La importancia de la familia en la sociedad

Cuando la familia es auténticamente católica y cuenta con la influencia sobrenatural de la caridad, la organización familiar alcanza óptimas condiciones para marcar con su presencia los cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado, y también al propio Estado.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Del individuo a la familia, de esta a la gens y por fin a la tribu – La trayectoria para la fundación de la civitas – Nace el Estado

Por ser el estado matrimo-nial condición normal del hombre, es formando parte de su respectiva familia, como jefe o miembro, como el hombre se inserta en el inmenso tejido de familias que integra el cuerpo social de un país.

A la vez que por familias, dicho cuerpo social está constituido también por otros grupos intermedios, y, consecuentemente, la inserción de un individuo en uno de esos grupos constituye un modo de integrarse en ese tejido. Así ocurre, por ejemplo, con las corporaciones de artesanos y mercaderes, así como con las Universidades y también con los órganos directivos que constituyen el poder municipal, urbano o rural.

Sin embargo, si se atiende a la génesis del Estado, se verá que éste tuvo su origen, de uno u otro modo, en entidades preexistentes, cuya “materia prima” era la familia. Esta dio origen a los grandes bloques familiares que los griegos designaban como génos y los romanos como gens, los cuales, a su vez, formaron bloques todavía mayores de tonus también aún familiar, mas cuyas correlaciones genealógicas se perdían en la noche de los tiempos y tendían a diluirse: eran, entre los griegos, las phratrias, y las curias entre los romanos. “La asociación —afirma Fustel de Coulange— continuó creciendo naturalmente y del mismo modo; muchas curias o fratrías se agruparon y formaron una tribu”. 1

A su vez, la conjunción de las tribus forma la ciudad —o mejor, la civitas—, y con ello el Estado.

En el individuo y en la familia se encuentran los factores más esenciales para el bien común de los grupos intermedios, de la región y del Estado – La familia fecunda, un pequeño mundo

La experiencia demuestra que, habitualmente, la vitalidad y la unidad de una familia están en natural relación con su fecundidad.

Cuando la prole es numerosa, los hijos ven al padre y a la madre como dirigentes de una colectividad humana ponderable, tanto por el número de los que la componen como —normalmente— por los apreciables valores religiosos, morales, culturales y materiales inherentes a la célula familiar, lo que cerca a la autoridad paterna y materna con una aureola de prestigio; y, al ser los padres de algún modo un bien común de todos los hijos, es normal que ninguno de ellos pretenda absorber todas sus atenciones y afecto, instrumentalizándolos para su mero bien individual. En las familias numerosas, los celos entre hermanos encuentran un terreno poco propicio, mientras que, por el contrario, pueden nacer fácilmente en las familias con pocos hijos.

En estas últimas se establece también, en no raras ocasiones, una tensión padres-hijos como consecuencia de lo cual uno de los lados tiende a vencer al otro y a tiranizarlo.

Los padres, por ejemplo, pueden abusar de su autoridad evitando la convivencia hogareña para emplear todo su tiempo disponible en las distracciones de la vida mundana, dejando a sus hijos relegados a los cuidados mercenarios de baby-sitters o dispersos en el caos de tantas guarderías turbulentas y vacías de legítima sensibilidad afectiva.

También pueden tiranizarlos —es imposible no mencionarlo— mediante las diversas formas de violencia familiar, tan crueles y tan frecuentes en nuestra sociedad descristianizada.

A medida que la familia es más numerosa se va haciendo más difícil que cualquiera de esas tiranías domésticas se establezca. Los hijos perciben mejor cuánto pesan a los padres, tienden a estarles agradecidos, y a ayudarles con reverencia, a su momento, en el gobierno de los asuntos familiares.

A su vez, el considerable número de hijos da al ambiente doméstico una animación, una jovialidad efervescente, una originalidad incesantemente creativa en lo tocante a los modos de ser, de actuar, de sentir y de analizar la realidad cotidiana de dentro y de fuera de casa, que hacen de la convivencia familiar una escuela de sabiduría y experiencia, hecha toda ella de la tradición comunicada solícitamente por los padres, y de la prudente y gradual renovación añadida respetuosa y cautamente a ella por los hijos.

La familia se constituye así en un pequeño mundo, al mismo tiempo abierto y cerrado a la influencia del mundo exterior, cuya cohesión proviene de todos los factores arriba mencionados y reposa principalmente en la formación religiosa y moral dada por los padres en consonancia con el párroco, así como en la convergencia armónica entre las varias herencias físicas y morales que han contribuido a modelar las personalidades de los hijos a través de sus progenitores.

Las familias, pequeños mundos que conviven entre sí de modo análogo a las naciones y los Estados

Ese pequeño mundo se diferencia de otros pequeños mundos análogos —es decir, de las demás familias— por notas características que recuerdan a escala menor las diferencias entre las regiones de un mismo país o entre los diversos países de una misma área de civilización.

La familia así constituida tiene habitualmente una especie de temperamento común, apetencias, tendencias y aversiones comunes, modos comunes de convivir, de reposar, de trabajar, de resolver problemas, de enfrentar adversidades y sacar provecho de circunstancias favorables. En todos esos campos, las familias numerosas cuentan con máximas de pensamiento y modo de proceder corroboradas por el ejemplo de lo que hicieron antepasados no raras veces mitificados por la nostalgia y por el paso del tiempo.

La familia y el mundo de las actividades profesionales o públicas – Linajes y profesiones

Ahora bien, sucede que esa grande e incomparable escuela de continuidad incesantemente enriquecida por la elaboración de nuevos aspectos modelados según una tradición admirada, respetada y querida por todos los miembros de la familia, influye mucho en la elección que los individuos hacen de sus actividades profesionales, o de las responsabilidades que quieran ejercer a favor del bien común.

De ahí se sigue que haya con frecuencia linajes de profesionales provenientes del mismo tronco familiar, por donde la influencia de la familia penetra en el ámbito profesional.

Es cierto que en el consorcio así formado entre actividad profesional o pública por un lado, y familia por otro, también la primera ejerce su influencia sobre la segunda. Se establece así una simbiosis natural y altamente deseable; pero sobre todo conviene destacar que en la mayoría de las ocasiones el propio curso natural de las cosas conduce a que la influencia de la familia sobre las actividades extrínsecas a ella sea mayor que la de dichas actividades sobre ella.

En otras palabras, cuando la familia es auténticamente católica y cuenta no sólo con su natural y espontánea fuerza de cohesión, sino también con la sobrenatural influencia de la mutua caridad que proviene de la Gracia, la organización familiar alcanza las condiciones óptimas para marcar con su presencia todos o casi todos los cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado y, por fin, también al propio Estado.

Los linajes forman élites hasta en los grupos o ambientes profesionales más plebeyos

A partir de estas consideraciones es fácil comprender cómo la influencia bienhechora de linajes llenos de tradición y de fuerza creativa en todos los grados de la jerarquía social —desde los más modestos hasta los más altos— constituye un precioso e insustituible factor de ordenación, bien de la vida individual, bien del sector privado de la sociedad, o bien de la vida pública; y que, por la propia fuerza de la costumbre, acabe yendo a parar la dirección efectiva de los varios cuerpos privados a las manos de los linajes que se destacan como los más dotados para conocer a aquel grupo social, coordinarlo, colocar en él el lastre estabilizador de una robusta tradición, y darle el impulso vigoroso de un continuo perfeccionamiento en sus modos de ser y de actuar.

En esta perspectiva es legítimo que se forme en el ámbito de algunos de esos grupos una élite paranobiliaria, un linaje preponderante paradinástico, etc., hecho que contribuye también a dar origen en las comarcas y regiones rurales a la formación de “dinastías” locales, análogas en cierto modo a una familia dotada de majestad regia.

Sociedad jerárquica y, en cuanto tal, participativa – Padres regios y reyes paternales

Todo este cuadro hace ver a una nación como un conjunto de cuerpos, los cuales están constituidos a veces por cuerpos menores, y así gradualmente, hasta llegar en línea descendente al simple individuo.

Siguiendo el mismo recorrido en sentido inverso, se ve claramente el carácter progresivo —y, en cuanto tal, también jerárquico— de los varios cuerpos intermedios entre el simple individuo y el más alto gobierno del Estado.

Considerando que el tejido social está constituido por toda una abundante jerarquía de individuos, familias y demás sociedades intermedias, se concluye que, desde cierto punto de vista, la propia sociedad es un conjunto de jerarquías de diversas índoles y naturalezas que coexisten, se entreayudan, se entrelazan, y por encima de las cuales se destaca únicamente, en la esfera temporal, la majestad de la sociedad perfecta, que es el Estado; y, en la espiritual —más elevada—, la majestad de la otra sociedad perfecta que es la Santa Iglesia de Dios.

Así vista, dicha sociedad de élites es altamente participativa; es decir, en ella cuerpos con peculiaridades propias comparten de arriba a abajo, de maneras diversas según su nivel social, categoría, influencia, prestigio, riqueza y poder, de tal manera que se puede decir que incluso en el más modesto hogar, el padre era antaño el rey de los hijos; y, en el ápice, el Rey era el padre de los padres.

1) La Cité Antique, Librairie Hachette, París, Libro III, p. 135.

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(Extraído de “Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza Romana”, Editorial Fernando III El Santo, Madrid, p. 108-111. El título es nuestro).

 

 

Last Updated on Wednesday, 14 February 2018 15:25