Hombres arquetipos de naciones

Atendiendo al pedido de jóvenes discípulos, el Dr. Plinio profundiza la teoría de los arquetipos1, dando algunos ejemplos históricos.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Naturalmente, la profesión, la situación donde la arquetipía aparece más claramente es la de Jefe de Estado.

García Moreno, arquetipo de Ecuador

Por ejemplo, el Presidente de la República de Ecuador, García Moreno, es el arquetipo del ecuatoriano de origen español relativamente cercano, tal vez con alguna mezcla; o sea, del hispano del norte de Suramérica, diferente en ese punto de los hispanoamericanos del centro y del sur.

Él lo es por su físico y mucho más por su alma. Es decir, García Moreno tiene una profundidad de espíritu, una firmeza y una lógica de pensamiento, un dominio sobre sí mismo y una movilización permanente de todo su ser para cumplir un deber muy arduo, cualidades que brillan en él portando el uniforme de Jefe de Estado, con el cual se hizo fotografiar o pintar más de una vez.

Es el arquetipo del pueblo suramericano de origen hispano, eventualmente con alguna mezcla indígena; tenía potencialmente las cualidades de su pueblo. Por lo tanto, mucha propensión hacia la fe católica, apostólica y romana, gran afinidad con la Iglesia, y una elevación de alma hacia las cosas sobrenaturales, dada sin duda por la gracia, y que encuentra un punto de inserción en la naturaleza.

García Moreno poseía todo eso de un modo espléndido, pero con algo contrario a los pueblos con mezcla indígena.

La mezcla de razas puede favorecer determinados defectos

Es propio de personas que llevan consigo esa mezcla de razas una tendencia hacia el sueño de ojos abiertos, el sentimentalismo, la pereza y la inconstancia.

Y es característico del católico, cuando él nace con esos defectos, voltearlos al revés y ser muy sobresaliente en las virtudes opuestas. Y para mí, la mayor pulcritud de alma de García Moreno es esa. Fue muerto por esa causa. Es un arquetipo que volteó al revés los defectos de su pueblo. ¡Fue un hombre admirable!

No hay ningún gran pueblo que no tenga sus defectos nativos volteados al revés. De lo contrario, ellos dominan. Nuestros defectos nativos o son llevados a látigo el tiempo entero, o ellos nos ponen bajo el látigo.

Para mí, García Moreno fue quien mejor realizó el designio divino con respecto al pueblo ecuatoriano.

Luis XIV, rey de un pueblo querido por Dios

El continente más rico en arquetipías es el europeo. Generalmente, cuando un pueblo tuvo un gran rey, este fue el arquetipo de su pueblo.

Lo que caracteriza preliminarmente a todo gran rey es ser un hombre en el cual, por excelencia, su pueblo se siente reflejado. Su simple presencia hace con que la nación vea la concretización de sus propios ideales de perfección y quiera realizarlos, reconociendo en él el modelo de sí misma. Ese es el arquetipo.

Por ejemplo, Luis XIV es el arquetipo del francés en lo que este tiene de más ilustre, de más magnífico, de más estupendo.

Cuando Santa Margarita María recibió del Redentor el encargo de llevar un mensaje a Luis XIV para estimular la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, el Divino Maestro pronunció estas palabras iniciales: “Dígale a mi amigo, el Rey de Francia, tales y tales cosas”. Y los intérpretes se empeñan en querer entender, en ese caso, cuál es el sentido de los términos “mi amigo”.

En realidad, él era su amigo porque Francia era una nación querida, y Luis XIV era el arquetipo de ese país. En cuanto tal, Dios lo amaba con aquella predilección gratuita e insondable con la cual Él quería a la nación primogénita de la Cristiandad.

Tomemos otros dos monarcas poco posteriores a Luis XIV que fueron grandes reyes, a su modo: María Teresa, la Emperatriz de Austria, y Federico II, el Rey de Prusia.

María Teresa: la emperatriz que simbolizaba el conjunto de reinos por ella gobernados

María Teresa fue el padrón de emperatriz, que simbolizaba enteramente el conjunto de reinos gobernados por ella. En el siguiente sentido: los Estados llamados de la Casa de Austria – Austria, Hungría, Checoslovaquia y otros – formaban una suma de Estados con un rey común, llamado antiguamente de Archiduque de Austria. Los Archiduques de Austria fueron un denominador común de todos esos pueblos y los arquetipizaron tan magníficamente que, cuando el Tratado de Versalles, en 1918 – en el fin de la I Guerra Mundial – desmembró esa monarquía, fue necesario que las naciones participantes – por lo tanto, supuestamente liberadas del yugo de Austria – asumiesen la obligación de no elegir un emperador o un rey.

María Teresa representaba – además de la gracia femenina – aquello que había de charmant, de encantador en el espíritu austríaco, así como las virtudes militares de la raza alemana, valores armónicamente aliados. Y arrebató a los pueblos, como muestra un hecho conocido de su vida.

Federico II, Rey de Prusia, atacó el Imperio Austro-Húngaro, y María Teresa, no teniendo medios para defenderlo, sufrió derrotas. Federico II mandó a proponerle una paz vergonzosa, y ella respondió: “Mientras yo tenga la última aldea del Tirol o de Carintia para gobernar, allí estaré resistiendo al Rey de Prusia. Dígale que no me rindo y que voy a imponer la paz.”

Había peligro de que Hungría se separara del Imperio. María Teresa mandó a convocar el parlamento de esa nación, donde ella hizo un discurso sobre las circunstancias entonces existentes. Cuando terminó, todos los representantes de la nobleza desenvainaron sus espadas y aclamaron: “¡Moriremos por nuestro Rey, María Teresa!”. Ella arquetipizó en ese episodio el tradicional heroísmo magiar.

Elección de María Teresa

Estando vago el trono del Sacro Imperio Alemán – que era electivo –, debería ser elegido el sucesor. Durante siglos, era automático que el trono imperial fuese diferido a un Habsburgo, el Jefe de la Casa de Austria.

No habiendo posibilidad de ser elegida emperatriz, María Teresa se casó con un príncipe de la Casa de Lorena, que ella hizo elegir emperador. Así, se convirtió en Emperatriz por estar casada con ese príncipe. Y el título de Emperador fue transmitido después a todos los descendientes de ella. Vemos así, cómo María Teresa tenía tacto, finura y delicadeza.

El Patrimonio Teresiano

Y también habilidad. Tenía el ojo práctico de una buena dueña de casa.

María Teresa combinó con su marido lo siguiente: “Debemos prolongar la existencia de nuestra Casa cuanto sea posible. Y para eso necesitamos aprovechar la situación actual, a fin de tomar todos los bienes que ya poseemos, reorganizar todo, hacerlos producir para que adquiramos nuevos bienes, de manera que cuando perdamos nuestros tronos, aún seamos príncipes riquísimos. Esposo mío, déjame la política y haz las finanzas.”

En 1918 fue proclamada la república en Austria, por imposición de los aliados. Los Habsburgo perdieron el trono, pero tenían un asunto llamado Patrimonio Teresiano, que era enorme, a fin de mantener el conjunto de la dinastía.

Analizando su todo, constatamos que era una mujer fantástica: ella representaba el genio austríaco en su totalidad.

Federico II

Federico II y los Hohenzollern en general – a cuya familia él pertenecía – representaban el genio prusiano en el siguiente sentido: ante todo estaba la guerra, el ejército, el combate, el entusiasmo por la fuerza. Secundariamente la música, los bellos castillos – de una belleza que los franceses, un poco sospechosamente, califican de exceso de severidad. La garra militar, el águila prusiana, tomando cuenta de todo. En cierto momento casi conquistó Europa.

Sin duda, Federico II representaba arquetípicamente al pueblo prusiano.

Así, podríamos indicar otros ejemplos.

Don Pedro II, arquetipo de Brasil

En Brasil, en la época de Don Pedro II, indiscutiblemente la organización de la familia todavía estaba muy viva, pujante, lo cual condice con la forma de ser afectiva del brasilero.

El anciano Pedro II, de cabello y barba blancos, presentación respetable, venerable y bondadoso, fue durante décadas el abuelo de Brasil. Y Brasil sintió las delicias de ser nieto de Don Pedro II. El modo por el cual él gobernaba y dirigía la política brasilera era inteligente y lleno de jeitinhos2. El pueblo brasilero gusta del jeitinho; la fuerza impuesta a la Federico II, el brasilero aprecia mucho menos. Querer imponer la fuerza por la fuerza puede enturbiar la situación muy desagradablemente, o hasta fatalmente.

La Constitución brasilera, liberal, reducía mucho los poderes del Emperador. Pero él era un político muy astuto y sagaz. Y se servía del prestigio de ser Emperador para negociar por fuera el curso de la política, de tal manera que el político número uno de Brasil era Don Pedro II. Y él iba acomodando las cosas de tal modo que su gobierno fue un reino de paz. Terminaron las rebeliones que había, Brasil tuvo una gran prosperidad y fue en aquel tiempo una de las mayores naciones americanas – naturalmente los Estados Unidos estaban muy por encima, desde el punto de vista del progreso económico –. La flota mercante brasilera, para poder exportar innumerables cosas producidas por un país enorme, era la segunda del mundo.

Pero los políticos liberales hacían reclamos contra Don Pedro II, quien argumentaba: “Yo ejerzo enteramente los poderes constitucionales, no me salgo ni una sola línea de la Constitución.”.

Ellos decían: “Es verdad, pero Vuestra Majestad tiene un poder personal extraconstitucional, que vale más que su poder constitucional. Y no puede ejercer los dos poderes juntos.”

Y el Emperador replicaba: “¿Dónde está eso en la Constitución? Nada me impide tener influencia política. Si un político brasilero me pide un consejo, yo cumplo mi obligación atendiéndolo. ¡Si el consejo influencia, es porque fue eficaz! ¿Qué tienen Uds. contra eso?”

Los liberales vociferaban mucho contra su poder personal, porque no podían hacer nada contra la fuerza moral del Emperador.

Don Pedro II condujo la situación casi hasta el fin de su vida. Y fue destronado por una serie de circunstancias. Pero él representó arquetípicamente al brasilero; no hay ninguna duda en cuanto a eso.

Cuando el pueblo es grande, puede ser arquetipizado. Cuando es un magma de gente, no hay quien arquetipice aquella masa; él, por así decir, clama por su arquetipo.

1) En el contexto de la presente conferencia, el Dr. Plinio aplica este término a personas que expresan las características de un pueblo en un grado eminente, constituyendo un paradigma.

2) N. del T.: En portugués, forma hábil e inteligente de resolver un problema o de salir de una situación difícil.


(Revista Dr. Plinio, No. 155, febrero de 2011, pp. 26-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Título original del artículo: Hombres símbolo – Extraído de una conferencia del 17.2.1989).

Last Updated on Saturday, 27 July 2019 03:09