Ceremonia de investidura de un caballero medieval - II

 Dios colocó una nota admirable en todo cuanto hizo, porque quiso infundir en los hombres la convicción de que su espíritu debe estar vuelto hacia lo más alto, a través de la admiración. Esa admiración supone dos grados: uno por aquello que la persona tiene delante de sí; otro, el de reportar todo a Dios Nuestro Señor.

 

Admiración: ¡suprema alegría!

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Oímos la descripción de la investidura de un caballero, tan bien presentada por León Gautier1. ¿No es verdad que nos pareció muy agradable presenciar toda esa escena? ¿Por qué?

Una alegría que solamente tienen las almas admirativas

Sin duda alguna, debido a la belleza de la escena, pero también porque esa pulcritud nos trajo una forma determinada de alegría que el mundo hoy en día ya no conoce. Es un modo de alegría unido a la admiración. Nosotros admiramos todo eso, pero con un enfoque, con una luz tal que nos produjo alegría. Y mientras el mundo actual solo concibe la alegría en el libertinaje, en el desorden, en lo extravagante, en lo grotesco, en lo ridículo y en lo disipado, nosotros tuvimos justamente un júbilo que pudimos tocar con las manos, sentimos en nuestra propia alma, que fue resultado de la contemplación de un ambiente y de una ceremonia, y de personas que vivían todas en ese ambiente llenas del sentimiento de admiración y de respeto por lo que hacían. Nos pareció agradable ser ese caballero y, por cierto, hubo aquí personas delante de cuyo espíritu pasó la idea: “¡Cómo me gustaría ser armado caballero!”

Ser armado caballero es algo que el mundo de hoy detestaría, porque lleva a prepararse para lo contrario de la vida excesivamente segura ofrecida a los hombres por la sociedad actual. No es inscribirse en un instituto de jubilación y pensiones, ni conseguir el derecho a la promoción para poder comprar un automóvil mejor. Por el contrario, es exponerse al riesgo sin ganar dinero, por el mero amor al heroísmo, a la virtud, a la Iglesia Católica; exponerse a morir traspasado por una lanza en un desierto, o a naufragar en un barco que conduce caballeros a Tierra Santa y que, en una tormenta en el Mediterráneo – diminuta para los transatlánticos de hoy, pero considerable para los pequeños barcos de aquel tiempo –, se hunde repleto de caballeros; o morir en una lucha contra albigenses o moros en el propio territorio europeo.

La perspectiva del riesgo traía consigo para los hombres de esa época la admiración por el heroísmo, junto con la idea de un gran destino. La esperanza de vencer o morir en la realización de esa magnífica obra y, de esta forma, dar a su vida un gran sentido; la admiración por lo que significa vivir para consumar ese holocausto, es la causa de esa alegría. Así se comprende la escena tan alegre del joven que inicia la vida de sacrificio y va hacia ella jubiloso, satisfecho por causa del gran holocausto de su vida. Él conoce el sentido de su existencia, ama, admira el sacrificio y tiene aquella forma de alegría especial que solo tienen las almas que admiran.

Todo cuanto es admirable infunde en los hombres la convicción por lo más elevado

Dios colocó por lo menos una nota admirable en todo cuanto hizo, y sin ninguna excepción. Esa nota admirable, ora se muestra evidente de manera a encantar a los hombres, ora aparece en el fondo de una larga y árida investigación científica. En cierto momento el hombre encuentra lo admirable. Si el Creador puso lo admirable en todo, es porque Él quiso infundir en los hombres, de todos los modos y de todas las formas, esa convicción de que su espíritu debe estar vuelto hacia lo más alto, hacia algo que le causa admiración, y de que la luz de su vida es la admiración de las cosas verdaderamente admirables.

Todo cuanto Dios hizo es admirable, y Él quiere que vivamos en una continua admiración por las criaturas, para admirarlo a Él reflejado en ellas. Por esa admiración hecha de veneración, de adoración, Él desea que nosotros lo sirvamos heroicamente durante la vida entera.

Esa admiración supone, entonces, dos grados: una es la admiración cercana por aquello que la persona tiene delante de sí; otro grado es reportar a Dios Nuestro Señor, de tal manera que Él esté en el término final de la admiración. El Creador, que es el Autor de lo que estoy admirando, tiene esa maravilla en un modo infinito. Y cuando algún día, por la misericordia de Él y por los méritos infinitos de la preciosísima Sangre que Nuestro Señor derramó por mí, por las lágrimas y por los ruegos de su Madre, yo llegue al Cielo a admirarlo cara a cara, eso que estoy viendo ahora voy a contemplarlo directamente en Él por toda la eternidad.

Eso se verifica en las cosas más pequeñas. Por ejemplo, yo soy muy sensible a lo bello de las piedras; es una peculiaridad individual. Otro será más sensible a lo pulcro de las aves, de la música, etc. A mí me agrada, mientras estoy haciendo esta conferencia, mirar la superficie de este mojador de dedos que tengo ante mí, adornado con una piedra verde. Sé muy bien que no se trata de una esmeralda maravillosa y no sería puesta en la corona del Sha de Persia, ni de lejos. Sin embargo, es un verde que me agrada ver. Pero no me quedo en el agrado puramente sensitivo de un bicho que mira una cosa verde, y mueve bobamente la cabeza sin saber por qué, pues Dios me hizo hombre y, mucho más aún, me hizo católico, apostólico y romano; bautizado en mi infancia, nací en la Iglesia por la misericordia de Él.

Me debo preguntar, entonces, por qué ese verde me agrada, pues no existe apenas un motivo sensitivo, sino una razón de carácter mental, una afinidad de temperamento y de modo de ser, por donde el hecho de que a mí me guste ese color expresa algo de mi propia persona. Pero existe una consideración infinitamente superior: si algo de mi persona se expresa porque veo esta piedra y me gusta, algo de la Persona que la creó se expresa por el mismo principio. Luego, Dios consideró esto bello y digno de expresarlo, y puso este objeto delante de mí para, desde que yo reflexione un poco respecto a Él, decirme esta verdad fundamental:

“Hijo mío, tú que ves esto y te gusta porque hay en eso una afinidad con tu personalidad, sabe que mi perfección infinita también tiene una expresión aquí, y que tú y Yo nos encontramos en la consideración de esa piedra. Es misterioso, pero es verdad. Viéndola y gustando de ella, tú notas, de hecho, algo que es un destello mío. Contémplala, un día tú me verás cara a cara.”

Si soy capaz de esa reflexión, yo digo: “¡Qué misterio! ¿Cuándo llegará, Dios mío, ese día en que al final os podré ver cara a cara y descubrir el misterio que pusisteis por detrás de esa piedra?”

Así, esa piedra no es un objeto que vi de cualquier forma, calculé el precio, verifiqué si es adecuada para contener una esponja con agua, y evalué apenas mercantilmente. Ella debe ser considerada incluso mercantilmente, porque tiene su precio, pero esa no es la razón más alta por la cual yo debo evaluar la piedra. En ella encontré una especie de ángulo de incidencia por donde el Creador y yo nos encontramos. Yo admiré y, al admirar, hice una reflexión que me elevó hasta Dios.

Meditar a partir de un acto de admiración

Eso que se da con una piedra, pasa evidentemente aún más en relación con un animal. Por ejemplo, un león rugiendo, magnífico, con aquella fuerza, aquella melena, aquel dominio, aquella capacidad de ataque, si quisiéremos verlo desde el punto de vista sobrenatural, se presta para consideraciones verdaderamente de primer orden. Estoy viendo el león, veo aquel furor magnífico y pregunto: “Pero, ¿al fin de cuentas, contra quién es ese furor? ¿Contra mí? El león todavía ni siquiera me vio, ¿está lejos, furioso con qué?”

Si me reporto a la cólera divina contra el pecado, veo cómo es lindo el furor de la majestad, del derecho, de la fuerza contra aquello que es errado, torcido, sucio, rebelado, arrogante. ¿Un rugido del león no tiene algo de la belleza del rugido de la cólera de Dios por todos los espacios celestes? Y cuando veo tanto pecado, tanta impiedad, tanta tibieza pútrida y asquerosa que se esparce en torno de mí, deseo una rectificación de eso y una punición, y me acuerdo del furor del león, comprendo por qué las Escrituras llaman a Nuestro Señor Jesucristo de “León de Judá” (cfr. Ap 5,5). El Redentor, aunque muerto y derrotado, cuando resucitó implantó la derrota de todo aquello que se puso contra Él. Fue el vencedor, y sobre todo el mundo sus catedrales magníficas levantaron sus torres. Es verdaderamente el rugido del León de Judá.

Comprendo que Dios, al crear los leones, quiso, sobre todo, que nosotros, católicos, en vista del león hiciésemos una meditación sobre la magnificencia de la cólera de Él. Y, aunque viésemos todos los leones del pasado, del presente y del futuro, nunca veríamos algo tan magnífico, tan divinamente leonés, como en el momento en que Dios, en el Juicio Final, se dirija a los réprobos y los mande a todos al Infierno. Son palabras de rugidos que dejarán horrorizados y enfurecidos a los réprobos.

Creo que yo me desmayaría de encanto viendo el furor del León de Judá. “¡Al fin os vengáis, al fin afirmáis vuestra gloria! ¡Ah, cómo os aplaudo, oh Dios, terrible perseguidor de vuestros adversarios! ¡Adoro vuestro derecho, vuestra cólera y vuestra fuerza!”

¿No es bueno, pensando en un león, elevar así mi espíritu? ¿No se hace, de ese modo, una buena meditación? Es un acto de admiración por donde admiré el león en todo cuanto Dios quiso simbolizar de sí mismo en él. Pero después admiré en el león hechos de la Historia en el pasado o predichos para el futuro sobre las relaciones de Dios con los hombres, para comprender toda la Historia de la humanidad y, detrás de ella, a Dios Nuestro Señor. Así hice una meditación a partir de un acto de admiración.

La admiración debe estar presente en todas las actitudes del alma

Yo podría hacer el mismo acto de admiración, por ejemplo, en relación con una paloma que va a ser comida. ¡Con qué suavidad e inocencia está ella en las manos de aquel que la mata! ¡Cómo es linda y pura en el momento en que va a ser muerta!

Me acuerdo de un padre jesuita que, durante una clase, puso el siguiente problema: todo ser se alegra cuando realiza su fin. Ahora bien, al crear la gallina, Dios tenía como una de sus finalidades que ella sirviese de alimento para el hombre. Por lo tanto, transponiendo el ejemplo para la paloma, si esta pudiese entender que va a ser muerta en holocausto a un hombre, ella se alegraría en cumplir con su finalidad. Entonces, ¿debemos imaginar la frustración de una paloma vieja que muere sin haber sido devorada, porque ella no realizó su finalidad natural? O, por el contrario, ¿el instinto de conservación, que hace que el ser sienta pavor por su propia destrucción, la llevaría a no querer ser destruida?

Decía el sacerdote que tanto una hipótesis como la otra es admisible, pues ambas parten de un presupuesto absurdo, es decir, que un ente irracional piense. En efecto, de sí, repugna a la inteligencia la idea de un ser racional hecho para el holocausto a otro ser creado.

A mi modo de ver, el padre respondió muy bien. Pero a mí me gustaba pensar cómo resolvería la cuestión si fuese el animal inmolado. Alegando a favor de la alegría de dejarse inmolar, el sacerdote imaginaba al animal viendo al hombre y pensando: “¡Cómo ese hombre es superior a mí, y me alegro de saber que, dentro de poco, mi carne va a ser carne de él! ¡Qué honra y promoción para mí, ser devorado por él! Oh momento como de éxtasis, la hora en que yo sienta mi vida exhalar, sabiendo que, de algún modo, voy a ser humanizado y promovido.”

El raciocinio del padre me parecía evidentemente claudicante, y él lo presentaba como tal, pues era un buen profesor y sabía bien lo que decía. Pero tenía el lado bonito que aquí presento, para que comprendamos la belleza de la paloma que se inmola, representando algo infinitamente más alto que eso: Nuestro Señor Jesucristo, Víctima que se dejó inmolar por nosotros, el Cordero de Dios que lavó los pecados del mundo entero con su preciosísima Sangre. ¡Cómo es bonito, estando junto a un tabernáculo y viendo pintado un cordero inmolado, pensar que allí está el Cordero de Dios realmente presente! ¡Qué cosa magnífica es admirar el cordero para adorar al Cordero de Dios, Nuestro Señor!

De esa forma percibimos cómo en absolutamente todo debe estar presente la admiración, en todas las actitudes del alma humana y de un modo preponderante. Esa admiración así presente, debemos considerarla no apenas para con los seres inferiores a nosotros – por lo tanto, un animal, una planta, una piedra –, sino, sobre todo con relación a los seres iguales y superiores a nosotros.

(Continúa en un próximo artículo)

1) Cfr. artículo anterior con este mismo título, extraído de la Revista Dr. Plinio, No. 255, p. 31.


(Revista Dr. Plinio, No. 256, julio de 2019, pp. 31-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 11.2.1977).

Last Updated on Wednesday, 03 July 2019 00:04