Encantos de la antigua Alemania

El Dr. Plinio nos comenta las maravillas de la antigua Alemania, rica en tradiciones y glorias católicas, y en cuyas extensiones repletas de nieve brotó el “Stille Nacht, Heilige Nacht” – ¡la Navidad del mundo!

 

Encantos de la antigua Alemania

 

                                                                          Plinio Corrêa de Oliveira

 

Al lado de las maravillas superiores que el espíritu católico engendró a lo largo de los siglos, a la par de los esplendores de monumentos, costumbres y tradiciones que resistieron el paso del tiempo y aún hoy se afirman como obras primas y perfecciones de la realización humana, junto a todo eso siempre me agradó considerar el reflejo del buen gusto cristiano en los pequeños aspectos del ambiente europeo en general, y de modo particular en la vida cotidiana del pueblo alemán.

  Me refiero más directamente a esa Alemania medio burguesa cuyos encantos me fue dado apreciar de cerca, la Alemania de mi inolvidable Fräulein Mathilde, gobernanta y educadora eximia, ella misma pequeña burguesa nacida en Regensburg, en la pintoresca y poética Baviera. Las descripciones que ella nos hacía de su tierra natal, las historias que nos contaba de su gente, con su modo de ser, hábitos y tradiciones tan peculiares, despertaron mi atención para lo que también había de bueno, de bello y verdadero en las facetas más pequeñas de una civilización católica. Dentro de mis ojos brasileros, hice un análisis propio de Alemania que no fue desmentido desde mi tiempo de niño hasta hoy, sino ampliado y completado – es natural – con consideraciones más maduradas.

  Así, a mi ver, se reviste de una intensa belleza una organización casi inocente de la existencia de todos los días, que se puede comprobar hasta en los poblados alema-nes más pequeños.

  La casa, aunque de propor-ciones modestas, tiene sus ventanas ornadas con cortinas cogidas a los dos lados, de paño barato y común, pero de colores alegres; los vidrios primorosa-mente limpios y, del lado de afuera, la célebre matera con geranios sonrientes al sol del verano que los ilumina. Si, por el contrario, es invierno, la casita amanece enguirnaldada con nieve o adornada con ciertas figuras geométricas, por flores petrificadas que los caprichos del hielo dibujó en las puntas del tejado, en las esquinas de las barandas, en los travesaños de las cercas.

Las venecianas pintadas de verde y siempre bien conservadas, las puertas con sus bisagras y cerraduras que no crujen, funcionando de un modo perfecto, suave, silencioso.

  Se entra en la pequeña sala de estar, arreglada primorosamente, decorada con muebles de una distinción mayor o menor, conforme lo permitan las posesiones de la familia, ofreciendo sin embargo todo el confort posible, además de la chimenea, indispensable para la calidez en los días fríos, con su leña dispuesta de un modo ordenado y su mesa adornada con bibelots y jarras de cerveza decorativas.

En una esquina, en su jaula de hierro o de madera, un pajarito alegra el ambiente con sus trinos. Su “vivienda” es limpísima, su alpiste de primera calidad, y cuando llega la hora de dormir, de adentrarse en la noche antes de las personas, se le cubre la jaula con un paño lindo, y el animalito se aquieta y se enmudece, hasta la mañana siguiente.

  En otro rincón de la sala reposa un instrumento que el hijo toca. Será un violín en el cual de vez en cuando el joven tañe alguna melodía, acompañado por la hermana que canta, bajo la mirada embebecida y derretida de los padres.

  Y bien podemos imaginar ciertas pinceladas de convivencia entre los dos esposos, cuando el dueño de casa llega de su trabajo y ya encuentra unas amplias y deliciosas pantuflas que la mujer puso a su disposición para ponérselas tan pronto cuanto se siente en la poltrona, sólo de él… Mientras su consorte lleva los zapatos al cuarto, él se recuesta cómodamente y se despereza en su asiento, enciende la pipa, suelta unas buenas bocanadas de humo, coge el periódico y comienza a leer. Dentro de poco la señora está de vuelta y los dos se ponen a conversar. Ella se preparó durante el día – porque es la tierra de las preparaciones, no hay improvisaciones – para ese momento de prosa con el marido, procuró conocer las novedades con las amigas, intercambió ideas, etc., a fin de estar a la altura de la conversación de él. Y el hombre queda contento cuando la mujer le dice algo o expresa algún pensamiento que no le había pasado por la mente.

  La riqueza de ese interior de vida familiar, perfumado por mil pequeños placeres inocentes de la existencia terrena, me parece formar una atmósfera única de la vida cómoda centelleante del pequeño burgués, maravilla de la vieja Alemania. Allí, en aquellas proximidades del Tirol austríaco, brotó el Stille Nacht, Heilige Nacht (Noche de paz, Noche santa). ¡La Navidad alemana, que se convirtió en la Navidad del mundo! La Navidad con los regalos sobre la chimenea, a los pies del Tannenbaum (árbol de navidad), junto a una imagen de Nuestra Señora esculpida por un artesano de la familia, en fin, todos los candores navideños con los cuales la piedad popular germánica enriqueció el universo católico. ¡Esa vida confortable es una belleza!

  A semejanza de ese ambiente pequeño burgués, cada clase social en Alemania tiene su ambiente propio, como por ejemplo los rudos hidalgos prusianos, llamados junkers. Hombres a los cuales les gusta encontrar a su alrededor voluminosas jarras de cerveza, delante de emparedados de salchichas, camadas de mantequilla fresca y otros ingredientes que  forman sabrosos pisos en los platos, ¡devorados por ellos con la misma determinación con la que invaden y conquistan territorios! Conversando muy seriamente, claro, con el interlocutor sobre política o filosofía, o, mejor aún, los dos cantando. Es otra mentalidad.

Así, desde el Junker o desde el Kaiser (Emperador) hasta el último funcionarito público que tiene un lugar en un pequeño compartimiento con una cortinita, se tiene un esplendoroso conjunto, cumbre de esa Alemania de tantas tradiciones y glorias católicas que yo, cuando aún era niño, aprendí a admirar por las descripciones de mi Fräulein Mathilde.

 

 (Revista Dr. Plinio, No. 62, mayo de 2003, p. 31-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Last Updated on Tuesday, 28 February 2017 15:49