La barbarie lleva al cansancio de la desacralización

 

Plinio Corrêa de Oliveira

La época en que estalló la Revolución Francesa tenía atrás de sí una larga tradición monárquica y aristocrática. Los fautores de la Revolución, antes de sembrar en el pueblo francés la dificultad de soportar la inmovilidad de una tradición casi milenaria y de debilitar la confianza filial que la masa de la población depositaba en ese edificio de la grandeza de Francia, difundieron cierta saciedad con relación a todo el refinamiento de la más delicada y encantadora de las noblezas, hacia cuyos faustos afluían admiradores de Europa entera, de todas las clases sociales. En alguna medida, hasta los nobles quedaron hartos de eso.

En efecto, uno de los mayores peligros para el alma humana es el momento en que la admiración se cansa. Cuando el hombre es cargado por las alas del entusiasmo no le es difícil volar por los cielos de lo maravilloso. Pero cuando, por el contrario, él siente no partir más de sí aquel dinamismo que lo levantaba contra las leyes de la gravedad para surcar los aires, y se ve obligado a elevarse, a admirar y amar sin la voluntad sensible, en la aridez, y experimenta esa especie de tedio moral que la rutina puede causar hasta con relación a las cosas más magníficas, entonces le es pedido aquel heroísmo del cual dan ejemplo los santos.

Ese fenómeno sucede con todas las instituciones y con los gobernantes en relación con sus gobernados. Por esa razón, los dirigentes deben tomar mucho cuidado, pues cuando eso sucede, hay un peso que hace con que, al morir los entusiasmos, las oposiciones alcen vuelo.

Esa teoría del cansancio explica ciertos fenómenos de la Revolución Francesa. Con mucha habilidad, los enemigos de la Civilización Cristiana supieron difundir la sensación de que el refinamiento era muy bonito, pero antinatural: sillas doradas bellísimas, pero incómodas; trajes lindos, preceptos de educación magníficos, pero exigían un continuo sacrificio.

Así, todo el esplendor del Ancien Régime estaba basado sobre un gran cansancio. Cuando el entusiasmo desaparecía, solo se sentía el enfado. Surgía, entonces, un deseo intemperante de desabotonar la ropa, quitarse los zapatos, en fin, una vaga tendencia a la anarquía.

En una sociedad así cansada de una serie de valores concernientes a la civilización, las palabras liberté, égalité y fraternité sonaban con tonalidades embriagantes.

Libertad: lejos todo cuanto nos amarra, constriñe y aprieta. Queremos ser libres como un bárbaro.

Igualdad: la superioridad nos inspira respeto – ese sentimiento sin el cual el mundo es un infierno –, que se traduce en reverencias y actitudes graves. Eso nos pesa y nos confina. ¡Acabemos con el respeto! Todos son iguales, no somos obligados a inclinar la cabeza delante de nadie. No admitimos, gritamos, quebramos y guillotinamos a quien se crea superior.

Fraternidad: como somos iguales, somos hermanos. Desde que se mantenga entre nosotros la igualdad completa, nos unimos en un abrazo fraterno en el cual no se permite que uno supere al otro.

Tal trilogía, diseminada en ese ambiente de saturación, produjo un cosquilleo delicioso de esperanzas y el deseo de desamarrarse, desabotonarse, desordenarse, ser sucio, abandonarse a la naturaleza con cuanto en ella haya como efecto del pecado original. Por lo tanto, un mundo de inmundicia y ausencia de todo lo que sea quintaesenciado. La barbarie acabó constituyendo el desahogo de un pueblo que llevó la civilización hasta cierto punto, pero no supo equilibrarla.

Cuando se tiene fe, se ama la sacralidad y se siente la necesidad de ella en todo, desde el taller de un trabajador manual hasta el palacio de un Rey, en lo alto de cuya corona se quiere ver la cruz de Cristo, sin la cual la diadema no vale nada; encimada por el símbolo de la Redención, no obstante, se vuelve sagrada.

Entonces aparece en el alma el equilibrio que suscita las grandes admiraciones, las dedicaciones magnánimas, los notables afectos de fidelidad llevada hasta el martirio.

¿Qué le faltaba a la corte francesa? Una sacralidad que ella había perdido. Esa desacralización, encantadora a primera vista, al cabo de algún tiempo sacia y camina hacia la muerte, conducida por sus propios jefes.

Luis XVI sonrió ante las primeras efervescencias de la Revolución Francesa, las cuales se le presentaban en espléndidos salones palacianos, envueltas, a veces, en el sonido argénteo  del clavecín o luciendo discretamente en los ambientes y en las escenas bucólicas a la manera del Hameau, una especie de aldea artificial donde María Antonieta, vestida de pastora y acompañada de otras damas de la corte, iba a sacar leche de la vaca, en un mundo en que las pastoras ya estaban hartas y no querían saber de reinas. Había llegado el momento de la Revolución.


(Editorial de la Revista Dr. Plinio, No. 280, julio de 2021, p. 4, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 1/7/1994  Título del Editorial en la Revista: Del hastío de la sacralidad a la hora de la Revolución).

Last Updated on Thursday, 29 July 2021 19:42