La Torre de Belém

“La gracia me toca el alma al verla, y al percibir en sus encantos los reflejos de los sentimientos cristianos que animaron a los navegantes y a los misioneros portugueses”

  

Heroísmo, gracia y belleza

 

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

 Se yergue sola, desafiando la vastedad de las aguas que se abren delante de sí. Parece más bien un palacio en forma de torre; espacioso, amplio, imponente, con sus diversos pisos encimados por el camino de ronda, a lo largo del cual los vigías atentos son capaces de observar todo el horizonte.

Cercada de patios, escalones y garitas, fruto de una concepción valerosa, mezcla de guerrero y de sagrado, la Torre de Belém es, a mi modo de ver, uno de los monumentos más bellos de la Cristiandad.

Cuando la vi por primera vez, se convirtió inmediatamente en uno de mis mayores encantos. Era la forma de grandeza y de pulcritud que yo deseaba conocer, sin poder imaginarla. Contemplándola con mis propios ojos, me vino al espíritu este pensamiento: “Ya la presentía, pero no conseguía colocarla en palabras; todo en mí se inclinaba hacia ella, hacia el deseo de que algo así existiese. ¡He aquí la torre que yo tanto esperaba!”

        Sentí, por así decir, una vivísima consonancia que nos unía. Me pareció magnífica en cuanto dignidad, calma, distinción y majestad. En cuanto vigor, fuerza y, al mismo tiempo, suavidad y delicadeza, presente en los balcones desde donde el rey y la corte asistían la partida de los valerosos navegantes. Pude imaginar los adioses de parte a parte, los pañuelos que se agitaban para marcar la separación, y todas las demás manifestaciones de cariño y amistad para con los que se ausentaban. Todo eso se me vino inmediatamente a la imaginación, porque había esa consonancia de la Torre conmigo. Acordarme de ella es para mí una fuente de alegría: “¡allá está la Torre, y siempre podré volverla a ver!”

        Extraordinaria definición de osadía: altiva, seria, resuelta a enfrentar los mares, ella nos convida a pensamientos superiores. Su atmósfera es incompatible con la superficialidad, la intriga y las mezquindades de la bajeza humana. De ella emanan aromas espirituales y sobrenaturales, el perfume maravilloso de la gracia divina, puesto que fue edificada por almas movidas por el espíritu católico, cuya inspiración artística se sublimó por una especie de carisma y de don celestial, para alcanzar aquel esplendor de realización.

        Obra del pasado, ella nos habla del futuro. Sus piedras de una albura reluciente nos transportan al mundo de los cuentos de fábulas.

        Es el propio símbolo del heroísmo, de la gracia y de la belleza.

      Estoy convencido de que ciertos lugares y monumentos que no poseen un significado directamente religioso, pero constituyen una expresión cultural definida muy católica, deben ser admirados por amor a la Iglesia. La Torre de Belém es uno de ellos.

       Yo le doy tanto aprecio porque amo a la Esposa Mística de Cristo. Y cuando la elogio, lo hago con una emoción religiosa: porque la gracia me toca el alma al verla, y al percibir en sus encantos los reflejos de los sentimientos cristianos que llevaron a los navegantes, a los misioneros y a los conquistadores lusitanos a emprender una epopeya que trazó un surco indeleble en las aguas de la Historia.

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(Revista Dr. Plinio, febrero de 2005, No. 83, p. 31-35. Editora Retornarei, São Paulo).

Last Updated on Friday, 05 May 2017 17:37