El Castillo de Almansa

En la provincia de Albacete (España) está situada la fortaleza de Almansa, una de las más características de esa tierra de castillos. Al comentar fotografías de dicho baluarte, el Dr. Plinio correlaciona el espíritu de los hombres que lo construyeron con las mentalidades contemporáneas.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Voy a describir cómo imagino la grandeza contenida en esta fotografía. En primer lugar, es necesario hacer una distinción entre dos campos visuales admirablemente armónicos, aunque perfectamente distintos: el castillo propiamente dicho, con la montaña que le sirve de fundamento, y el conjunto de nubes que enmarcan extraordinariamente el castillo y completan su belleza.

El castillo, conjugado con las nubes, hace centrar toda la atención de quien lo observa en su torre. La torre, a su vez, causa una impresión de altivez, dignidad y majestad extraordinaria. Se tiene la impresión de que ella enfrenta desde lo alto del monte al enemigo que viene a lo lejos. Enfrenta con gallardía, mirando como quien amenaza y dice: “¡Ven que yo te abato! ¡No te temo!”

No es jactancia de la torre, pues la fotografía es sacada con tanto arte, que se perciben atrás otras murallas del castillo, que muestran cuán profundo es y cuánta fortificación contiene, cuánta tropa y cuántos elementos la torre presenta para vencer. El atrevimiento de la torre – un atrevimiento hidalgo – tiene su razón de ser: ¡el castillo es poderoso y la torre nada teme!

Colocándose en la posición de un comandante del castillo apostado en lo alto de la torre, viendo desde lejos al enemigo que avanza, se tiene la impresión de que la torre personifica todo cuanto hay de heroico en la defensa de la fortificación. Sin embargo, ese comandante desafía dos adversarios: uno que viene de lejos caminando por tierra, en tropel de caballería – caballeros armados, con espadas, lanzas y olifantes –, amenazando llegar y escalar la muralla, que se asemeja mucho a la torre. Pero también hay otro adversario: son las nubes del cielo.

Esas nubes se acumulan densas, majestuosas, gruesas, un tanto luminosas, por un lado y por otro, oscuras, cargadas, expresando posibilidades de gloria en la parte luminosa, aunque con cierto aire de amenaza y de lucha expresado en la parte sombría. Se podría decir que esas nubes simbolizan la tremenda batalla que debe darse.

Sería como la voz de la Historia diciéndole al comandante del castillo: “Las amenazas de la vida se ciernen sobre ti: ¡llegó tu hora de luchar! ¡Sé héroe o serás aplastado!”

Volviendo los ojos nuevamente hacia el castillo, es posible notar algo curioso: la impresión de que el castillo está dominando la roca que está debajo de él. Es una “garra” que domina la roca. Dicho dominio se da de tal forma, que es posible notar, en la muralla frontal, la roca que “escaló” la muralla y subió casi hasta arriba. El castillo está en lucha con la roca y le dice con desdén: “Tú no me alcanzaste”.

En el tiempo de las guerras con armas blancas, tiempo aquel en que tales construcciones tuvieron su significado, había el inconveniente de que esas rocas estuviesen tan próximas a la fortaleza, porque le daban al adversario la esperanza de escalarlas y saltar la muralla. Sin embargo, era tan trabajoso y difícil, que seguramente los enemigos preferían contemporizar por sentir la imposibilidad de abatir tan imponentes murallas. Seguramente, por detrás de las pulcras y nobles almenas había un elemento de defensa que el adversario debería tomar en consideración, dándole mucho recelo de subir. Es el hecho de que probablemente en la parte alta del muro hubiese instalaciones para hacer fuego, y con él hervir agua y derretir plomo. De tal manera que bastaba que el adversario comenzase a escalar las rocas, para que cayesen sobre él torrentes de agua hirviendo que le entraban armadura adentro quemando todo el cuerpo.

Peor que el agua hirviendo era el plomo derretido, pues producía espantosas quemaduras. Se secaban en la armadura y en sus conjunciones, inmovilizando al combatiente, dejándolo con los brazos y las piernas rígidas. Sin armadura, el guerrero era un muñeco a merced de cualquier espada. De esa manera, la piedra era hasta cierto punto una celada para el adversario. Si fuese ignorada la existencia de recursos como ese, estaba liquidado. Era al mismo tiempo la roca de la celada y la roca de la victoria.

Se nota una abertura luminosa, que seguramente fue hecha cuando cesaron las guerras contra los moros, en España, y los castillos perdieron su significación militar. Los castillos dejaron de ser fortalezas, pasando a ser residencias de señores feudales, propietarios de extensos territorios, que llevaban allá una vida cómoda y despreocupada en el interior de sus murallas.

Comenzó entonces el período en que los castillos fueron ornamentados con muebles preciosos, con tejidos importados y cuadros valiosos. El castillo se destinaba al esplendor de la vida, después de haber sido dedicado al heroísmo.

Algo que probablemente no existía en el tiempo en que los castillos tenían su significado militar, es la vegetación que lo circunda. Seguramente, en los tiempos de batalla esos prados estaban arrasados. Ellos no permitían que creciese vegetación, por ser un lugar donde el enemigo podría disimularse, en las cercanías del castillo. Era necesario que hubiese una planicie, para que el enemigo no se ocultase de las flechas que, desde lo alto del castillo, lanzasen contra él.

Sus muros y sus paredes recibieron los rayos calcinadores del sol de España, así como también las gélidas lluvias de esa tierra. Cuando es maltratada por el tiempo, la piedra adquiere una belleza fuera de lo común. Al considerar el color de esa piedra, se diría que es de ámbar o de porcelana, y no piedra corriente.

¿Cuál sería la misión adecuada de un castillo de esos?

Recordar al alma egoísta del hombre contemporáneo algo que debe avergonzarlo: la pérdida del sentido del sacrificio. El hombre hodierno perdió el ansia de la lucha, no sabiendo más qué es ser héroe. Para las civilizaciones encorvadas de los días actuales, el castillo es una lección de moral que proclama la grandeza de alma de los españoles de la Reconquista, que por amor a Nuestro Señor Jesucristo, a Nuestra Señora y a la Santa Iglesia Católica fueron “poblando” la península ibérica de fortalezas, a medida que iban reconquistando España, a fin de que los moros no pensasen en volver jamás. Caso quisiesen retornar, encontrarían esa red de castillos oponiéndose a ellos. La realidad es que, una vez expulsados, ¡nunca más volvieron!

¡Heroísmo cristiano! Heroísmo nacido en el momento en que Nuestro Señor Jesucristo expiró en la Cruz y redimió el género humano. De su costado traspasado por una lanza nació la Santa Iglesia Católica, que produciría después frutos como este.


(Revista Dr. Plinio, No. 138, septiembre de 2009, pp. 31-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Título original del artículo: Sacrificio y Heroísmo: frutos de la Civilización Cristiana – Extraído de una conferencia del 5.5.1984).

Last Updated on Saturday, 23 February 2019 14:53