San Avito, Obispo de Vienne

El apostolado verdaderamente fecundo es aquel en el cual la verdad no solo es dicha por entero, sino con ufanía, bien argumentada y con santa audacia. Nada nos debe detener, debemos seguir adelante impávidos anunciando la verdad y el bien tal como ellos son, según el ejemplo de San Avito.

 

 

Suma contra los errores contemporáneos

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Tenemos para considerar algunos trazos de la biografía de San Avito1, Obispo de Vienne, en Francia, en tiempos del Rey Clodoveo.

Derechos de la Religión verdadera contra las falsas religiones

Vienne hacía parte del Reino de Borgoña, cuyo rey era Gondebaldo. San Avito, a quien Gondebaldo le daba pruebas de confianza, se esforzaba por conducirlo al Cristianismo. Un día, lo instó tan vivamente, que el Rey arriano, no resistiendo más a la evidencia de la verdad, le rogó que lo reconciliase secretamente mediante la unción del Santo Crisma.

Sin embargo, le respondió San Avito: “Si verdaderamente creéis, ¿por qué teméis confesar a Jesucristo delante de los hombres, como Él nos ordenó? ¿El temor de una sedición de vuestros súbditos os detiene, cuando se trata de obedecer al Creador de todas las cosas? ¿Sois rey, y teméis a los súbditos? ¿No sabéis que más les cabe a ellos seguiros, que conformaros con su debilidad? Vos sois el jefe del pueblo, y no el pueblo vuestro jefe. Cuando partís para una guerra, sois el primero en marchar y los soldados os siguen. Haced la misma cosa en el camino de la verdad: mostradla a los súbditos entrando en él primero, y no siguiéndolos en los caminos del error.”

La doctrina aquí contenida es eminentemente antimoderna, contrarrevolucionaria. Más propiamente hay tres doctrinas contenidas en este texto. La primera dice respecto a los derechos de la Religión verdadera contra las falsas, y es la siguiente:

Todos aquellos que tienen medios de conocer la Iglesia Católica, que viven en un ambiente donde la Iglesia existe y se habla de ella, reciben la gracia suficiente para desear conocerla y, correspondiendo a esa gracia, la conocen y la aman de hecho, llegan así a convertirse. De tal manera que no tiene disculpa la persona que, dentro de un tiempo y con una edad razonable, aunque habiendo nacido fuera de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, no acabe percibiendo que ella es verdadera.

Dios no niega a nadie la gracia sobrenatural de la Fe, y todas las personas deben corresponder a ese don. Naturalmente, eso no se dice exactamente así de las personas que viven en países donde nunca se oyó hablar de la Iglesia, o se oyó hablar tan vagamente que no existe esa atracción para conocerla más de cerca y, por lo tanto, para amarla y adherir a ella. Pero en países donde ella es bastante conocida, todos reciben la gracia necesaria y suficiente para volverse católicos Así, el hereje que no se hace católico tiene culpa de eso.

Ni siquiera se podría concebir de otra manera porque, si Nuestro Señor Jesucristo dijo a sus Apóstoles: “Id y enseñad a todos los pueblos, bautizándolos en nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, agregando que quien crea será salvado y quien no crea será condenado (cf. Mt 28, 19; Mc 16, 16), no podemos imaginar que las personas no tengan gracias para entrar en la Iglesia. Sería una broma o una contradicción si Él dijese: “Aquí está la Iglesia, todo el mundo debe entrar en ella, pero solo a algunos les doy la gracia indispensable para eso.” Pero la obra de Él, siendo sapientísima y perfectísima, tiene que alcanzar naturalmente su finalidad. Y siendo esa finalidad que los hombres entren a la Iglesia, les es dada la gracia suficiente para eso; y cuando la rechazan, tienen culpa.

En la época de la Civilización Cristiana, las iglesias heréticas no podían tener forma exterior de templos

Más culpa tiene todavía el hereje que fue católico y abandona la Iglesia Católica, porque ese recibe con el Bautismo la gracia infusa de la fe y, por medio del pecado mortal más grave que se pueda cometer, que es el de apostasía, abandona la Santa Iglesia.

Por lo tanto, decir que un católico abandonó la Iglesia sin culpa: “Pobrecito, no entendió tal argumento, conversó con un pastor protestante y lo convenció, pero estaba de buena fe”; eso no vale. Todos tienen gracia suficiente para permanecer en la Iglesia Católica. Y si una persona sucumbe a los sofismas de un pastor protestante, de un agitador comunista o de cualquier otro hereje, hay una responsabilidad propia.

Aunque nadie tenga el derecho, propiamente dicho, de hacer el mal y profesar el error, la Iglesia siempre recomendó que no se obligase a una persona a cambiar de religión, incluso porque no serviría de nada. Si le digo a un hereje: “O crees o mueres”, para no morir él dirá que cree, pero por dentro continúa no creyendo. Sería, por lo tanto, una estupidez. De manera que la Iglesia siempre recomendó que se tolerase – y tolerar es muy diferente de permitir – que los herejes practicasen su culto.

Eso tiene como consecuencia que, en el tiempo de la Civilización Cristiana, las iglesias que no eran católicas no podían tener forma exterior de templos. Aún en la época del Imperio de Brasil, una iglesia protestante o cualquier otra tenía que funcionar en una casa común. Ese es un principio que vemos recordado aquí.

El Estado debe ser la fuerza material al servicio de la Iglesia

Otro principio es el siguiente: el Gobierno no existe principalmente para el bien de los cuerpos, sino para ayudar a la Iglesia en la salvación de las almas. Por eso el Estado debe reprimir las herejías, los pecados, y ser la fuerza material al servicio de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Luego, el papel normal de los reyes es abrazar la verdadera Fe y llevar a los pueblos a aceptarla.

El tercer principio es lo contrario de la soberanía popular pleiteada por Rousseau2, que justamente invierte el orden, es la doctrina de la Revolución Francesa según la cual los que gobiernan son dirigidos por aquellos que son gobernados. Un rey no es hecho para hacer lo que el pueblo quiere, sino que el pueblo debe ser gobernado por su rey. El monarca es responsable por el pueblo y prestará cuentas de él delante de Dios.

Ahora bien, en esta biografía de San Avito notamos la afirmación de esos tres principios. Él estaba frente a un rey herético, arriano. El santo prelado se dirige, entonces, a él y consigue convertirlo. Pero el soberano, con miedo de una insurrección de sus súbditos que eran arrianos, pide que su conversión sea secreta. Entonces San Avito le dice: “Yo no concuerdo con eso. ¿Por qué esa conversión tiene que ser secreta? Debe ser pública y su función es la de, por su ejemplo y autoridad, exterminar el arrianismo en su reino, y no quedarse quieto ante él. Quien manda sois Vos, el pueblo os debe obedecer. Así como en la hora de la guerra Vos sois el primero en salir en combate contra los enemigos, así también en la hora de la paz debéis dar ejemplo y vuestros súbditos os deben acompañar.”

Evidentemente, no es el que el Rey deba obligar por la fuerza a los otros a convertirse, sino que él debe dar el ejemplo que los otros, por el prestigio de la majestad real, deben seguir.

Esos tres principios recordados por San Avito constituyen una pequeña suma contra los errores contemporáneos, los cuales afirman que el Estado nada tiene que ver con el culto y no debe hacer nada para llevar a los pueblos a la práctica de la virtud.

Constatamos, así, cuánto nuestras posiciones ideológicas tienen santas y augustas raíces en el más remoto pasado de la Iglesia Católica, pues ese prelado tenía autoridad de santo para hacer esas afirmaciones. Él era un obispo, pero hay más: cuando la Iglesia lo canonizó, lo señaló como ejemplo para todos. Al canonizar a alguien, la primera cosa que la Iglesia dice es: “Él practicó en grado heroico las virtudes teologales de la Fe, Esperanza y Caridad, y las cardinales de la Justicia, Fortaleza, Templanza y Prudencia. Con base en el examen de su vida y de sus obras, yo, Papa, afirmo que él está en el Cielo. Tales milagros confirman las conclusiones de esta investigación.” Además, la Iglesia declara que el santo es un modelo para los fieles. Y la canonización equivale a decir: “¡Imitadlo, inspiraos en su ejemplo, pensad y actuad como él!” Luego, inculcando que se debe luchar contra esos errores, seguimos los augustos ejemplos de innumerables santos que actuaron de la misma manera.

Debemos ser almas inquebrantables, intrépidas, piadosas, sobrenaturales

Podría parecer que esos santos del Imperio Romano cristiano y de la Edad Media actuaron así porque todo el ambiente les era favorable. Sin embargo, ellos luchaban contra enemigos tremendos, ferocísimos. El arrianismo produjo en Europa devastaciones incontables.

Ellos vencieron, cuando tantas veces los católicos no vencen, como sucede actualmente. ¿Por qué? Porque los católicos de hoy son moles, se contentan con afirmaciones a medias, con verdades a medias, les gusta la confusión entre la verdad y el error, entre el bien y el mal, y por eso no tienen las bendiciones de Dios. El apostolado de esos es muchas veces estéril, aunque dispongan de medios de acción prodigiosos. Si vemos quiénes los siguen… nadie.

¿Qué radio, qué televisión tenía San Avito? ¿De qué prensa disponía? Nada; él contaba apenas con el púlpito y con su autoridad de obispo santo. Él hacía sus sermones y estos tocaban el corazón de un Rey. Eso porque el apostolado fecundo es el apostolado franco, en que la verdad no solo es dicha por entero, sino con ufanía, bien argumentada y con santa audacia.

Puede ser que a veces acontezca lo que ocurrió con San Juan Bautista o con Nuestro Señor Jesucristo. Pero yo pregunto: ¿Entonces Nuestro Señor Jesucristo y San Juan Bautista fracasaron? O, por el contrario, ¿el Divino Redentor, derramando su sangre, salvó a la humanidad? ¿La sangre de San Juan Bautista no habrá subido al Cielo como la de Abel, clamando venganza contra Herodes y Herodías, y misericordia para tantos hombres que estaban esperando en aquel tiempo la luz de la verdad?

Por cierto, en esa táctica de la energía encontramos reacciones tremendas. A veces puede suceder que muramos. Pero si un católico piensa que morir en defensa de la Fe es un desastre, entonces debería recomenzar todo, necesitaría nacer de nuevo, pues lo contrario es verdad: el martirio, el sufrimiento conduce a la gloria y a la fecundidad del apostolado.

De manera que nada nos debe detener, debemos seguir adelante impávidos, anunciando la verdad y el bien tal como ellos son, según el ejemplo de San Avito. Hombres así; uno moría, diez vencían. Aquel que moría asistía a la victoria desde el Cielo. Fueron obispos, Papas, laicos de ese modo, que constituyeron el fermento que dio origen a la Edad Media.

Cuando vemos restos magníficos de la Edad Media: catedrales inmensas, castillos maravillosos, vitrales, el canto gregoriano, cuando pensamos en la Caballería, en las Cruzadas, en el feudalismo, en tantos otros recuerdos que la Edad Media dejó y que son una luz en medio de las tinieblas de este mundo, debemos recordar que en la raíz de todo eso hay cuánto coraje, cuánta osadía, cuánto sentido del sacrificio, cuánta confianza en la gracia como elemento decisivo de todas las victorias y cuánta seguridad de que, yendo adelante, con la gracia de Dios, el hombre es invencible. Esto hizo germinar la Edad Media.

Pidamos la intercesión de San Avito, para que nos obtenga las gracias a fin de que seamos las almas inquebrantables, intrépidas, piadosas y sobrenaturales, de las cuales debe nacer el Reino de María.

1) ROHRBACHER, René François. Vida dos Santos. São Paulo: Editora das Américas, 1959. V. III, p. 14.

2) Jean Jacques Rousseau (*1712 - †1778). Filósofo, teórico político y escritor suizo. Considerado uno de los principales filósofos del iluminismo, cuyas obras impulsaron la Revolución.


(Revista Dr. Plinio, No. 263, febrero de 2020, pp. 26-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 4/2/1966).

Last Updated on Friday, 28 February 2020 17:28