La adaptación de los pueblos en medio de las transiciones históricas - II

En el país donde la bondad y el “jeitinho1” representan un papel importante, el éxito de la monarquía estaba en tener monarcas afables, habilidosos y accesibles, que dirigiesen la nación como un padre gobierna a su familia.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

Un poco antes de que Don Juan VI llegase a Brasil, los emisarios arribaron a Bahia y más tarde a Rio de Janeiro con un recado: “¡Fantástico! ¡El Rey y toda la corte vienen a vivir a Brasil!” ¡Era una cosa inimaginable! La vida de corte era un sueño, una especie de paraíso terrenal para la imaginación de aquella gente, ¡que se pone a delirar! ¿Cómo recibir al Rey? ¿Qué manifestaciones hacerle?

Don Juan VI llega a Rio de Janeiro

Cierto día, el Rey desciende con su corte… El lujo de la corte era mucho mayor que el de los adinerados de Brasil, no había comparación.

Podemos imaginar qué significaba para un habitante de Rio de Janeiro ver descender, por las pequeñas escalas de bonitos navíos, hidalgos con ropas de terciopelo bordadas con oro y plata, culottes con medias blancas, zapatos de barniz con tacones rojos, como usaban en ese entonces los nobles. Desembarcaban en cortejo aquellos nobles, aquellas damas con faldas amplias2, cabelleras altas y empolvadas. Ellos con sombreros de plumas, ellas con joyas hasta en la cabeza y saludándose amablemente… Al tronar de los cañones descienden el Rey y la Reina… Es una verdadera maravilla, casi un sueño.

Se da el encuentro de esos casi aborígenes, semisalvajes, con esa corte y con aquella gotica de civilización que algunas familias representaban. Es un contraste que, para ser pacífico, exigía mucha habilidad de ambos lados. Las diferencias muy grandes generan incomprensión, de lado a lado. Por ejemplo, la falda amplia es una cosa muy bonita. ¿Qué pensaba una hija de indios de la falda amplia? A ella le debía parecer que aquellas señoras eran anormales, que estaban hinchadas. Ellos no disponían del sentido estético para comprender la belleza de aquella abertura y cómo ella formaba una especie de aureola en torno de la señora, un halo de distinción y de respetabilidad que apartaba de ella a las personas.

Resultado: la tendencia del negro y del indio a burlarse de ella. Al mismo tiempo, mucha admiración, pues sentían la superioridad; por otro lado, el deseo de burlarse.

Aquellos nobles, hombres frágiles, les debían parecer de porcelana a aquellos negros acuerpados. Y los negros les debían parecer muy extraños a aquellos nobles. ¿Era o no verdad que eso debía generar incomprensiones, implicancias y antipatías? Para que todo aquello se concatenase bien, era necesario tener, más que sentido común, buen corazón.

Un clima de convivencia donde todo se fue fundiendo

Don Juan VI supo conservar muy bien la pompa de la corte, trayendo a toda su hidalguía que hacía, en el palacio improvisado – actualmente sede de los Correos y Telégrafos de Rio –, bellas ceremonias con música del lado de afuera, reverencia, trono y todo lo demás. Sin embargo, al mismo tiempo en que él dentro de su corte tenía esplendor, en el trato con el pueblo se mostraba muy simple, bondadoso y accesible. Paraba el carruaje y decía unas palabras. Nosotros sabemos muy bien cómo el brasilero es muy sensible a eso. Es una cosa inteligente.

El Monarca tuvo que atravesar situaciones difíciles. Por ejemplo, él trajo todos esos hidalgos. ¿Dónde hacer vivir a esa gente?

El Gobierno emitió un decreto por medio del cual realizaba una especie de reforma urbana: quien tenía una casa buena en Rio debía cederla a la corte. La gente de la corte traía dinero para adquirir una residencia, pero esta necesitaba ser cedida para que los nobles viviesen allí. A veces los moradores de esas casas poseían otras propiedades; no perdían esas propiedades, mas que fuesen a vivir donde quisiesen. La mejor casa debería ser para el noble. ¿No es verdad que en otros países podrían resultar crímenes? ¡Aquí, no! Se protestaba, se lamentaban, pero cedían.

Después, en esa convivencia, el lindo panorama, las puestas del sol, las auroras, las amenidades de Rio; el negro alegre que canta y vende manjares en la calle; el indio menos alegre y más melancólico, pero lo interesante es que para ellos es una novedad, y con quien hablan; todo eso prepara un clima de convivencia donde las cosas se fueron fundiendo y arreglando bien. Además, de los pueblos europeos el más “fusionista” es el portugués.

Como resultado, las razas se van fundiendo y aquello va tomando cierta homogeneidad. El Rey supo muy bien no tomar una actitud de desdén. Entonces, por ejemplo, hoy hay teatros, pero en aquel tiempo existía un pequeño teatro para la gente de la ciudad: el Rey aparece en su pompa. Cuando él entra, todos se levantan, hacen reverencia. Él se sienta, ya tuvo la dosis suficiente de pompa que esa gente es capaz de engullir. Poco después, él está como en su cuarto: se estira y duerme. Ese acuerdo que no sacrifica ningún principio es inteligente, bien hecho, e indica mucho el sentido de la vida política brasilera.

Don Pedro I, un hombre voluntarioso y medio creador de problemas

Cuando se trató de la Independencia, percibió que Brasil iba a quedar independiente. Entonces le dijo al hijo: “Pedro, si viniere la Independencia, ¡pon tu corona en la cabeza, antes que un aventurero se la coloque!”

Es decir: “quédate tú de Emperador de Brasil. Mi otro hijo, Miguel, va a quedar Rey de Portugal”. Pero este punto no quedó tan claro…

Él se fue para Portugal. Ese país entró en un régimen de convulsiones políticas que no es el momento de tratar aquí. Don Pedro I se quedó gobernando el Brasil.

Vista la historia de Don Pedro I de ese lado, ¿qué trazos de él conserva el alma brasilera?

Don Pedro era un príncipe eminentemente portugués, muy vistoso, bonito hombre, pomposo. Al mismo tiempo muy despachado y voluntarioso. No tenía las habilidades políticas del padre.

El padre era mole y jeitoso. Él era rígido y no era jeitoso. ¡Lo que él quería era así mismo! Eso nunca dio buen resultado en Brasil. Vaya, pero tenga jeito… El brasilero no es, para nada, un pueblo de anarquistas; hasta es cordato. Pero tenga jeito, no creen problemas, porque por ahí no es la cosa. Don Pedro I era medio creador de problemas…

Don Juan VI casó a Don Pedro I con la Archiduquesa Doña Leopoldina de Austria, una dama de la más alta educación y nobleza que pueda haber. Hija del más alto monarca de Europa, que era el Emperador de Austria. Habituada a todo el lujo, el refinamiento y la gracia de Viena, ella vino a vivir en Brasil con un destino incierto. Era la tradición de la Casa de Austria. La hermana de ella, por ejemplo, estaba casada con Napoleón. Los hijos del Emperador de Austria odiaban tanto a Napoleón que, cuando eran niños, tenían en el cuarto de los juguetes muñecos representando a Napoleón y pequeñas horcas donde lo ahorcaban…

En determinado momento, mandaron a llamar a una niña, la Archiduquesa María Luisa, ¡diciéndole que el padre de ella le quería hablar! Ella fue y el Emperador le dijo: “¡María Luisa, tú te vas a casar con Napoleón!” Ella aceptó, pues era princesa y existía para el bien del Estado. La Archiduquesa tenía pánico al comienzo, pero después se amoldó.  ¡Imaginen que ella había jugado a ahorcar a aquel hombre!

Emperatriz piadosa y muy respetada

La Archiduquesa Leopoldina venía, sin embargo, de un ambiente de gente muy pomposa, pero muy afable. La corte de Austria se caracterizaba por la afabilidad. Esta simpatía afable y acogedora caracteriza el modo de ser alemán en sus aspectos más simpáticos y es sobresaliente en los austríacos.

Por ejemplo: la Reina está a la espera del nacimiento de su primogénito. En cuanto eso, en un teatro se representa una pieza. Llega la noticia de que nació el primogénito de la Reina. Aparecen heraldos, escuderos y lacayos que interrumpen la representación. Todo el mundo se levanta, porque perciben que nació el primogénito de la corona. Cuando el primer hijo era una mujer, era una decepción, pero cuando se trataba del primogénito, este era proclamado allí, con gran elegancia y distinción. El pueblo aplaudía y aplaudía. Después comenzaba nuevamente la pieza.

Cuando María Teresa, madre de María Antonieta, estaba en el teatro, nació el primogénito de su hijo José. Ella mandó a interrumpir la música y, poniéndose de pie, dijo desde su palco al pueblo:

– ¡José tuvo un hijo!

– ¡Viva! ¡Viva!

Era un niño que nacía de Austria entera. Era otro modo de ser…

La Archiduquesa Leopoldina llega aquí y se habitúa enormemente a Brasil. Se transforma en una entusiasta de las florestas brasileras. Va a cazar mariposas, ella misma entra con botas en la selva virgen. Y naturalmente cuenta eso en cartas que envía a Europa, cómo era, etc., porque allá había fascinación por esas cosas. Eran novedades en aquel tiempo. Ella era más o menos como la princesa que fue a habitar en Marte y manda flores desde allá a la Tierra…

Ella era muy querida por el pueblo. El Emperador comienza a tener indiferencia para con ella y a gustarle mucho una señora a quien confiere el título de Marquesa de Santos, que estaba casada con un hombre de familia hidalga de Minas Gerais. Don Pedro I se entusiasma por esa señora y comienza a cohabitar con ella…

Eso crea en la corte y en Rio, donde la Emperatriz era muy querida y venerada – porque era piadosa, era muy respetada, muy recta, con las mejores costumbres –, un choque contra el Emperador. Y el modo de ser de él perentorio aumenta ese choque. Él tuvo una hija con la Marquesa de Santos. Era un duplo adulterio, una cosa indecente. En vez de conservar eso en secreto, Don Pedro I registra a la niña como hija suya y le da el título de Duquesa de Goiás. Además, inventa que en una ceremonia de la corte la niña debe ser presentada a la Emperatriz.

Se reúnen, entonces, todas las damas vestidas con esplendor. Se trataba de una ceremonia de corte cuando una alta hidalga era presentada a la soberana. La niña es introducida en la sala, pasa por las manos de algunas damas hasta que, al final, la más graduada de todas la presenta a la Emperatriz.

Gran curiosidad por ver la actitud de la Emperatriz… Esta tuvo una reacción que encantó a todos. Besó a la niña y dijo: “Hija mía, tú no tienes la culpa…”

Eso es más que saber hacer las cosas, es ser buena… Quien no es bueno, no sabe hacer eso.

Con Don Pedro II se abre una era nueva

Don Pedro I busca una forma de tener una discusión con la Emperatriz y la maltrata mucho en presencia de la concubina. Aunque no esté documentado, circuló la noticia de que, estando Doña Leopoldina grávida, él le dio un puntapié.

Después, él se embarca para una guerra con Argentina, a propósito de Uruguay. Cuando él está en la guerra, recibe la noticia de que la Emperatriz había muerto…

Se da, entonces, lo opuesto: él se toma de un remordimiento loco, suspende las operaciones de la guerra y vuelve a Rio de Janeiro para venerar la sepultura de la mujer de la cual él no había sido digno… Durante todo el tiempo del viaje se tranca en el camarote y se queda delante de un cuadro de la Emperatriz, llorando y pidiendo perdón.

Se difundió el comentario de que él habría matado a la Emperatriz de un puntapié, lo cual tuvo, evidentemente, un efecto profundamente negativo, principalmente en el temperamento brasilero.

Por otro lado, había una serie de cosas favorables de su lado: el Grito de Ipiranga; el heroísmo de él entrando en São Paulo con la Independencia proclamada; él mismo compone el Himno de la Independencia. Es, por lo tanto, un héroe que salva la unidad de Brasil y, al mismo tiempo, asegura la independencia del país. Es un lance de alta popularidad. Además, él tenía ministros muy competentes, los hermanos Andrada, con quien él discutía, pero sabía conservarlos.

No obstante, las ideas liberales de ese tiempo lo obligaron a constituir una Cámara y un Senado. Estos comienzan a querer hacer leyes. Ahora bien, él era hijo de un rey absoluto y no estaba habituado a eso. Resultado: “¡No señores, quien manda soy yo!

En cierto momento, él recibe la noticia de la muerte de su padre, y comienza a correr aquí el rumor de que Don Juan VI no había reglamentado quién sería el Rey de Portugal: si sería Don Pedro I, Emperador de Brasil, reuniendo de nuevo las dos coronas; o su hermano, Don Miguel.

Si las dos coronas se reuniesen nuevamente, se perdería el trono de Portugal, donde ya se había establecido una discusión a ese respecto entre dos corrientes: una favorable a las ideas nuevas, revolucionaria, caminando hacia el republicanismo y que quería a Don Pedro I, porque este era un hombre de temperamento despótico y con ideas liberales; y el partido reaccionario, compuesto por “ultramontanos” del tiempo, que deseaban a Don Miguel.

Crisis en Brasil, discusión en Portugal… Se acaba dando un jeitinho: que Don Pedro I se vaya a Portugal y haga su vida allá. Deja al hijo aquí como garantía de la unidad nacional, en manos de José Bonifácio, el proclamador de la Independencia.

Con ese niño comienza el mayor reinado de Brasil. Don Pedro II sube como niño de cuna en 1831 y solo será depuesto en 1889. Por lo tanto, más de medio siglo de reinado.

Se abre una era nueva, y con eso se mudan todas las costumbres. Pero dejemos para tratar sobre eso en una próxima ocasión.

1) N. del T.: En portugués, forma hábil e inteligente de resolver un problema o de salir de una situación difícil.

2) N. del T.: En portugués saia balão. Falda con miriñaque o armador, que usaban antiguamente las damas.


(Revista Dr. Plinio, No. 251, febrero de 2019, pp. 17-21, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 2.11.1985).

Last Updated on Wednesday, 20 March 2019 16:18