La adolescencia y la felicidad

En noviembre de 1936, en un discurso de graduación para los alumnos del Colegio Arquidiocesano de São Paulo, el Dr. Plinio le indicó a la juventud – de todo tiempo y lugar – el camino que conduce a la verdadera felicidad en esta vida:

 

“¡Con Cristo, sed felices!”

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Mis jóvenes amigos. Hace precisamente once años, casi en este mismo día y a esta misma hora, yo me encontraba en la situación en que hoy os halláis. Concluía mis estudios secundarios y tenía abiertas delante de mí las puertas de los cursos universitarios. En los discursos de los oradores que los periódicos publicaban, en los comentarios de mis colegas, en los saludos de mis amigos, repercutía esa grande y justa alegría de quien vence una etapa en la vida y reposa por un momento sobre los laureles conquistados legítimamente, antes de iniciar un nuevo recorrido. Me decían incesantemente que mi vida pasaba por una fase feliz, que era como un lazo de oro que reunía una infancia risueña y saudosa a una juventud llena de placer y, tal vez,… a una edad adulta llena de honras y de gloria.

Y sin embargo, en medio de tanta alegría, me sentía interiormente devastado por una gran angustia, hecha de nostalgia y de aprehensiones. Las felicitaciones que mi generación recibía, los pronósticos felices que le obsequiaban, las perspectivas risueñas que le apuntaban, me parecían de un formalismo vacío y cruel, en vista del drama que yo sufría en el aislamiento de mi vida interior. Yo sentía que la generación que nos había educado había faltado lamentablemente a la misión para con nosotros. Donde procurábamos directrices, sólo encontrábamos gentilezas. Donde procurábamos consejos, sólo oíamos frases desgastadas por la banalidad y repetidas sin convicción.

No quiero que alguno de vosotros me haga esa censura muda pero amarga, con la que mi generación condenó a la mayor parte de los oradores y consejeros que tuvo.

El elocuente orador que habló en vuestro nombre hace poco, dijo que vosotros me escogisteis para ser el caballero experimentado en la lucha de la vida que también os arme guerreros de la vida. Esperáis, pues, que yo sea para vosotros algo diferente de un guía amable e insincero que os muestre todos los encantos de la vida, escondiendo las agruras y las contrariedades que en ella encontraréis.

No os diré, por lo tanto, las gentilezas convencionales o las promesas falaces que ya se volvieron costumbre en circunstancias como esta.

Lo que oiréis de mí, y por mi intermedio, de la juventud mariana de São Paulo, es una palabra franca hasta la rudeza, pero sinceramente amiga. Mentiríamos delante de Dios, delante de vosotros y delante de nosotros, si os presentásemos esta vida como una sucesión de triunfos fáciles y de acontecimientos felices. Traemos en el alma las cicatrices de los grandes combates que trabamos. Como un himno marcial, sentimos vibrar a cada instante en nuestros corazones el llamado divino que nos convoca a la gran batalla. No concebimos la vida como un festín, sino como una lucha. Nuestro destino debe ser de héroes y no de sibaritas. Hoy os vengo a repetir esta verdad sobre la cual mil veces meditamos.

¿Cuál angustia bajaba sobre mis compañeros de clase y sobre mí en el crepúsculo lleno de dudas, exactamente en la fase de nuestra vida que la literatura sin valor de los discursos oficiales llama convencionalmente de aurora radiante?

Esta angustia era, en su expresión más aguda y más cruel, la gran crisis de la adolescencia, que constituye uno de los fenómenos más importantes de la historia de la civilización contemporánea. (…)

Hoy como ayer – ayer mucho más que hoy – la influencia de la Religión se ejerce sobre la infancia de un modo muy particular. Esa influencia, que la sociedad moderna tolera por un resto de Fe o de tradición, entra en choque con las exigencias del ambiente que rodea a la juventud. De este choque, nace para los adolescentes la necesidad de optar por Cristo o contra Él. Más consciente en unos, menos consciente en otros, esta necesidad se impone a todos. En las luchas íntimas esta opción provoca lo que consiste, en síntesis, la crisis de la adolescencia. (…)

Ahora comprendéis cual es el mensaje que os traigo.

Ante todo, nuestra lucha es interior. Si queremos que Cristo reine en el mundo contemporáneo, debemos comenzar por querer que Él reine en nosotros. Es inconcebible querer (que nuestro país sea) gobernado por la ley de Cristo, pero que esta Ley no reine invariablemente en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad y en nuestro corazón. Nuestra lucha más grande, nuestro primer combate, es interior. Combatimos dentro de nosotros mismos al mundo moderno, que nos quiere arrastrar a una vida que nuestros principios condenan. En un mundo impuro, nos esforzamos por ser puros. En un mundo entregado a los placeres, vivimos del trabajo y de la austeridad. En un mundo sediento de dinero, vivimos de la renuncia y de la abnegación. En un mundo apasionado por el desorden y la indisciplina, vivimos en la disciplina por amor al Orden. (…)

Mis jóvenes amigos:

Una tradición ya consagrada, impone a los oradores el deber de crearles ilusiones a los bachilleres con risueñas imágenes de felicidad.

No quiero huir a la regla. Pero, en lugar de dirigiros simplemente un voto de felicidad, quiero haceros aquí una promesa solemne. Sed (verdaderos católicos), y la felicidad descenderá sobre vosotros como una aurora magnífica, en el seno de todas las luchas, de todas las tribulaciones, de todas las dificultades que la vida nos pueda presentar.

Colocad a Cristo en el centro de vuestra vida. Haced convergir hacia Él todos vuestros ideales. (…)

En mis brazos, que ahora se abren afectuosamente a vosotros, están los veinte mil abrazos de los veinte mil Congregados Marianos del Estado de São Paulo. En este inmenso abrazo con el que veinte mil corazones y veinte mil almas os esperan en el camino del deber, en el campo de la lucha por la Iglesia y por la civilización, sentiréis efluvios dulcísimos en los que palpitaron el heroísmo y el amor que sólo a los pies de Cristo se pueden recibir.

      No tengáis miedo de la lucha que se abre delante de vosotros. La felicidad es de los que luchan como vosotros.

       Esta es la felicidad que os prometo.

      Hace veinte siglos ella ya fue prometida al mundo desde lo alto de una montaña de Palestina:

      Felices los que tienen el espíritu desapegado de las riquezas de este mundo, porque de ellos es el reino de los cielos.

       Felices los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

       Felices los que lloran, porque ellos serán consolados.

    Felices los que tienen hambre y sed de virtud, porque ellos serán saciados.

      Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia.

      Felices los puros, porque ellos verán a Dios.

      Felices los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

     Felices los que padecen persecución por amor a la virtud, porque de ellos es el reino de los cielos.

     Felices seréis cuando os maldijeren y persiguieren, y mintiendo dijeren toda clase de mal contra vosotros, por odio a Cristo. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos1.

       Mis jóvenes amigos:

   Os deseo esta felicidad. Felicidad profunda, felicidad completa, felicidad sólidamente fundamentada en la fuente de venturas más grande que el hombre pueda tener: la paz de un corazón que vive en la ley de Dios.

      ¡Con Cristo, mis jóvenes amigos, sed felices!


1) N. del T.: Mt. 5, 3-12.

 

(Revista Dr. Plinio, No. 20, noviembre de 1999, p. 11-13, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Trechos extraídos de la materia publicada en “Echos” del 22.11.1936).

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