Satanás, el padre de los totalitarismos

La primera tentación de liberalismo que la Historia registra se dio en el Cielo, cuando Lucifer y sus secuaces osaron prescindir de Dios para divinizar su propia naturaleza creada. La rebelión de la naturaleza contra el orden sobrenatural corresponde al naturalismo que hoy lanza sobre el mundo el flagelo de los totalitarismos paganos.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Uno de los temas más oportunos en este tiempo de Adviento en que estamos, es el dogma de la Encarnación del Verbo, en su estrecha colaboración con el dogma de la caída de nuestros primeros padres.

Mostraremos los orígenes del naturalismo y del panteísmo, y cómo este no pasa de un auténtico comunismo entre lo finito y lo Infinito, debiendo terminar, forzosamente, en el comunismo de lo que es finito o creado. Lucifer, el primer liberal, también es el primer comunista en la Historia de la Creación.

Punto de partida del Cristianismo

No nos mueve el deseo de propagar novedades. Nos detendremos en la meditación de verdades bien conocidas, pero sobre las cuales nunca está por demás insistir. Si el mundo anda mal, seguramente no es por falta de rumbo, sino por insistir en el camino del error, también viejo y conocido, o por el deseo comodista de no querer pensar en escoger sus veredas. Y en la contemplación de esas verdades conocidas y abandonadas no nos guiaremos por el preconcepto fetichista de tratar apenas de la parte positiva de las afirmaciones, sino que entraremos también en la parte negativa, a propósito, con el intuito positivo de una vez más afirmar los derechos de la verdad, por los desvíos y desatinos a los cuales conduce el error.

Los amigos incondicionales de las afirmaciones y de los puntos de vista exclusivamente constructivos que nos perdonen. Dentro del tema que tenemos que abordar, ya para comenzar se encuentra una negación. Pero la culpa no es nuestra. La Encarnación del Verbo, en su aspecto de Redención, tuvo origen en la negación de Lucifer de servir a Dios. No podemos dejar de, inicialmente, ocuparnos de la caída de los ángeles, de la caída del hombre y del dogma del pecado original.

Este dogma es el punto de partida del Cristianismo, cuyo término es la Redención. “La caída en Adán y la reparación en Jesucristo, conforme afirma Augusto Nicolás1, son, por así decir, los dos polos de la esfera espiritual que se corresponden por las relaciones más justas, más fecundas y más sublimes. Son como los dos movimientos que miden y determinan el juego tan delicado, la relación tan importante entre la libertad y la gracia, con una precisión admirable que solamente Dios podría obrar, solamente la autoridad infalible de su Iglesia puede explicar y mantener, y que todas las herejías han falsificado y destruido casi enteramente.”

Lucha que continuará hasta la consumación de los siglos

En efecto, esos dos dogmas se encuentran de tal modo en la verdad de las cosas, en las necesidades de nuestra naturaleza, tan íntimamente vinculadas entre sí, que no se puede disminuirlos o exagerarlos sin romper el equilibrio y la ponderación de toda la doctrina religiosa, de toda la Filosofía humana e incluso de toda la sociedad, como bien observa el autor de los “Estudios Filosóficos sobre el Cristianismo”.

Relata la Sagrada Escritura que, habiendo Dios creado a los ángeles, antes de admitirlos en la gloria eterna los sometió a una prueba meritoria. Ignoramos cuál haya sido esa prueba, pero de acuerdo con un gran número de teólogos, Dios les había revelado el misterio futuro de la Encarnación, y les había anunciado que ellos deberían adorar al Hijo de Dios hecho Hombre. Lo cual es muy plausible y puede haber sido incluso el premio prometido a Adán por su obediencia. Pero el más bello de los ángeles resistió. “¿Cómo caíste, oh Lucifer, que al nacer del día tanto brillabas? Qué decías en tu corazón: Subiré al Cielo, estableceré mi trono por encima de los astros de Dios, me sentaré sobre el monte de la alianza al lado del viento del norte. Sobrepujaré la altura de las nubes, seré semejante al Altísimo. Y, sin embargo, fuiste precipitado al Infierno, hasta el más profundo de los abismos.”

Vemos, así, que la caída de los ángeles fue motivada por un sentimiento de orgullo, por querer ser iguales a Dios y gozar de la felicidad independientemente de las disposiciones divinas.

La diferencia entre los ángeles buenos y los malos no nació de la diferencia entre sus naturalezas, sino de la variedad de sus voluntades y deseos.

Los ángeles malos se deleitaron en sí mismos como si fuesen su propio bien, y voluntariamente se alejaron del Bien Superior, beatífico. Así, la causa de la bienaventuranza de unos fue unirse a Dios, y la causa de la miseria y desgracia de otros, por el contrario, fue separarse de Dios.

Notemos que Lucifer y sus ángeles, como espíritus inteligentes que eran, no osaron sobreponerse a Dios, sino prescindir de Él, ser “semejantes al Altísimo”. Fue, por lo tanto, la primera tentación de liberalismo que la Historia registra. Y en esa tentativa de divinizar su propia naturaleza creada, de identificarse son la naturaleza divina, tenemos en Lucifer al primer panteísta.

Y vemos, como fruto de esa rebeldía de Lucifer, la primera lucha que se trabó en la Historia de la Creación, esa misma lucha entre el bien y el mal que habría de desarrollarse con el paso del tiempo y que ha de continuar hasta la consumación de los siglos.

La obediencia, madre y custodia de todas las virtudes

Después de la caída de los ángeles viene la caída del hombre.

No pudiendo hacer nada contra Dios, Lucifer procura vengarse en su imagen. Enemigo de la naturaleza, el príncipe del pecado y padre de todos los males, homicida desde el comienzo, llevó al Paraíso Terrestre la seducción y el pecado. Dios había creado al hombre perfecto, dotado de ciencia clarísima y universal, de justicia original unida a la práctica de todas las virtudes, de imperio absoluto del alma sobre el cuerpo y dominio sobre todas las criaturas, exento del sufrimiento y de la muerte. Sin embargo, esta no era la felicidad última y suprema a la cual el hombre podía aspirar. Esa primera felicidad era apenas temporal, durante la cual el hombre contraería méritos para alcanzar, a título de recompensa, el estado de felicidad último y completo. En el jardín de las delicias, en el Edén terreno, el hombre contraería méritos para gozar de la gloria en compañía de los ángeles, a donde sería arrebatado por Dios, después de algún tiempo de prueba y de méritos en su estado primitivo.

Dios recomendó a nuestros primeros padres la obediencia, virtud que en la criatura racional es, en cierto modo, según San Agustín, madre y custodia de todas las virtudes, porque Dios creó a la criatura racional de tal modo que le es útil e importante ser dependiente y muy pernicioso hacer su propia voluntad y no la de Aquel que la creó.

En efecto, dice el mismo Santo Doctor que, cuando el hombre vive según el hombre y no según Dios, se vuelve semejante al demonio, porque ni los mismos ángeles deben vivir según los ángeles, sino según Dios, para que perseveren en la verdad, que es el fruto propio de Dios.

Observa Santo Tomás que el hombre en estado de inocencia estaba al abrigo de toda rebeldía de la carne contra el espíritu, y que por consiguiente su primer pecado no podía venir de la búsqueda desordenada de un bien sensible, sino de la búsqueda desordenada de un bien espiritual. El hombre pecó inicialmente de orgullo al pretender, contra la voluntad de su Creador e instigado por la serpiente, hacerse semejante a Dios por el conocimiento del bien y del mal. “Seréis como dioses”, le dijo el tentador a Eva.

Enemistades entre los hijos del demonio y los hijos de la Iglesia

He ahí nuevamente la tentación del liberalismo, la tentación del naturalismo, la tentación del panteísmo.

El pecado de Lucifer, según Santo Tomás, fue el racionalismo, es decir, la rebelión de la naturaleza contra el orden sobrenatural. Vemos ese mismo pecado en la caída de nuestros primeros padres.

Y henos, así, delante de la larga y porfiada guerra iniciada en el Cielo, y que en la Tierra, desde el origen de los tiempos, la ciudad de los impíos mueve contra la ciudad de los santos, la rebelión contra Dios y su Verbo, que desde los primeros días del mundo hizo que se abrieran los abismos infernales; esa misma rebelión que hoy lanza sobre el mundo el flagelo de los totalitarismos paganos y que hará, en el fin de los tiempos, que sobre él se eleven los torrentes del fuego vengador.

Y es a esa lucha sin tregua que Dios se refiere al decirle a la serpiente que había seducido a Eva: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ella te aplastará la cabeza y en vano le armarás celadas a su calcañar” (cf. Gn 3, 15). Dios anunció que pondría en el futuro enemistades, establecidas sobrenaturalmente por Él, entre una Mujer por encima de todas las otras y el demonio. Esa Mujer que así surge en los designios de la Providencia es la Santísima Virgen, preservada de la mancha original en virtud de los méritos de su Hijo. Entre el demonio y María, Dios establece, así, enemistades perpetuas, análogas a la enemistad esencial que existe entre el demonio y el Esperado de las Naciones, el Hijo de Dios hecho Hombre, concebido en las entrañas virginales de María por obra del Espíritu Santo.

Dios puso enemistades entre la descendencia de la Virgen Santísima y la descendencia del demonio, es decir, entre la masa de los impíos, hijos del demonio que se guían por los deseos de ese padre execrando, en el decir de San Juan, y los hijos de la Iglesia, miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. Y, pese a la opinión de los falsos pacifistas, de los acomodaticios, siempre habrá esa lucha; porque el demonio y los suyos se esforzarán por perseguir a la Mujer y su descendencia, por armarles celadas a su calcañar.

“Los hijos de Belial, dice el Bienaventurado Grignion de Montfort2, los esclavos de Satanás, los amigos del mundo, siempre han perseguido hasta hoy y han de perseguir más que nunca a aquellos y aquellas que pertenecen a la Santísima Virgen, como Caín persiguió otrora a su hermano Jacob, los cuales son figuras de los réprobos y de los predestinados.”

1) Jean-Jacques-Auguste Nicolas (*1807-†1888). Escritor católico y magistrado francés.

2) Canonizado el 20 de julio de 1947.

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 (Revista Dr. Plinio, No. 273, diciembre de 2020, pp. 16-19, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de O Legionário, No. 698, del 23/12/1945  Título del artículo en la Revista: El padre de los totalitarismos).

Last Updated on Thursday, 03 December 2020 17:44