Destructor refulgente de las herejías

San Alberto Magno refulgió en cuanto intelectual, contemplativo y hombre de acción porque colocó, por encima de todo, la vida interior. Mereció, así, este elogio expresado en un vitral de la iglesia de los dominicos de Colonia: “Este santuario fue construido por el Obispo Alberto, flor de los filósofos y de los sabios, modelo de buenas costumbres, destructor refulgente de las herejías y flagelo de los malos.”

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Con respecto a San Alberto Magno, tenemos una biografía muy interesante1 sobre la cual pretendo tejer algunos comentarios.

Santo Tomás de Aquino: el más ilustre de sus discípulos

Alberto, el Grande, nació cerca de 1206 en Laurigen, Baviera. Después de una educación cuidadosa recibida en su infancia, fue a estudiar Derecho en Padua. Allá encontró al Bienaventurado Giordano, maestro general de los Hermanos Predicadores, cuyos consejos lo llevaron a entrar en la familia dominica.

Rápidamente se hizo notar por su devoción tierna y filial a Nuestra Señora, y por la fidelidad de su observancia monástica. Enviado a Colonia para completar sus estudios, era tan aplicado que parecía haber penetrado todas las ciencias humanas, más que ninguno de sus contemporáneos.

Juzgado digno de enseñar, fue nombrado profesor en Hildesheim, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo, y finalmente en la Universidad de París, donde demostró el acuerdo existente entre la fe y la razón, las ciencias profanas y las ciencias sagradas. El más ilustre de sus discípulos fue Santo Tomás de Aquino, que lo sucedería en la Sorbonne.

Poderoso intelectual, gran contemplativo y hombre de acción

Volvió a Colonia para dirigir los Capítulos Generales de su Orden, fue nombrado Provincial en Alemania, después Obispo de Ratisbona. Allá se dedicó a su rebaño y conservó sus hábitos de simplicidad religiosa. Pero renunció tres años después, en 1262. Desde entonces ejerció el ministerio de la prédica, actuó como árbitro y pacificador de príncipes y de obispos, asistió al II Concilio de Lyon y murió en 1280. Por decreto del 16 de diciembre de 1931, Pío XII lo inscribió en el número de los santos y lo nombró Doctor de la Iglesia Universal.

En un vitral de la iglesia de los dominicos de Colonia se podían leer, a partir del año 1300, las siguientes palabras: “Este santuario fue construido por el Obispo Alberto, flor de los filósofos y de los sabios, modelo de buenas costumbres, destructor refulgente de las herejías y flagelo de los malos. Ponedlo, Señor, en el número de vuestros santos.”

Tenía por naturaleza, según se dice, el instinto de las cosas grandes. Así como Salomón, él imploró el don de la sabiduría, que une íntimamente el hombre a Dios, dilata las almas y eleva el espíritu de los fieles. Y la sabiduría le comunicó el secreto de unir una vida intelectual intensa, una vida interior profunda y una vida apostólica de las más fructíferas, porque fue al mismo tiempo el iniciador de un poderoso movimiento intelectual, un gran contemplativo y un hombre de acción.

Lo esencial es la vida interior

La línea general de la vida de San Alberto Magno está bien expresada cuando se dice que él refulgió al mismo tiempo en esos tres dones. En esas condiciones, él se manifiesta como una de las grandes figuras de la Edad Media que construyeron y consolidaron esa era histórica, a quien Dios dio gracias para sobresalir en todas las cosas, de tal forma que, si él hubiese hecho solo una de ellas – por ejemplo, hubiese sido simplemente el intelectual que fue –, ya sería un hombre inmortal.

Además de intelectual, fue un gran religioso y un gran contemplativo. Y, como santo, también solo por eso tendría la inmortalidad. Por otro lado, apenas como modelo de obispo él tendría también una fama durable en su patria.

¿Por qué la Providencia establece la conjugación entre esos tres dones, y hace que algunos hombres brillen en esos campos al mismo tiempo? Es para dar a entender la siguiente verdad: el hombre debe ser, primero, de vida interior, y después las otras cosas. Y cuando él escoge ser ante todo un hombre de vida interior, él pone de hecho la más importante de las condiciones para, en los otros campos, ser lo que debería ser.

San Alberto Magno fue mucho más grande como intelectual porque tenía vida interior. De tal manera que, si él quisiese ser simplemente un gran intelectual por la mera ambición de cultura, él se beneficiaba al continuar la vida interior. Si desease ser apenas un hombre de acción por la mera ventaja de serlo, él debería continuar la vida interior. Porque la vida interior verdadera, plena, hace que el hombre ejecute la voluntad de Dios con toda perfección, y da al alma recursos que son, en parte, la plenitud de sus recursos naturales y, en parte, carismas y dones que le hacen centuplicar sus posibilidades. De manera que él se hizo mucho más grande en las otras actividades porque supo ser grande justamente en ese elemento esencial.

Eso me hace recordar un dicho de Don Chautard – el famoso autor de El alma de todo apostolado – a Clemenceau, un político francés anticlerical. Este, sabiendo que Don Chautard estaba envuelto en mil actividades, le preguntó lo siguiente:

– ¿Cómo consigue Ud. llevar a cabo tantas actividades en un día de 24 horas?

Respondió Don Chautard:

– El secreto es que, además de hacer todo lo que hago, rezo el Rosario. Entonces, acrecentando esa ocupación, hay tiempo para todas las otras.

Es una paradoja, porque acrecentando debería disminuir el tiempo. Pero en eso que parece una broma, hay una verdad profunda: si damos a Dios todo el tiempo que debemos dar, dedicándonos a la vida interior, la Divina Providencia velará por nosotros y tendremos tiempo para todo. Esa es la gran verdad que se desprende de la vida de San Alberto Magno.

Un elogio que desapareció completamente

Me gustaría analizar rápidamente ese lindo elogio hecho a él, escrito en el vitral de la iglesia de los dominicos de Colonia:

Este santuario fue construido por el Obispo Alberto, flor de los filósofos y de los sabios, modelo de buenas costumbres…

Cosas positivas, constructivas.

…destructor refulgente de las herejías y flagelo de los malos.

¿Cuándo se elogia hoy en día a alguien por ser un destructor refulgente de las herejías o flagelo de los malos? Verdaderamente es increíble cómo se ha decaído, hasta tal punto que ese elogio desapareció completamente…

1) No disponemos de los datos bibliográficos de la obra citada.


(Revista Dr. Plinio, No. 248, noviembre de 2018, pp. 19-21, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 14.11.1966).

Last Updated on Thursday, 27 June 2019 15:29