¿Y los pobres vergonzantes?

¿Y los pobres vergonzantes?

   Tener caridad con un pobre de nacimiento es más fácil que con un pobre vergonzante.

   Sea cual fuere la razón por la que una persona distinguida caiga en la penuria económica, tender la mano para pedir,  puede serle mucho más doloroso que padecer una enfermedad. Y a veces confundimos su padecimiento con soberbia.

  La Iglesia comprendió esto como solamente una madre podría entender ciertos matices psicológicos de un hijo que no se atreve a pedir algo en casa, para no descubrir una necesidad apremiante que lo avergonzaría ante la familia. Es muy frecuente que los niños oculten una humillación de la que están siendo víctimas entre sus amigos o parientes lejanos por alguna carencia física, material o psicológica. No se atreven ni a confesárselo a sí mismos y esconden ese dolor profundo que los va agotando día a día. Discernir eso con tacto y prudencia solo lo consigue una madre verdaderamente interesada en la formación espiritual y psicológica de su hijo.

   San Antonio de Florencia (1389-1459 ) Santo Tomás de Villanueva (1486-1555 ) o San Juan Macías (1585-1645) fueron de ese tipo de hombres que comprendieron aquel dolor sutil de personas cuyo roll social había sido más el de la influencia por su decoro personal, modales y educación que por su capacidad para prestarle un servicio de tipo económico a la sociedad. De agradable y fina conversación, de gustos refinados por años de tradición, incluso por cualidades físicas atrayentes, timbre de voz, gestos, presencia y buen gusto en el vestir, frecuentaban círculos sociales donde se ventilaban asuntos de importancia para los buenos rumbos de su nación de la que ellos eran algo así como la flor y nata, la crema destilada que encarnaba lo mejor de la idiosincrasia nacional y siempre tenían para dar una opinión valiosa y acertada. Sin embargo por esos avatares sorpresivos de la vida, a veces por culpa propia, terminaban en la estrechez económica más dolorosa obligados a apartarse de la convivencia social de sus propios círculos como leprosos despreciables, a los que incluso su parentela, les negaba una ayuda proporcionada a la dignidad y el papel que habían desempeñado alguna vez. Ese tipo de desgracia, que en las sociedades paganas de antes de nuestra Redención era vista como mal augurio y contagio supersticioso de mala suerte, fue remediado discretamente por una forma de caridad que nunca antes –ni incluso entre los Judíos, se había practicado en la sociedad. A veces el buen cura párroco o el obispo de la diócesis se encargaban personalmente de esas familias y hacían la colecta no solo para evitarles morir de hambre, sino para ayudarles a mantener su pundonor y respetabilidad de otrora.

   La caridad es una virtud difícil de practicar porque es la madre de la gratitud y de la nobleza de espíritu. San Pablo ha sido quien mejor la ha definido y no habrá ya más alguien sobre la faz de la tierra capaz de caracterizarla como él lo hizo: Es paciente, servicial, no lleva cuenta de los favores que hace, no hace alarde, no envidia, no se irrita, etc. (Cor 13, 4-7). Podría ser tema de meditación para este fin de cuaresma e inicio de Semana Santa que de paso nos recuerda aquello que una vez dijo Jesús a los Fariseos: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 13) ¿De qué nos sirve tanta oración, penitencias y ayunos si no nos compadecemos de los defectos y carencias psicológicas de los demás que incluso a veces nos fastidian? Amar a Dios y comprender al prójimo vale más que todos los sacrificios y holocaustos que podamos hacer. (Mc 12, 33-34).

Last Updated on Saturday, 22 October 2016 21:30