Dignidad y compostura en la educación familiar

Doña Lucilia era categórica, inmensamente cariñosa, afable, llena de bondad, siempre dispuesta a sacrificios, a inmolaciones por cualquier persona, desde que eso estuviese ordenado a la salvación eterna. Se veía en ella lo opuesto del mundo contemporáneo.  

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Se nota en estas fotografías de Doña Lucilia una decisión tomada, calma, dulce, aunque inquebrantable. Ella tiene cierta idea de cómo debe ser el orden dentro del ser humano y, por lo tanto, también en la presentación exterior que la persona hace de sí misma.

Dignidad hasta en los momentos de comodidad

Se ve que ese orden corresponde justamente a lo que la Iglesia enseña sobre cómo debe ser una persona católica, apostólica y romana, tomando en consideración la situación, la edad, las relaciones que ella tiene.

Doña Lucilia está en una posición natural. Nada está tenso; por el contrario, todo tranquilo y perfectamente ordenado. Hay un dominio del alma sobre el cuerpo, y la noción que el alma tiene de cómo debe ser la actitud del cuerpo es enteramente certera y firme, coherente y definida.

Por otro lado, se comprende que una persona tan categórica sea inmensamente suave, afable, llena de bondad, y por esa causa esté dispuesta a sacrificios, a inmolaciones por cualquier persona, desde que eso esté ordenado a la salvación eterna.

Vemos en ella lo opuesto del mundo contemporáneo, el cual es todo lo contrario de eso.

Yo me acuerdo de ella tanto en la intimidad como en ocasiones de ceremonia. En la intimidad, principalmente en la casa de su madre, donde ella pasó la mayor parte de su vida porque mi abuela, cuando quedó viuda, necesitó del apoyo de mi madre.

La residencia de mi abuela era una casa grande, de alta, con todo el estilo, la seriedad y gravedad de los caserones antiguos. Los muebles armonizaban con eso: eran grandes y confortables, aunque con cierta solemnidad.

Cuántas y cuántas veces yo entré en esta o aquella sala de la casa y encontré a mi madre sola, rezando o meditando, pensando, reflexionando. Nunca la vi en una actitud relajada. Aunque ella estuviese enteramente sola, con trajes del género de los que usaban las señoras de aquel tiempo cuando estaban en la intimidad, dignos, distinguidos, y que permitían la comodidad y el confort; incluso así, la actitud de ella era siempre de cierta dignidad, para no decir, a veces, con una punta de majestad.

Compostura que envolvía la idea de familia

Me acuerdo, por ejemplo, de ella sentada en un sofá de tres lugares, de manera que una persona puede, sin estar propiamente acostada, extender las piernas un poco en cierta dirección, y puede quedar entre acostada y sentada. Mi madre estaba así, con el brazo apoyado en el brazo lateral del sofá, pensando. Las ventanas estaban abiertas, el día caliente, a bien decir la naturaleza del verano invadía la sala, dilatando y llenando todo.

Ella se quedaba en esa actitud muy frecuentemente. Usaba vestidos largos, de manera que dejaban aparecer apenas la punta de los zapatos. Estaba completamente distendida y pensando en algo que no se sabía qué era, pero se veía que en medio de todo aquello tenía un empeño en conservar la nota y la distinción.

Su compostura envolvía mucho la idea que ella hacía de familia. En el espíritu de Doña Lucilia, la familia era como un país minúsculo, con sus fronteras, su población y, yo casi diría, con su bandera. Las fronteras eran los muros de la casa; la población, los parientes; la bandera era algún blasón de armas, cuando la familia lo tenía. Así, todo aquel ambiente familiar era para ella como una nación minúscula, pero tenía también su dignidad y su importancia como un país puede tenerlas.

Una persona puede ufanarse de su patria. Por ejemplo, nacer en Clermont-Ferrand, en Francia, donde Urbano II predicó la Cruzada, lanzó el grito Deus vult1 y todos los cruzados tomaron la cruz, es como nacer en una especie de pequeña patria privilegiada dentro de la gran nación francesa.

O entonces, ser natural de la pequeña ciudad de Domrémy, donde nació La Pucelle, o sea, Santa Juana de Arco, era un privilegio, porque allí esa virgen y mártir había recibido las revelaciones de las voces y la vocación, y, de un modo general, toda su vida tenía como punto de referencia el minúsculo lugar llamado Domrémy que, sin dejar de ser minúsculo, adquirió una gran honra por el hecho de allí haber nacido Santa Juana de Arco.

Conciencia de la propia dignidad

Pertenecer a las antiguas familias de São Paulo era como tener un título de nobleza, y Doña Lucilia apreciaba mucho eso. Por esa razón, en la formación que ella nos dio a mi hermana y a mí, exigía siempre maneras y educación bien tradicionales. Cuando ella veía que uno de nosotros a veces se relajaba – los niños tienen esa mala tendencia hacia el relajamiento –, ella decía: “¡Acuérdate de quién eres tú!”

Mi madre tomaba muy en consideración también la familia de mi padre, el Dr. João Paulo, que igualmente pertenecía a un linaje antiguo de Pernambuco, el cual tenía muchas analogías con las estirpes tradicionales paulistas, pero con esta diferencia: la cualidad principal de los paulistas es la de ser prácticos y hacer prosperar la economía; mientras los nordestinos son mucho más de cantar, hacer poesía, discursos, tener literatos y parlamentarios célebres, haciendo brillar los dones de la inteligencia.

A veces, para incentivarme a imitar las cualidades de la familia paterna, mi madre me decía:

“Acuérdate de tales parientes suyos y sabe hablar bien. No adquieras el lenguaje de los niños de tu edad; eso no vale de nada. Debemos tener un lenguaje mejor y más bello que el que corresponde al común de nuestra edad.”

Yo tengo la certeza de que, si muchas madres formasen a sus hijos así, Brasil sería otro.

Sin embargo, eso venía acompañado de una exigencia absoluta de desapego y nada de fanfarronada. Bastaba que un hijo o una hija contase alguna cosa para sobresalir, que ella lanzaba una mirada de reprobación, haciéndonos entender que no habíamos actuado bien.

El Rosarito de cristal y el adquirido en Aparecida

A veces yo la encontraba sola, rezando con un rosarito de cristal que ella tuvo durante mucho tiempo, que ella sustituyó más tarde por otro que le compré en Aparecida2, de calidad muy inferior, porque los objetos sagrados que se vendían en Aparecida, en aquella época, eran muy populares. Yo se lo compré porque no había algo mejor para comprarle, y quería darle un recuerdo al regresar a São Paulo. Le expliqué: “Mi bien, vea Ud., es un rosarito que no vale nada. Apenas para recordarle que, estando en Aparecida, recé por Ud.”

El rosarito de cristal, que valía mucho más, desapareció. Y muchas décadas después nunca la vi con otro rosario en la mano, que ese sin valor ni calidad, pero que para ella se prendía a un recuerdo: “Mi hijo, estando en Aparecida junto a Nuestra Señora, se acordó de mí con un afecto especial.”

Quien visita la casa de Doña Lucilia, nota la presencia de cuadros y otros adornos que conllevan un mundo de recuerdos y el espíritu repleto de simbolismo que el presente rechazó del pasado. Se ve que ella los ponía allí adentro a propósito, para significar su unión de psicología y mentalidad con aquellos objetos.

Por ejemplo, en el cuarto de dormir de ella hay un reloj de alabastro con el mostrador de esmalte, encimado por un adorno de bronce. Solo las palabras alabastro, esmalte y bronce ya traen alguna connotación simbólica consigo. Ese reloj tiene todo el espíritu anterior a la Revolución Francesa, y queda muy sobresaliente en los aposentos de mi madre, de tal manera que marca el ambiente. Y así una porción de otras cosas.

Ahí están algunos datos, algunos recuerdos y muchas saudades.

1) Del latín: Dios lo quiere.

2) Basílica Santuario erigida en honor a la patrona de Brasil: Nuestra Señora Aparecida, situado en la ciudad del mismo nombre, en el Estado de São Paulo.


(Revista Dr. Plinio, No. 269, agosto de 2020, pp. 6-8, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 16/2/1994  Título del artículo en la Revista: Dignidad y compostura repleta de bondad).

Last Updated on Thursday, 06 August 2020 18:22