Don Sebastián, un Rey de sueños

Al cumplirse 400 años de la batalla de Alcazarquivir, el Dr. Plinio hace una descripción entusiasmada del Rey Don Sebastián de Portugal y de su papel en la historia de la Cristiandad.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

En la historia del Portugal de hoy y de mañana, yo insiero la historia de Brasil. Cualesquier que hayan sido las incomprensiones y las separaciones políticas, una cosa jamás dejó de ser verdad: Portugal y Brasil tienen una sola alma y constituyen, en la presencia de Dios y en los designios de la Providencia, una gran y única realidad.

Don Sebastián fue el esperado de Portugal. Su fisionomía y su modo de ser me agradan enormemente.

Era nieto de Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Alemán, Rey de España, Rey de Hungría, con tantos señoríos que, conforme se decía, en sus dominios el sol jamás se ponía.

Carlos V, que después de Carlomagno – y, dígase de paso, por debajo de Carlomagno – fue la más alta representación del poder y de la dignidad imperial en Occidente y, por lo tanto, en la Tierra, transmitió a Don Sebastián algo por lo cual – según algunos críticos de los cuadros de este último – él parecía, bajo cierto punto de vista, un portugués – y lo era de alma entera –; y, por otro lado, era un príncipe de la Casa de Austria. Rey delicado, sin duda, sin embargo, batallador, de quien podemos decir que fue, característicamente, el varón que luchó contra un aspecto de la primera Revolución, contra el cual pocos combatieron tan adecuadamente como él.

Combate al laicismo del Renacimiento

La primera Revolución estuvo constituida por el protestantismo y por el Renacimiento, al mismo tiempo. El Renacimiento caminaba orgulloso de los innegables talentos de los hombres suscitados en la ocasión en que se desarrolló. Laico, vuelto hacia los placeres de la Tierra, tiznado de neopaganismo, representaba un rechazo al medievalismo. El protestantismo fue aplastado por el Concilio de Trento.

Él comenzó [Don Sebastián] a reinar en 1557. Fue, por lo tanto, Rey de Brasil. Estas tierras vivieron bajo su cetro; es nuestro monarca que aquí celebramos. Brasil había sido descubierto en 1500, en la época de Don Manuel El Venturoso, renacentista característico.

Una de las cosas más bellas de la vida de Don Sebastián es su afirmación, en más de una ocasión, de que su gran deseo era luchar por la dilatación de la Fe, de ir a África a trabajar a fin de que la Fe se difundiese por todo el Norte del continente africano y llegase a Asia. Porque, decía él, la finalidad del Rey es, ante todo, servir y difundir la Fe.

Cruzado en África

Él quería, por cierto, la grandeza de Portugal como medio para hacer a Nuestro Señor Jesucristo verdaderamente Rey de este mundo. El amor de Dios era el punto de referencia de todos sus sentimientos.

En dos ocasiones, él recibió bulas de Cruzada del Papa, otorgándole la misión de hacer una Cruzada para conquistar África. Y fue en el suelo africano que él desapareció y murió, como un cruzado. Ese cruzado tenía tal noción de su deber de Rey que, en cierta ocasión, actuó de la siguiente forma. Algún tiempo antes de embarcar para África, cuidaron de su matrimonio. Dos princesas pedían su mano – las costumbres de la época eran muy diferentes de las nuestras –: una era archiduquesa de Austria, Infanta de España, hija de Felipe II; la otra, una princesa francesa de la Casa de Valois. Don Sebastián mandó a decir que se casaría con aquella cuyo padre apoyase su Cruzada en África. ¡Así se debe hacer! Y como las respuestas no fueron claras, no se casó con ninguna de ellas. Y murió pasando a la Historia con el glorioso apelativo de Rey virgen. Porque su vida privada era tan casta, que su virginidad era indiscutida.

Ese mismo Rey, sabiendo que los hugonotes en Francia estaban a punto de conquistar el poder, en el reinado de Carlos IX, de la Casa de Valois, tuvo un lindo gesto, sin ningún interés para Portugal, sino apenas para expulsar a los protestantes del territorio de la hija primogénita de la Iglesia. Mandó al Rey de Francia, espontáneamente y sin contrapartida, una gran cantidad de oro, con el mensaje: “Haced lo que quisiereis con ese oro, con tanto que sea para vencer a los hugonotes.” Es el Rey apóstol, el cual comprende que el oro y el poder son dados al hombre para servir a la Santa Iglesia, a la causa de la dilatación del Reino de Cristo. Y él era Rey en Portugal para que Cristo fuese Rey en el mundo entero. ¡Qué bella concepción de Portugal! ¡Cómo nos da alegría de haber sido Portugal!

El pueblo lusitano tuvo el mérito extraordinario de sentir que ese príncipe poseía algo alcandorado1, trascendente; que él era la flor y Portugal el tronco; que todas las generaciones de los reyes anteriores – desde Don Alfonso Henriques, a quien Cristo apareció en los campos de Ourique, hasta él – existieron en orden a él. Portugal tuvo la nobleza de reconocer en Don Sebastián el rey de sus sueños.

En 1578, él salió a las escondidas de Lisboa, porque la despedida del pueblo sería muy dolorosa. Y embarcó para la reconquista de África. Era una reconquista, pues partes de África ya habían pertenecido a Portugal.

Llegando allá, entró en una batalla – de Alcazarquivir – que, en condiciones aún muy misteriosas, resultó en una catástrofe para las fuerzas portuguesas, y, por lo tanto, en un desastre para los ejércitos cristianos; en ella desaparece el Rey.

¿Por qué ese hombre, que podría haber frenado el Renacimiento, no fue socorrido por la Providencia? ¡Qué designios misteriosos! ¡Qué sabiduría! Solo nos cabe inclinar la cabeza.

Fátima, realización del sueño de Portugal

Fátima es la realización del sueño de Portugal. Los portugueses soñaron con Don Sebastián, pero les fue dado algo incomparablemente más alto: Nuestra Señora. No llegó el Rey virgen, pero se les apareció la Virgen de las vírgenes. Y así como Portugal, en el tiempo del Renacimiento, debería haber dado un mensaje al mundo en la persona de Don Sebastián, la Santísima Virgen, tomando el territorio portugués como trono, transmitió a la Humanidad aquel mensaje, que no era de saudades, sino de advertencia y esperanza.

Glorificamos a ese Rey, con la esperanza de que surja un nuevo Don Sebastián, una nueva Santa Juana de Arco, confiando que, de algún modo, ellos revivirán con gloria aún mayor.

Así, llegamos al punto final de esta meditación sobre la victoria de Alcazarquivir en su cuarto centenario – victoria, dije bien, porque morir así es ser victorioso.

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1) N. del T.: Del portugués, colocado a gran altura, muy elevado.


(Revista Dr. Plinio, No. 137, agosto de 2009, pp. 26-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 5.8.1978).

Last Updated on Thursday, 05 September 2019 15:50