Formando a los hijos en el seno de la Iglesia

Con relación a sus hijos, Doña Lucilia ejercía de un modo ejemplar su papel de educadora, dando a la religión una importancia primordial. Así narra el Dr. Plinio algunos aspectos de la formación religiosa que recibió de su madre.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Siendo aún muy jóvenes, mi hermana y yo fuimos instruidos en el Catecismo por Doña Lucilia. Con el fin de prepararnos para la primera comunión, ella nos contaba la Historia Sagrada.

Dulzura penetrante de cariño

Me acuerdo de que, durante esa preparación, mi madre hablaba especialmente de la dulzura de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora. Ella nos presentaba esa dulzura penetrante de cariño, de afabilidad y de bondad.

Sin decirlo explícitamente, cuando ella nos hablaba de la bondad de Él, nos daba la idea de una bondad majestuosa, que supera a cualquier majestad terrena.

En sus narraciones, Nuestro Señor hacía todo de un modo sereno, lleno de significado, medido, con una sabiduría que trascendía, de lejos, a cualquier sabiduría creada. Ora ella acentuaba la bondad, ora la superioridad absoluta de Él. No obstante, siempre con una nota de tristeza que, a propósito, corresponde al Evangelio. La Pasión nunca estaba ausente de sus narraciones.

Una Tierra Santa legendaria

Ella imaginaba la Tierra Santa un poco legendariamente. Para ella, el desierto de Palestina, por ejemplo, era como el Sahara, cuando, en verdad, los desiertos de Tierra Santa salvo raras veces, tienen la poesía de este otro. Me acuerdo de ella pronunciando ciertos nombres como el “Mar de Tiberíades”. Cuando ella decía “Mar de Tiberíades”, me daba la impresión de estar viendo las olas formándose en ese mar.

Los personajes del Antiguo Testamento eran presentados por ella como profetas grandiosos, menos dulces que categóricos, de tal modo que, cuando vi los profetas de Aleijadinho1, me acordé de ella y pensé: esos son los profetas de los cuales hablaba mi madre.

Las clases de catecismo

Además de las clases que nos daba en casa, ella providenció que Monseñor Marcondes Pedrosa, párroco de la Iglesia de Santa Cecilia, parroquia a la cual pertenecíamos, nos administrase clases de catecismo. Esas clases eran particulares, solo para mi hermana, para una primita educada con nosotros y para mí. De manera que dos o tres veces por semana íbamos a la parroquia, donde él nos enseñaba especialmente el catecismo. Ella tuvo siempre mucho cuidado en eso.

Sin embargo, estas no fueron sus principales contribuciones para nuestra buena formación. Inscribir a los hijos en el curso de catecismo y dar ella mismo algunas clases, toda buena madre lo hacía. Lo principal era, no obstante, lo que transparecía en el contacto con ella. En esa convivencia yo sentía todas las excelencias morales que ella tenía: amor, calma, dignidad, afecto, seriedad, etc. Eso me atraía mucho.

“Prefiero a mi madre”

Me acuerdo, por ejemplo, de un hecho que deja transparecer cuánto yo la admiraba y era atraído por ella.

Cierta vez me enfermé y fui obligado a quedar en cama. Estaba muy aburrido de tener que quedar de cama, lo cual no es nada agradable para un niño…

Mi madre fue a visitarme junto con una hermana suya, mi tía Zili. Las dos se acercaron a mi cama y mi madre dijo:

“Mira, Zili está con tiempo libre y puede cuidarte. Yo también tengo tiempo libre, de manera que mira a cuál de las dos prefieres.”

Mi tía era mucho más joven que ella, muy viva, graciosa, contaba cosas interesantes.

Yo me acuerdo que las miré a ambas y pensé: “va a ser mucho menos pesado recuperarme estando al lado de una tía que canta, hace bromas y dice cosas graciosas. Con ella voy a tener muchas ocasiones para reírme y eso va a hacer más leve mi enfermedad.”

Después miré a mi madre, y sus ojos me miraban con una calma muy plácida.

Yo dije entonces:

– Tía Zili, Ud. es una “vicemadre” para mí, pero madre lo que se dice, es mi madre. Prefiero a mi madre.

Doña Lucilia, fruto de la Iglesia

Los domingos íbamos a misa en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. A mí me gustaba enormemente esa iglesia. Después de entrar y sentarnos en la banca, yo me arrodillaba al lado de ella, lo cual, a propósito, me gustaba mucho, y mientras ella rezaba, yo prestaba atención en el ambiente y notaba que había una enorme semejanza, casi una unidad de espíritu entre ella y el ambiente de la iglesia.

Y pensaba: “¡Cómo ella es semejante a esto! En el fondo, mi madre es un fruto de esto y ella no sería como es, si la Iglesia no la modelase”.

Cuando me volví mayor, comprendí qué es la Iglesia Católica. Percibí, entonces, que la fuente de toda virtud que pudiese haber en cualquier hombre es la Iglesia Católica. Concluí que el mal consistía en estar fuera de la Iglesia o contra ella, y que todo el bien consistía en estar dentro de la Iglesia, y cuanto más adentro, mejor.

Se ve, con esto, que mi madre me condujo, por su convivencia y su ejemplo, a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la devoción a Nuestra Señora. Ella me enseñó a amar a la Santa Iglesia Católica.

1) N. del T.: Del portugués, Lisiadito, nombre con el cual se le llama al escultor brasilero Antonio Francisco Lisboa, del siglo XVIII. Entre sus obras se encuentran las esculturas de 12 profetas del Antiguo Testamento, en el atrio del Santuario del Buen Jesús, en Congonhas, Minas Gerais.


(Revista Dr. Plinio, No. 140, noviembre de 2009, pp. 7-9, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de conferencias del 21.9.82 y 25.7.94).

Last Updated on Monday, 22 April 2019 14:22