Santa Clotilde y la conversión del Rey Clodoveo

Enfrentando durísimas pruebas con mucha fe y confianza en la Divina Providencia, Santa Clotilde consiguió la conversión de su esposo Clodoveo, Rey de Francia. Después de su victoria obtenida en la Batalla de Tolbiac, él y tres mil de sus soldados fueron bautizados por San Remigio, Obispo de Reims.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

A pesar de ser hija de los Reyes de Borgoña, Clotilde tuvo una infancia muy triste. Nacida alrededor de 475, Gundebaldo, su tío, obcecado por la ambición, asesinó a los padres de Clotilde, a dos de sus hermanos, enclaustró a su hermana mayor en un convento y se llevó consigo a Clotilde, niña de una belleza extraordinaria. Aunque viviese en un ambiente todo arriano, Clotilde tuvo la felicidad de recibir a una maestra católica que la educó en la Religión verdadera. Cuanta más aversión le inspiraba la presencia del asesino de sus padres, tanto más se entregaba a Dios y a su divina Madre.

Capilla riquísima y culto esplendoroso

En balde se esforzaba por quedar desconocida del mundo: la rara belleza y, más aún, las bellas cualidades de corazón y de espíritu de la doncella, atrajeron la atención de toda Borgoña, que se enorgullecía de tener una princesa tan virtuosa.

Pedida en matrimonio por Clodoveo I, Rey de Francia, dio su consentimiento solo después de rezar mucho, y aún así con la condición de que el Rey, que todavía era pagano, le dejase practicar la Religión cristiana. Clodoveo dio su palabra de honra de querer respetar la Religión de Clotilde, y así, contrajeron nupcias en 493.

El único deseo de Clotilde era la conversión del Rey y del pueblo al catolicismo. Contando con la influencia del buen ejemplo, la Reina instaló en el palacio una capilla riquísima y organizó el culto del modo más esplendoroso. Personalmente de una puntualidad rigurosa en el cumplimiento de los deberes religiosos, su vida era de penitencia y de caridad sin precedentes. De este modo Clotilde no solo consiguió ser respetada y amada en medio de los elementos más o menos hostiles a la Religión cristiana, sino que, más aún, consiguió que el Rey perdiese sus preconceptos en materia de religión y se sintiese feliz de poseer una esposa virtuosa.

Clotilde no perdía ocasión de mostrar a su esposo la belleza de la Religión de Cristo. Incesantemente dirigía oraciones a la misericordia divina, para que se compadeciese del Rey y del pueblo de Francia, y les concediese la gracia de la conversión. Clodoveo no era inaccesible a los ruegos de su esposa, pero no se animaba a abandonar las supersticiones del paganismo, temiendo el desagrado del pueblo. No obstante, consintió en que su primer hijo fuese bautizado con toda solemnidad.

Pruebas durísimas enfrentadas con confianza en Dios

Dios tuvo a bien sujetar su fiel sierva a pruebas durísimas. El primer hijo murió pocos días después de haber recibido el bautismo. El dolor del Rey fue indescriptible y su corazón se llenó de rencor contra su esposa, levantándole las más duras acusaciones.

– Veo en la muerte de mi hijo la ira de los dioses que, irritados con el bautismo cristiano, así se vengaron.

Clotilde, con mansedumbre, respondió:

– No tengo menos motivo para llorar la muerte del niño; pero doy gracias a Dios de que se dignó darme un hijo para llevárselo pronto a su reino.

¡Qué bella respuesta, digna de una madre cristiana!

Clotilde no se desanimó y continuó preparando el espíritu de Clodoveo para recibir la gracia del cristianismo. Cuando dio a luz a su segundo hijo, consiguió del Rey el consentimiento para el bautismo del niño. Sin embargo, sucedió que este segundo niño también se enfermó gravemente después de la recepción del sacramento. Para Clodoveo ya no había más duda de que era el sacramento cristiano el causante de la muerte del primero y de la enfermedad del segundo hijo. Alucinado por el dolor, rompió en blasfemia y lanzó contra su esposa los más graves insultos. Clotilde sufrió todo callada, pero su amor a Dios y la confianza en la Divina Providencia no sufrieron ningún quebranto. Con el intuito de desagraviar la Santa Religión ultrajada, tomó al niño enfermo en sus brazos y, de rodillas delante del crucifijo, ofreció la inocencia del hijito por la conversión del padre. Dios recompensó esa humildad y caridad con la cura repentina del niño.

La alegría y el pasmo de Clodoveo, al ver a su hijo sano y salvo, fueron indescriptibles. Bendiciendo la grandeza y el poder del Dios de los cristianos, prometió aceptar la fe cristiana, promesa cuyo cumplimiento, sin embargo, después postergó, alegando mil motivos.

“Si yo estuviese allá con mis francos…”

Entre tanto, llegó la guerra contra los alamanes. Despidiéndose de la mujer, esta le dijo:

– No pongas tu confianza en tus dioses, que no tienen ningún poder, sino, confía en Dios Todopoderoso, que te dará la victoria sobre tus enemigos. Acuérdate de estas palabras cuando te encuentres en peligro.

En Tolbiac se trabó una sangrienta batalla y la victoria pendía hacia el lado de los alamanes. En las filas de los ejércitos de Clodoveo ya reinaban desórdenes, y él mismo corría el riesgo de ser apresado. En esta angustia suprema, Clodoveo se acordó de las palabras que su esposa le había dicho en la despedida y, con los ojos y las manos elevadas al cielo, así rezó:

“¡Oh Dios de Clotilde, ayudadme! Si me libertareis de este peligro y me concediereis la victoria, creeré en Vos y vuestra Religión será introducida en mi reino.”

Inmediatamente las cosas cambiaron de aspecto. Un pánico inexplicable se apoderó de los enemigos, que fueron completamente derrotados. Indescriptible fue el júbilo de los francos y del Rey, que tan evidentemente acababa de experimentar el poder del Dios de los cristianos.

Esta vez Clodoveo cumplió la palabra. Instruido en la Doctrina cristiana por San Remigio, por el mismo santo obispo fue bautizado en 496, en Reims, y con él tres mil francos recibieron el mismo sacramento. Las calles de la ciudad ostentaban un pomposo ornato y la catedral estaba adornada solemnemente.

– ¿Este es el Reino de los Cielos, santo padre? – preguntó el Rey al transponer el umbral de la catedral.

Cuando el obispo le habló de la muerte de Cristo en la cruz, Clodoveo respondió:

– Si yo hubiese estado con mis francos, nada le habría sucedido.

Cuando Clodoveo se dirigió a la pila bautismal, San Remigio lo recibió con estas palabras:

– Inclina tu cabeza, altivo sicambro, y adora lo que hasta hoy perseguiste y persigue lo que hasta ahora adoraste.

Dice la tradición que, en el momento del Bautismo de Clodoveo, todo el pueblo vio una paloma blanquísima que traía en el pico un frasco con los santos óleos, y un ángel llevaba un estandarte de un riquísimo bordado. El frasco se conservó hasta el tiempo de la Revolución Francesa, cuando fue quebrado. La flor de lis, desde entonces el blasón de los reyes de Francia, es un símbolo antiquísimo de origen celta y significa la fertilidad.

Aunque cristiano, Clodoveo continuó su carrera de conquistador, dando muchas pruebas de un carácter bárbaro y de índole feroz. Murió a la edad de setenta años. Clotilde tuvo muchos y profundos disgustos con sus hijos, que guerreaban en luchas fratricidas. Murió en 545 y su cuerpo se encuentra en la Iglesia de Santa Genoveva, en París.

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(Revista Dr. Plinio, No. 279, junio de 2021, pp. 24-26, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de O Legionário, No. 773, del 1/6/1947).

Last Updated on Thursday, 01 July 2021 21:21