La adaptación de los pueblos en medio de las transiciones históricas - I

Mostrando que las mudanzas de formas de gobierno ocasionan transformaciones en las ideas y en las costumbres, y viceversa, el Dr. Plinio describe de un modo vivaz y atrayente hechos de la Historia de Brasil.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

En materia de Historia existen los grandes cuadros históricos como, por ejemplo, en Brasil, el período de la República Vieja que va desde la proclamación de la República por el Mariscal Deodoro da Fonseca, el 15 de noviembre de 1889, hasta la caída de Washington Luis, en octubre de 1930. Fue un tipo de organización política, económica y social vigente en aquel tiempo. A eso corresponden costumbres: modos de vestir, de hablar, de actuar, de peinarse, de hacer discursos, e incluso toda la vida interna del país y hasta de las familias.

Belleza innegable del encuentro entre diferentes épocas históricas

Cuando cae un régimen, es señal de que las ideas del común del país, al menos de la mayoría más influyente, están mudando, y con eso muda todo.

Pasado el período de la República Vieja, se inauguró una segunda República brasilera en 1930 que fue hasta la caída de Getúlio Vargas, en 1945. Se llamó República Nueva y correspondió a otro período, a otro tipo de hombre, a otras consideraciones.

Después de la caída de Getúlio y de una serie de convulsiones, tuvimos el Estado Militar que duró hasta hace poco. Y posteriormente hubo la restauración del régimen civil de carácter democrático, en el cual estamos.

Así como la forma, el régimen de gobierno resulta de la mudanza de las ideas, estas preparan la transformación de las costumbres. Muchas veces también la mudanza de las ideas y de las costumbres hacen con que sea modificado el régimen gubernamental. Puede ser, por ejemplo, que a partir de un nuevo gusto de música se mude toda la forma del Estado.

Si tuviésemos tiempo, sería muy interesante estudiar eso en aspectos de la Historia norteamericana, o suramericana, o brasilera, y sobre todo de la Historia europea, porque pone en jaque muchas más ideas generales que los otros cuadros históricos que hemos visto.

En otra conferencia1 discurrí sobre el tiempo de Don Juan VI, ateniéndome casi exclusivamente a la vida privada de él. No hablé de su vida pública porque pretendía narrar pequeños episodios muchas veces omitidos en los libros didácticos.

Sumando todo, ¿qué vemos de aquella época? Existen algunos encuentros curiosos… En materia fluvial, una cosa bonita es ver la confluencia de dos ríos. Cuando las aguas de ambos se encuentran, sale un curso de agua más grande. A veces se acrecienta un tercer afluente. Es una escena bella para contemplar. Así también, considerar el encuentro de épocas históricas diferentes tiene una belleza innegable.

El Imperio colonial portugués

En aquel tiempo, o sea, el inicio del siglo XIX, ¿qué era Brasil, o Bahia – donde Don Juan VI estuvo de paso –? ¿Cómo era Rio de Janeiro cuando el Monarca llegó allí?

Los ejércitos de Napoleón estaban socavando todos los tronos de Europa. Estados Unidos hacía poco tiempo se había declarado independiente. Canadá se había separado de Estados Unidos, precisamente porque quería continuar fiel a la corona inglesa. Los súbditos de Inglaterra en América del Norte que no querían separarse del Reino Unido pasaron a Canadá. Por eso esa nación tiene hasta hoy cierta vinculación política con Inglaterra. Por el contrario, los norteamericanos constituyeron la primera república del mundo contemporáneo. Durante la Edad Media hubo pequeños estados republicanos. Pero la primera gran república, incluso antes de la francesa, fue la norteamericana.

Poco después de Don Juan VI haber llegado a Brasil, comienzan las agitaciones para la independencia de los países suramericanos, incluyendo México y América Central. En algunas décadas, toda América del Sur se volvió republicana, habiéndose dividido las colonias españolas, constituyendo repúblicas fraccionadas con naciones independientes unas de las otras. Mientras que la América lusa, es decir, Brasil, hizo lo contrario: conservó la monarquía y la unidad, constituyendo hasta hoy un bloque único de lengua portuguesa.

El imperio colonial portugués era colosal. Abarcaba a Brasil, regiones de África – sobre todo los Estados que después se llamarían Angola y Mozambique –, muchos puntos de Asia, como las ciudades de Goa, Damán y Diu; en Oceanía, la isla de Timor; donde se constituía un territorio metropolitano a la manera de un fragmento de Europa, con relaciones culturales, políticas y diplomáticas constantes con las otras naciones del Viejo Continente, en fin, la vida común de una nación europea, con muchos contactos con la Santa Sede y una corte organizada con toda la pompa de las cortes europeas del tiempo del absolutismo.

Nunca en la Historia del mundo hubo tal conjunto de cortes refinadas y pomposas como en la Europa de aquel tiempo. Se puede decir que la corte china, la japonesa, y una que otra corte oriental se excedieron en lujo; pero lujo es una cosa, refinamiento de educación, de distinción y de maneras es otra.

El caminar de la Historia

Portugal, por su cultura propia, por sus intelectuales y hombres de Estado, y también por lo mucho que recibía de la convivencia con otras naciones europeas, era altamente civilizado. Su corte, esplendorosa. Por ejemplo, no creo que haya en Europa una colección de coches reales más completa, bonita y faustosa que la de Lisboa. Aquellos coches de los cuales uno me interesó tan vertiginosamente en Versalles, cuando yo era pequeño: dorados, con ventanas de cristal y revestimientos internos de seda, damasco o terciopelos extraordinarios.

En ese cuadro en que América comenzaba a nacer en medio de las naciones civilizadas, tomado como un todo, Brasil era una mezcla básicamente de tres elementos distintos.

Venían al país los portugueses y los negros oriundos de África, porque no había inmigración de otros lugares. Contribuían también a formar la población brasilera los indios. Pero estos y los negros tardaron generaciones hasta civilizarse. No se civiliza así: se pone en un grupo escolar, aprende a leer y el sujeto sale civilizado… Europa tardó siglos para ser civilizada por la Iglesia. Brasil y América del Sur habrían de tardar mucho tiempo para eso también.

Entonces, Brasil poseía ciudades de poca población, gran parte de la cual se encontraba en un estado entre civilizado y salvaje; después venía a vivir aquí uno que otro hidalgo con deseos de hacer carrera.

En esa población de muy bajo nivel, las viviendas eran muy primitivas. Quien era hijo de indios vivía en habitaciones no muy diferentes de las chozas, pues la persona tiende a tener saudades de una casa semejante a la de los padres y de los abuelos.

En el tiempo en que en la Avenida Paulista había casas muy ricas y palacetes de gran lujo, conocí el caso de una señora de ascendencia siria, cuyo hijo hizo una fortuna de repente, como un cohete. Y construyó en aquella avenida una casa enorme. Él era casado, llevó a toda la familia y tuvo el buen gusto de llevar a su madre también. Esta era una señora que vivía en la Rua 25 de Março. Un día ella le dijo al hijo:

– Mira, no me siento bien aquí; tengo saudades de la Rua 25 de Março.

– Mamá, ¡pero aquí Ud. tiene una casa tan buena!

– Sin embargo, ¡ni siquiera tiene un tanque para que yo lave ropa!

Entonces, en un patio de la casa, él mandó a hacer un tanque para lavar ropa, de mármol, para la madre. Bien temprano en la mañana, esa señora era vista lavando ropa. Yo no me burlo de eso. Me parece comprensible. Las transiciones son así. Es incluso una cosa auténtica: ella no representaba lo que no era. Creo que las etapas de la Historia son así.

El negro y el indio no iban a querer vivir en aquellas “villas Moscú”, “villas miseria” que hay por ahí. Ellos querían una cosa medio choza, medio casa de tapia, que los fuese preparando para las generaciones siguientes. Lo orgánico, lo normal de la Historia es así… La Historia no da saltos. Cuando ella los da, es porque está loca. La Historia anda. Raras veces ella corre. Es lo natural.

Lo atrayente de Brasil

Los portugueses que habían venido para acá y habían hecho fortuna volvían a Portugal y allá ya no se acostumbraban, ¡porque Brasil tiene una fuerza única para aspirar! Cuando una persona se habitúa a este país, de hecho, se queda. Ella supone que tiene muchas saudades del lugar donde nació, y entonces vuelve. Al llegar allá, piensa: “Qué gracioso, esto está medio diferente de cuando lo dejé…” Generalmente, acaba retornando a Brasil.

Entonces, esos hidalgos o comerciantes portugueses tenían casas muy lujosas y bonitas. Mandaban a construir también iglesias magníficas en homenaje al Rey de reyes y Señor de todos los que tienen señorío, realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar, o en honra de la Madre de Él o de sus servidores, los santos.

Yo conocí otrora a un Arzobispo que acostumbraba a decir: “La iglesia es el palacio de los pobres.” Realmente, suntuosas como son, las iglesias están abiertas día y noche para los pobres. Ellos pueden entrar y quedarse el tiempo que quieran. Allí se van civilizando. Ante todo, es un medio de prestar culto a Dios. En segundo lugar, un modo de civilizar. Así, va apareciendo algo de la civilización europea, con su esplendor característico.

Los hijos y nietos de esos ricos se educaban muchas veces en Coimbra, que era la célula madre de la cultura portuguesa. La universidad de Portugal por excelencia era la de Coimbra. Volvían graduados; eran científicos, médicos, etc., y, al mismo tiempo, administradores de haciendas. Ricos, ellos constituían bellos locales de haciendas. De tal manera que ya no era solo en la ciudad, sino también en las haciendas donde iban a vivir; estas eran los tentáculos del lujo, de la belleza de la vida, que iban penetrando en el país y civilizándolo.

Nada de eso tiene paralelo con la educación, la pompa, la riqueza y el fausto de la corte real. Es natural. Era el rey…

Noten que en aquel tiempo no había telégrafo, teléfono, ninguna especie de telecomunicación. Las noticias que llegaban eran traídas por los barcos.

 (Continúa en un próximo artículo)

1) Cf. Revista Dr. Plinio, No. 210, pp. 20-25 y No. 211, pp. 22-25.


(Revista Dr. Plinio, No. 250, enero de 2019, pp. 22-26, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 2.11.1985).

Last Updated on Sunday, 17 March 2019 15:52