Luis XIV y la respetabilidad

Durante la Revolución Francesa, la turba revolucionaria violó los sarcófagos de los reyes para robar las riquezas con la cual estaban sepultados y profanar sus restos mortales. Al abrir el sepulcro de Luis XIV, su cadáver tenía tal majestad, que el populacho retrocedió. La verdadera respetabilidad produce estos dos efectos: la veneración de quien admira y el odio de quien se rebela.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Luis XIV era un hombre inmensamente majestuoso, que realizaba una mezcla muy feliz de dos nobilísimas dinastías: su madre era Habsburg y el padre Borbón. A propósito, dos naciones – Austria y Francia – cuyas cualidades se equilibran mucho.

Elegancia francesa y grandeza española

Es bonito notar que la Historia francesa, después de la Edad Media, se divide en etapas según la influencia que sobre Francia ejercieron los países cercanos. Así, hubo durante el Renacimiento el período de influencia italiana, que marcó todo el arte francés; después tuvimos el período de influencia española, con la penetración de temas españoles en la literatura francesa, fenómeno del cual encontramos una señal muy significativa en Corneille1.

Luis XIV unía a la elegancia del francés algo de la solemnidad acompasada y majestuosa del español. La coexistencia de la elegancia francesa con cierta grandeza español explica justamente lo que ese monarca tenía de solar.

Una vez explicitado eso, se siente en Luis XIV algo de Felipe II, el rey que de tal manera infundía respeto que, generalmente, cuando las personas estaban en su presencia, él necesitaba tranquilizarlas, diciendo: “Sosegaos”. Creo que eso era dicho con una voz tan majestuosa, que la persona no quedaba mucho más sosegada… Agreguen a esa majestad la gracia francesa y comprenderán cómo de ahí solo podría salir una verdadera obra prima: esta fue Luis XIV.

Durante la Revolución Francesa, la turba revolucionaria violaba los sarcófagos de los reyes para robar las riquezas con la cual estaban sepultados, y vengarse de ellos profanando sus cadáveres y lanzándolos en una fosa común, en medio de cal, para ser consumidos, pues debido a un sistema muy eficaz de embalsamamiento, varios de esos cuerpos se mantenían conservados por mucho tiempo.

Al llegar al sepulcro de Luis XIV, lo abrieron y se depararon con su cadáver ennegrecido, el cual tenía tal majestad, que el populacho, en vez de lanzarse encima como había hecho con todos los otros, tuvo un suspenso y retrocedió un poco. Por lo tanto, hasta después de muerto el Rey Sol impuso respeto. Después, recuperados del impacto, los revolucionarios quedaron furiosos, avanzaron, arrancaron el cuerpo de dentro del féretro y lo lanzaron en la fosa común.

Se podría decir que el respeto infundido por Luis XIV en sus contemporáneos provenía del hecho de él ser un monarca absoluto de quien dependía el futuro de mucha gente, y por eso infundía cierto miedo en las personas que lo reverenciaban por interés.

Ahora bien, esos facinerosos sabían perfectamente que estaban ante un cadáver, habían abierto la sepultura y no podían en absoluto esperar, suponer o tener el recelo de que un rey muerto fuese capaz de alguna venganza contra ellos. Luego, la impresión de respeto provocada por el monarca en esa ocasión no tenía ninguna relación con interés, ambición o temor, y explica mejor la respetabilidad irradiada por él en vida.

Efectos producidos por la verdadera respetabilidad

¿Qué es esa respetabilidad que un hombre irradia en torno de sí al punto de que, hasta los malhechores que van a despedazar su cadáver se detienen un instante, y después, por odio a la respetabilidad, profanan ese cadáver más que el de todos los otros? De hecho, la verdadera respetabilidad produce estos dos efectos: la veneración de quien admira y el odio de quien se rebela. La propia majestad de Dios causaba sobre los espíritus angélicos ese duplo efecto. Satanás y los suyos se rebelaron, mientras que San Miguel y sus ángeles admiraron. Entonces, ¿qué viene a ser esa respetabilidad si, como vimos, se trata de un sentimiento de inferioridad motivado por el miedo o por la ambición?

Es, por cierto, la irradiación de una superioridad, pero no de una superioridad cualquiera, precisamente porque ella es irradiada por la persona y no infundida por algo que se sabe con respecto a ella.

Tomemos, por ejemplo, a Pasteur. Él fue indiscutiblemente un gran sabio, un científico que hizo invenciones geniales de una gran utilidad para el género humano. Cualquier individuo que no tuviese el sentido moral completamente obtuso, sabiendo que estaba tratando con Pasteur, sentiría respeto. No obstante, ese respeto provenía de la constatación de sus hechos y no de una irradiación de su personalidad.

Otro ejemplo, el Mariscal Foch. Su figura nunca me pareció irradiadora de respetabilidad. Si yo lo viese andando a la paisana en un bus cualquiera, mi mirada no se detendría en él ni un minuto, pero si lo reconociese, pensaría: “¡El gran Mariscal Foch, vencedor de la Primera Guerra Mundial!”, y le prestaría todo el respeto.

Para dar un ejemplo nacional, cito a Santos Dumont. Es innegable que él proporcionó un importante avance en la ciencia, al inventar el manejo del avión, por lo cual merece un lugar sobresaliente en la consideración de las personas. Sin embargo, quien ve su clásica fotografía, con aquel sombrero enorme, no exclama: “¡Cómo su personalidad irradia superioridad!” Porque no irradia.

Esos ejemplos corresponden, sin duda, a una respetabilidad auténtica y muy alta, pero infundida por el mérito del sujeto y no irradiada por su personalidad. Por lo tanto, no es una respetabilidad proveniente del hombre entero, sino de una zona de su alma, de una capacidad. La respetabilidad de Luis XIV, por el contrario, provenía de su personalidad y se irradiaba de él entero.

Analogía con la visión beatífica

Entonces, delante del concepto según el cual hay una forma especial de superioridad que irradia, ¿qué es esa superioridad?

En cierto sentido, el cuerpo es el símbolo del alma, y las propiedades del alma se irradian a través de él cuando la persona posee ciertos géneros de atributos en un grado muy alto, por donde al ver el aspecto físico de alguien, de alguna manera se discierne el alma, y se nota, de modo espiritual, una realidad que queda por encima de la realidad física. Así, se percibe la respetabilidad en el alma.

Se trata, pues, de un discernimiento que va más allá de la mirada, y corresponde a un bien de orden espiritual percibido a través de la consideración de los aspectos físicos. Viendo el rostro de Luis XIV, percibo simbólicamente un bien de su alma, la majestad de un rey en el sentido pleno de la palabra. Así, a través de las apariencias sensibles, aprehendo realidades espirituales que los sentidos no alcanzan, pero trasparecen en los aspectos físicos.

Quien ve el fenómeno espiritual de esa apariencia de una cualidad moral en un hombre, acaba adquiriendo una idea de lo que es, en sí misma, esa cualidad moral. Pero no es una noción oriunda de una definición; es una idea, por así, decir, palpada y sentida. Por más que alguien definiese en un diccionario o tratado de Moral lo qué es la majestad, no tendría la noción de majestad que se tuvo viendo a Luis XIV y, mediante sus facciones físicas, el alma del Rey Sol.

Palpar así una cosa que, no obstante, es abstracta, lleva a otro paso que conduce a Dios. Porque de Él no podemos decir apenas que es majestuoso, sino que debemos afirmar que es la Majestad, pues Dios no solamente posee, sino que es las cualidades. De manera que Él no es bueno, sino la Bondad; no es sabio, y sí es la Sabiduría.

Por consiguiente, si viendo a un hombre vi en él la majestad de su alma y, a través de ella, formé una idea de lo que es la majestad en abstracto, considerada en su modo absoluto, yo adquirí algo que tiene cierta analogía con la visión beatífica. De hecho, incluso sin explicitar, en Luis XIV algo de la majestad de Dios fue vista.

Eso nos explica por qué aquellos bandidos retrocedieron cuando vieron el cadáver de Luis XIV. Siempre que un atributo bueno y digno del alma de un hombre aparece con tanta intensidad, al punto de provocar pasmo, sorpresa, entusiasmo, encanto o un sentimiento de veneración recogida, hay una transparencia de algo divino. Es el modo por el cual se llega a conocer a Dios por la cuarta vía indicada por Santo Tomás de Aquino.

Alguien podría objetar: “Pero, Dr. Plinio, ¿Luis XIV no fue un gran pecador?”

En primer lugar, del pecado al que aluden él se penitenció y pasó sus últimos veinte años como un hombre de vida intachable, modelar. Pero no es propiamente lo que viene al caso, pues así como una piedra o un animal puede recordar a Dios, por algunos lados el pecador portador de una tradición católica en cuanto tal también puede recordar a Dios. Por ejemplo, un padre que, aunque se encuentre en estado de pecado mortal, trata a su hijo cariñosamente, puede recordar a Dios en cuanto Padre cariñoso. De manera que esa sería una objeción infantil, que podemos descartar.

Modalidades de la majestad: paternalidad e ímpetu para destruir

Concluyo con una consideración respecto a la majestad.

La verdadera majestad, colocada delante de la buena voluntad de quien es más pequeño, se traduce en paternalidad y tiene el deseo de proteger; puesta delante de la resistencia de quien es malo, ella se traduce en un ímpetu para destruir. En tesis, ambas disposiciones se complementan y se explican por un mismo fondo, porque lo propio de la majestad no es ser presuntuosa, elegante, sino tener la supereminencia del bien. Quien la posee debe amar todos los grados que esa supereminencia incluye. En consecuencia, debe amar todas las formas de bien más pequeñas y más débiles que puedan estar exiliadas en un alma, aun cuando esta tenga muchos defectos, pues, de lo contrario, la majestad mentiría a sí misma.

Ahora bien, no es la majestad y sí la iniquidad la que se miente a sí misma. Luego, percibiendo cualquier pequeña modalidad de bien, ella debe manifestarse bajo la forma de una afinidad, de una adhesión, de una homogeneidad y de un deseo de ayudar, socorrer, salvar aquel bien comprometido por las influencias contrarias que allí existen.

En sentido opuesto, la majestad que encuentra una resistencia empedernida y es insultada, por amor al orden que representa ella desea aplastar. Tenemos, así, las dos modalidades de majestad.

Vemos eso de un modo infinito y paradigmático en Nuestro Señor Jesucristo: infinitamente manso, enseñando que se debe ser manso y humilde de corazón, pero, por otro lado, en algunos episodios de la vida, infundiendo un asombro que dejaba a las personas sin saber qué decir, como aquellos canallas que fueron a prenderlo y cayeron con el rostro por tierra, simplemente por la afirmación: “Yo soy”2. Era la manifestación de su infinita majestad.

1) Pierre Corneille (*1606-†1684). Dramaturgo francés, considerado el fundador de la tragedia (estilo de drama) francesa.

2) Cf. Juan 18, 5.


(Revista Dr. Plinio, No. 269, agosto de 2020, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 23/3/1973).

Last Updated on Monday, 14 September 2020 16:47