La Orden del Cister

San Esteban Harding, junto con otros dos bienaventurados, fundó la Orden del Cister como reacción contra la decadencia de la Orden de los benedictinos. El Cister tuvo un enorme progreso con la entrada en sus filas de San Bernardo, el hombre de la mortificación y de la polémica, que estuvo en lucha tenaz contra todos los adversarios de la Iglesia de su tiempo.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Pretendo hacer un comentario en torno a algunos datos biográficos1 sobre San Esteban Harding.

El origen de la Orden del Cister

Esteban Harding, hijo de un gentilhombre inglés, se consagró muy joven a la vida monástica, en la Abadía de Sherborne, en Dorset. Enviado a Francia, en la Universidad de París estudió brillantemente Humanidades y Filosofía.

Al terminar los estudios teológicos, fue a Roma en peregrinación. Volviendo a Francia, decidió conocer Molesmes, atraído por la reputación de esa casa. Molesmes, aunque dirigido por San Roberto y el Bienaventurado Alberico, había decaído sensiblemente, tal vez por las riquezas que entonces poseía. Los dos santos terminaron abandonando la comunidad y, junto con Esteban y con el apoyo del Duque Eudes, de Borgoña, decidieron fundar otro monasterio.

Ese fue el origen de la célebre Orden Benedictina del Cister, de la cual Esteban fue el prior en 1099 y el redactor de los Estatutos, aprobados por Pascual II.

En 1109, San Esteban se convirtió en el abad de la nueva casa; luchando con ingentes dificultades para llevar a los religiosos a la vida perfecta y recibiendo poquísimos novicios, comenzó a dudar si su instituto era del agrado de Dios y rezó para ser esclarecido.

Recibió entonces una respuesta que lo animó y a la pequeña comunidad que allí vivía.

De Borgoña llegaba un gentilhombre acompañado por treinta compañeros, pidiendo admisión en aquella casa. Ese noble es San Bernardo. En 1115, San Esteban construyó Claraval, cuyo primero abad fue San Bernardo.

Y de Claraval surgieron ochocientos monasterios más. Nuestro Santo vino a fallecer en 1134, diciendo no ir a Dios sino con el temor de un siervo inútil, que nada había hecho de bueno. Si el Creador le había concedido algún don, temía no haber hecho de él todo el uso para el cual lo había recibido.

Vicisitudes que suceden en las órdenes religiosas

Encontramos aquí uno de esos hechos frecuentes en la vida de las Órdenes Religiosas, que es la fundación de nuevos ramos provenientes de la Orden antigua.

En efecto, hay una dualidad de modos de proceder de la gracia en relación con las Órdenes Religiosas: todas son dotadas, en su origen, de las gracias necesarias para que cumplan la misión que Dios tiene con relación a ellas; y generalmente, por lo menos en la primera fase de su existencia, ellas cumplen esa misión.

Sin embargo, a partir de cierto momento, como sucede en todas las cosas humanas frecuentemente – no digo por una fatalidad, ni por una regla general que no comporte excepciones, sino por una de esas reglas generales que admiten algunas brillantes excepciones –, las Órdenes Religiosas pasan, después de la era heroica del Fundador, de grandes santos, de grandes hechos, por un período de enfriamiento. Y ese enfriamiento o es cortado por algunos nuevos santos que aparecen e inspiran, comunican a la Orden un impulso nuevo, o entonces ella va lentamente declinando hacia la decadencia. Cuando llega a determinado punto de la decadencia, se abre otra alternativa: o la Orden Religiosa se cierra, o florece, dando origen a un nuevo ramo.

Generalmente sucede que, cuando el ramo nuevo se forma, resplandece con un brillo igual al de la Orden en sus mejores días, y el ramo antiguo acaba dejándose contagiar por el ramo nuevo, y va acompañándolo un poco de lejos, como un hermano medio envejecido acompaña, a duras penas, la marcha del hermano más joven, pero termina más o menos contagiándose y regenerándose, acaba arrastrando cierta vida de ahí en adelante.

¿Por qué Dios permite algunas Órdenes Religiosas mueran y por qué Él hace que otras tengan su existencia maravillosamente prolongada, ya sea por una continuidad gloriosa que, por valles y montes, y sin fundación de nuevos ramos, marca siempre la sucesión de nuevas gracias dentro del mismo instituto religioso, o ya sea, por ventura, por la apertura de nuevos ramos? ¿Por qué entonces Dios cierra unas, o permite que se cierren, y a otras las guía de un modo tan maravilloso?

Es que hay ciertas Órdenes Religiosas – para considerar un aspecto de la cuestión, que no se agota ahí –, que tienen un papel perenne dentro de la Iglesia Católica. Ellas deben irradiar un perfume determinado del cual Dios no quiere que la Iglesia sea privada nunca más, para que tenga su fisionomía, de manera que entonces, de un modo o de otro, Dios conserva aquello.

Existen otras Órdenes que Dios, en su infinita sabiduría, juzga que no son indispensables para la economía general de la Iglesia. Y Él, entonces, permite que decaigan y desaparezcan.

La continuidad de la Orden del Carmen

Entre esas Órdenes, yo creo que ninguna presenta una continuidad tan maravillosa como la Orden del Carmen.

Según una tradición muy respetable – que existen todas las razones para admitir como verdadera –, la Orden del Carmen, fundada por San Elías, pasó por muchos reveces y episodios brillantes antes de la venida de Nuestro Señor hasta el aparecimiento de San Juan Bautista, el cual, según esa tradición, fue esenio y, por lo tanto, pertenecía a aquel eremitorio en las laderas del Monte Carmelo, donde los sucesores de San Elías cultivaban la vida religiosa. San Juan Bautista habría sido, entonces, el más grande de los sucesores de San Elías.

Con el advenimiento del Nuevo Testamento y la dispersión del pueblo hebraico, ese núcleo se transformó en la Orden del Carmen. Después de muchas vicisitudes, ella fue trasladada para Occidente debido a las persecuciones que los mahometanos hicieron contra los Santos Lugares.

En Occidente ella estuvo por cerrarse, cuando Nuestra Señora apareció a San Simón Stock y le reveló la devoción del escapulario – él era el General de la Orden – y vino entonces un torrente de gracias. Ella decayó de nuevo en el período de Santa Teresa de Jesús, pero esta y San Juan de la Cruz reformaron de nuevo la Orden del Carmen, que continuó brillando hasta, por lo menos, la producción de una de sus flores más altas y bellas, que fue Santa Teresita del Niño Jesús.

Hubo después un fenómeno de decadencia que todos conocemos. Sin embargo, la Providencia quiso conservar esa Orden hasta ahora y, según profecías privadas dignas de crédito, ella nunca desaparecerá y continuará siempre, de gloria en gloria, así como también de prueba en prueba, hasta que vuelva a la Tierra su fundador, San Elías, que debe estar presente en los últimos días de la Historia del mundo, y luchar contra el Anticristo, ser muerto por él, y resucitar.

Hay un misterio de unión, de sagrada esclavitud con Nuestra Señora, y de asistencia de Ella a esa familia espiritual, por el cual esta última tiene una longevidad más grande que todas las otras, no solo si consideramos su origen, sino su futuro también.

No obstante, fue necesaria la reforma emprendida por Santa Teresa de Jesús, que no fue acompañada por todos, dando origen a dos ramos: los Carmelitas Descalzos y los Calzados, entre los cueles no faltaron rivalidades a lo largo de la Historia. No obstante, en el tiempo en que comenzamos a frecuentar la Orden Tercera del Carmen, me edificaba ver en la Iglesia del Carmen un altar de Santa Teresita del Niño Jesús y otro de Santa Teresa de Jesús, que los antepasados espirituales de ellos de tal manera habían combatido.

Así, dentro de la gran paz y cordura interna de la Iglesia Católica, esa animadversión terminó y las dos Órdenes se reconciliaron, y todo el perfume del ramo reformado pasó, por lo menos de algún modo, al antiguo. La Orden del Carmen brilló de nuevo en su todo con la gloria de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz.

Acción que se irradiaba a distancia

Encontramos un hecho semejante en la más antigua de las familias espirituales, no del mundo, sino de Occidente: los benedictinos.

San Benito fue el Patriarca de los monjes en Occidente, pues el monaquismo occidental nació de él. Él fundó una orden religiosa gloriosa que se extendió por toda Europa, y produjo la conversión de los bárbaros en una de las situaciones más duras de la vida de la Iglesia Católica, que se encontraba internamente devorada por gérmenes de corrupción del paganismo romano, al cual ella misma había combatido. Además, ese propio mundo pagano era hostilizado por los bárbaros invasores del Imperio Romano de Occidente, los cuales eran arrianos pervertidos por un obispo, Úlfilas, o completamente paganos; pero a uno u otro título ambos enemigos de la Iglesia.

Cuando se dio el estrépito tremendo de la invasión del Imperio de Occidente por las hordas bárbaras, fueron los frailes benedictinos que trabajaron para la conversión de los bárbaros, sobre todo en la parte más difícil, o sea, donde no había existido el Imperio Romano, el Cristianismo no había penetrado, y se trataba de trabajar en plena selva.

La conversión de Inglaterra, de Irlanda, después de Alemania, de Suecia, de Noruega, de Dinamarca, de Bohemia, de Austria, en parte de Hungría también, se debió al impulso de esa inmensa familia religiosa de los benedictinos que trabajó de un modo altamente prestigioso.

A propósito, prestigio y benedictinismo son cosas casi indisociables. En toda la vida de la Iglesia, la Orden Benedictina conservó una especie de prestigio y de categoría que todavía tiene un perfume del feudalismo medieval. ¿Cómo trabajaban ellos? Un misionero iba a los pueblos infieles, predicaba y fundaba un convento, generalmente edificado en un lugar yermo, donde los monjes comenzaban a cantar, a practicar la Liturgia, a distribuir limosnas a los pobres, a derrumbar florestas, a secar pantanos y a hacer plantaciones regulares. A causa del prestigio que la virtud de ellos les confería sobre las almas, las poblaciones se iban constituyendo en torno a los conventos. Aun cuando permanecían solitarios, desde las poblaciones iban personas a visitarlos, y su acción se irradiaba a distancia sobre las ciudades, y ayudaba a la acción del clero secular que en ellas se establecía. Era, por lo tanto, una preciosidad para una ciudad estar a cierta distancia de un monasterio benedictino.

En efecto, no era propio de los monasterios benedictinos instalarse dentro de las ciudades. Ellos se establecían siempre afuera, hasta el momento en que las ciudades se constituían en su entorno y ellos no pudieron huir. Pero, propiamente, su acción era ese prestigioso apostolado a distancia y de atracción, que se pone de lejos a lucir con todo su brillo, a atraer con todo su perfume, y los pueblos vienen, entonces, tras el apostolado benedictino.

Mientras los benedictinos convertían de esa forma la Europa pagana, los monjes de Cluny – que no eran un ramo de los benedictinos, sino una federación de abadías benedictinas autónomas en Europa – preparaban el florecimiento espiritual, cultural, artístico, político y militar de la Edad Media.

Cluny fue el alma de la Edad Media. No un ramo nuevo, sino como un cantero que, de repente, exhaló perfumes especiales dentro de la familia benedictina y se irradió por toda Europa.

San Esteban funda el Cister y Nuestra Señora le envía una señal equivalente al nacer de un sol

Pero después de una gloriosa dinastía de abades, de haber dado al mundo Papas como San Gregorio VII, los cluniacenses comenzaron a decaer también. En este contexto se insiere ese episodio antes narrado, de San Esteban Harding. Un santo que procede de Inglaterra y entra en un convento benedictino en decadencia, donde encuentra a otros dos santos; ellos no consiguen erguir de nuevo a los benedictinos decadentes.

Entonces salen y forman otro ramo, ya con una disciplina mucho más estricta y severa que la de los benedictinos. Comienza un apostolado tan pequeño, tan incierto, que hasta el Superior quedó en la duda de si era voluntad de la Providencia que aquello floreciese o no, y pidió una señal.

Nuestra Señora, Madre de todas las buenas iniciativas de la Iglesia, dio, risueña, la más bella de las señales. Llega un caballero, San Bernardo, acompañado por otros treinta, para enriquecer esa abadía. Pero sucede que llegar San Bernardo no es una cosa cualquiera, es como nacer un sol. Él es uno de los soles de la Iglesia Católica, de toda la devoción mariana. El Doctor mellifluus2 que elogió como nadie la bondad y la misericordia de la Santísima Virgen. Por excelencia el hombre de la penitencia, de la mortificación y de la polémica, que estuvo en lucha tenaz con todos los adversarios de la Iglesia de su tiempo, principalmente con el hombre que puede ser considerado, a mi modo de ver, el vanguardista del progresismo, una figura inmunda, heterodoxa, asquerosamente sentimental: Pedro Abelardo.

San Bernardo, con los treinta caballeros, le dio tal estímulo a ese ramo benedictino nuevo, que el antiguo quedó más o menos para atrás, y comenzó el florecimiento de la Orden Benedictina bajo un nuevo aspecto.

¿Qué hacía ese ramo? Lo que hacen aún hoy en día los cistercienses: silencio completo, trabajo manual, estudio, clausura total, apenas saliendo de vez en cuando para misiones, perfumadas con toda la belleza y la unción de la vida de clausura y que traen una densidad de riqueza espiritual especial por causa del carácter contemplativo de aquellos misioneros. Ellos hacen una misión y vuelven de nuevo al monasterio.

Imaginen la sensación de un pueblo viendo entrar en la iglesia, subir a la tribuna a un fraile que, conforme explicó el vicario que lo antecedió, es un hombre que no habla nunca, manteniendo un silencio perpetuo, un prisionero voluntario y nunca sale de las paredes de su propio monasterio. Un hombre, por lo tanto, que al hablar infunde susto a millares de personas, una vez que el silencio perpetuo es una cosa que asusta mucho, y la reclusión voluntaria es una especie de imagen de la reclusión involuntaria y trae consigo las mortificaciones de ese estado.

Ese hombre sube al púlpito llevando una túnica blanca – lo contrario de los benedictinos, que están siempre vestidos de negro – y un escapulario negro, con la tonsura característica, llevando en el rostro aquellos trazos típicos del contemplativo verdadero, y se pone a hablar cosas extraordinarias, verdades elevadas, a decir al pueblo, de frente, cuáles son sus vicios, a invectivarlos, a estimular la virtud, a polemizar con los adversarios. Terminado el sermón, el pueblo ve con asombro a ese hombre montar un caballo o un burro y partir solo para su convento, dejando atrás de sí a las multitudes atónitas. Se comprende cuál es el valor y el prestigio de ese apostolado.

Un nuevo erguimiento de las diferentes congregaciones benedictinas

La Orden Benedictina recibió de Cluny su fisionomía verdadera. Es una Orden muy pomposa. El Abad de Cluny es un verdadero príncipe, usando mitra y báculo como los obispos. Dentro de su convento, no estaba sujeto a las órdenes del obispo diocesano, sino directamente al Papa, y él gozaba allí de honras parecidas a las de un obispo: usaba cruz pectoral, anillo, tenía el derecho de tratamiento de Excelencia, las personas se arrodillaban para besar su mano; era una miniatura de obispo.

Abadías magníficas con un ceremonial faustoso, la liturgia benedictina es riquísima, con los objetos más preciosos, en las iglesias los vitrales más magníficos. Para la vida privada de sus monjes, las abadías benedictinas eran muy austeras: largos corredores con bancos de piedra, celdas pobres. Pero, en lo que dice respecto al culto divino y a la pompa con que se cercaba el abad había el mayor esplendor.

No obstante, eso degeneró en abusos. Y siempre que un abuso se acentúa en un sentido, la gracia realza la nota en el sentido opuesto. Entonces apareció la Orden del Cister practicando la pobreza mucho más enfáticamente en otro sentido. El abad cisterciense gozando de honras análogas al abad benedictino, pero cercado de mucho menos pompa. Toda la vida cisterciense era mucho más pobre. La reacción contra la riqueza tomó tal porte, que los cistercienses no usaron más los vitrales coloridos que los benedictinos utilizaban, pensando que esos vitrales eran un factor de riqueza contra el cual era necesario reaccionar.

Entonces, pasaron a usar apenas unos vitrales de tonos blancuzcos para protegerse de la luz. Pero la Iglesia Católica, aunque involuntariamente, siempre produce belleza. Usando ese tipo de vitrales, los monjes cistercienses se las arreglaron para hacer vitrales con colores opalinos lindísimos. Es una forma de belleza discreta tal, que esos vitrales blancos, con tonos opalinos, disputan en hermosura, entre los coleccionadores y especialistas, con los vitrales policromados de los benedictinos de la antigua observancia.

¿Qué resultó de ahí? Poco a poco, en nuevo erguimiento de las diferentes congregaciones benedictinas. Casi todas ellas recibieron un respiro nuevo. Apenas no recibió, es duro decir, la congregación de Cluny. Ella fue decayendo continuamente hasta la Revolución Francesa, durante la cual no restó piedra sobre piedra3 del gran Monasterio de Cluny. La cólera de Dios cayó sobre aquello y quedó completamente arrasado. Existen apenas las reliquias de los santos fundadores de esa Orden religiosa y, en la ciudad de Cluny, algunos edificios auxiliares – me parece que son restos de la caballeriza, otras cosas así del antiguo convento benedictino; el resto desapareció completamente.

Pero la Orden Benedictina permaneció, y los benedictinos de la antigua observancia también quedaron. Cluny, que era una federación de conventos, continuaron, y la Orden Benedictina comenzó a presentar esa diversificación magnífica que hace de ella como un abanico con varios colores: los benedictinos antiguos, con toda su pompa, su dignidad, con todo su esplendor; los cistercienses que acabo de describir; los trapenses, a los cuales pertenecía Dom Chautard4, que no son misioneros, ni salen jamás del convento, y mantienen un silencio que nunca interrumpen. Son las varias modalidades de la aplicación de la Regla de San Benito.

Una de las glorias de la Orden del Cister

Una palabra sobre San Bernardo y Pedro Abelardo. San Bernardo era, al mismo tiempo, un hombre dulcísimo y una antorcha ardiente. Nadie sabía hablar de Nuestra Señora con tanta unción como él. San Luis Grignion de Montfort lo cita varias veces y con los mayores elogios.

Por otro lado, él era un tremendo polemista. Y como vivió en una época en que la Edad Media ya decaía y las herejías se multiplicaban, él trabó tantas polémicas con personas de aquel tiempo, que uno de los Papas bajo cuyo pontificado él vivió – no me acuerdo cual – le dio la orden de volver a su convento y no meterse en nada más, porque le estaba prendiendo fuego a la Cristiandad entera. A lo cual San Bernardo respondió de modo muy pintoresco que no había nada mejor para él que eso, porque se había metido en esas polémicas apenas para servir a la Iglesia, pero que no quería otra cosa a no ser su celda, agradecía al Papa la reclusión que le imponía, y tenía la conciencia tranquila porque estaba obedeciendo.

Era de él, sino no me engaño, aquella máxima: o beata solitudo, o sola beatitudo – Oh, bienaventurada soledad, Oh única bienaventuranza –. Él quería realmente apenas la soledad. Como tremendo polemista, alcanzó sucesos extraordinarios.

Una vez él estuvo en Alemania, en una ciudad donde se encontraba también el Emperador del Sacro Imperio Romano Alemán, el más alto dignatario temporal de la Cristiandad. San Bernardo entró en la ciudad y la fama de santidad y de sus virtudes era tal, que el pueblo fue todo corriendo a su encuentro. Y él habría sido aplastado por la multitud si el propio Emperador no lo hubiese tomado por los brazos y montado en él. De manera que fue un santo que se presentó a la veneración del universo, montado en un emperador. Gloria extraordinaria para una época que poseía, mucho más que otras, el sentido del valor simbólico de esas cosas.

Ese Pedro Abelardo, que fue el mayor enemigo de San Bernardo, era un tipo asqueroso. Se había hecho fraile y se había apasionado por una monja, una tal Eloísa. Y tenía por ella uno de esos amores sentimentales, románticos, que ya prenunciaban todo el lloriqueo del siglo XIX.

Era un hombre que quería encontrar el medio término entre el bien y el mal, entre la verdad y el error. Por ser un antecesor de la Revolución, los escritores revolucionarios lo admiran mucho. Y no osando atacar a San Bernardo de frente, hacen insinuaciones usando fórmulas como, por ejemplo: “Pedro Abelardo tuvo que sufrir la oposición fogosa e implacable de San Bernardo; debió aguantar los rayos que San Bernardo lanzaba contra él.” Pero él sufrió de hecho, y fue derrotado por el santo Abad de Claraval. Por esa causa la lucha contra él representa una de las glorias de la Orden del Cister.

1) No disponemos de los datos bibliográficos de la obra citada.

2) Del latín: Doctor melifluo.

3) Posteriormente reconstruida.

4) Jean-Baptiste Chautard (*1858-†1935). Abad de Set-Fons, Francia, autor de la obra: El alma de todo apostolado.


(Revista Dr. Plinio, No. 264, marzo de 2020, pp. 19-25, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 17/4/1971).

Last Updated on Tuesday, 24 March 2020 16:50