Arte penetrado del sentido de lo maravilloso

Lo maravilloso plasmado en las pinturas de Claude Lorrain consiste en imaginar un mundo irreal cargado de significados que transportan al hombre a la contemplación de las bellezas eternas. A tal punto ese arte está penetrado por un ideal, que el individuo se siente como un habitante del Paraíso.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Antes de comentar algunas pinturas de Claude Lorrain, me gustaría decir algo a la manera de introducción a lo que vamos a analizar en las obras de ese pintor. Entre las bellezas existentes en la naturaleza, hay algunas proporcionadas con el orden natural en el cual estamos y otras tan magníficas que tienen algo de desproporcionado con ese orden. Son naturales, pero maravillosas al punto de hacernos pensar en otro universo o en un mundo diferente, pudiendo parecernos irreal, pero hacia el cual nuestras almas se inclinan irresistiblemente.

Bellezas naturales que preparan al hombre para las eternas

Yo daría como ejemplo algunas postales de Suiza con lagos magníficos. En ese país, en concreto, las puestas de sol, las auroras o los mediodías tienen una magnificencia casi irreal. Si no tuviésemos la oportunidad de palpar esas bellezas con nuestros sentidos, no las comprenderíamos bien y ni siquiera creeríamos en su existencia. Todo eso llena al hombre de tanto entusiasmo y lo convence íntimamente de tal forma, por la impresión causada por aquella magnificencia, que casi le impide llevar una vida normal.

Esa circunstancia nos impele naturalmente a levantar la siguiente pregunta: ¿por qué Dios hizo lugares así? Él creó todas las cosas para la instrucción del alma humana, de manera que, viendo las imágenes y semejanzas del Creador, el hombre procurase hacerse semejante a Él y así se preparase para el Cielo. No hay nada en la Creación que no haya sido ordenado hacia ese fin.

Ahora bien, ¿cuál habría sido la intención de Dios al crear esos lugares tan magníficos que superan la capacidad de sentir y de pensar del hombre en esta vida?

La respuesta es evidente: Él quiso despertar en nuestras almas el sentido de lo maravilloso que reposa en lo más profundo de nuestro ser, porque después de haber le pensado y meditado en todas las bellezas existentes en la Tierra, el alma humana queda con cierta intuición y deseo de algo superior que contiene una belleza y perfección mayores, una verdad más profunda y una excelencia más magnífica.

Esa percepción lleva al hombre a preguntarse si existe algo más allá de esta vida o, mucho más aún, si hay Alguien, con A mayúscula, que personifica todas esas maravillas puestas delante de nuestros ojos.

Las potencias del alma en busca de cosas maravillosas

Podemos ver algo de eso en lugares como, por ejemplo, la Bahía de Guanabara. Tuve una sensación un poco parecida en la Isla de Paquetá, donde el tranquilísimo Don Juan VI, insatisfecho con la magnífica calma del Rio de Janeiro de su tiempo, iba a pasar los fines de semana o una semana entera de reposo; no sé bien de qué reposaba, si era del susto que le había dado Napoleón, pero el buen Rey iba a comer sus pollos en aquella isla. Comprendí que él, de hecho, era un hombre sutil y refinado, que sentía una forma de sosiego sonriente, inteligente; no un sosiego idiota, vegetativo, sino una tranquilidad de alma.

Al crear esos lugares magníficos, la Providencia quiso despertar en nosotros, más que el sentido de lo maravilloso, todo cuanto en el ser humano se aviva con eso, para poner la inteligencia, la voluntad y la sensibilidad humana a la búsqueda de cosas maravillosas.

De ahí viene la búsqueda de lo maravilloso, por ejemplo, en la poesía. Tomemos a Camões1, que supo transmitir de un modo espléndido, en poema, la magnificencia de la epopeya lusitana. Si aquellos pensamientos fuesen puestos en prosa, perderían enormemente lo maravilloso.

En la pintura, lo maravilloso se expresa de mil modos. Uno de ellos corresponde a la siguiente inclinación del alma humana. Al pasar, aunque rápidamente, por rincones o paisajes que le llaman la atención, a una persona le gustaría mandar a parar el vehículo en el cual está viajando y contemplar lentamente esas bellezas; pero al no poder hacerlo, queda propensa a imaginar cómo sería estar en aquel lugar, hacer un picnic, rezar o hasta vivir allá. A veces viene al espíritu la idea de cómo debe ser la mentalidad de los habitantes de aquel rincón del panorama.

Esa propensión lleva a ciertos artistas a pintar paisajes que no existen, reuniendo en ellos maravillas. Por ejemplo, las obras de Claude Lorrain con ciudades imaginarias compuestas por la yuxtaposición de elementos reales y otros muy raros o del todo inexistentes.

Pintando lo maravilloso

Este pintor representa una ciudad marítima, sin calles definidas, en la cual entran dos o tres navíos oriundos de América o de Asia, cargados de oro, plata, piedras preciosas, joyas, porcelanas, tapetes y especies, atracando junto a un muelle bordeado de palacios, para descargar sus mercaderías, aunque sin el movimiento trepidante, intenso y prosaico de los puertos actuales, sino con el encanto del mar y de las embarcaciones que vienen de una travesía casi tan arriesgada, en aquel tiempo, como sería hoy un viaje hasta la Luna. Son bellezas que se yuxtaponen.

No obstante, el gran arte de Claude Lorrain está en pintar cuadros en los cuales imagina una neblina dorada iluminada por el sol, que causa la impresión de una atmósfera irreal en la cual el hombre lleva una vida agradable toda bañada por un ideal y donde el individuo se siente como un habitante del Paraíso.

Otra nota característica en las pinturas de Claude Lorrain es que no aparece ninguna tormenta, ni siquiera una brisa. Los personajes se mueven lentamente, con majestad, distinción o simplemente naturalidad, y los árboles están parados, como quien dice: “Yo alcancé el punto perfecto de mi bienestar, y aquí el viento no me incomoda ni me agita.” Se diría que el árbol siente la delicia del aire, el cual lo rodea con agrados. Él, insensible por naturaleza, parece tener sensibilidad en los cuadros de Lorrain.

En todo eso vemos al hombre siendo transportado hacia dentro de lo maravilloso.

Pasemos ahora al análisis de algunas obras de Claude Lorrain.

Lo maravilloso en los aspectos más comunes del paisaje

El cuadro presenta una profundidad muy grande, con una larga perspectiva en la cual apenas se vislumbran unas montañas en el fondo del horizonte. La vegetación y casi todos los pormenores sugieren una escena común. Por ejemplo, los árboles son iguales a aquellos que se encuentran en cualquier parque de una ciudad. También las piedras del suelo y hasta la ladera con la vegetación que baja son como las de cualquier montaña. Todo cuanto hay de más común.

En el tope se encuentra una residencia construida, no sin falta de sentido práctico, directamente encima de las rocas. Un espíritu moderno colocaría objeciones a esa localización. Primera objeción: ¿Por dónde se llega hasta allá? ¿Es necesario subir por una cuerda? ¿Habrá algún paso que no se ve? En caso de existir, debe haber sido necesario cortar los árboles, haciendo una escalera en la piedra para abrir ese camino. En fin, ¡parece que la vida queda más dura viviendo allá! Pues bien, si la casa estuviese en el suelo no tendría nada de extraordinario.

¿En cuál aspecto el autor supo dar la impresión de maravilloso en ese cuadro, pintando escenas tan comunes como aquellas que se encuentran en la naturaleza?

Lo maravilloso está en el cielo. No significa que el firmamento nunca tome tal coloración, pero es ese colorido magnífico inusual, que le confiere una belleza especial. Es un azul que yo llamaría de añil, un poco blancuzco. Noten que el cielo está completamente limpio, pues las nubes están allí presentes, aunque frágiles, casi como necesitando de la acción del sol para condensarlas. Ese cielo tiene una claridad especial, un tanto más bella que la de los días más bellos.

Lorrain supo pintar la luz incidiendo sobre todos los elementos del paisaje, confiriendo al panorama una participación en las bellezas y delicias posibles que el observador imagina en el propio firmamento. De tal manera que quien vive en ese ambiente se siente más bañado por algo bajado del cielo, que domina la tierra con su forma peculiar de luz. A este título, lo maravilloso se hace sentir espléndidamente en ese paisaje.

Discerniendo nuevas bellezas del mundo irreal imaginado por Lorrain

La presencia de esa luminosidad se percibe no tanto en este o en aquel lugar, sino sutilmente por toda parte. Se tiene la impresión de que el valle entero está penetrado de la misma luz que ilumina la fachada de la mansión y los árboles, confiriéndole una participación imponderable y magnífica con todo el espacio celeste.

Aunque el predio presente una fachada simple y común, la luz le confiere tal nobleza, que podríamos decir que se trata de la mansión de una princesa donde sucedió un hecho histórico famoso.

Por otro lado, hay zonas no iluminadas por el sol, donde lo obscuro realza la claridad, cuya belleza se percibe mejor de esa forma. El mismo fenómeno se da con los árboles, y tal vez hasta con más talento. En los puntos en que la vegetación es menos densa, la luz incide en la orla de los árboles y las puntas de las hojas se vuelven casi transparentes. En la parte donde la vegetación es más compacta, lo oscuro realza la belleza de la luz que baña el otro lado de las hojas.

Esa impresión producida por la luz sobre las hojas y la fachada se nota también en las piedras talladas de forma irregular de la ladera y del suelo, casi por toda parte.

Un detalle interesante: el artista pinta la vegetación exenta de la acción del viento o de cualquier otro elemento extraño que la sacuda o le imponga una posición que no esté enteramente de acuerdo con su naturaleza. Así da la impresión de que se está en un lugar donde la alegría consiste en el reposo completo.

Noten cómo los árboles parecen no hacer fuerza para sustentar las propias ramas. Estos son leves, las hojas son tan suaves que nos convidan a jugar pasando las manos en medio de ellas, seguros de encontrar apenas materias suaves y agradables a los sentidos.

Se podría preguntar cuál es la razón de ser de ese arco. A mi modo de ver, tiene un significado especial. Imaginen que no existiese esa mansión, sino solo el arco. ¿No daría ganas de contemplar de arriba de él tan lindo panorama? El hecho de tratarse de un arco, dejando entrever por todos lados cómo el paisaje es bello, convida a subirlo y a permanecer sobre él.

De donde la mansión, que podría llamarse belvedere, es el lugar ideal donde una persona pasaría las tardes bañándose de sol y contemplando el paisaje dentro de un cuarto decorado con los lujos opulentos del tiempo de Claude Lorrain: espejos magníficos de Venecia, tapetes de Oriente, cortinas de Lyon… Es un belvedere de un mundo medio irreal. Así, esa pintura nos convida a lo maravilloso.

Paisaje que vive de la contemplación de su pasado glorioso

Vemos en otro escenario lo que falta en el anterior: un río. Todo panorama con agua tiene mucho más abertura hacia lo maravilloso que aquel donde ella no está presente.

Como en el anterior, también en ese cuadro se nota el mismo juego entre la luz y las tinieblas. El Arco de Triunfo aparece en la sombra, y su antigüedad es dada a entender no solo por el estilo romano o helenístico, sino por la vegetación que creció en lo alto del monumento, algo muy común en construcciones viejas y abandonadas. Se nota que las intemperies y los siglos lo corroyeron y continuarán haciéndolo, aunque tan lentamente, que se tiene la siguiente impresión: mientras el mundo exista, ese arco va a estar de pie, pues él desafía el tiempo.

Tal monumento evoca convulsiones, tragedias y guerras, después de las cuales desfilaron por allí legiones gloriosas, presididas por personajes míticos, señalando victorias magníficas y aclamadas por multitudes que desaparecieron. En efecto, la vorágine del tiempo sepultó todo eso, y no pasa de una recordación de un pasado que, sin embargo, ese arco recuerda de un modo muy elegante.

Lo maravilloso de ese cuadro no está apenas en el cielo, sino en esa evocación de un largo pasado que duerme definitivamente el sueño de sus glorias y de los días que ya no volverán, dándonos a entender que es tan irracional que todo eso se haya acabado, tan absurdo que nada de eso haya dejado algún trazo o vestigio en el orden del ser, que debe existir en algún lugar y de algún modo algo que, para toda la eternidad, simbolice esa vida que por allí desfiló y en esa obra de arte se afirmó.

Se diría que el paisaje vive de la contemplación de ese pasado, en cuyas líneas generales se puede conjeturar, porque esa civilización es reconocida, pero no en los datos concretos de su pasado. La recordación histórica así imprecisa deja camino a la imaginación y es plasmada en el arte de Claude Lorrain dentro de ese ambiente de lo maravilloso.

1) Luis Vaz de Camões (*1524 - †1580). Escritor portugués, autor de la epopeya nacional Los Lusíadas.

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(Revista Dr. Plinio, No. 280, julio de 2021, pp. 30-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 11/1/1977).

Last Updated on Thursday, 05 August 2021 19:49