Las armaduras medievales

 

Las armaduras medievales,

reflejos de la sabiduría cristiana

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Las primeras impresiones sobre la Edad Media que tocaron mi alma – que encontrarían más tarde en la palabra “Cristiandad” su expresión adecuada – llegaron a través de libros para niños hojeados por mí, una que otra postal que caía debajo de mis ojos, así como fotografías y grabados que retrataban paisajes y monumentos de la antigua Europa, y que producían en mi espíritu verdaderos estremecimientos de entusiasmo en la consideración de las cosas medievales.

Me encantaban las catedrales góticas, las ruinas de castillos o las viejas construcciones conservadas intactas, admiraba el mundo de la heráldica que comenzó a lucir delante de mi vista como un conjunto de vitrales sin vidrio, escudos medievales que parecían rosetones impresos en un papel resplandeciente, todo me hablaba de la misma época en la que floreció la música sacra, una época en la cual la fe católica irradiaba una gran influencia sobre la mentalidad y la sensibilidad humana, dando origen a un orden temporal de un esplendor incomparable.

Ojivas, torres, campanarios, vitrales, armaduras… Me detengo en la contemplación de estas últimas.

Pocas veces el hombre se ha revestido, en el sentido material de la palabra, de tal manifestación de fuerza como cuando se cubre de hierro, con pequeñas aberturas en el yelmo que le permitan ver y respirar. De resto, todo está envuelto por el hierro, manifestando una mezcla de prudencia y de coraje que traduce el equilibrio de la sabiduría cristiana. Coraje y prudencia que indican, al mismo tiempo, un amor a la vida, una plena conciencia del precio inestimable de la existencia humana para protegerla de tal manera, y una entera disposición de sacrificarla, si fuere necesario, al servicio de Dios y de la Iglesia.

El hombre se viste entero de metal, para defenderse y para lanzarse en el peligro, revelando la magnífica estatura del combatiente que supo comprender y amar verdades eternas, preceptos morales, tesoros de la fe cristiana por los cuales vale la pena no sólo luchar, sino morir. Es practicar esa misma fe cristiana hasta sus últimas y gloriosas consecuencias.

Así, toda su personalidad se encuentra tan imbuida del espíritu católico, que él se presenta revestido de hierro, afirmando la convicción serena de su derecho y de la santidad de su causa. En la víspera de la partida para una batalla en la cual luchará por los intereses de la Iglesia, él se entregó a la vigilia de armas: rezó, imploró el socorro del Cielo, pesó y midió los sacrificios, los dolores y, quizás, el holocausto supremo que se aproximaba. Y aceptó todo de antemano. Los penachos de su yelmo dejaron de ser meros adornos, y su armadura una simple afirmación de riqueza o de categoría.

Ahora simbolizan la intrepidez de un alma heroica. Son reflejos de la sabiduría cristiana. Representan la fuerza al servicio de la sublimidad.

 


 

(Revista Dr. Plinio, No. 102, septiembre de 2006, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

 

Last Updated on Thursday, 21 September 2017 21:57