San Gregorio VII: el Papa que trabó una batalla decisiva

San Gregorio VII trabó una batalla decisiva, después de la cual no hubo más luchas serias entre el Papado y el Imperio o cualquier monarquía, respecto al principio contra el cual se levantó Enrique IV. Posteriormente hubo escaramuzas, pero fundamentalmente la batalla ya estaba ganada por ese santo.

  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

San Gregorio VII tuvo un importante papel contrarrevolucionario, al reivindicar la prioridad de las cosas espirituales sobre las temporales, del Papado sobre el Imperio, al imponer, con palabras magníficas, el castigo necesario al Emperador rebelde que, así contenido, tuvo reprimida en su propia persona, durante siglos, la marcha de la Revolución, la cual, como una serpiente que salía de su cueva, intentaba comenzar a caminar en la Historia, cuando el cayado firme de ese pastor le quebró la cerviz.

Hizo vibrar contra Enrique IV la punición más alta, profunda e intransigente

Todo eso constituye la gloria de ese santo, quien pudo decir que moría en el exilio porque había amado la justicia y odiado la iniquidad, cumpliendo de esa forma enteramente su deber de pastor, y dando el magnífico testimonio de sí mismo.

Pero hay un aspecto de la vida de San Gregorio VII que, aunque reluzca con todo brillo y sea notado por todo el mundo, no vi que nadie comentase. ¿Qué aspecto es ese?

Él trabó una batalla decisiva después de la cual no hubo más luchas serias entre el Papado y el Imperio o cualquier monarquía, respecto al principio contra el cual él se levantó. Sobre aplicaciones colaterales o transgresiones de ese principio, punidas justamente por la Iglesia, hubo aún escaramuzas, pero fundamentalmente la batalla ya estaba ganada por ese santo. Por lo tanto, el golpe asestado por él fue certero, alcanzando el punto que debería.

En segundo lugar, San Gregorio VII tuvo que enfrentar al mayor potentado de la Tierra, y no intentó ladear la cuestión. Él no procuró mandar emisarios incumbidos de deformar el problema, atenuándolo con medias palabras y por medio de contemporizaciones inadecuadas.

“¿El Emperador se levantó y sustentó tal cosa? Yo, Gregorio, sucesor de San Pedro, declaro que tal cosa es falsa, y te digo a ti, oh Emperador: Tú eres el mayor potentado civil de la Tierra, tú te encuentras en mi camino como el hombre más poderoso que se me podría oponer. Está bien, ¡yo trabo esta batalla contigo! Confronto mi poder contra el tuyo, y vamos a ver cuál es el poder que vale más. Yo te depongo y excomulgo, te expulso de la Iglesia Católica. Más aún: te maldigo, declaro que tienes parte con Satanás y perteneces a la grey maldita que Dios expulsa de su presencia. ¡Vete, sal!

Es decir, contra ese potentado él hace vibrar la punción más alta, profunda en intransigente que se podría imaginar. No le tiene miedo a nada. Y si tuviere que acontecer cualquier cosa, que acontezca. “Yo estoy aquí para la gloria de Dios, para la vida o para la muerte de mi pobre existencia terrena. Pero lucharé hasta el fin.”

Un hecho sin precedentes en la Historia

El Emperador va a Canossa. A partir de ahí, “ir a Canossa”, quedó como una expresión consagrada en la literatura de buen quilate. Se dice que va a Canossa la persona que, en el lenguaje corriente, vulgar, banal de hoy en día, entrega los puntos, ya no tiene más resistencia que hacer y se declara derrotada.

Canossa es una comuna italiana, próxima a Toscana – norte de Italia –, donde la Condesa Matilde, fervorosa devota del Papado, poseía un castillo en el cual había abrigado al Santo Pontífice, contra quien el furor del Emperador Enrique IV estaba por desatarse.

Ese Emperador, en pleno invierno, toma trineos y, recorriendo los desiertos gélidos de Suiza, particularmente inhóspitos en esa época, va a Canossa y pide perdón, porque no había otro remedio. En los últimos días en que él permaneció en el poder, hasta los criados huían de su casa, de manera que no tenía ni siquiera quién le prestase los servicios domésticos. No es solo decir que no tenía apoyo político; ¡no tenía quién le preparase el baño! ¿Por qué? Porque era el hombre maldito sobre el cual había caído la excomunión del representante de Cristo en la Tierra, del sucesor de San Pedro. Por eso nadie quería nada con él.

Enrique IV atraviesa las vastedades peligrosas de Suiza durante el invierno, y en aquel tiempo a cualquier momento podía suceder que se cayese por un abismo, quedando sepultado en la nieve. Con la excomunión, en la nieve quedaría su cuerpo y en el fuego su alma para todo siempre, si no hubiese un arrepentimiento perfecto.

En fin, él se presenta y pide perdón. Hecho sin precedentes en la Historia: un Emperador humillado hasta ese punto, por la mera palabra de un Papa. Es el más alto potentado de la Tierra contra quien el Sumo Pontífice pronuncia una fórmula, y él cae por el piso. Era el caso de decir: “Sed tantum dic verbo – decid una sola palabra, y la Iglesia se salvará de este enemigo.” San Gregorio VII dijo la palabra, y la Iglesia quedó liberada.

“¡Aquí no entra un excomulgado!”

En el castillo de la Condesa Matilde, el Papa es informado de que el Emperador estaba allí. Alguien más débil – no solo un hombre que no fuese santo, sino inclusive un santo no asistido por una gracia especialísima – tal vez hubiese pensado acoger el penitente de inmediato. Pero estaba ahí el varón cuya vocación era dar ejemplo de lo que es ser la espada de la Iglesia, y hacer amar de un modo todo especial esa integridad de alma por la cual la Iglesia no cede. San Gregorio VII manda a cerrar las puertas del castillo:

– ¡Aquí no entra un excomulgado!

– Pero, ¿qué puede hacer él, pues está del lado de afuera de las murallas, arrodillado en el hielo y pidiendo perdón?

– ¡Que se quede ahí!

En ese gesto tan duro y admirable se nota la mano maternal de la Iglesia. Él podría haber dicho: “¡Que se vaya!” Sin embargo, dijo: “¡Que se quede!” En la punta del gesto florece una vaga esperanza de perdón. Pero antes, la penitencia, la humillación, Durante tres días y tres noches, el soberano depuesto sufrió esa humillación.

La Historia nos cuenta que solo después de eso San Gregorio VII admitió a Enrique IV y, habiendo este pedido perdón con toda humildad, el Papa lo perdonó, lo reconcilió y permitió que se fuese. Estaba quebrado el cetro que Satanás había levantado contra el Papado. San Gregorio VII había obtenido una gran victoria.

¡Que la maldita Revolución gnóstica e igualitaria sea punida!

¿Cuál es la lección que sacamos de esto? La de ser rígido, firme, ir hasta el fondo, hasta el fin de los principios, a las últimas consecuencias, enfrentar a cualquier adversario de visera erguida y de espada en puño, no contentarse con medios términos, con palabras vacías, ni con vanas esperanzas, exigir que se quiebre el poder que se levantó y se anule el riesgo que se constituyó; solo entonces, tener misericordia.

Porque la misericordia es admirable en cuanto llama al arrepentimiento al pecador y lo perdona. No sería admirable y no sería verdadera misericordia si fuese la paz con el pecador que no se arrepiente. Es necesario que el pecador se arrepienta sinceramente y pida perdón. Después de eso él deja de ser empedernido; entonces es el momento de la misericordia. Antes no.

Incluso después de pedir perdón aún hay una penitencia que cumplir. Es lo que nos enseña ese entrecruzamiento maravilloso de justicia y de misericordia que es el Purgatorio. Almas de personas que fallecieron piadosamente en Jesucristo, murieron rezando, pidieron perdón de sus pecados y comparecen delante de Dios. No obstante, en número incontable, son mandadas al Purgatorio. ¿Por qué? Porque es necesario expiar, pagar de algún modo el mal hecho. Y el alma que se arrepiente tiene deseos de reparar ese mal practicado.

Así, en nuestra lucha debemos considerar los designios de la Providencia: desear con toda nuestra alma que el adversario de la verdadera Iglesia Católica, Apostólica y Romana en nuestros días sea punido: la maldita Revolución gnóstica e igualitaria. Pero que sea punida aún más de lo que fue el Emperador Enrique IV, porque ella osó algo peor: intentó penetrar en el propio Santuario y transformarlo en un reducto de la Revolución. Ella devastó la Tierra entera, y es necesario que el castigo sea proporcionado. ¡La Revolución, en cuanto tal, tiene que desaparecer!

He aquí la lección del gran San Gregorio VII. En último análisis, llevar el bien, la verdad, la belleza y la fidelidad a la Iglesia hasta sus últimas consecuencias.

Debemos prepararnos para la gran lucha que nos espera

Ese Pontífice no vivió en tiempos de Carlomagno, en cuya espada estaban inscritas las palabras: “Defensor de los Diez Mandamientos”. ¡Qué cosa maravillosa! Sin embargo, San Gregorio VII fue el Carlomagno de la Iglesia Católica. La gloria carolingia, de proporciones más angélicas que humanas, la vivió la Iglesia en los días de San Gregorio VII magníficamente.

Nosotros, que queremos la gloria de la Santa Iglesia porque deseamos la gloria de Dios, debemos pedir a San Gregorio VII que haga volver a la Tierra esos días de gloria. Por medio de él, volvámonos hacia Nuestra Señora y pidámosle a Ella, cuya intercesión es omnipotente, que abrevie los días tremendos en los cuales estamos, y haga con que atravesemos corajosamente todos los obstáculos que tenemos delante de nosotros y seamos capaces de la gran lucha que nos espera.

San Gregorio VII dijo: “Odié la iniquidad y amé la justicia, por eso muero en el exilio.” Nosotros debemos afirmar: “Odiamos la iniquidad y amamos la justicia, por eso vivimos en el exilio.” Nuestra vida es un largo exilio, tuvimos que exiliarnos de tantas cosas, de tantos ambientes, de tantas circunstancias; ¡nosotros somos los exiliados! Pero qué bello exilio este en el cual nos reúne un tan pulcro sentimiento fraterno, una tan bella conformidad de todos los espíritus y de todos los designios, en el mismo amor a la misma causa.

Que el glorioso San Gregorio VII, que murió en el exilio, dé fuerza y ánimo a quien debe vivir y, más tarde, morir en el exilio. Así como también a aquellos destinados a tener sus vidas segadas durante los castigos profetizados en Fátima, para que mueran con bravura. Y que los llamados a vivir en el Reino de María, vivan igualmente con coraje con esa idea: “el exilio se acabó, pero si aún hoy me tuviese que exiliar, repetiría ese paso y me exiliaría nuevamente. No tengo apego al premio ni a la victoria.” He aquí nuestro pedido a ese gran santo, en el día en que se conmemora su fiesta.


(Revista Dr. Plinio, No. 266, mayo de 2020, pp. 26-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 25/5/1985).

Last Updated on Thursday, 21 May 2020 19:00