente virgen, pero también allegada a Nuestro Señor y devotísima del Sagrado Corazón de Jesús – tenía una proximidad única con relación al Redentor.

Grandeza de San Juan Evangelista

Pero, como dice muy bien Dom Guéranger, se puede afirmar que un don que no quedaba por debajo de ese era el de recibir a María como Madre. Nuestro Señor, al morir, dejó a su amigo, a su discípulo predilecto más que a todos los otros, un tesoro inestimable: a Nuestra Señora, la Reina del Cielo y de la Tierra, el primer ser por debajo de Dios, todo lo que el Creador puede dar a un hombre. Más que eso, Dios no podría conceder.

En eso hay otra manifestación extraordinaria del amor a las almas vírgenes. Nuestra Señora, Virgen, fue dada por el Hijo virginal al amigo virginal, al discípulo virginal, San Juan. He aquí algunos trazos más para considerar la grandeza de ese santo.

Sin embargo, el cuadro no estaría completo si no fuese mencionado otro aspecto de su vida. Él fue uno de los primeros luchadores contra la herejía. La primerísima herejía que nacía en aquel tiempo era con respecto a las relaciones entre las naturalezas humana y divina de Nuestro Señor, y San Juan comenzó a luchar contra esa herejía.

Entonces el Apóstol virgen, el Apóstol del Corazón de Jesús, el Apóstol que recibió a Nuestra Señora como presente, también fue el precursor de todos los luchadores de la fe hasta el fin del mundo, hasta el momento en el cual el Profeta Elías vendrá a luchar contra el anticristo.

En estas consideraciones tenemos materia amplia para encomendarnos a San Juan, pidiendo que nos consiga las cualidades de alma que lo hicieron digno de este premio de una grandeza inconmensurable: recibir a Nuestra Señora para cuidarla.

1) Cf. GUÉRANGER, Prosper. L´année liturgique. París, Librairie Religieuse H. Oudin, 1900. Vol. I, pp. 326-331.


(Revista Dr. Plinio, No. 185, diciembre de 2021, pp. 15-17, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia de diciembre de 1964).

Last Updated on Thursday, 09 December 2021 19:03