Entusiasmo y alegría por el alma guerrera - II

En la Edad media se entendió que en la sociedad temporal la carrera más alta era la militar. Justamente por causa del principio enunciado por Nuestro Señor: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” Por esa razón, las guerras más bellas de las Historia fueron aquellas que tomaron todo su sentido en el ideal religioso.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

La nación alemana es tan militarista, que el estilo militar invadió la vida civil. Los estudiantes tenían varias asociaciones, muchas de ellas fundadas hacía siglos. Cada uno tenía un uniforme propio y usaba una espada para esgrima, que era el deporte preferido por ellos.

Lo más bello que tiene el alma militar

Vemos en una de las fotografías una ceremonia en la corte. El Emperador vestido con uniforme, de pie bajo el estrado junto a dos tronos con un dosel. De tal manera el carácter militar impregnó la vida alemana, que hasta las señoras ancianas son firmes y rígidas como un dragón de caballería. La Emperatriz, persona a propósito muy afable y simpática, tiene un poco la postura de una “generala”. Pero todo sucedía de un modo medio militar en la corte alemana, siempre impregnada de la idea de que el valor supremo de la existencia humana es la lucha, por lo tanto la guerra, la inmolación de la vida o la destrucción de vidas.

En la música militar alemana las notas salen como si fuesen batallones, arrasando en el aire a un enemigo imaginario. Silencios perezosos se rasgan delante de ellos y van golpeando, empujando, combatiendo, de manera que se tiene la impresión de que acaban tomando la ciudadela. Es la descripción magnífica de un combate o la sonorización de una parada. Cuando determinados instrumentos dan una nota, se tiene la sensación de estar viendo el paso del soldado alemán, de moverse cascos, yelmos, estandartes… Es toda la epopeya de la Alemania Imperial que pasa delante de nosotros.

Por detrás del aparato militar muy bonito y de la sonorización que combina tanto con ese aparato, percibimos algo más bello: es el alma militar. Lo más bello que esta tiene, a su vez, es la decisión corriente de la profundidad del alma humana de entregar la vida por un ideal determinado. No es entregar la vida dejándose matar, sino destruyendo algo que no tiene derecho de existir, organizando contra el agresor ilegítimo una fuerza metódica, implacable y dispuesta a todo.

La vida humana no es el valor supremo

Lo bonito, entonces, no es solo esta resolución, sino, por encima de ella, el idealismo. Si algo hiere el Derecho, la Ley, la Moral, no tiene la facultad de ser; y en nombre de la Ley, del Derecho y de la Moral es necesario tomar la iniciativa de luchar contra eso.

Se trata de una resolución tomada a la luz de un principio superior, determinando en el hombre una verdadera sublevación en el sentido etimológico de la palabra, un brote de toda la personalidad, una movilización completa. No una movilización sin distancia psíquica, neurótica, de un gagá que toma un remedio cualquiera para quedar medio alucinado y va como una bestia a meterse por encima de las bayonetas de los otros, sino de un hombre enteramente lúcido, señor de sí, que apela a su propia personalidad y la coloca en la lucha. Y lo hace en una especie de acto de holocausto, que es el siguiente: Si yo debo morir, mi vida tuvo pleno sentido porque me realicé por entero.

El hombre se realiza por entero cuando se da a algo que vale completamente. Entonces él llegó a su propia plenitud. Sobre todo, cuando se da totalmente con el riesgo de, después de la guerra, quedar estropeado, ciego, arrastrarse como un inválido, a veces como un pobre mendigo, o morir en la flor de la edad, hacerse prisionero, ser maltratado. Sea cual fuere el riesgo, él resolvió y lo hará. Lo ejecuta y sufre, pero en ese sufrimiento el hombre se une con su ideal y, por así decir, se realiza con su ideal.

Esto, en el fondo, tiene el siguiente sentido: la vida humana no es el valor supremo. La comodidad, la prosperidad, el conforto, el propio placer noble y elevado de tener cultura, instrucción, familiaridad con las altas reflexiones del espíritu, nada de esto constituye en fin de la vida. Su finalidad consiste en algo más alto que la vida: el Derecho considerado en sí, la Moral considerada en sí, el Bien considerado en sí, en holocausto del cual el hombre se inmola.

La más perfecta de las guerras en todos los tiempos fue la de las Cruzadas

Pero, por su vez, ¿qué es el Derecho, el Bien, la Moral considerados en sí? La Doctrina Católica enseña: solo existe un Dios supremo, perfecto, santísimo, Creador de todas las cosas, a cuya Ley todos deben obedecer, Él es el Bien, el Derecho. Dios premia al héroe y castiga al agresor injusto o al cobarde que no supo resistir a este último. Es decir, o esos principios se personifican en un Ser espiritual vivo, perfecto e infinito, o no tienen sentido.

Porque el Derecho en sí… es lo que los latinos llaman flatus vocis, una palabra vacua, un sonido emitido por la voz. Moral en sí… ¿qué sentido tiene el vocablo “moral” si no hay un Dios que me premia y me castiga, a Quien debo amar porque Él es Él? Y aunque no me premiase y no me castigase, yo lo debería amar porque Él es perfectísimo y digno de todo amor.

Esto da el último sentido de la inmolación, del sentido militar. Por esa razón, la forma de guerra más bella y noble que se pueda imaginar es la guerra religiosa.

La guerra de las guerras de todos los tiempos y la más perfecta fue la de las Cruzadas para libertar el Santo Sepulcro y las poblaciones de los católicos del Oriente Próximo, que estaban oprimidas por los mahometanos. La Cruzada contra los cátaros y albigenses, las guerras de Religión de la Liga Católica de Francia, las de los chouans, de los carlistas, de los cristeros, son las guerras más bellas de la Historia, porque toman todo su sentido en el ideal religioso.

Y ahora viene la consideración más alta que podemos hacer: el alma de esos guerreros que mueren pensando en Dios. De un Roland, par de Carlomagno, que expira en Roncesvalles entregando su alma al Creador. Esa alma que lo ama tanto es, ella misma, un reflejo de Él, parecida con Él, creada a su imagen. Dios se refleja en ella y ese heroísmo que hay en ella es el reflejo de una virtud divina. Un reflejo mucho más próximo que el león, el cual es un animal irracional. El héroe es un ente racional y, en su alma espiritual, el heroísmo ya es un reflejo mucho más próximo a Dios. Porque el alma se parece mucho más al espíritu que a la materia.

La primera guerra santa de la Historia

¡Cuántas actitudes de Dios nos lo muestran como un guerrero! Él ordenando a San Miguel Arcángel que elimine a los demonios que se rebelaron en el Cielo y los precipite en el Infierno. ¡Qué acto supremamente majestuoso! Dios, en el fondo de todos los siglos, levantándose en su indignación y dando la orden a San Miguel Arcángel para expulsar a los demonios. Se puede imaginar esta manifestación de cólera divina, del desagrado de Dios, de la repulsa, del rechazo, del asco y, además, el castigo eterno, completo: “Mi odio implacable contra ellos. Yo los cancelaré del lugar glorioso, de la permanencia perpetua y feliz en mi presencia, y los lanzaré por siempre jamás en un dolor sin remedio ni disminución, ni consolación en el lugar del fuego, de las inmundicias, del asco, de la blasfemia, de la tortura, detestados por Mí por toda la eternidad.”

¡Imaginen la majestad de esa sentencia! La belleza del triunfo de San Miguel Arcángel y de todos los ángeles fieles que, en el Cielo, resistieron a la prueba y, por así decir, desfilaron delante de Dios, recibiendo – ellos, los buenos guerreros que empujaron a los demonios al Infierno – el premio por la guerra santa, la primera de la Historia que habían trabado. ¡Qué resplandores en el Paraíso! ¡Qué “paradas”, que “marchas”! Si, como sabemos, los ángeles entonan un canto espiritual, ¿qué habrán sido sus cánticos durante la guerra contra los demonios, y qué podría ser el cántico de triunfo de los ángeles fieles en el Cielo, mostrando a Dios los demonios derrotados? ¡Nadie puede tener una idea de la belleza de eso!

Pero, con el favor de Nuestra Señora, vamos a tener una idea. Cuando sobre el mundo desolado, devastado, arruinado, casi todos o todos los hombres muertos, la tuba del juicio final toque y los cuerpos comiencen a resucitar, y el Verbo de Dios Encarnado baje a la Tierra en pompa y majestad, veremos también al Creador dando el fin de la gran batalla de la Creación. Él va a llamar a sí a todos los elegidos que se unirán a Él en un desfile procesional garboso y marcial. Y va a mandar al Infierno, al lugar de los derrotados, a los malos que fueron aplastados en la lucha.

El alma guerrera, santísima y perfectísima de Nuestro Señor Jesucristo

Entonces, tendremos el último cántico de triunfo de la Creación que va a celebrar la alegría y la majestad de la victoria de Dios. Nuestra Señora va a brillar con toda su refulgencia, Ella a quien la Escritura compara textualmente con un ejército en orden de batalla, y que sola aplastó todas las herejías en el mundo entero. Vamos a ver a Nuestro Señor Jesucristo erguirse con aquella majestad que Él tiene en el Santo sudario, con el furor de su indignación contra los malos y en con el esplendor de su amor a los buenos, y veremos la separación hecha. El ejército de los buenos va a quedar por siempre en el Cielo y el de los malos por siempre en el Infierno. Será el fin de la batalla y la victoria permanente de los buenos.

En ese momento tendremos refulgencias de Dios y veremos aquello que podríamos llamar el Alma guerrera, santísima y perfectísima de Nuestro Señor Jesucristo, llamado por la Escritura el León de Judá, y de Nuestra Señora, la Reina de todos los ejércitos.

San Pablo dice que él solo sabía predicar a Jesucristo. Y después añadió: a Jesucristo crucificado (1 Cor 2, 2), entendiendo que todas las cosas perfectísimas, santísimas en insondablemente sabias que Nuestro Señor hizo en su vida, siendo todas ellas objeto de encanto constante de los hombres, sin embargo, como que se compendiaban en el acto en que Él dio su vida en la Cruz. Es decir, en el momento en que el hombre se inmola por algo, él da todo cuanto podría dar. El holocausto, el sacrificio cruento contiene todo el resto. Es el ápice.

Por esta causa, en la Edad Media se entendió que en la sociedad temporal, la carrera más alta era la militar; y la clase social que seguía esa carrera era la más alta, o sea, la nobleza. Justamente por causa de aquel principio enunciado por Nuestro Señor: Nadie puede amar más a su amigo que dando su vida por él (cf. Jn 15, 13). Entonces es aquel acto de identificación suprema con los ideales más nobles, por los cuales alguien se ofrece en un holocausto cruento. He aquí por qué la Iglesia ha canonizado hombres de todos los estados de vida, desde príncipes hasta recolectores de basura, desde Papas hasta humildes sacristanes, de todas las edades, etc., pero cuando ella habla de los mártires tiene un temblor en la voz y un encanto especial en los ojos. Nada más bello que ofrecer su vida. San Pablo ya dijo: Cristo crucificado excede a todo (1 Cor 1, 23-25).

Lo bonito es que Nuestro Señor acepta, más que nuestros actos, nuestros deseos. Si tuviésemos el deseo intensísimo y cotidiano de vivir y morir en una guerra santa, aunque no fuésemos capaces de luchar durante ella, cuando muriésemos tendríamos la gloria del guerrero. Pero, para eso sería necesario que tengamos un espíritu tal que, en cualquier momento en que la guerra santa estallase, nosotros entrásemos en ella como Nuestro Señor Jesucristo tomó su cruz: con entusiasmo, con alegría, besándola con satisfacción.

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(Revista Dr. Plinio, No. 278, mayo de 2021, pp. 31-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 12/1/1973).

Last Updated on Monday, 10 May 2021 19:36