El Gran Condé: fuerza y liviandad

Condé y Turenne fueron brillantes generales franceses del siglo XVII, que se caracterizaron por modos de ser bastante diferentes. El primero era intuitivo y hacía reflexiones rapidísimas y fulgurantes. Turenne era un hombre que meditaba y planeaba.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Hubo un Rey de Francia, Luis XIII, que pasó a la Historia con el bonito nombre de Luis el Casto, por su enorme pureza de costumbres. A propósito, estaba casado con una de las princesas más nobles y bellas de la Europa de su tiempo, Ana de Austria, Infanta de España, Archiduquesa de Austria y Reina de Francia – ¡no se puede poseer títulos más altos! – y con ella tuvo dos hijos: Luis XIV y Gastón de Orleans.

Versalles y Chantilly

Era, además, un buen general y un hombre valiente en la guerra. No solo era capaz en la dirección de las tropas, sino que también era de esos hombres que se exponen, luchan y saben ser los primeros en la hora del peligro, dando así ejemplo a sus soldados.

Es muy bella la conjunción de esas dos virtudes: la castidad y el heroísmo. La belleza más grande de esas dos virtudes la tenemos en Santa Juana de Arco, la virgen guerrera heroica, nacida en Lorena. La castidad es una virtud llena de delicadeza y de fragilidad. El coraje es una virtud plena de fortaleza y de intrepidez. ¡La conjunción de esos opuestos forma una verdadera maravilla! Son como dos partes de una ojiva que se unen para constituir un todo armónico muy bonito.

El 13 de mayo de 1643, ese rey, aún relativamente joven, estaba a punto de fallecer, víctima de tuberculosis, cuando vio, cerca de su cama, de pie, a un pariente suyo muy próximo: el Príncipe de Condé.

Los Condé constituían un ramo colateral de la Casa Real francesa. Un ramo que se caracterizó, hasta su extinción en el siglo XIX, por el esplendor de la vida y por el coraje. Para tener una idea del esplendor de la vida consideremos lo siguiente: los reyes de Francia, pertenecientes al ramo primogénito de la Casa Real francesa, tenían muchos castillos magníficos, cada uno mejor que el otro. Basta pensar en Versalles, para comprender la magnificencia en la cual vivía el ramo primogénito de la Casa Real francesa.

Naturalmente, el ramo de los Condé, que era un ramo de príncipes, aunque colateral, tenía como castillo de gran importancia apenas uno: el castillo de Chantilly. En el tiempo de Luis XIV, el Príncipe de Condé estaba construyendo ese edificio, y estaba quedando tan bonito, que Luis XIV le mandó a decir que le recomendaba no embellecerlo aun más, porque podría hacerle sombra al ramo principal de la Casa Real. Con un solo castillo, ellos sabían elevarse y dignificarse tanto, que el ramo primogénito de la Casa Real se sintió como en jaque, para no decir en jaque mate, si la belleza de Chantilly siguiese perfeccionándose.

Cuando conocí Chantilly, la primera cosa que me vino al espíritu fue ese temor de Luis XIV. Yo ya había visitado Versalles, conocía el Louvre, Fontainebleau y los principales castillos reales de Francia. Sin duda alguna, si perfeccionasen aun más Chantilly, era un jaque mate para la Casa Real.

La Batalla de la “Roca del Rey”

Comprendemos, entonces, el valor de ese ramo colateral que, con menos recursos, sabía valorizarse hasta elevarse a ese punto. Aunque sin ninguna rivalidad baja con el ramo primogénito. Por el contrario, sirviéndolo siempre muy bien, hasta tal punto que, cuando a finales del siglo XVIII reventó la Revolución Francesa, el Príncipe de Condé, su hijo, el Duque de Bourbon, y su nieto, el Duque d´Enghien, lucharon como leones a favor del ramo primogénito. Y se extinguió esa Casa porque el Duque d´Enghien, el más joven de esa línea, fue muerto por Napoleón.

Como decíamos, durante su agonía Luis XIII notó, junto a su cama, al Príncipe de Condé que asistía a la muerte del Rey. El monarca se volteó, entonces, hacia el primo y dijo:

Monseigneur, yo sé que el enemigo penetró en nuestro territorio con un ejército grande y poderoso. Pero vuestro hijo rechazará el ataque y calmará nuestra ansiedad.

Realmente, Francia acababa de ser invadida y era un problema saber cómo contener al adversario que había transpuesto las fronteras del país, y nadie prestó atención al delirio de un moribundo.

Al día siguiente, por lo tanto el 14 de mayo, Luis XIII murió y su profecía se hizo realidad. Cinco días después, el Duque d´Enghian, hijo primogénito del Príncipe de Condé - todos los primogénitos de los Príncipes de Condé tomaban el título de Duque d´Enghien –, con 22 años de edad, derrotaba a las fuerzas españolas, bajo el comando de Francisco de Melo.

La batalla tuvo lugar en Rocroi, una comuna de Ardenas, en territorio francés, a dos millas de distancia de lo que hoy es el litoral belga, y cuyo nombre significa: “Roca del Rey”. Las tropas españolas entraron por Bélgica para invadir Francia.

Turenne: un monumento de reflexión

Francia tuvo, en el siglo XVII, dos grandes generales: uno era el Príncipe de Condé1 y el otro el Visconde de Turenne. Este no era de la Casa Real francesa, sino de una familia de nobles de categoría un poco menor.

Los memorialistas de ese tiempo y los analistas de la Historia francesa describen el modo en que los dos combatían, característicamente. Turenne era un hombre que meditaba y planeaba sus cercos hasta el último punto. Ya sea que se tratase de estar cercado por el adversario o de cercarlo, él era un espíritu frío, lúcido, calmo, meticuloso, que preparaba con mucha antecedencia todos los pormenores, para que no sucediese nada en la batalla que él no hubiese previsto, a la manera de un juego de ajedrez impecable. Era un verdadero monumento de reflexión calma, madura, fuerte, pero enteramente militar, técnica y científica.

Turenne murió cuando ya era viejo. Era protestante y se convirtió a la Religión Católica, y de él dijo Bossuet esta frase famosa: “En la juventud, él tenía la madurez de espíritu de un adulto; siendo maduro, él conservaba la fuerza y el verdor de la juventud.” Es la teoría de la suma de las edades. Hasta el fin de la vida él fue así.

Su conversión fue difícil, porque su familia era convictamente protestante. Ellos hacían parte de los jefes del grupo protestante en Francia. Su mujer y su madre hicieron todo para que él no se convirtiese. Pero a partir del momento en que él se convenció de que la Religión Católica era verdadera, no hubo quien lo contuviese. Se convirtió realmente y le dijo a la mujer: “Si quiere, váyase. Ahora soy católico.” La mujer cedió, pero murió sin haberse convertido.

Ahí vemos el modo de ser de ese general. Para convertirse, él analizó la Religión, hizo, por así decir, un cerco a la Religión como haría el cerco de una fortaleza; percibiendo que era verdadera, entró en ella y se sometió filialmente.

Condé podría ser comparado a un águila

Condé tenía un alma completamente diferente. Era muy vivo y podía ser comparado a un águila. Muy delgado, esbelto, con una nariz grande y curva, aguileña, característica de la Casa de Condé. Hasta en el momento de la batalla, él parecía un hombre que pensaba en otras cosas.

Cuando llegaba la hora de la lucha, él se presentaba, tomaba conocimiento, hacía una mirada de relance de la situación, y se lanzaba como un águila en el punto principal con un ímpetu tal que desbarataba. En poco tiempo obtenía sus victorias.

El Príncipe de Condé era un hombre muy reflexivo, pero con unas reflexiones rapidísimas. Por su forma de talento, la reflexión se hacía en el momento y no lentamente.

Cada uno de esos dos modos de ser tiene su mérito. Es brillante acertar de una manera fulgurante. Pero también es brillante ver el espíritu montar, pieza por pieza, el aspecto general de la verdad, y demostrar. Son dos modalidades, ambas creadas por Dios, para reflejar la perfección suprema e inalcanzable de Él, que es, al mismo tiempo, el modelo de toda reflexión y de todo lo súbito en la facilidad divina y completa con que Él piensa. Ahí ya es la perfección absoluta.

La intuición corresponde a una reflexión rapidísima, fulgurante. La inteligencia del brasilero es mucho más dada a Condé que a Turenne.

Tenemos, entonces, la explicación sobre cómo, a los 22 años de edad, Condé – en esa ocasión Duque d´Enghien – ya pudiese ser tan gran general. Él pertenecía a una familia donde todo el mundo había sido un gran batallador, un gran guerrero y, algunos, generales. Esa atmósfera militar impregnaba el ambiente en que él vivió, en el cual se conversaba sobre batallas y planes estratégicos, así como en las familias de hoy se conversa sobre automóviles, programas de radio y televisión. Como resultado, él ya estaba todo modelado por eso.

Las familias de ese tiempo eran escuelas de hacer lo que habían realizado sus antepasados. Había dinastías, familias enteras de profesiones también plebeyas. La familia del zapatero, del carpintero, del relojero, del pintor. La familia subía porque cada generación acrecentaba algo al savoir faire, al know how de la generación anterior. La persona era modelada por el ambiente.

Por esa forma de reflexión fulgurante, a los 22 años él ya era un gran general. Y hasta tal punto que sus batallas se estudian en las escuelas militares del mundo entero, como se estudian, por ejemplo, las de Turenne y las de Napoleón, de Hindenburg, de Ludendorff, etc. Quedaron en el curso de la Historia. De tal manera eran batallas fulgurantemente pensadas y ejecutadas.

Un gesto de elegancia militar

Hecha la descripción del personaje, considerémoslo en ese cuadro que representa el final de la más célebre de sus batallas: la de Rocroi.

Vemos un panorama campestre. Al fondo corre un río, más adelante un campanario y una aldeíta. El río plácido y tranquilo, donde no se combatió, contrasta con el número de personas que se aglomeran en esa escena. Hay dos grupos bien diferentes: los franceses y los españoles. Estos últimos están a pie.

Se notan, en la primera fila, algunos muertos y un tambor roto. Al otro lado, los franceses. El futuro Príncipe de Condé en el centro; más atrás la figura de un guerrero, hombre cercano a los 60 años, pero de una madurez extraordinaria, guerreando, combatiendo, mirando a Condé con mucha atención; el séquito francés que va llegando atrás. En medio de una polvareda llena de luz, una mano que levanta la espada. En la primera fila, dos caballeros que se dirigen a Condé, y a los cuales Condé les hace un gesto con la mano.

La batalla había sido ganada por los franceses, y los españoles habían establecido un entendimiento, una especie de armisticio, cuando se produjo en las huestes españolas una agitación, que algunos franceses interpretaron como siendo los españoles que querían romper el acuerdo y recomenzar el ataque. Entonces, los franceses se dispusieron a atacar. Condé recibió la información de que se trataba de un engaño, no habiendo pasado de un movimiento interno de las tropas españolas. Llevado por el respeto debido a los derrotados caballerescos de buena fe, y en particular al ejército español, que en la época era uno de los primeros de Europa, él hizo cesar inmediatamente el ataque que los franceses iban a perpetrar contra los vencidos, por un equívoco.

Razón por la cual Condé hace una señal tranquilizadora. El gesto de mano es muy significativo en ese sentido. Se nota también que, mientras las tropas francesas vienen avanzando, él está frenando su caballo. Toda su actitud es de quien para el caballo y contiene el ataque de la caballería francesa, y pacifica una situación que podría resultar en una matanza. Ese es el bonito gesto de elegancia militar que el pintor quiso guardar.

Por causa de las tradiciones de Caballería, enigmáticamente representadas en este cuadro, los antiguos tenían la preocupación de tratar siempre al vencido digno con mucha honra. Era una vergüenza para un vencedor aplastar al derrotado de un modo inhumano y humillarlo. Se batían rudamente mientras duraba el combate. Cesado este, era la hora de la cortesía, de la reverencia, de la distinción de parte a parte. Aquí vemos, entonces, a Condé cumplir ese deber de caballero. Él, victorioso, contiene a los franceses, y con eso salva a los vencidos. Es la antigua Caballería que aún se encuentra allí.

La manifestación enigmática de la antigua Caballería, para la cual yo no encontré una explicación, es una figura medieval, completamente anacrónica, toda revestida de coraza medieval y de plumas, que está medio fuera del ambiente. Nadie más usaba, en ese tiempo, ese armamento. El personaje parece estar puesto en una luz donde se tiene un poco la impresión de que no se trata de un ser vivo, sino de un fantasma. ¿Qué significará ese fantasma? ¿Será la antigua Caballería, símbolo que se cierne sobre esa escena caballeresca? Tampoco sé.

Importancia de los matices

Describí el cuadro con todos sus detalles para ayudarlos a tomar el gusto por el pormenor. El sabor de todas las cosas está en el pormenor. Talleyrand decía que la verdad está en los matices. Todas las verdades están llenas de matices. Saber matizar es saber pensar; y saber pensar es saber vivir.

¡Noten cuántos matices aparecen en esa escena! Vemos aflicción en esos dos caballeros y, al mismo tiempo, la calma completa de ese español de pie, con un gran sombrero, camisa amplia y cuello blanco. Él percibe la distinción y la nobleza de Condé, haciendo una señal a sus compatriotas para que no ataquen, por tratarse de un mero equívoco. Otro, atrás, vencido, aclama el gesto de fidelidad de Condé. Notamos ahí la gloria de Condé, la confianza y la admiración del vencido. Eso no está escrito, pero está expresado. Es un cuadro con un pensamiento.

Atrás de Condé vemos a aquel anciano caballero francés. Noten la apariencia de él. Sin duda alguna, es un noble. También es un hombre muy varonil, corpulento, y se nota que pasó la vida entera batallando. Él tiene en el sombrero una pluma blanca que parece un poco de neblina que fluctúa en los pliegues de su sombrero, como si fuese un resto de gloria de la batalla de la cual acaba de tomar parte. Usa una capa azul claro, con una especie de bordado dorado. Hasta se diría que un azul tan claro no queda bien para el traje militar de un hombre. Sin embargo, ¿a ese hombre no le queda perfectamente bien? Él es tan varonil, que puede usar eso, e incluso lo que podría tener de demasiado rudo es atenuado agradablemente por el azul claro de la capa usada por él.

He aquí una de las características del sentido de los matices del francés: viste al héroe con un azul bien claro. Un bobo diría: “¡Afeminado!” Pero decir que ese hombre es afeminado es ridículo. Él es un patriarca, un señor feudal de gran porte, presente en la batalla. Y así como, en ese momento se encuentra sereno, de aquí a dos o tres minutos puede estar matando o muriendo, porque está enteramente dispuesto a todo. ¡Es un león!

La fórmula francesa del heroísmo

Esa es la fórmula francesa del heroísmo y del coraje. Hay varias formas. Esta no es la única modalidad bonita. Existe la fórmula alemana – ¡lindísima! – y la fórmula española, y tantas otras. La francesa es la del león con encajes, adornado con colores claros. Alguien podría extrañarse. Si extraña es porque no entendió. Y si no entendió, es una pena para él. Porque es una lástima que alguien no entienda eso.

Vean los contrastes finos apuntados por los matices. Para dar una idea de hasta qué punto ese guerrero es un hombre varonil, contribuye la espada que él no está blandiendo. Se percibe que, cuando él la blande, es así. Ese pormenor compone el aspecto guerrero del hombre.

Noten hacia dónde está mirando. No es hacia la batalla, sino hacia Condé. Imagen de la disciplina militar, él mira hacia el jefe. Lo que este mande, él lo hará. Si el comandante dice: “Mate a cinco mil o muera”, él va hacia el frente y muere, en la tentativa de matar los cinco mil. Si, por el contrario, el jefe dice: “Envaina tu espada”, él la envaina. Es la fidelidad feudal no apenas en la vida civil, sino transpuesta al terreno militar, y en su perfección. Él mira a Condé, porque lo propio del gran señor es mirar hacia el príncipe, como el príncipe mira hacia el rey, como el rey mira hacia Dios. Es la jerarquía de las cosas.

Llegó el momento de analizar a Condé. Noten, ante todo, sus facciones. La enorme nariz, que se proyecta decididamente hacia adelante, tiene la forma y el gráfico del coraje. Él aún es muy joven, con todas las características de cierto tipo de francés del norte, más cercano al alemán: piel clara, colorada, cabellos rubios, largos y ondulados. Características de la raza. Es un tipo de héroe que expresa el coraje y la fuerza francesas.

El soldado alemán, por ejemplo, hace sentir su fuerza por su corpulencia atlética, por su coraje y por el impulso físico y moral. El francés es mucho más delgado y fino. Su capacidad de fuerza no es dada tanto por la cantidad, cuanto por la calidad de los músculos. Son músculos que no necesitan ser bolas para doblar y quebrar al adversario.

La etimología de la palabra “músculo” viene del latín: mus, que significa ratón. Músculo es el diminutivo latino de ratón, y quiere decir ratoncito. Cuando el músculo se contrae, se forma una especie de ratoncito por debajo de la piel.

El guerrero francés no tiene “ratoncitos” por debajo de la piel, como tendrían, por ejemplo, ciertos atletas de la escultura renacentista italiana. El Moisés de Miguel Ángel, por ejemplo, es una colección de “ratoncitos”. El francés no necesita de eso. Tiene nervios de acero que no forman bolas, pues en él todo es armónico.

El caballero medieval expresa el grado de perfección al cual llegó la Cristiandad

En Condé percibimos una característica muy bonita: en su fragilidad, la intensidad de alma. Cuando él ataca, nadie resiste.

Llamo la atención para su mirada: es una mirada dominadora. Mucho más que la nariz es la mirada, lo cual se nota por la actitud de la cabeza. Lo que comanda la mirada es la posición de la cabeza. Vean la posición del cuello y de la cabeza de él. El cuello está completamente erecto, aunque no de un modo provocativo. Es natural en él ser superior. La cabeza está puesta de tal manera que él, naturalmente, queda por encima con relación a cualquier persona que él mire. De donde su gesto protector es de una bondad que fluye de lo alto. Él está enteramente seguro. Noten su mano con un dedo apartado del otro, con naturalidad, como quien dice: “¡Tranquilícense! Yo voy a mantener el pacto. No es nada.” Pero con la bondad de un vencedor. Aquí está el caballero perfecto.

Un comentario sobre su traje. Hace parte del gusto de los franceses adornar el coraje con colores claros, ligeros. Él usa una casaca de un dorado muy claro y delicado, casi crema, que deja transparecer perfectamente su cuerpo bien delineado, con los hombros mucho más anchos que la cintura. Tiene una faja azul de la cual pende la insignia de la Orden del Espíritu Santo, y un gran cuello de lechuga. Sobre su sombrero lleva plumas mucho más magníficas que las del personaje atrás de él. Son plumas ligeras, blanquísimas, que forman una especie de rastro, como diciendo: “Él pasa, pero la gloria deja un surco atrás suyo; menea la cabeza y la gloria revolotea en torno de él.” Esas plumas blancas son para un general casi lo que una aureola es para un santo.

El caballo de Condé es una perfección, porque es en el reino de los caballos lo que Condé es en el reino de los hombres. Es un caballo de guerra francés. Es decir, una raza perfeccionada por los franceses. No es un caballón. No sé si conocen un tipo de caballo llamado percherón, para arrastrar carga, con patas enormes, una cosa fenomenal. No deja de tener su gracia. Pero no es eso. Ese es un caballo ligero, hecho para saltar por encima de los adversarios, mucho más que para achatarlos; que vence más volando que aplastando.  Pero cuya pata es certera y cuyos músculos son como los de Condé. Ahí no hay “ratoncitos”, como tal vez tendrá el percherón. La musculatura del caballo de Condé es delgada, simple, vigorosa. ¡Vean su vivacidad: es como la vivacidad de Condé!

Comprendemos, así, el estilo “condeano” de combatir: la intuición está en él. El hombre entra en el campo de batalla, mira, intuye y avanza.

Si tuviese que dar un título a este cuadro, yo diría: Garbo es igual a fuerza más liviandad. Fuerza y liviandad dan como resultado al “condeano”.

El cuadro tiene espíritu medieval en el sentido de que afirma mucho el esplendor de la condición militar, y su carácter aristocrático y noble. De manera que hasta los plebeyos presentes en la escena tienen algo de ennoblecido por la condición militar. Esa glorificación de la condición militar es una característica medieval.

Sin embargo, no tiene el espíritu medieval por el hecho de que los principales personajes del cuadro hacen la guerra como si partiesen para un baile; ellos estarían listos para una fiesta. Ahora bien, para la muerte la persona no se prepara así. Existe el Juicio, la grandeza del destino eterno del hombre, la majestad infinita de Dios, la majestad de la muerte que roza a cada uno en la batalla, que supondrían más gravedad y, consecuentemente, también mayor belleza. Por eso, aquel personaje medio mítico colocado allí es, en ese sentido, superior a Condé, pues es más religioso.

El caballero medieval, a mi modo de ver, expresa el grado de perfección al cual le fue dado llegar a la Cristiandad, hasta el momento. En el Reino de María alcanzará un grado incomparablemente más alto, porque San Luis Grignion de Montfort dice que los santos del Reino de María van a ser para los santos anteriores como cedros en relación con arbustos. Por lo tanto, las bellezas de la Cristiandad serán como arbustos en comparación con las de la Civilización Cristiana del Reino de María.

1) Luis II de Bourbon, 4º. Príncipe de Condé (*1621 - †1686), conocido como “El Gran Condé”, que venció en la Batalla de Rocroi.


(Revista Dr. Plinio, No. 213, diciembre de 2015, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Título original del artículo: El estilo "condeano": fuerza y liviandad – Extraído de una conferencia del 5.3.1977).

Last Updated on Monday, 08 April 2019 14:05