La transmisión de la fe de una madre a sus hijos

La fuente de la seriedad de Doña Lucilia estaba en el Sagrado Corazón de Jesús, de donde absorbía la fe, objetividad y resignación, que transmitió al Dr. Plinio. Si queremos tener paz de alma, debemos tener mucha devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a su Santísima Madre, Reina de la Paz.

 

 Plinio Corrêa de Oliveira


La presencia de mi madre daba siempre la impresión de una tranquilidad llena de dulzura, de afabilidad, que hacía esa presencia muy atrayente. Eso hace que, aún hoy, cuando entro en casa, yo tenga la sensación de que todo el ambiente está embalsamado por aquella tranquilidad.

Cariño con un fondo de seriedad

También se nota ese ambiente de paz y tranquilidad en las personas que visitan la sepultura de ella. Habitualmente voy al cementerio una vez por semana, aunque en horas variadas. A veces voy más de una vez por semana. No me acuerdo de haber encontrado la tumba sin nadie presente junto a ella. En los días en que hay mucho tiempo libre – sábados, domingos, festivos nacionales – se llena de personas a su alrededor.

Me llama la atención ver muchas personas que rezan y otras quietas, en un estado de alma como quien está sorbiendo aquella tranquilidad, bebiendo de ella con el intuito de que algún tanto de esa serenidad sea colocado en su alma. Así, noto una analogía o una identidad entre los efectos que las personas sienten hoy, junto a la sepultura de ella, y los experimentados otrora por quien era frecuentada nuestra casa cuando ella estaba viva. Esa identidad me conmueve.

¿Cuál era el fondo de esa tranquilidad, de esa serenidad, de esa paz de Doña Lucilia? Ante todo, era una gran seriedad de alma que se reflejaba inclusive en el trato con los niños. Ella era muy cariñosa con mi hermana y conmigo. Pero su cariño siempre tenía un fondo de seriedad.

Mi madre contaba, por ejemplo, historias como la del Gato con Botas. Aunque ella solo tuviese dos hijos, en la familia éramos muchos niños, pues había muchos parientes, y formábamos una rueda enorme en torno a ella, y todos los niños sorbían esas narraciones con mucho gusto.

Sin embargo, a pesar de hacer descripciones enteramente adaptadas para los niños, ella siempre colocaba una nota de seriedad, es decir, explicaba en lo más profundo el sentido moral y religioso de aquella narración. Aun cuando la historia no fuese religiosa, ella hacía una crítica con mucha paz, serenidad y objetividad, indicando cómo debería ser aquel cuento dentro de un contexto religioso. A propósito, la objetividad era una de las características de su espíritu. Ella quería ver todas las cosas como eran, sin hacerse ilusiones sobre los lados buenos, ni sobre los malos.

Por otro lado, precisamente por causa de esa serenidad y objetividad, ella demostraba una gran resignación. Doña Lucilia era muy devota del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora, y en esas devociones absorbía una conformidad con todos los aborrecimientos que la vida trae. En efecto, la vida le trajo disgustos enormes, respecto a los cuales no es el momento de tratar, pero ella sufrió mucho, inclusive desde el punto de vista de la salud, pues fue siempre basta enferma.

Resignación absorbida en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Ella recibía todo eso con tal serenidad, que esta se verificó hasta en el momento de su muerte. Según cuenta el médico que la asistió en sus últimos minutos, eran cerca de las diez de la mañana cuando ella, percibiendo que había llegado el momento de pasar a la eternidad, hizo un Nombre del Padre muy grande y tranquilo y expiró. Era el fin propio de la vida que había llevado. En la serenidad, ella entregó su alma a Dios con toda la dulzura y suavidad. Era, por así decir, la esencia de su estado psicológico y moral.

Si queremos gozar de esa paz, haremos muy bien en tener mucha devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en leer algo sobre esa devoción, con respecto a Santa Margarita María Alacoque, a quien el Sagrado Corazón de Jesús se manifestó, y todo cuanto Él dijo de sí mismo a esa santa, que es una escuela de resignación para los hombres.

En una de sus apariciones a Santa Margarita María, Él mostró su Corazón y afirmó: “Este es el Corazón que amó tanto a los hombres y fue tan poco amado por ellos.” Nuestro Señor hizo esa lamentación con una resignación divina, de la cual nos dio ejemplo hasta en la hora de morir en la cruz, cuando dijo: “Padre mío, en vuestras manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). ¡Y expiró!

Esa resignación absorbida en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús trae consigo una dulzura extraordinaria. Más aún cuando es acompañada por la devoción a Nuestra Señora, que siguió todos los pasos de la vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, el nacimiento de la Iglesia, y era Ella misma la Reina de la paz, de la serenidad, de la tranquilidad, incluso en las situaciones más dolorosas.

Por ejemplo, cuando los Apóstoles abandonaron al Divino Maestro, en cierto momento comenzaron a regresar. San Juan Evangelista fue el primero. Después de que Nuestro Señor Jesucristo fue sepultado, Ella se dirigió hacia el Cenáculo y los Apóstoles fueron, poco a poco, reuniéndose en torno a Ella. Podemos imaginar toda la bondad y la dulzura de Ella recibiéndolos, perdonándolos, estimulándolos, y siendo la Reina de la paz, y también de la resignación.

El hombre moderno no es resignado. Cuando quiere algo, desea eso ferozmente; un empleo, un paseo, un automóvil, en fin, sea lo que sea, él lo quiere de tal manera que, si no lo obtiene, queda dilacerado en su alma. El alma católica no es así. Ella desea, pero si no puede recibir, si Dios dispuso que las cosas sean de otra manera, acepta en paz y continúa viviendo tranquilamente. Yo creo que con esas disposiciones podemos obtener verdaderamente la paz de alma.

Rezaba hasta las tres de la madrugada

Doña Lucilia rezaba mucho. Como dije, ella era muy enferma, y por esa razón, aunque se despertase temprano, permanecía gran parte de la mañana recostada, rezando. Solo interrumpía la oración con ocasión de la visita de alguien de la familia, o por una criada que iba a pedirle instrucciones respecto a la dirección de la casa. El resto del tiempo ella lo pasaba en oración, recitando serenamente un eterno rosarito, una Letanía al Sagrado Corazón de Jesús, alguna otra oración así. Cuando llegaba la hora del almuerzo, ella se levantaba y almorzaba con mi padre, conmigo y alguna persona más de la familia que apareciese. Cuando todos salíamos, ella se quedaba en casa, iba a la sala de visitas donde se encuentra una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, y retomaba la oración. Después iba a cuidar sus deberes de dueña de casa, de los cuales, a propósito, cuidaba muy diligentemente. En la noche, terminada la cena, mi madre conversaba con mi padre, conmigo y con quien hubiese en casa. A cierta altura nos retirábamos y ella volvía a rezar al Sagrado Corazón de Jesús. A veces ella llevaba la oración hasta las dos o tres de la madrugada. Mi padre se levantaba y la llamaba para ir a dormir; y ella con mucha dulzura hacía una señal indicando que ya iría, pero todavía se demoraba un poco. Esa era la fuente de esa resignación dulce, de esa tranquilidad en circunstancias crueles en que la vi sufrir.

En lo tocante a la educación de los hijos, mi hermana y yo pasamos por todos los peligros espirituales por los cuales se pasa en la vida moderna. En lo que dice a mi respecto, yo notaba que ella rezaba mucho, pues tenía un gran miedo de que yo me perdiese, porque en mi tiempo era mucho más difícil que un hombre preservase la fe, que una mujer.

Ella hacía esas oraciones por mi perseverancia, por ejemplo, al final de la Misa. Hay un altar en la Iglesia del Corazón de Jesús, donde existe un grupo de esculturas que representan a Nuestro Señor Jesucristo discutiendo con los doctores en el Templo, con Nuestra Señora y San José que llegan a encontrarlo. Ella rezaba mucho allá; no me decía, pero yo notaba que oraba para que yo tuviese buenos argumentos, buena formación para resistir a los argumentos errados que me quisiesen dar, y ella pedía al Niño Jesús un poquito de la Sabiduría infinita de la cual Él dio pruebas en esa ocasión, para resistir a los enemigos de la fe.

Muy vigilante

Ella era una madre muy vigilante, aunque de un modo curioso. Después de que me hice adulto y di pruebas de mi fidelidad, ella tenía mucha confianza en mí, ¡mucha! Sin embargo, tenía al mismo tiempo una vigilancia de la cual un síntoma interesante es este:

Hubo una ocasión en que tuve que hacer un viaje a Europa. El día de mi regreso, habiendo ya calculado la hora en que yo debería llegar, ella se quedó esperando sentada en el hall de entrada, frente a la puerta del apartamento, toda arreglada, habiendo dejado preparada una mesa con dulces y otras golosinas para que yo comiese. Cuando entré, fui deprisa a besarla. Después de las primeras caricias, ella se apartó un poco de mí y me miró con toda atención. No noté lo que ella estaba haciendo, la miré y me dejé mirar, sonriendo. Ella hizo este comentario: “¡Gracias a Dios eres el mismo, no mudaste en nada!”

Es decir, el viaje a Europa, los placeres del turismo, etc., pueden marcar desfavorablemente el alma de una persona. La gran preocupación de ella no era saber si yo tenía una fisionomía saludable, sino, si el alma estaba saludable. Ella me miró fijamente, con una mirada muy tranquila, afectuosa, aunque iba hasta el fondo de mi alma.

En eso consistía la seriedad de ella, cuya fuente estaba en el Sagrado Corazón de Jesús: fe, objetividad y resignación.


(Revista Dr. Plinio, No. 260, noviembre de 2019, pp. 6-10, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 7/8/1990  Título del artículo en la Revista: Fe, objetividad y resignación).

Last Updated on Thursday, 30 April 2020 19:59