La regia amenidad de Dios en la Edad Media

A primera vista, en el esplendor de la Edad Media no había lugar para la candidez y la intimidad. Sin embargo, como nos muestra el Dr. Plinio a continuación, esta fue la época en que los hombres sintieron más su intimidad con Dios.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Hay un aspecto de la Edad media continuamente desfigurado por la detracción de la Revolución: cuando vemos altos castillos con torres, almenas, barbacanas, fosos y puentes levadizos, tenemos, naturalmente, la idea de un edificio construido para la lucha. Y como los castillos son, junto con las iglesias, el principal tipo de edificio que restó de la Edad Media, elaboramos fácilmente la idea de que esa época fue de una gravedad extraordinaria, de una seriedad admirable, de una compostura perfecta. Fue una era histórica en la cual todo el mundo, perpetuamente, estaba en una actitud recogida, tendiente a lo sublime y, por esa misma razón, tendiente a lo severo. Y de esa concepción deducimos que en la Edad Media no cabía una sonrisa, una alegría, una manifestación de contentamiento; que aquella magnífica representación hierática, yo casi diría decorativa, de los personajes medievales, excluía cierta intimidad, bondad y abertura de alma.

La sonrisa de la vida de todos los días

Nada es más falso que eso. Quien conoce el abecé respecto a la Edad Media, sabe de los grandes festines que la caracterizaron. No solo los festines aristocráticos en los castillos y en las residencias reales, sino también las grandes fiestas populares, en las cuales, por ejemplo, en las plazas públicas de la ciudad, algunas fuentes vertían vino durante horas, por cuenta del Rey o del señor feudal; o, más modestamente, vertían leche; en las cuales se llevaban reses enteras a la plaza pública, donde eran organizados asados, en torno de los cuales la población danzaba. Y, para terminar la fiesta, el señor del lugar lanzaba monedas de oro a manos llenas al pueblo, que las cogía para hacer compras en el pequeño comercio de los alrededores, sobre todo de comidas y bebidas.

Sin embargo, había más que esa alegría magnífica de las fiestas. Existía la sonrisa de la vida de todos los días, la belleza inocente y cándida del contacto de las almas en las ocasiones normales de la vida, que bien podemos apreciar en las miniaturas medievales.

Y a veces también en los vitrales que, con colores estupendos, nos presentan las escenas más modestas. Por ejemplo, un buey halando un arado y un campesino que va lanzando semillas. Más adelante, un grupo de mujeres que lavan ropa y la golpean contra las piedras colocadas junto a un río.

Después, un copista, hombre del pueblo, sentado al lado de una ventana con un vitral colorido, que está copiando un texto cualquiera. Junto a él, un florero bien medieval, pequeñito, del cual sale una flor enorme, que no se sabe cómo se queda ahí de pie; y al frente un lirio grande, cogido en no sé qué jardín maravilloso. Cielo claro, azul de añil, en el cual vuelan aves de colores blancos o variados, en vuelos también bonitos. Cercas modestas de agricultura – no solo magníficos jardines –, hileras de legumbres y de otras plantaciones, todo presentado con un colorido tan bonito y tan real al mismo tiempo, que se percibe con qué colores interiores el alma inocente del hombre medieval veía las cosas.

Pompa y amenidad

Lo mismo se daba con la piedad. En aquel tiempo, la Iglesia Católica, como siempre hizo, realizaba ceremonias magníficas y con una pompa extraordinaria, sobre todo en las grandes catedrales, en cuyos vitrales penetraba la luz del sol mientras la Misa se desarrollaba en la capilla mayor de la iglesia, con bellos ornamentos, el órgano tocando, el pueblo arrodillado, el incienso perfumando todo el templo.

Se diría que en esa pompa no cabría la intimidad. Pero es lo contrario. Si hubo una época en la cual los hombres sintieron su intimidad con Dios, la misericordia, la bondad, la afabilidad, esa época fue la Edad Media. Y mil cuentos de esa época histórica, algunos tal vez imaginados, pero muchos de ellos verdaderos, celebran de esa forma la extraordinaria amenidad de Dios, de sus ángeles y santos, sobre todo de Nuestra Señora, Reina de todas las virtudes, y, por lo tanto, Reina también de la amenidad materna y regia para con sus fieles.


(Revista Dr. Plinio, No. 164, noviembre de 2011, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 12.11.1976).

Last Updated on Monday, 25 March 2019 22:50