Belleza y practicidad que conducen a Dios

El entrelazamiento de lo práctico y lo bello, tan característico de la obra de Dios, no está presente en el arte moderno. El alma católica, sin embargo, supo unir esas dos prerrogativas incluso en la arquitectura, y, sin dejar de servir al cuerpo, procuró sobre todo encantar el alma y elevarla hasta Dios.

  

Plinio Corrêa de Oliveira

Al depararnos con un conjunto residencial moderno, podríamos imaginar que es una gran fábrica o una prisión, en fin, cualquier cosa enorme, situada en Oslo, São Paulo o en otro lugar. Ahora bien, ¿tal construcción tiene alguna belleza? ¿Ella nos eleva?

El espíritu de la Revolución y la prevalencia de la materia

Absolutamente no. Solo vemos una especie de cuadrados, con unas pequeñas ventanitas a la manera de alveolos, donde habitan unas “abejas” humanas. Cada hombrecillo, cada familia, ocupa uno, dos o tres huequitos de esos y se pierde en esa inmensidad. El cuerpo tal vez esté bien servido allí, pero el alma humana queda oprimida. Es el espíritu moderno, el espíritu de la Revolución, donde prevalece la materia. Allí el alma no se prepara para ir al Cielo, porque en el Paraíso Celestial no hay nada parecido con esa fealdad, ni con esa monotonía. Es la idolatría de los cuadraditos, puestos unos sobre otros.

En determinados edificios no se vive, se trabaja. Si hubiese cocina, hasta sería habitable, pues me imagino que un cuadrado de esos da para cualquier cosa. Yo no entiendo de ese tipo de ingeniería, ni quiero entender. Entre ella y yo hay una incompatibilidad completa, radical.

Un observador dirá: “Dr. Plinio, ¿no es bonito el sol que se refleja por las ventanas?”

Yo diría: “El arquitecto no hizo el sol, sino las ventanas, y estas, ¿quién osará parecerle bonitas? Basta abrir una para que quede un hueco. Es un conjunto de vidrios y de huecos, cuyo interior está lleno de gente trabajando hasta reventar. Todo eso es muy práctico para el cuerpo, pero para el alma, cero.”

Alguien podría objetar: “Pero, Dr. Plinio, no son cuadrados de tamaños iguales. ¿No hay un poco de armonía dentro de eso?” Yo no sé si el ingeniero pensó en eso. Me estoy esforzando por ser ecuánime, pero no encuentro una respuesta positiva.

Ahora bien, ¿por qué ese techo es inclinado? “Es para que la lluvia se escurra”. Entonces, ¿por qué ese otro es plano? ¿Es para que la lluvia no se escurra? Son misterios que no llego a entender.

En todo caso, para divertirnos un poco, hay aquí otro conjunto residencial o de oficinas, con ventanillas, huecos y cuadrados. Miren ese techo. Alguien dirá: “¡Maravilloso! Ud. tiene que reconocer que esas franjas de luz son bonitas.”

Yo digo: “Es verdad. La luz es bonita hasta sobre una superficie moderna, pues no fue dado al hombre hacer que la luz sea fea. La fealdad es de las tinieblas.”

¿Qué son esos “bastonzotes”? ¿Son proyectos de muletas para inmensos lisiados? No, son conjuntos residenciales. Aplicando la vista, podemos percibir los cuadraditos.

El movimiento ondulado de esa rampa, ¿es bonito? Un poquito. Entró un poquito de belleza dentro de eso. Sin embargo, piensen en lo artificial de todo eso. A propósito, no es posible que la sensación frígida de artificialidad metálica escape a la atención.

Hostilidad entre el arte moderno y la belleza

Hay una gran hostilidad contra la belleza en el arte y la arquitectura modernas.

Viendo determinados predios, tenemos la sensación de una interrupción arbitraria y estúpida, dándonos la impresión de un queso enorme cortado, con algunas rebanadas quitadas, restando otras. ¿Cuál es la razón de esas interrupciones repentinas, sin ninguna pequeña moldura que las anuncie o justifique? ¿Eso es bonito? Alguien dirá: “Es práctico.”

Eso es dudoso. Sin embargo, en el arte moderno, lo bonito no es práctico; y lo práctico no es bonito. El entrelazamiento de lo práctico con lo bonito, tan característico de la obra de Dios, no está presente.

Analicemos un embotellamiento del tránsito. En las metrópolis hay grandes arterias rectilíneas, hechas para dar flujo a millares y millares de carros por hora; pero, cuando se da un pequeño choque, tal vez entre dos motociclistas, es necesario esperar que llegue la policía, y por ser una gran avenida, cuando para el tránsito, se paraliza una cantidad enorme de vehículos. Es el urbanismo moderno, muy bien pensado para que las cosas funcionen bien, pero no planeado para la hipótesis de que funcionen mal. Bocinas, enervamiento, gente atrasada; cuando, al fin, los automóviles pueden circular, se chocan unos con otros por el nerviosismo, y aún hay nuevos choques.

El espíritu de la Iglesia une lo práctico a lo bello

En contraste, tenemos la abadía de Vézelay, en Francia, actualmente conocida como Basílica de Santa María Magdalena. ¡Cómo es diferente! Noten cómo la puerta es muy práctica, pues es bastante grande, para facilitar la entrada y salida de las multitudes. También es alta, de manera que nada se choque contra ella. Por otro lado, la columna central divide un poco la multitud y evita, ya para comenzar, que camine en una sola dirección. ¡Hay en eso un lindo simbolismo! La forma de las puertas medievales simbolizaba a Nuestro Señor Jesucristo, que vino a dividir las vías del hombre en dos: la de la derecha, la del amor del Dios, y la de la izquierda, la de la perdición.

En el pórtico podemos contemplar un bello trabajo en piedra, que representa un hecho de Historia Sagrada, o de la Historia de la Iglesia, o de algún santo; ilustra y enseña la religión a los que van a entrar. La columna central de la puerta principal de la Basílica, que soporta todo ese peso con profunda nobleza, cuán diferente es de las columnas pesadotas existentes hoy en día. ¡Cuánta armonía y distinción!

A seguir, tenemos la espléndida Catedral de Reims, donde eran coronados los reyes de Francia antes de la Revolución Francesa. No voy a elogiar lo evidente, pero vean la magnífica armonía y belleza de esa espléndida nieta de Dios. El gótico es considerado el estilo más práctico que hubo en la Historia. No hay nada, en un edificio medieval, que no tenga una razón de ser práctica, inclusive se podría hacer un estudio comprobando eso. En él, sin embargo, todo es bonito.

En la fachada de la propia Catedral de Reims observamos rosetones. Parecería que el predio hubiese sido construido para dar belleza a esos grandes vitrales, pero no es verdad. Los rosetones existen para facilitar la entrada de luz dentro del templo. Sin embargo, no es la luz clara de todos los días, sino un poco filtrada, que convida a la contemplación y crea un ambiente místico de recogimiento.

Los medievales aprovecharon los vitrales para representar escenas de la Historia de la Iglesia, del Antiguo o del Nuevo Testamento, para enseñar a los pueblos, constituyendo, así, mil símbolos de la Doctrina Católica. Por lo tanto, el rosetón es funcional, pues a través de él entra luz al predio, ¡pero qué luz, qué enseñanzas, qué flores de belleza! Esas iglesias eran llamadas de “Biblias de los analfabetos”. Ahora bien, ¿qué forma más el alma humana: la cartilla o el vitral?

A propósito, es necesario decir lo siguiente: la Edad Media fue la época en la cual más se trabajó – en relación con todas las épocas anteriores – para la alfabetización del hombre. De tal manera que, cuando la Edad Media terminó, se dio el aparecimiento de la imprenta. ¿Cómo podría la imprenta tener una importancia tan grande si nadie supiese leer y escribir?

De estas consideraciones podemos sacar una enseñanza magnífica y fastuosa. El espíritu de la Iglesia es el mismo espíritu de Dios, que sabe unir lo práctico a lo bello; de donde, el objetivo de lo práctico es servir al cuerpo y no obstaculizar al alma; y el objetivo de lo bello es encantar el alma y elevarla hasta Dios. Así, viendo un objeto, utilizamos lo práctico casi sin pensar en él y admiramos lo bello como si solo este existiese.

Construcciones que satisfacen el cuerpo y elevan el alma

Hay una diversidad inimaginable de vitrales, algunos que representan reyes santos, y otros a Nuestra Señora con el Niño Jesús. Contemplen la variedad de formas y de colores, ¡qué esplendor de luces! Cada fragmento de un vitral es una verdadera piedra preciosa, y si cada parte es de tal manera bonita, el conjunto es tanto más bello, que el alma no tiene muchas ganas de pormenorizar. La Biblia cuenta que, después de haber creado el universo, Dios descansó y, contemplando su obra, vio cómo cada cosa era buena, pero el conjunto era excelente (cf. Gn 1, 31).

Así, en el conjunto de vitrales, ¡qué joya y esplendor! Función práctica: la iluminación. Función espiritual: presentar la belleza, pero en ella, a la Suma Verdad, la Revelación traída por el Espíritu Santo y Nuestro Señor Jesucristo a la Tierra.

Comparen los edificios de cuadraditos con ese techo gótico. Son dos mundos, dos concepciones. ¿Qué prepara más el alma para el Cielo?

La magnífica Catedral de Orvieto, por ejemplo, tiene algo de especial, pues es indeleblemente colorida por el lado de afuera. Ella ostenta espléndidos mosaicos refractarios a la acción de la luz y del tiempo. Además, su perfecto estado nos hace pensar que fue construida ayer. Sin embargo, es una catedral medieval que enfrenta los siglos, no con aquella vejez magnífica y venerable de las antiguas catedrales de granito, sino con la durabilidad que habla de lo eterno.

En el punto más alto de la fachada hay un mosaico que representa a Nuestro Señor Jesucristo coronando a Nuestra Señora. ¿Cuál es la pintura, con colores tan frescos, que representa un esplendor y una lozanía de alma tan magnífica? En esa catedral todo apunta hacia el cielo, hasta los triángulos y las flechas. Edificios como ese parecen elevarse al cielo y nos llevan hacia allá.

Almas insaciables de dar gloria a Dios

Analicemos ahora un castillo, casi de cuento de hadas: Neuschwanstein. Él fue edificado sobre un monte, a pedido del Rey Luis II de Baviera, en el siglo XIX. La nobleza de esos pequeños torreones; ¡cuánta distinción, belleza y altivez! Cómo eso es diferente de los mil alveolos que parecen transformar a sus habitantes en abejas humanas. Al contrario, este noble castillo hace de él un guerrero y, a su vez, la catedral hace del hombre un santo.

Observen la belleza del tejado. ¡Se diría que está revestido de piedras preciosas! ¡Cómo es convidador vivir en un lugar de esos! Abrir por la mañana la ventana y contemplar uno de los tejados laterales refulgiendo al sol. Mirar hacia abajo y depararse con una de las rampas con agua escurriendo después de una lluvia fuerte y goteando agradablemente de la gárgola. ¡Cuánta belleza, nobleza y armonía! Sin embargo, eso es práctico: ese declive tiene en vista impedir la acumulación de nieve.

Ya en la ciudad de Rouen, donde Santa Juana de Arco fue quemada por los ingleses, tenemos una imponente Catedral, que más parece un enorme élan1 hacia el cielo. La torre se va adelgazando a medida que se eleva, casi transformándose en firmamento; no se sabe bien si su pináculo es más aire que tierra, o más luz que piedra. Así, ¡ese bello monumento invita el alma a subir!

En el prefacio de la historia de Santa Isabel de Hungría, Charles de Montalembert narra que un mahometano, preso por los cruzados, recibió un permiso para viajar por Europa y, al conocer las catedrales, preguntó quién las construía. Le mostraron, entonces, al hermano lego de un convento:

– Él es uno de los hombres que construyen esos monumentos.

Sorprendido, indagó:

– ¿Cómo pueden hombres tan humildes construir edificios tan altivos?

Así es el alma católica: humilde en cuanto a sí misma, pero insaciable para dar gloria a Dios. En la Catedral de Rouen está la gloria de Dios cantada por una flecha que va más alto que todos los edificios de la Tierra. Esa es la Iglesia Católica por encima de la sociedad temporal. La Santa Iglesia está por encima de todo.

Ambientes que conducen a Dios

En otra foto, vemos lo que San Francisco de Asís llamaba de “la hermana agua”, cayendo y corriendo, luminosa y turbulentamente, en medio de piedras, por cierto haciendo aquel ruido que más parece un canto. Cerca al margen hay algunas viviendas plebeyas. Noten la sensación de solidez de los predios y cómo dan la impresión de proteger contra las intemperies. Dentro de esas casas, las personas se sienten en la intimidad, a leguas de la calle, apartados de los demás, con la posibilidad de estar a solas en lo acogedor de la familia o en una soledad completa a los ojos de Dios.

Es un ambiente agradable, a la manera europea, pues cuando llega el verano el jardín se llena de geranios rojos y, del lado de adentro, una persona calma lee un libro, o una señora hace crochet o tricot, mientras conversa con el nietecito sentado en el piso. Es la vida tranquila y llena de paz de otrora, más operosa que la de las multitudes que se apretujan en los buses. Ciudades pequeñas, donde las personas van a pie por toda parte, donde nadie tiene prisa, nadie corre, todo el mundo vive y respira en paz. En ciudades como esas se formaron los pueblos europeos, saludables, que engendraron la mayor civilización de todos los tiempos.

Cómo sería agradable, por ejemplo, al atardecer de un día fresco, permanecer en una pequeña terraza, rezando o leyendo, o incluso hacer una gran cosa cuando la persona tiene el alma llena de altos pensamientos y de verdadera fe: no hacer nada. Con todo, no significa perder el tiempo o hacer el papel de bobo, sino dejar que la memoria y los recuerdos hablen, ir pensando al sabor del tiempo y de las asociaciones de imágenes. Es sumergirse en la contemplación.

Fue conversando agradablemente desde una ventana, que San Agustín y Santa Mónica tuvieron el famoso éxtasis de Ostia. ¿Quién podría tener un éxtasis dentro de un rascacielos contemporáneo? Dios todo lo puede, inclusive llevar a alguien a entrar en estado místico en el interior de un edificio moderno, pero es preciso decir que tal lugar no propicia un éxtasis.

Maravilla del espíritu católico

La Torre de Belén, localizada en el margen del Río Tejo, que baña a Lisboa, es una fortificación compuesta de un material tal albo, que en la noche más parece hecha de luna. En su parte inferior se encuentran los orificios para los cañones. Bajo cierto punto de vista, la torre, tan leve con sus almenas y torreones, parece un juguetico; pero es tan majestuosa y fuerte que da la impresión de ser una verdadera fortaleza.

Los antiguos tenían horror a las fachadas lisas y a los planos sin arte. En la superficie principal está el balcón, donde podemos imaginar al rey viendo las naves partir; por ejemplo, de la flota de Pedro Álvares Cabral, con la imagen de Nuestra Señora, la cual hoy se venera en la iglesia de los Jerónimos y es llamada Nuestra Señora de Brasil.

Imaginemos allí una serie de pendones y de tapicerías riquísimas; el rey con la reina y su corte, despidiéndose de los navíos que partían para descubrir nuevas tierras y traer nuevos pueblos a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, llevando en los mástiles la Cruz de Cristo. ¡Es un escenario magnífico! Tan bonito, que parece haber sido construido solo para esa escena épica.

Allí encontramos la belleza conjugada con lo práctico. El mirador es estupendo y, sin duda, muy funcional. Fue una fortaleza tan buena que, para las condiciones de ese tiempo, metía miedo en cualquier atrevido deseoso de adentrarse en el Tejo. Noble y distinguida, la Torre de Belén es una verdadera maravilla del espíritu católico que formó esa civilización.

¡Cuánto respeto para con la criatura humana hay en una construcción como esa! ¡El hombre se siente enteramente atendido, protegido, defendido y conducido hasta Dios!

1) Del francés: impulso.


(Revista Dr. Plinio, No. 285, diciembre de 2021, pp. 28-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 10/2/1974).

Last Updated on Monday, 11 April 2022 18:03