Ceremonia de investidura de un caballero medieval

Cuando un joven era armado caballero, el señor de su padre le entregaba su propia espada, diciendo: “No la conquisté de un jefe sarraceno. Yo mismo la mandé a forjar, y durante mucho tiempo la usé. Os cabe ahora ser digno de ella.” En la Edad Media todo el mundo tenía un señor, el cual era para su vasallo como un padre con relación a su hijo.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Vamos a comentar la descripción que León Gautier, en su libro “La Caballería”1, hace de la investidura del caballero.

Las puertas del heroísmo cristiano, del martirio y del holocausto se abren

La noche baja sobre el viejo donjon2, y el monasterio más cercano se encuentra a una legua. Rodeado por sus jóvenes pajes, el joven que va a ser armado caballero se despide de su madre y de sus hermanos (…). El camino se hace alegremente, pero sin desórdenes (…). El viaje no es largo, y he aquí que, de un momento para otro, se percibe en la penumbra el portal de la iglesia (…). Los jóvenes entran alegres y recogidos.

León Gautier es un gran especialista en materia de la Edad Media, y por eso merece que se preste mucha atención a cada una de sus palabras. Él describe la investidura de un caballero a partir de sus más remotos comienzos.

El joven deja su castillo para hacer vigilia de armas en el monasterio más cercano. Va acompañado por sus pajes, jóvenes como él y de la misma clase social, que más tarde serán, ellos mismos, caballeros también. Van alegres para la vigilia, pero, señala el autor, sin ruido. Es decir, no es una alegría insensata y tonta, sino un júbilo en el cual se manifiesta la admiración y el respeto por la acción que va a ser hecha y, por esa razón, es una alegría llena de recogimiento.

¿Qué quiere decir recogimiento en este caso? Una alegría sin disipación, en la cual la persona tiene en mente la alta razón por la cual está alegre: “Mi amigo va a recibir la condición de caballero por el sacramental de la Caballería, que un día yo también debo recibir. Por lo tanto, las puertas del heroísmo cristiano, del martirio, del holocausto se abren para él. ¡Qué cosa tan linda! ¡Yo admiro y respeto eso! Me alegro de que mi compañero vaya a recibir esta gracia.”

Combatiente en defensa de la Civilización Cristiana y para la expansión del Reino de María

Esa alegría es verdadera en la medida en que conserve el recuerdo de sus propios motivos. Es diferente de la alegría del tonto que comienza a alegrarse por una razón buena y dentro de poco ya se está regocijando por una burricie y se alegra como un asno. La alegría recogida es diferente. Es el júbilo por la posesión o por la expectativa de la posesión inminente de aquello que es superior. Esta es la alegría que lleva, por las tranquilidades de las serranías y de los campos de la Edad Media, al grupo de jóvenes al monasterio que los espera.

No se distingue nada, a no ser un gran foco luminoso, al fondo, en una de las capillas. Allá es donde se realizará la vigilia de armas, en esa capilla consagrada a San Martín, como indica un vitral que representa a ese santo en traje de caballero, dándole a un mendigo la mitad de su capa.

Por una de esas síntesis muy felices en que aparece el genio, la santidad y la sabiduría de la Iglesia Católica, el caballero no es apenas un combatiente; es glorioso serlo en defensa de la Civilización Cristiana y para la expansión del Reino de María en la Tierra. Y porque es terrible en el combate odiando el error, pero sin odio a aquel que erró, al mismo tiempo que es un héroe formidable, es un hombre lleno de caridad. Y por eso lucha por las viudas, por los huérfanos, por los pobres, es altamente limosnero. No lleva mucho dinero consigo, porque no tiene ocasión para hacer riqueza; él no es un burgués, dueño de una panadería o de una casa donde se venden tejidos, que va sacando y acumulando lucros, sino un hombre desprendido, que sin otros intereses recorre la tierra para defender el Reino de Cristo. Entonces, él tiene poco dinero, pero es limosnero.

El vitral representa el episodio en que San Martín de Tours, gran caballero, al mismo tiempo un símbolo de la nación francesa, pasando durante el invierno por un lugar donde hay un pobre tiritando de frío, divide su capa y le da la mitad al indigente. Ese acto de amor al prójimo por amor a Dios debe ser practicado por aquel que, también por amor a Dios, va a combatir y hasta a odiar al prójimo cuando este se transforma en un fautor, propagandista y baluarte del error y del mal.

Era la víspera de Pentecostés.

Fue escogida, por lo tanto, para recibir la investidura de la Caballería, la lindísima fiesta en que la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la transformación completa de la mentalidad de ellos, hombres que habían mostrado un espíritu tan diferente del caballero, huyendo cuando Nuestro Señor fue apresado, que al recibir el Espíritu Santo se convirtieron en los primeros caballeros de Nuestro Señor Jesucristo, que fueron sin duda los Apóstoles, verdaderos héroes de la fe.

Al mismo tiempo en que mata al hereje, el caballero reza para que se salve

Los futuros caballeros comienzan su vigilia invocando a la Madre de Dios. La noche será larga. Les está prohibido sentarse un solo instante.

¿Por qué “los futuros caballeros”? Porque los pajes del joven un día también serán caballeros y hacen juntos la vigilia.

Uno de los trazos lindos de la Edad media es la devoción a Nuestra Señora. La vigilia comienza pidiendo el auxilio de la Medianera de todas las gracias, por medio de la cual todo se consigue y sin la cual ninguna cosa se obtiene.

Prohibido sentarse un solo momento: o se queda en pie o arrodillado la noche entera. Alguien me dirá: “¡Pero es duro!” Esta es una dureza minúscula en comparación con las otras agruras que deberá enfrentar el caballero a lo largo de su vida. Él entra en la vida dura. Y la razón de ser de todas esas fiestas es porque es dura la vía en la cual él entró. Si entrase a una vía mole, esas fiestas serían una estupidez. El motivo es porque él, por amor a Dios y a Nuestra Señora, ingresó en la vida dura.

Ellos rezan por sí mismos y por los suyos (…). Piensan en los rudos golpes de lanza que darán, y tal vez también en los que recibirán.

Oran probablemente por aquellos que recibirán sus golpes de lanza. Aquí vemos caracterizado el amor al prójimo, por amor a Dios. Ellos le dan una estocada al mahometano o al hereje albigense y lo lanzan por tierra, pero desean la salvación eterna del hombre al cual están abatiendo. Lo lanzan al piso, pero no quieren lanzarlo al Infierno. Al mismo tiempo que lo matan, rezan para que se salve. San Bernardo llega a decir que el guerrero que lucha por odio personal es como un asesino, pero quien combate contra un error doctrinario, porque aquel individuo adoptó el error y por eso debe ser combatido, este sirve a Dios.

Misa especial para armar al Caballero

Piensan en el gran día que se levanta para ellos, en el yelmo, (…) en el filo de su espada; rezan una vez más. En fin, una pequeña luz blanca penetra en el santuario que poco a poco se va haciendo claro.

No hay duda alguna, es la aurora. Es muy bonita esta idea: una noche entera de vigilia, y después una pequeña luz que entra aquí, allá y más allá, y las primeras claridades de la mañana penetran por los vitrales del santuario donde están los futuros caballeros que van a luchar por la gloria de Dios, de su Iglesia y de la Civilización Cristiana.

Entonces un ruido de pasos se hace oír en la iglesia. Un sacerdote llega y se prepara para celebrar la Misa (…). Esa Misa es muy solemne y de origen muy remoto. Es muy anterior a la vigilia de armas que los antiguos no conocían (…). Más tarde el novicio hará una confesión general y se aproximará al Sacramento de la Eucaristía. En el siglo XII todavía no se hace alusión a esta Comunión. Al final la última bendición del padre libera al joven y a sus compañeros, que se dirigen hacia el portal de la iglesia. Son las seis de la mañana. El aire está fresco y ellos tienen hambre.

Noten con qué naturalidad eso es presentado. Después de una cosa tan sublime, este pormenor: ellos tienen hambre. He aquí la naturalidad de la Iglesia que, habiendo elevado los espíritus a las más altas consideraciones, cuida también de lo más común porque todo está dentro del orden puesto por Dios, armonizado. El creador quiso que los hombres tuviesen hambre de oración, pero también hambre de pan. Y la Iglesia estimula, al mismo tiempo, la oración y bendice el pan. Todo está en una secuencia en que la armonía incomparable del espíritu católico se hace sentir.

Oposiciones aparentes propias del genio y del espíritu de la Iglesia

El regreso a casa se hace nuevamente con alegría. Pero esta vez, una alegría más vivaz.

Es bastante natural, después de diez horas de meditación y de oración.

El recogimiento les dio cierta necesidad de expandirse. Vuelven más alegres porque sus almas están penetradas de Dios. Después de una larga oración no se debe imaginar que lo propio es regresar a casa cansado, diciendo: “¿Dónde está la cama para ir corriendo a acostarme?” No. El alma que aprovechó bien la oración vuelve animada a la vida diaria, y no perezosa.

En el castillo la mesa está puesta. El futuro caballero hace honor al pan blanco y a las piezas de cacería que están colocadas en la mesa.

Por lo tanto, es un desayuno vigoroso, con carnes etc. Él está alegre, comulgó, se encuentra en estado de gracia, prevé la fiesta y la cruz que sigue a aquella.

Es necesario tomar fuerzas para la solemnidad que se acerca. El día será duro y bello (…). Después de esta comida matinal, la ceremonia de investidura del caballero comienza.

El autor pasa a describir lentamente todas las partes de la ceremonia en la cual se arma al caballero. Es muy curioso ver cómo la Iglesia va poco a poco civilizando a los pueblos. Aquellos eran tiempos bárbaros, en los cuales el baño no era una preocupación de la persona. Como la Iglesia promueve el bien en todo cuanto hace y de todas las formas posibles, incluso aquello que no está directamente dentro de su misión, ella establece en la ceremonia de investidura del caballero un baño: el futuro caballero tiene que bañarse. Precaución altamente útil en aquel tiempo, más aún cuando no había agua canalizada y el baño no era simple como en nuestros días.

El baño era realizado en una tina con agua de rosas. Y aquí está una más de esas paradojas magníficas de la Iglesia: el hombre va a ser armado de acero desde la cabeza hasta los pies; pues bien, ese hombre es preparado por la oración, después por un banquete y, enseguida, un baño de agua de rosas para llegar todo perfumado dentro de la armadura. Esas aparentes oposiciones son propias del genio y del espíritu de la Iglesia, que hace todo así.

La ceremonia de investidura

Llega, entonces, el momento solemne de la investidura:

El señor de su padre se dirige directo rumbo a él sosteniendo la espada. La famosa espada tan ardientemente deseada, suspendida en un rico cinturón.

¿Por qué el señor de su padre? Eso es muy bonito. Nosotros estamos en una sociedad feudal donde todo el mundo tiene un señor. Hubo un Rey de Francia que hizo un decreto dando orden a todos los hombres que todavía no tenían señores que escogiesen uno, pero todos deberían tener un señor. Y el señor era con su vasallo como un padre con relación a su hijo. Así como en una fiesta de familia, estando presente el abuelo, la presidencia le cabría naturalmente a él, también el señor del padre del nuevo caballero fue convidado a presidir esa gran fiesta. Él es, entonces, quien va a armar al caballero. Es la presencia del vínculo feudal, mezclando la autoridad familiar con la del Estado.

Se decía de un modo muy bello en el Ancien Régime, continuador de tantas tradiciones medievales, que el padre es el rey de sus hijos y el Rey es el padre de los padres. Este era el pensamiento expresado en esta ceremonia.

Cuando el joven ve acercarse la espada con el cinturón, cierra los ojos y se recoge. Y el señor de su padre hace un discurso: “Yo no conquisté esta espada de un jefe sarraceno. La hice forjar yo mismo y durante mucho tiempo la usé. Ahora os cabe ser digno de ella.”

¡Qué cosa bonita! El individuo recibe, por lo tanto, la propia espada del señor de su padre, el cual dice: “Eso vale mucho más que si fuese de un sarraceno; la usó un héroe católico. Ahora tú la vas a utilizar, hazte digno de ella. Ten respeto por esta espada que fue empleada dignamente en el servicio de Dios. Que ella sea, en tus manos, utilizada del mismo modo.”

El joven besa respetuosamente la empuñadura de la espada, que es hueca y contiene habitualmente augustas reliquias.

Honra, delicadeza y fuerza

Por fin, el padre del nuevo caballero se aproxima a su vez: “Curva la cabeza que te voy a dar la colée”.

Es un golpe que el padre le da al hijo para hacerlo caballero. No es una cosa meramente protocolaria.

No es un golpe ligero que él gesticula sobre la nuca de su hijo, sino un golpe formidable con su palma derecha. El joven casi tambalea. Dice el padre: “¡Caballero seas, oh, mi bello hijo, y corajoso frente a tus enemigos!”

Ese golpe es como quien dice: “Muchas vendrán, muchas recibirás; sea la primera la de tu padre para enseñarte a reaccionar como un héroe.” A mí me parece eso perfecto. No hay nada más qué replicar.

“Yo lo seré, si Dios me ayuda”, responde el nuevo caballero.

Por lo tanto, nada de presunción: “¡Oh, padre mío, déjame no más…” ¡No! Humildad: “Sin el auxilio de Dios, no lo seré; pero si Él me ayuda, yo lo seré, oh, padre mío.”

Se oyen ruidos y gritos. Las personas se apartan. Un relinchar se distingue claramente. Es la entrada de los caballos. Son caballos enormes, magníficos. Llegan conducidos por los escuderos. El caballo de nuestro barón es un presente de su señor. Es joven, pero de raza, y tiene el nombre de Veillantif, como el caballo de Roland. Tan pronto el animal es traído, el nuevo caballero lo abarca con una sola mirada y le da algunas palmadas amigables en el cuello; después, de un solo salto, se pone en la montura sin tocar el estribo.

Para mostrar que la cosa es en serio. Por lo tanto, una vez más, delicadeza y fuerza.

Entonces le traen sus dos últimas armas, las cuales no se dan a no ser cuando el caballero está en la montura: el inmenso escudo que cubre a un hombre entero, y la lanza que tiene ocho pies de altura.

¡Es muy bonito recibir ahí las armas!

Sobre el escudo está pintado el blasón de la familia.

El símbolo de la familia no está siempre pintado, sino en relieve en el propio metal, recordando al caballero que a partir de aquel momento toda la honra de la familia está relacionada con el coraje que él tenga en el campo de batalla. Si fuere valiente, él continúa aquel río de virtud y de coraje que es el curso de su familia a través de la Historia; si fuere un cobarde, por el contrario, va a avergonzar a su familia y todo su pasado; más aún, transmitirá a sus hijos un nombre deshonrado, manchado.

En lo alto de la lanza fluctúa un estrecho y largo estandarte con tres fajas de paño. No le resta más a nuestro barón sino probar que él es un buen caballero.

Es un final bien francés, elegante, bien enunciado.

(Continúa en un próximo artículo)

1) Cfr. GAUTIER, León. La Chevalerie. Cholet, Edition Pays & Terrois, 1999, pp. 314-330.

2) Del francés: torre principal de los castillos fortificados de la Edad Media, residencia del señor feudal y última defensa del castillo (N. del T.).


(Revista Dr. Plinio, No. 255, junio de 2019, pp. 31-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 11.2.1977).

Last Updated on Thursday, 06 June 2019 15:04