El papel de la madre en la familia

El Dr. Plinio comenta el papel central de la madre en la familia, con base en la vida de Santa MacrinaCuidando de los quehaceres domésticos y llevando una vida recogida, calma y distendida dentro de su casa, con mucho espíritu de oración, ella educó a sus hermanos menores, los cuales después se convirtieron en grandes santos.

  

Santa Macrina,

modelo de educadora

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Tengo en mis manos una síntesis biográfica de Santa Macrina, virgen, sacada de la obra “Vidas de los Santos”, del Padre Rohrbacher1.

Cuatro hermanos santos

Nacida en Cesarea en el año 327, Macrina, la Joven, era hija de Emelia y Basilio el Viejo,  y hermana de Basilio, obispo de Cesarea, de Gregorio, obispo de Nisa, y de Pedro, obispo de Sebaste.

Macrina era la mayor, la “madrecita”, la protectora, la incansable, de la cual San Basilio dice con emoción que fue la educadora perfecta.

La madre se inspiró en las Sagradas Escrituras para formar a la hija, buscando en la Sabiduría de Salomón luces para educarla, mientras que el Salterio fue el preceptor de la jovencita.

A los doce años fue prometida en matrimonio, pero al morir el pretendiente no pensó en otra cosa a no ser en consagrarse a la educación de los hermanos.

En el año 373, Emelia falleció. Los hijos, ya formados, de vez en cuando iban a visitar a la “Gran Macrina”, como la llamaban en los tiempos de su lejana infancia.

Estando enferma y cercana a la muerte, que se la llevó en el año 379, Gregorio la encontró sobre una tabla, con el cilicio. La tomó cariñosamente y la puso en el lecho, donde la moribunda, evocando el pasado, se puso a dar gracias a Dios por todo aquello que se dignó concederle bondadosamente:

“Señor, Tu acabaste con el miedo a la muerte. Por Ti comienza la verdadera vida cuando se acaba la vida actual. Dormimos por algún tiempo, después nos resucitarás al son de la trompeta.” Y continuó: “Tu nos salvaste de la maldición y del pecado, viniendo por nuestros pecados y nuestra maldición.”

Con el crucifijo de hierro, que encerraba una reliquia de la Cruz del Salvador, que siempre traía consigo, murió en paz, siendo enterrada cerca de su padre y de su madre.

 

Aquí vemos lo que es una alta genealogía: los padres tuvieron cuatro hijos santos: San Basilio Magno, que superó al padre; San Gregorio de Nisa, también un gran santo y Padre de la Iglesia; San Pedro de Sebaste y Santa Macrina.

Pedagogía inspirada en el Libro de la Sabiduría y en el de los Salmos

La madre se inspiró en las Sagradas Escrituras para formar a la hija, buscando en la Sabiduría de Salomón luces para educarla, mientras que el Salterio fue el preceptor de la jovencita.

Qué buenos tiempos aquellos, en los que la madre abría el Libro de la Sabiduría para aprender cómo debería educar a los hijos. Hoy en día, la mayoría de las madres no se acuerda de eso. Y si colocasen ese Libro en la mano de algunas de ellas, no entenderían o no concordarían.

En el año 373, Emelia falleció. Los hijos, ya formados, de vez en cuando iban a visitar a la “Gran Macrina”, como la llamaban en los tiempos de su lejana infancia.

Por lo tanto, ellos supieron agradecer la educación que recibieron de esta hermana.

La ficha escogida parece estar un poco vacía, porque al fin de cuentas, narra quiénes son sus padres y sus hermanos, cuenta que ella ayudó a su madre a educar a sus hermanos y después dice que murió, y nada más.

Ese vacío puede ser llenado con algunas consideraciones con respecto a la vida femenina en aquel tiempo. Creo que de ahí saldrá algo útil para nosotros.

El papel de la mujer es ser el centro natural de la familia

            Una verdad elemental y accesible para cualquier persona, es la de que, perteneciendo la mujer y el hombre al género humano, ambos son, no obstante, muy diferentes, debiendo también caberle, a cada uno, tareas diferentes en esta vida. Y si es propio del hombre velar por la manutención de la familia, es propio de la mujer permanecer dentro de casa y proporcionarle al hombre un verdadero tesoro: una casa habitada.

            Es decir, una mujer debe tener a sus hijos y educarlos. Después de haber completado su educación, los hijos se casan. El papel de la mujer es de ser el centro natural de la familia. De tal forma que su residencia es el punto de encuentro de los hijos y de los nietos. Y lo normal es que ella pase la mayor parte de su vida dentro de casa. No quiero decir que la mujer deba quedarse siempre en su residencia; pero salir todos los días de casa no es propio a una mujer con un espíritu femenino completamente bien formado.

            La distracción, el entretenimiento de la mujer, el ambiente donde ella completa su personalidad es dentro de su propia casa y de las residencias de sus parientes muy cercanos, a los cuales ella debe visitar con una relativa asiduidad, de acuerdo con las circunstancias. Pero es necesario encontrar su satisfacción en estar dentro de su propia casa.

            ¿Haciendo qué dentro de la casa? Recibiendo a los suyos, haciéndose cargo del hogar, rezando, y rezando bastante, y llevando una vida recogida, calma y distendida. Es lo que pide la naturaleza de la mujer.

            Mientras que la naturaleza del hombre requiere que él salga, ejerza alguna actividad, luche, la naturaleza de la mujer pide ese tipo de vida especial, que le proporciona las circunstancias dentro de las cuales ella verdaderamente se salva y se puede santificar.

            Yo conocí señoras para las cuales lo normal no era salir de casa. Cuando salían, era los domingos para ir a la Misa, y una que otra vez a fin de hacer compras o alguna visita. En el período en el cual las hijas debían contraer matrimonio, ellas tenían que salir un poco más. Fuera de eso estaban dentro de casa, donde llevaban su vida habitual.

            Esa vida impregnada de calma, de piedad, podía conducir, conforme fuese el espíritu de la mujer, a un algo grado de santidad, o a una virtud común. Pero en la mayor parte de los casos era una virtud sólida que daba un eje, un sustentáculo moral a la vida de familia.

            Esta fue, sin duda, la vida de Santa Macrina.

Cuidar de los quehaceres domésticos con espíritu sobrenatural

            Después de haber cumplido su misión en la Tierra educando a tres santos para la Iglesia, y transmitiéndoles la educación que había recibido, ella no entró a un convento. Podríamos esperar que, siendo una santa, hubiese resuelto entrar a un convento, o bien ir a una Tebaida, a un lugar remoto. No. Ella se quedó en su residencia y allí llevó la vida de una dueña de casa. Hizo el menú, cuidó de que las cosas no se deteriorasen, dirigió a las criadas, mantuvo cierto número de relaciones que era natural que mantuviese, y consagró lo principal de su tiempo a la oración. Hizo todo eso con espíritu sobrenatural, convirtiéndose en una gran santa.

            Es un modo de santificarse en las condiciones normales de una existencia sana, razonable, y no en la agitación y en la dilaceración de la vida en los días de hoy, tan contraria a la naturaleza de la mujer e incluso del hombre. Normalmente, una mujer virtuosa que vive esa vida, impregnándola intensamente de lo sobrenatural, se salva. Se comprende que, no habiendo recibido de Dios una vocación especial, Santa Macrina permaneciese en la casa con sus padres.

            Y su vida fue coronada, en primer lugar, con la presencia de un tan grande santo, hermano de ella, para asistir a su muerte. También fue coronada con las lindas palabras que ella dijo antes de morir. Palabras de fe, de quien sabía que no iba a terminar allí, sino que resucitaría después, confiando en que la misericordia divina la recibiría en el Cielo.

            Ella llevó hasta el fin de la vida una cruz de hierro, dentro de la cual estaba incrustado un fragmento de la verdadera Cruz. Podemos notar, a través de esos datos, que ella murió como había vivido, es decir, santamente, y fue objeto de la veneración de los tres santos por ella formados y que la llamaban la “Gran Macrina”.

            ¿Qué hizo esa “Gran Macrina”? Aparentemente nada. Ella educó a tres niños, que después se convirtieron en grandes santos. ¿Y qué más? Los educó en su casa magníficamente, rezando y viviendo piadosamente una existencia normal. Con eso ella se santificó, adquirió una virtud heroica y está en el Cielo. La Iglesia la canonizó.

 


 

1) Cf. ROHRBACHER, René François. Vidas dos Santos. Vol. XIII. São Paulo, Editora das Américas, 1959, p. 178-179.

(Revista Dr. Plinio, No. 184, julio de 2013, pp. 26-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extraído de una conferencia del 24.7.1971).

 

 

Last Updated on Sunday, 13 August 2017 22:09