Santo Tomás Becket, Mártir de la libertad y la supremacía de la Iglesia

Incluso inerte en su sepulcro, Santo Tomás Becket, siglos después de haberse hecho mártir por la libertad de la Iglesia, todavía constituía un obstáculo para que el caudal de la herejía pudiese avanzar entre los ingleses. Por esa razón, el impío Enrique VIII mandó a profanar y quemar sus restos mortales.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Hay un adagio latino que dice: “Nemo summo fit repenter”. De hecho, ninguna acción sumamente buena o mala se hace repentinamente, sino que es precedida por una serie de actos que la preparan. Esto que se aplica a la vida moral de los individuos, se revela igualmente verdadero en lo que dice respecto a la historia de las civilizaciones, de las naciones, de los ciclos de cultura: los grandes acontecimientos históricos se preparan con antecedencia.

¿Cómo explicar uno de los episodios más tristes de la Historia de la Iglesia?

En ese sentido, uno de los episodios más tristes de la Historia de la Iglesia es, sin duda alguna, el paso casi macizo de Inglaterra de la observancia plena de la Religión Católica hacia el protestantismo, en el siglo XVI. Bastó que el Rey Enrique VIII entrase en desacuerdo con la Santa Sede, por el hecho de que esta no le permitió divorciarse de Catalina de Aragón y contraer nuevas nupcias, para que él se proclamase jefe de la iglesia inglesa y se separase de Roma.

En el momento en que el monarca rompió con la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, un número muy pequeño de eclesiásticos y de laicos se mantuvo fiel. Algunos de ellos se hicieron mártires, entre los cuales los dos más ilustres fueron Santo Tomás Moro, como laico, y San Juan Fisher, como Cardenal. Con todo, la mayor parte se entregó y cambió de religión vergonzosamente, sin el menor remordimiento. Conventos enteros, universidades, instituciones de caridad, todo pasó en bloque para el protestantismo.

¿Cómo explicar un hecho tan escandaloso como ese? ¿Cómo fue practicada una acción de esa naturaleza al mismo tiempo y por tantas personas, por el simple soplo de un rey?

Se comprende que, estando Europa en el período de las monarquías absolutas y siendo muy grande, en consecuencia, el poderío de los monarcas, también fuese grande la presión ejercida por ellos para obligar al reino a la apostasía. Sin embargo, cabe observar que, en primer lugar, ese no era exactamente el caso de Enrique VIII, pues hacía mucho que los poderes de la monarquía inglesa se encontraban limitados por los del Parlamento. En segundo lugar, más absolutos que todos los monarcas de la Europa de aquel tiempo fueron los potentados de la Roma pagana; sin embargo, incontables mártires supieron resistirles. Por lo tanto, el despotismo de la autoridad que prevarica no justifica la prevaricación del súbdito.

Estamos, pues, delante de una página nigérrima de la Historia de la Iglesia, la cual, a propósito, se repitió, mutatis mutandis, en algunos otros reinos. La deterioración de la Iglesia Católica hacia la iglesia protestante en Suecia, en Noruega, en Dinamarca y en varias partes de Alemania se dio así. Hubo una presión del poder civil, y el cuerpo eclesiástico adhirió macizamente a la herejía.

Dos concepciones opuestas de la vida

En el caso concreto de Inglaterra, nosotros encontramos la explicación en lo ocurrido con Santo Tomás Becket.

Ya en el siglo en que él vivió, en plena Edad Media, había una disputa entre la realeza y el Papado. Los reyes entendían que la Jerarquía Eclesiástica inglesa debería estar bajo su dominio, mientras que los Papas, fundamentados en la institución creada por Nuestro Señor Jesucristo, reivindicaban el dominio pleno en materia espiritual sobre todos los obispos, sacerdotes y fieles.

Por detrás de ese desacuerdo se encontraba un principio más alto, una discusión con respecto a un punto que contenía en sí los gérmenes de la Revolución: quien afirma que el rey tiene poder sobre la Iglesia, en el fondo sustenta que el poder temporal, representante de las cosas de esta Tierra y de la materia, posee un primado sobre el poder espiritual.

Eso equivale a decir que, en el orden de los valores, los asuntos terrenos y civiles tiene más importancia que los religiosos, siendo estos meros instrumentos de aquellos. De donde queda subentendido que, aunque no se afirme explícitamente que el fin de la religión se restringe a la vida del hombre en este mundo y que la Fe es muy útil para disciplinar a los hombres, pero no representa una verdad revelada, objetiva y absoluta.

Por el contrario, el principio sustentado por la Iglesia es el de que las cosas de esta Tierra existen en función de la vida eterna y que, aunque el Estado tenga una finalidad temporal propia, él debe ayudar a la Iglesia a cumplir su misión. Por esa razón, además de estar revestida de todo el derecho y poder en materia eclesiástica, en lo que dice respecto a la salvación de las almas, la Iglesia tiene autoridad incluso sobre el Estado, el cual no puede promulgar leyes que contraríen la Ley de Cristo.

Se trata, por lo tanto, de dos concepciones opuestas de la vida: una sacral y religiosa, sustentada por la Iglesia; otra laica, materialista, revolucionaria.

Lenta invasión del Estado en los poderes de la Iglesia

En el siglo XII hubo una lucha muy fuerte entre el Rey Enrique II y Santo Tomás Becket, quien defendía el poder del Papado y rechazaba la jurisdicción del monarca sobre la Iglesia.

El embate tuvo una especial importancia, porque él era Arzobispo de Canterbury, sede primacial de Inglaterra, y, por lo tanto, representaba implícitamente a todo el cuerpo eclesiástico inglés en cuanto siendo su más alta figura.

La disputa se volvió intensa y Santo Tomás Becket acabó exiliado durante años. Habiendo regresado a Inglaterra, fue asesinado por los esbirros del Rey.

Buena parte del pueblo quedó a favor de Santo Tomás Becket e indignada con el Rey, a tal punto que este se juzgó en la necesidad de hacer penitencia pública delante del sepulcro del santo Arzobispo, pidiendo perdón a Dios por lo que había sucedido.

No obstante, una porción considerable de las clases dirigentes continuó dando apoyo al Rey en secreto, mientras cierto número de intelectuales católicos e incluso de clérigos sustentaban, en voz baja, que Santo Tomás Becket había exagerado y, aunque el Rey hubiese actuado mal al matarlo, doctrinariamente la razón estaba con él, pues el Estado gozaba de superioridad con relación a la Iglesia.

De hecho, acompañando la Historia de Inglaterra se ve que hubo una invasión lenta y progresiva del Estado sobre los poderes de la Iglesia. Esta era cada vez más apaleada, mientras los eclesiásticos tenían cada vez menos coraje de luchar en pro de la causa por la cual Santo Tomás Becket inmoló su vida.

A la manera de un árbol en cuya raíz hay polilla…

Como resultado, trescientos años después Inglaterra todavía era católica, pero su catolicidad se había vuelto tan superficial, que fue posible derrumbar a la Iglesia en aquel reino más o menos como se abate un árbol en cuya raíz hay polilla: con un empujón se cae. Por más que algunas fibras continúen unidas al suelo, fácilmente se cortan y todo acaba.

Cuando subió al trono María Tudor, que se casó con el Rey Felipe II de España, hubo una restauración religiosa en Inglaterra. La nación entera se convirtió a la Fe Católica y un legado papal fue enviado para dar la absolución al Parlamento; se tendría la impresión de que todo estaba en orden.

Sin embargo, nada estaba en orden. Fallecida María Tudor, aquellos mismos obispos y otras autoridades que se habían convertido a la Religión Católica volvieron al protestantismo. Luego, todo era apariencia y oportunismo.

Si no hubiere una reacción, el progresismo llevará a los fieles a la herejía

Esos hechos tienen una analogía con nuestros días. Notamos precisamente el pensamiento católico minado por la Revolución a partir, por lo menos, del siglo XIX. Inicialmente por medio de simples omisiones o concesiones en puntos doctrinarios no bien definidos; más tarde, mediante la adhesión explícita a doctrinas injustificables.

Vemos en el mundo actual brotar el progresismo. Si no hubiere una reacción, es forzoso que al cabo de algún tiempo los fieles caigan en herejía. En efecto, el edificio espiritual de un país minado por el progresismo se asemeja a la madera corroída por dentro por la polilla, aunque conserva su apariencia exterior: quien la ve, piensa que todo está normal, cuando en realidad basta presionar el dedo para que aquella cáscara ceda. A propósito, ni siquiera esa apariencia está muy conservada; hay apenas un resto de ortodoxia. Se pone la mano e inmediatamente aparece el pensamiento revolucionario.

Yo pude asistir a esa evolución en Brasil. Cuando era un joven congregado mariana, entre 1929 y 1932, notaba que la Religión Católica profesada en torno de mí parecía enteramente ortodoxa, tal como yo la había aprendido de niño. Sin embargo, observaba con extrañeza que el sentido de lucha había desaparecido por completo. Diez años antes todavía se atacaban los errores del protestantismo, pero cuando yo tenía cerca de veintitrés años ya casi no se hablaba de eso.

Además, yo percibía que las verdades católicas más características, aquellas que le duelen más a los herejes, no eran afirmadas en sus puntos protuberantes. Por ejemplo, me llamaba la atención cómo todo el mundo admitía la infalibilidad de la Iglesia y el principio de la monarquía papal, pero se trataba con indiferencia a quien quisiese hablar con mucho entusiasmo a ese respecto. En general, los temas que interesaban se limitaban a los que no despertaban polémica.

Alrededor de 1937 y 1938, comenzó la primera infiltración de las ideas progresistas. En 1970 esas ideas van tomando cuenta de todo. Primero las omisiones, después las concesiones, en seguida las traiciones: un triple ritmo. Vemos eso tanto en la Historia de Inglaterra como en nuestros días.

Preparación remota para la negación completa de la Iglesia

Así caminan las grandes herejías: los silencios preparan las traiciones. Inglaterra no adhirió al protestantismo con explosiones de odio, como sucedió por ejemplo en Alemania, ni con una especie de crisis de conciencia colectiva que cortó el país por la mitad, como se dio en la Revolución Francesa, sino en la indolencia y en la inexistencia de cualquier reacción.

En nuestros días, las alas más avanzadas del progresismo sustentan que la Iglesia, como la conocemos, debe ser desarticulada y su Jerarquía prácticamente abolida. Los obispos y padres necesitan ser tutelados por una especie de “profetas”, y las parroquias aglutinadas al sabor de ese “espíritu profético”.

Esas ideas están en la lógica de un mismo error que avanza: primero se afirma que la Iglesia debe estar sometida al Estado, porque el principio laico prevalece sobre el religioso; más adelante se dice que el principio religioso es inútil.

En efecto, es tan antinatural defender que lo laico está por encima de lo religioso, que tal contradicción no se sustenta, y solo puede ser vista como una etapa para el rechazo de lo religioso. Entonces, la posición inglesa representó una preparación remota de terreno para la negación completa de la Iglesia.

Esa preparación remota tuvo sus inicios en los episodios vividos por Santo Tomás Becket, de cuya post-historia nos habla Dom Guéranger en L´Année Liturgique.

Reliquias profanadas y destruidas

El siglo XVI vino a añadir algo más a la gloria de Santo Tomás Becket, cuando el enemigo de Dios y de los hombres, Enrique VIII de Inglaterra, osó perseguir con su tiranía al mártir de la libertad de la Iglesia hasta en el espléndido relicario donde él recibía hacía cuatro siglos los homenajes de la veneración del mundo cristiano.

Enrique II pretendía dirigir la Arquidiócesis de Canterbury, transformando su Arzobispo en una especie de lacayo mitrado. Una vez el más importante de los prelados ingleses cediese, era natural admitir que los otros se dejasen arrastrar también y la Iglesia en Inglaterra se transformase en una oficina pública.

Santo Tomás Becket fue muerto en su catedral, convirtiéndose en un mártir de la libertad de la Iglesia. Habiendo sido canonizado, su cuerpo yacía en un relicario espléndido, donde durante cuatro siglos recibió los homenajes de los ingleses.

Ahora bien, a partir del momento en que Enrique VIII se separó de Roma y se declaró jefe de la iglesia de Inglaterra, era natural que él quisiese injuriar las reliquias de aquel que había muerto para que eso no se diese. Entonces, mandó a algunas personas que fuesen a la Catedral de Canterbury para violar la sepultura de Santo Tomás Becket. Como comenta Dom Guéranger, es una gloria más para ese santo, el hecho de que sus restos mortales hayan sido profanados por el hombre nefando que separó a Inglaterra de la Iglesia Católica.

Continúa el texto:

Los huesos sagrados del prelado, muerto por la justicia, fueron arrancados del altar. Un proceso monstruoso fue instituido contra el padre de la patria, y una sentencia impía declaró a Tomás reo del crimen de lesa majestad.

Esos restos preciosos fueron colocados sobre una hoguera, y en ese segundo martirio el fuego devoró los despojos del hombre simple y fuerte cuya intercesión atraía sobre Inglaterra la mirada y la protección del Cielo.

Inglaterra ya no era digna de aquel tesoro

También era justo que el país que debía perder la Fe por una desoladora apostasía no guardase en su seno un tesoro que ya no sería debidamente estimado. Además, la sede de Canterbury estaba manchada. Cranmer se sentaba en la cátedra de los Agustinos, de los Dunstanos, de los Lanfrancos, de los Anselmos, de Tomás en fin; y el santo mártir, mirando a su alrededor, no habría encontrado entre sus hermanos de esa generación sino a Juan Fisher, que consintió en seguirlo hasta el martirio. Pero este último sacrificio, por muy glorioso que fuese, nada salvó. Hacía mucho que la libertad de la Iglesia había perecido en Inglaterra. La Fe se apagaría lentamente.

El autor comenta cómo es explicable ese proceso monstruoso. La Inglaterra protestante destruyó un tesoro que ya no era digna de contener. Se privó, así, por sus propias manos, de la presencia de las reliquias de un santo que sería un intercesor todavía válido para evitar que ella cayese en los últimos peldaños de la apostasía. Y, con eso, se consumó el crimen.

Además, incluso la Iglesia en Inglaterra ya no era digna de ese tesoro. Con excepción del Cardenal Juan Fisher, todos los obispos del país apostataron. Los padres y las monjas, en su casi totalidad, aceptaron el paso hacia el protestantismo con una pasividad simplemente vergonzosa, como sucedió en Suecia, Noruega, Dinamarca y en ciertas partes de Alemania. Conventos, diócesis, poblaciones enteras dejaron la Religión Católica con la mayor indolencia, cuando con la mayor alegría, y se hicieron protestantes.

Ser odiado por los malos, incluso después de la muerte, es una gloria

Casi nadie habla de esa ejecución póstuma de Santo Tomás Becket; sin embargo, hay en ella una verdadera gloria para el santo. Ser odiado por los malos, sufrir persecución por amor a Nuestro Señor Jesucristo es una gloria. Pero, que el ejemplo dado por un hombre haya sido tan magnífico que los malos no consiguen violar los Mandamientos de la Ley de Dios sin primero destruir sus reliquias, ¡es una gloria aún más grande!

Hasta después de muerto él era una barrera, y fue necesario remover ese obstáculo para que el caudal de la herejía pudiese avanzar. Ahora bien, no hay nada más bello que un varón reclinado en su sepulcro, inerte, puesto en la sombra de la muerte – por lo menos en cuanto a su cuerpo – ser todavía un centinela por el cual solo se pasa eliminándolo. ¡Es una verdadera belleza!

Santa Teresita del Niño Jesús decía que ella pasaría su Cielo haciendo bien a la Tierra. Santo Tomás Becket, a su manera, hizo lo mismo: su cuerpo infundía pavor en los adversarios.

En ese sentido, Louis Veuillot1 afirmaba que su alegría suprema sería si sus cenizas todavía incomodasen a los enemigos, después de haber llevado la lucha durante su vida tan lejos cuanto posible y haberles arrancado la máscara de la hipocresía.

Algunos amigos míos que estuvieron en Ecuador me contaron que hasta hoy no se sabe dónde está enterrado García Moreno2, porque la divulgación del lugar de su sepultura podría ocasionar manifestaciones pro y contra ese expresidente, fiel imitador de Nuestro Señor Jesucristo por ser una señal de contradicción y piedra de escándalo.3

¡Cómo me gustaría saber que no solo mi sepultura, sino la de cada uno de los que me siguen en la lucha contrarrevolucionaria, fuese un marco de división y de escándalo! Mucho más que eso, yo desearía que, yendo al Cielo, me fuese dado volver continuamente a la Tierra para perseguir a los malos, confundirlos, hacerles reprensiones, infundir terror y batallar contra la Revolución de todos los modos imaginables, de manera a hacer, después de muerto, todo aquello que en vida yo querría haber hecho, pero no me fue posible.

Sería una linda manera de proseguir en nuestro apostolado si todos nosotros, desde el Cielo, continuásemos haciendo caer sobre la Tierra esas y otras “lluvias de rosas”.

1) Escritor y periodista francés (*1813 - †1883).

2) Gabriel Gregorio Fernando José María García y Moreno y Morán de Buitrón (*1821 - †1875). Presidió la República de Ecuador en dos mandatos consecutivos, habiendo sido asesinado durante el segundo, después de haber sido elegido para un tercer mandato.

3) Solamente el 16 de abril de 1975 fueron encontrados los restos mortales de Gabriel García Moreno.

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(Revista Dr. Plinio, No. 273, diciembre de 2020, pp. 22-28, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 28/12/1968 y 29/12/1970   Título del artículo en la Revista: Mártir de la libertad de la Iglesia).

Last Updated on Thursday, 31 December 2020 15:54