El Papa y los desmanes del siglo XX

 Corría el año 1936. Eran los días del Papa Pío XI, en los que el Romano Pontífice recibía el apoyo unánime de la Iglesia, en medio del fulgor de un gran prestigio. Según las costumbres vigentes, el ceremonial del Vaticano se desarrollaba con toda su majestuosa pompa. No obstante, en las páginas del Diario de São Paulo, el Dr. Plinio resaltaba que los católicos, por motivos sobrenaturales, son fieles al Papado en la ventura y en la desventura, y están prontos a bajar con él una vez más a las catacumbas, si a tal los obligare la persecución de sus adversarios.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Si queréis conocer a un hombre, basta hablarle del Papado. Si él responde con palabras de fe, es un creyente. Si responde con palabras de furor y desdén, le falta cultura o inteligencia. Si manifiesta admiración y pasmo, es un hombre culto e inteligente, aunque pueda no ser católico.

Furor de los impíos, entusiasmo de los piadosos

Realmente, nada conozco que pueda irritar más la impiedad analfabeta, nada que pueda desconcertar más la impiedad culta, y nada que entusiasme más la piedad esclarecida, que el Papado.

En una fotografía que nos representa al Papa en la “silla gestatoria”, ciñendo la tiara, abanicado por los tradicionales “flabelli”, revestido de los hábitos pontificales, precedido por un largo cortejo de dignatarios civiles y eclesiásticos brillantemente ornamentados, un creyente verá al representante de Dios, cercado del esplendor que conviene a la magnitud de sus funciones. Un descreído ignorante verá a un ciego ignorante que camina hacia el abismo en el cual el siglo XX, profundamente materialista, pretende sepultar a la Iglesia. Y un descreído culto sentirá un profundo pasmo apoderarse de su espíritu. Realmente, a la vista del Papa ornamentado y cercado de la Corte Pontificia, se comprende el furor o el desprecio con el cual un hombre de cultura media o de inteligencia media le atribuye el designio de hundirse en el abismo con los ojos cerrados, antes que sacrificar sus doctrinas y sus tradiciones, y abrir los ojos a los peligros contemporáneos.

Pero un hombre culto e inteligente ve necesariamente algo más. Siendo culto, sabe cuáles son los recursos que la cultura le da a la inteligencia. Y él nunca podrá creer que simplemente la tenacidad es el secreto de la intransigencia de la Iglesia ante los desmanes del siglo XX. Debe haber algo más profundo que dicta tal actitud y, sin embargo, nada puede encontrar un incrédulo que la explique.

Peligros y esplendor

Realmente, es indiscutible que el Pontificado de Pío XI ha sido uno de los más gloriosos que la Historia registra. Es incontestable que el Vaticano es actualmente un Estado en el cual se encuentran acreditados embajadores más numerosos que en la Corte de St. James o a la Casa Blanca. Es incontestable que un renacimiento católico se opera en todo el mundo, y que, especialmente en la juventud, las élites religiosas se van haciendo cada vez más numerosas. También es incontestable que la obra misionera va incorporando al seno de la Iglesia regiones cada vez más extensas.

Sin embargo… ¿quién puede cerrar los ojos a las nubes negras que toldan el esplendor de este pontificado? ¿Quién puede negar que, si se consideran las cosas desde un punto de vista exclusivamente humano, los más grandes peligros cercan constantemente el trono de San Pedro, amontonando sobre la cabeza de Pío XI nubes tan densas cuanto las que pesaron sobre los horizontes de la Iglesia naciente?

¿Ignorará todo esto el Papa actual? ¿Es lo que él sentirá, entonces, cuando sube a la “silla gestatoria”, cuando oye las trescientas trompetas de plata que anuncian su llegada a la Basílica de San Pedro, cuando, de paso por las salas del Vaticano, el espejo refleja la imagen de la tiara centelleante de piedras preciosas? ¿Ni siquiera por un minuto le parecerá, entonces, que el esplendor de esas apariencias está en flagrante contraste con los peligros del momento por el cual atraviesa? ¿Más alto que las trompetas de plata, no hacen vibrar con fuerza sus oídos los gritos de odio que llegan de Rusia, de Alemania, de España, de México? Al lado de las aclamaciones delirantes de la multitud en la Basílica, ¿no percibe él el zumbido amenazador de la conspiración satánica y universal que quiere sepultar definitivamente al último Papa, bajo los escombros de la última iglesia? ¿No tendrá él ojos para ver, no tendrá oídos para oír?

Es imposible que tales preguntas no asalten el espíritu de un observador inteligente. Y el propio Papa hasta cierto punto las justificó, cuando, poco después del glorioso Tratado de Letrán, se vio forzado a recordar a Mussolini que la Iglesia se sentía con ánimo para entrar nuevamente a las catacumbas, desde que a eso quisiese forzarla el nuevo César romano. ¡Cómo es pequeña la distancia que media entre el Tratado de Letrán y el regreso a las catacumbas!

La fe, única razón de la serenidad pontificia

Para comprender el estado de espíritu del Papa, es necesario comprender qué es la fe. Para el Papa, los más grandes cataclismos que puedan estremecer a la Iglesia y al mundo no son sino incidentes, aunque gravísimos, en la vida de la Iglesia. Nada, sin embargo, podrá destruir a la Iglesia, porque ella se fundamenta sobre la voluntad divina. Cristo prometió que contra ella no prevalecerían las puertas del infierno. Y el Papa cree con una fe entera, irrestricta, indestructible, en la realización de la promesa divina. Si algún día el vendaval de las persecuciones penetrare en el Vaticano, el Papa cambiará su palacio por las catacumbas, sin que, por un solo minuto, sienta nostalgia por el esplendor pasado o inquietud por la sobrevivencia de la Iglesia. Para el Papa como para cualquier católico, no es la tiara ni el esplendor del fausto lo que hace la autoridad de los pontífices. Ellos ya gobernaron la Iglesia en las circunstancias más tormentosas. Hubo un Papa que dirigía la Iglesia mientras, por orden de los emperadores romanos, en el fondo de una porqueriza cuidaba de los puercos. (…).

Así, es la fe, y solo la fe, que explica la situación y la actitud del Papado en el siglo XX.

Desde lo alto de la “silla gestatoria”, Pío XI no ignora ninguno de los peligros en la hora presente, y ninguna de las promesas risueñas que, a la par de los peligros, despuntan en todo el mundo, sonriendo a la Iglesia.

No es la hostilidad de los hombres cosa que le inspire temor, ni es su adhesión cosa que le inspire confianza. Su confianza ilimitada en el auxilio que viene de Dios – auxilio invencible y omnipotente, que la promesa divina hipotecó y que nunca podrá fallar – es la razón de su serenidad, cuando pasa por la Historia contemporánea oyendo los aplausos de unos y los rumores odiosos de otros.


(Revista Dr. Plinio, No. 69, diciembre de 2003, pp. 6-9, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Transcrito del Diario de São Paulo, del 12.2.1936. Título y subtítulos de la Revista).

Last Updated on Thursday, 04 July 2019 16:02