El rechazo al llamado divino y la necesidad de reparación

Si Luis XIV hubiese sido fiel al Mensaje del Sagrado Corazón de Jesús, Francia entera se convertiría. Pero el Rey no lo tomó en serio. Nuestro Señor esperaba que las diversas clases sociales se fuesen dejando filtrar, de unas a otras, el Mensaje, y todos los corazones palpitasen en unísono con el de un rey fiel al Corazón de Jesús. El supremo esfuerzo de ese apelo divino fue despertar un movimiento de reparación: la Contra-Revolución.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

La actitud del Sagrado Corazón de Jesús con Luis XIV fue de misericordia, pero al mismo tiempo de entero respeto – el Corazón de Jesús podría llamarse “Corazón infinitamente respetuoso de Jesús – en relación con la organización político-social vigente.

Estaba bien claro que Él quería considerar el Rey de una manera tal, que no hizo ninguna alusión directa a la mala vida ni a los pecados personales del monarca, y llamó de “dilecto hijo de mi Corazón” a un pecador que lo había insultado públicamente de diversas maneras. Basta mencionar la destrucción del Calvario edificado por San Luis María Grignion de Montfort, pero hay muchas otras cosas para mencionar, para comprender bien cuánto Luis XIV erró, al lado de algunas cosas magníficamente acertadas que él hizo, como, por ejemplo, la revocación del Edicto de Nantes.

Consecuencias de la infidelidad en la correspondencia al llamado divino

Acabó siendo, por lo tanto, que el Sagrado Corazón de Jesús trató a Luis XIV con mucho afecto, porque quiso hacer de él la primera concha acústica de su apoyo, pues el recado de Él a Santa Margarita María Alacoque, que se dirige al mundo entero, debería ser comunicado ante todo al Rey. Y, por la repercusión que encontrase en él, tener una dilatación por todo el bienamado Reino de Francia, hija primogénita de la Iglesia.

En su comunicación, queda bien claro que Nuestro Señor esperaba que las diferentes clases sociales fuesen dejando filtrar, de unas a otras, el Mensaje, y que, al fin de cuentas, este se extendiese por el reino entero, con la aceptación de la misión de las clases más altas de palpitar los corazones en unísono con el de un Rey fiel al Corazón de Jesús.

Esto me parece muy importante, inclusive desde el punto de vista contrarrevolucionario, pues si Luis XIV hubiese hecho así y Francia entera se hubiese convertido al sonido de la voz del monarca amado por el Sagrado Corazón, creo que la Revolución Francesa habría sido impensable. Noten bien: no es decir que ella se haría imposible, sino que sería impensable. Porque con el prestigio que tenía la realeza en aquel tiempo, y también con el prestigio individual colosal que Luis XIV, el Rey Sol, tenía en Europa entera, todo eso junto haría con que el modo de embeberse esa devoción en la nobleza y después en el pueblo, hubiese sido de un efecto extraordinario.

Por consiguiente, si la llave de la Revolución no hubiese sido abierta sobre Francia, no habría podido abarcar al mundo entero, como lo abarcó. El prestigio de Francia contribuyó enormemente para que la Revolución se hiciese universal. Entonces, queda un hombre colocado en una posición donde todo depende de él: darse o volver atrás. En lo que dice respecto a la actitud reparadora de nuestra espiritualidad, del Sagrado Corazón de Jesús como devoción inspiradora de pensamientos y actitudes contrarrevolucionarias, esto viene muy a propósito.

Estado de espíritu difundido por el mal

¿Por qué el Sagrado Corazón de Jesús estaba de tal manera despreciado? Además, en un período con respecto al cual San Luis Grignion llegó a afirmar que la impiedad estaba inundando la Tierra entera. ¿Cómo se explica que analicemos la situación del mundo en el Ancien Régime casi con una nostalgia de aquello que no conocimos, y esta misma situación hasta antes del fin del Ancien Régime – por lo tanto, cuando estaba menos grave de lo que se volvió en las vísperas de la Revolución Francesa – fue, sin embargo, calificada por San Luis María Grignion y tantos otros santos, y, a fortiori por el Sagrado Corazón de Jesús, de situación gravísima?

Hubo una difusión de un estado de espíritu por el cual, cuando alguien denuncia el avance del demonio, una u otra voz, en voz baja, dice palabras de dilación, de duda, de laissez faire, laissez passer1. Se entrevé que Luis XIV y las personas de su tiempo, que recibieron el Mensaje del Sagrado Corazón de Jesús, participaban de un estado de espíritu que les sugería ideas más o menos así: “Tenemos al Rey Sol, y todo el principio monárquico que brilla con su esplendor máximo; hablar en este momento de la posibilidad de una Revolución que va a llegar a la decapitación de los reyes, a un virtual destronamiento de las dinastías, es un absurdo. Nuestro Señor dijo eso a Sor Margarita María, pero en la sabiduría superior de Él, de la cual yo soy partícipe – porque la vanidad no puede dejar de entrar en esas ocasiones –, percibo por mi feeling, y por la sensación normal de las cosas, que eso va a demorar.”

De donde resulta la idea de que ese Mensaje no podría ser tomado tan a serio, y debería ser sensatamente relativizado. Así, todos los apelos hechos por medio de San Luis Grignion y otras personas deberían parecer radicalismos y fanatismos.

Mensajes totalmente viables de ser creídos

Eso constituye un pecado enorme, pues este Mensaje fue dado en condiciones de, lógicamente, ser creído por todo el mundo. Dios no pidió a nadie una adhesión irracional, y sí un rationabile obsequium; existían todas las razones para creer en la autenticidad de ese Mensaje como, por ejemplo, en el de Fátima también.

Estuve leyendo, hace algún tiempo, un relato sobre cosas de Fátima y encontré lo siguiente: el médico de Jacinta era uno de los mejores de Lisboa. Y en el día del entierro de la vidente había una reunión de un centro médico católico de mucha importancia en la vida cultural de Lisboa. El Cardenal Arzobispo Patriarca de Lisboa presidía la reunión, cuando llegó atrasado ese gran médico cuya ausencia todos estaban notando. Él pidió disculpas al cardenal por el atraso y dijo que había ido a Fátima a acompañar el sepelio de Jacinta. A pesar de la respetabilidad de ese médico, la sala estalló en carcajadas, por causa de la credulidad de él. Inclusive el cardenal reía a carcajadas.

Es decir, el Mensaje de Fátima, dado por medio de tres pastorcitos, tenía todas las condiciones para ser creído. Pues bien, la actitud del público lisboeta delante del entierro de Jacinta es casi una negación sarcástica.

Se ve que esa posición fue tomada por ciertas corrientes frente a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Probablemente hubo risadas así en círculos precursores del voltaireanismo, del iluminismo, etc.

Un espíritu tibio, ideal para sofocar cualquier fervor

Otras corrientes fueron más moderadas. Quizás haya habido una corriente comodista que no se ocupó mucho con la cosa, pensando: “Ese mensaje tal vez sea verdadero. Pero, ¿qué importancia tiene eso en comparación con saber si Madame de Montespan y sus hijos van a ser reconocidos por Luis XIV o no; si el Rey va a hacer sus cacerías en Fontainebleau este año? Eso sí es importante: la vida de la corte y de los círculos sociales que le siguen en jerarquía. De resto, si el Sagrado Corazón de Jesús dijo… Tal vez haya dicho, de hecho, pero no vale la pena estudiar eso. Basta que yo tenga alguna devoción tradicional, buena, segura y que, sobre todo, no sea principalmente católico, sino cortesano o cortesana, está acabado.”

Una gran parte de la gente que constituía el peso general de la opinión pública, tomaba esa actitud ante el hecho. Después, algunas almas piadosas que tuvieron conocimiento del Mensaje siguieron la cosa con atención, y prolongaron unos filoncitos que atravesaron de alto a bajo toda esa inmensa corteza de clases sociales hasta llegar al pueblo menudo. Por lo tanto, hay salpicaduras de devoción al Sagrado Corazón de Jesús en varias corrientes de la opinión pública.

Esa marcha general conjunta de la opinión francesa delante de ese hecho, muestra el espíritu de la Revolución Iluminista – ella misma hija de la Revolución anterior, por lo tanto, del Renacimiento, del Humanismo, del Protestantismo –, que fue con el tiempo radicalizándose. A bien decir, el Iluminismo ya estaba naciendo y ensopando de indiferencia, de duda, esa devoción, no queriendo aceptarla porque ella pediría fervor, y esa gran masa no quería fervor, porque el fervor contrarrevolucionario es una actitud diametralmente opuesta a la Revolución. A propósito, el propio fervor revolucionario aprecia esa camada gruesa, pero no mucho. [Para él,] es preciso vivir tibiamente.

“Ojalá fueses frío o caliente. Pero, como eres tibio, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”, dice Nuestro Señor (Apoc 3, 15-16). Las personas vomitadas por los labios divinos de Nuestro Señor son esa enorme camada. Por lo tanto, el gran esfuerzo no era estar en disonancia con el Rey, con este o con aquel, sino disonar de esa enorme masa.

El alma de la Contra-Revolución es el espíritu reparador

Así, vemos la importancia de una concepción de la Historia, para comprender bien la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y para adoptar delante de ella la actitud debida delante de los tiempos actuales. No es capaz de tomar bien una posición de comprensión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, quien no tome en consideración la noción de que esa fue una inmensa providencia tomada por Dios para sacudir a la Revolución y acabar con la tibieza. Terminada esta, el resto desaparecería.

Esa tibieza era producto de una evolución histórica. Si un hombre del tiempo del Rey Sol no quisiese comprender todo lo que perdió en la trayectoria de la Edad Media hasta Luis XIV, y que fue una Revolución que le robó todo eso, no había solución.

El Mensaje del Sagrado Corazón da a entender que delante de la situación de desplome, el cual, en profundidad, se acentuaba ya en aquel tiempo, lo específico era la promoción de esa devoción en cuanto reparadora. Esos hechos despiertan la cólera divina. Pero Dios no quiere punir el mundo. Entonces, Él indica el camino especial para evitar que esa punición se dé. No es un camino entre otros, es el camino específico.

Luego, el supremo esfuerzo de su amor es despertar un movimiento de reparación que sea la Contra-Revolución, porque si todo eso es la Revolución, por excelencia y más que todo, la Contra-Revolución es lo que Él está indicando. La propia alma de la Contra-Revolución es el espíritu reparador.

¿Qué significa eso? Dios está ofendido por la Cristiandad en general. Él considera la Cristiandad como un bloque pecador. Tan gravemente pecador, que el último esfuerzo de amor de Él es aquel, como quien dice: “Prestad atención, pues si este esfuerzo que estoy haciendo no fuere seguido como debe ser, vendrá algo que es la liquidación del orden en que estáis.” Indica también, con la visión histórica retrospectiva inherente a esa devoción, que ya fueron hechos en esa dirección muchos esfuerzos no correspondidos por los hombres. Y que entonces Dios presenta un esfuerzo al mismo tiempo último y supremo, tan expresivo de amor, tan capaz de tocar las almas, que no se puede pensar en algo más que eso.

Así, Él convida a que, al menos algunas almas de valor se entreguen completamente a ese esfuerzo reparador y sufran tanto, que aplaquen a Dios, dejándose crucificar como Nuestro Señor se dejó.

Doña Lucilia, sobre quien el Sagrado Corazón de Jesús colocó diversas cruces

De este modo, las palabras del Sagrado Corazón de Jesús se transforman en un mensaje para almas de élite que, siendo en número suficiente, y, sobre todo, con un amor intenso, soporten todo el peso de esos pecados. Si el rescate pagado no estuviere en la proporción de los pecados cometidos, la avalancha se desencadena.

Me da la impresión de que con ese lance de Nuestro Señor pasó lo mismo que se dio con lances anteriores, o sea, el número de almas que correspondieron fue real, con mucho mérito y de un modo muy precioso, pero no fue suficiente. Muchos procuraron corresponder, pero de un modo mole. Varias organizaciones buscaron atender el apelo del Sagrado Corazón de Jesús, pero con falta de profundidad, de conceptos, etc.

De esa forma conseguían que, ya dentro del mar suelto, algunos barquitos continuasen navegando, pero víctimas de las olas que los arrastrarían a donde quisiesen. Aunque continuasen teniendo sucesores en esa reparación, probablemente en número y amor cada vez menores, hasta llegar a un punto en el cual el número fuese tan pequeño que la avalancha quedaría suelta.

Ahora bien, dentro del horror de ese mar tempestuoso, mi Obra sería un barquito, preciosa resultante de esos actos de reparación. No se puede negar que en el nacimiento y en la formación de mi Obra, el Sagrado Corazón de Jesús tuvo un papel muy grande, ante todo porque hubo una señora sobre quien Nuestro Señor colocó cruces desde jovencita, y que sufrió desde pequeña con una resignación extraordinaria, y con los ojos vueltos hacia el Sagrado Corazón de Jesús. Esta señora tuvo un hijo que, a su vez, fundó esta Obra.

Habiendo nacido de Doña Lucilia, puedo decir que nací de ese movimiento arriba descrito. No propiamente en ese movimiento, pues esa devoción ya estaba tan enrarecida en la masa general de los fieles, que gran parte de lo que estoy diciendo fue recompuesto por mí, por el hecho de ser contrarrevolucionario y de tener una visión de la Historia que me llevó a la conclusión de que la reparación es la única salida.

Abominación en un lugar sagrado

Cuando tomé conocimiento de las revelaciones de Paray-le-Monial, yo tendría unos diecisiete años más o menos. Para mí, aquello fue clarísimo. Por lo tanto, todo cuanto estoy diciendo ahora es fruto de mucha reflexión, a lo largo de los años. No lo dije antes, porque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús estaba tan aguada que, si yo quisiese llevarla a todos esos extremos, recibiría la objeción de la inmensa camada de los tibios que dirían: “Esas son consideraciones que, si fuesen verdaderas, estarían en los labios de todos los buenos padres que conocemos…”

¿Cómo tratan ellos esa devoción? No es a la manera de un estandarte, pues este supone un ejército en orden de batalla. Cuando llegó el momento en que movimientos piadosos fuesen casi liquidados bajo el pretexto de constituir una piedad privada y no litúrgica, esa devoción ya no presentaba más este carácter bélico. Antes de que el demonio hiciese lo que se permite ahora, esa devoción fue secada de la faz de la Tierra.

Me deparé con uno de los indicios más sobresalientes de ese desmoronamiento cuando estuve en Francia, en la década de 1950, y fui a visitar Paray-le-Monial. Saliendo de la iglesia, mi vista cayó normalmente en una pequeña librería católica que quedaba en frente. Pensé en comprar un recuerdo para mi madre, que mostrase con cuánto afecto la recordé en ese lugar tan ligado a ella. Entonces, me dirigí a una vitrina donde vi pequeñas postales preparadas con el buen gusto francés en todos los sentidos, de buena calidad. Me aproximé para ver lo que había en las postales, seguro de que contenían fragmentos del Mensaje del Sagrado Corazón de Jesús. Pensé: “Yo puedo comprarle a mi madre esa colección de postales, a ella le va a gustar.”

Cuando me inclino para leer, veo que se tratan de trechos de Voltaire, Rousseau, dʼAlembert, sin decir una palabra sobre el Sagrado Corazón. ¡Expuestos en una librería oficialmente católica, en frente a la puerta por donde salían los que habían ido a venerar el lugar donde Nuestro Señor había aparecido a Santa Margarita María Alacoque! Era la abominación en el lugar sagrado, evidentemente.

Delante del sufrimiento debemos tener el espíritu reparador

Tomando todo eso en consideración, vemos que, si hubiésemos comprendido la necesidad de la reparación y ofrecido nuestros sufrimientos con esa intención reparadora el tiempo entero, sin duda alguna habríamos obtenido mejores resultados en la lucha contra la Revolución.

Por el favor de Nuestro Señor Jesucristo y por la mediación omnipotente de Nuestra Señora, conseguimos constituir la Contra-Revolución. Pero no somos aún la Contra-Revolución marcada a fuego por su característica esencial: la reparación. ¡Esto es lo que falta!

Porque entre nosotros existen los que hacen parte de la legión de los acomodados, de los tibios. Y esa tibieza nos aparta del deseo de la reparación, de la cruz y de cualquier forma de sufrimiento.

Ahora bien, es necesario que tengamos ese espíritu reparador delante del sufrimiento. ¿Cómo se puede pretender vencer una lucha contra un tal enemigo sin aplacar primero a Dios? Como si Dios fuese un compañero de segunda clase, cuyo apoyo en la lucha deseamos, es bueno, vale la pena tener, nada más, pero lo importante y decisivo fuesen las reglas de actuación en la opinión pública. ¿Qué es eso en comparación con lo que las circunstancias exigen?

Ante todo, desarmemos la cólera de Dios por medio de las oraciones de Nuestra Señora, tomándola como la gran reparadora, asociando a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús la devoción al Inmaculado y Sapiencial Corazón de María.

Que estas palabras nos den, por lo menos, un acento de especial deseo de que, por medio del Inmaculado Corazón de María, obtengamos el perdón por nuestra afrenta al Sagrado Corazón de Jesús.

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1) Del francés: dejar hacer, dejar pasar.


(Revista Dr. Plinio, No. 255, junio de 2019, pp. 10-15, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 29.1.1995).

Last Updated on Saturday, 05 October 2019 00:42