Soldados del Señor Dios de los Ejércitos

La fortaleza se expresa en la vida humana de un modo más sensible en la carrera militar. De los diferentes ejércitos contemporáneos, ninguno llevó las cualidades militares más lejos que el ejército alemán del tiempo del Káiser. Sus miembros estaban impregnados de la idea de holocausto en defensa de un principio, haciendo con que no midiesen riesgos ni cansancios.

 

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Según la Doctrina Católica, todo lo que hay de noble y de bello en el mundo es un reflejo de Dios. Por lo tanto, el Creador posee todas las perfecciones en un grado supremo, de un modo inimaginable, pero inteligible.

Más aún, no se puede decir que Dios tenga determinada perfección, pues Él es sustancialmente aquella perfección. Por ejemplo, Él no posee apenas el grado más alto de bondad, ¡sino que es la Bondad! Todos los grados y formas de bondad existentes en los ángeles y en los hombres no constituyen sino participaciones creadas de la Bondad infinita e increada que es Dios.

Así, alguien que dijese: “El Señor expulsó a los demonios del Cielo y, por lo tanto, es muy fuerte”, diría una verdad, pero no diría en la verdad entera en su expresión más enérgica. Esta consistiría en afirmar: “Dios expulsó a los demonios del Cielo porque Él es la propia Fortaleza.” Y todas las fortalezas que hay en la Tierra son participaciones creadas de la divina Fortaleza.

Tuve la oportunidad de comentar esta virtud simbolizada en un ente irracional, como es el león1. Sin embargo, me pidieron que trate respecto de esa perfección divina reflejada en los hombres. Para eso me parece más adecuado analizas fotografías, aunque haya el inconveniente de que estas presentan elementos infectados de Revolución.

Cualidades militares dignas de atención y análisis

A mi modo de ver, la fortaleza se expresa en la vida humana de un modo más sensible en la carrera militar. Y me parece que, de los diferentes ejércitos contemporáneos – al menos de la época de la fotografía –, ninguno llevó las cualidades militares más lejos que el ejército alemán del tiempo del Káiser. No por tener el monopolio a ese respecto, sino por haber alcanzado un grado que, en su género propio, no fue superado y, en cuanto tal, resulta muy digno de atención y de análisis de nuestra parte.

Es bien evidente que ese ejército presenta defectos que lo hacen objetable bajo varios puntos de vista. El primero de ellos consiste en su carácter protestante prusiano. La Alemania de la época del Káiser ya no estaba dominada por la Casa de Austria, como había sido antes – o sea, por una dinastía católica, paterna, altamente culta, distinguida y noble –, sino por una dinastía estrictamente militar, un tanto “sargentona”, protestante, con todo lo rígido, inflexible, yerto y agresivo que existe en el Protestantismo.

Estas notas perjudican en algo – a propósito, no poco – los aspectos del ejército alemán que pretendo comentar. Pero, para no estar siempre repitiendo, dejo eso dicho en la introducción, a fin de presentar después los lados positivos que nos interesan, en los cuales justamente se puede ver una semejanza con Dios.

El mundo sin militares sería irrespirable

Las fotografías que voy a comentar datan de poco antes de la Primera Guerra Mundial y, por lo tanto, del período en que la Alemania káiseriana había llegado a su apogeo.

Cuando estuve en Alemania era tan niño – tenía cuatro años – que no me acuerdo de nada a ese respecto. El único recuerdo militar que conservo del viaje a Europa en mi infancia no procede de Alemania, sino de París. Estábamos hospedados en un hotel cuyas ventanas daban hacia el Arco del Triunfo y, mientras jugaba en piso del cuarto, de repente oí sonidos de clarines. No sé qué determinó en mí aquella clarinada, pero tuve una verdadera frisson2 y fui corriendo hacia la ventana. Vi entonces un destacamento de dragones de caballería que pasaba, con la coraza, yelmo de metal con aquella crin atrás y montados en caballos grandes, que avanzaban casi en paso de parada.

¡Quedé maravillado! Nacía en mí el militarista. No soy militar, pero soy militarista hasta el último punto, admiro mucho la carrera militar. A mi modo de ver, el mundo sin militares sería irrespirable, pues, para la armonía del espíritu humano, es necesario que haya magníficos ejércitos en la Tierra. Ellos construyen más en tiempos de paz por su ejemplo de lo que destruyen en tiempo de guerra.

Pasemos a los comentarios, en los cuales procuraré seguir el siguiente método: la descripción del cuadro, el análisis de las virtudes en él presentadas y una referencia metafísica a Dios Nuestro Señor, Autor de esas virtudes.

Personificación del brío y el garbo de su ejército

Una de las fotografías nos muestra al Emperador de Alemania, Guillermo II, comandante supremo de las fuerzas armadas pasando el bastón de comando a un general durante una parada.

En primer lugar, hago notar el uniforme. El Káiser está vestido como un general de caballería. En la cabeza porta un yelmo de acero, encimado por un penacho blanco. Al soplar el viento, esas plumas fluctúan al viento más o menos como si fuesen las alas de un pájaro. Cuando no hay viento, ellas bajan y forman una especie de triángulo muy bonito sobre el yelmo.

Las dragonas eran piezas de rigor en los ejércitos de aquel tiempo, destinadas a acentuar la impresión de varonilidad del cuerpo militar, aumentándole los hombros.

Guillermo II tiene el pecho constelado por numerosas condecoraciones. De su lado pende una espada, y también se ven las botas de caballería. Él monta un caballo de primerísima categoría, en cuyo dorso hay una montura espléndida, bellamente bordada.

El general está con un uniforme más o menos como el del Káiser, pero se percibe en él una condecoración especial: una faja que le toma todo el cuerpo, la cual hacía parte del uniforme de los generales de mayor graduación del ejército alemán de aquel tiempo.

En la actitud del Káiser notamos, ante todo, el perfecto dominio del caballo – un animal fogoso –, que él monta con completo desembarazo. Guillermo II está sentado en el caballo como sobre una silla; todo su cuerpo presenta una postura de firmeza y seguridad. Se ve en él el estilo marcial de un hombre consciente de que domina el ejército tal vez más poderoso del mundo y de que personifica, por lo tanto, el brío y el garbo de ese ejército.

El Káiser se encuentra en la flor de la edad para un oficial superior, es decir, él debe tener más o menos unos cuarenta a cuarenta y cinco años. El general ya es un poco más viejo y pesadón, representando menos bien el garbo militar bajo este punto de vista. Sin embargo, el ejército alemán tiene en él a la figura de un guerrero supremo: calmo, seguro, varonil, digno y dispuesto a llevar las cosas adelante.

Deseo de quebrar los residuos de la pereza

Otra fotografía nos permite ver a los soldados de infantería haciendo maniobras y marchando con el famoso paso de ganso del ejército prusiano, que se comunicó a todo el ejército alemán y también a algunos ejércitos suramericanos. Consiste en marchar levantando la pierna a la altura de la cintura para expresar resolución, ausencia de pereza. El hombre perezoso arrastra los pies, casi no los levanta; el soldado de infantería resuelto, dispuesto a luchar de todas las formas, que transpone a pie distancias enormes, levanta la pierna casi hasta lo inconcebible, manifestando sus deseos de violentar y quebrar completamente los residuos de pereza que siempre existen en una criatura humana.

Por otro lado, se ven los batallones rigurosamente alineados, y las filas que se van sucediendo con la decisión de luchar y de matar. Las bayonetas emergen de lo alto de los fusiles, portados por soldados revestidos de uniformes oscuros y pantalones blancos. Quien ve un regimiento tiene la impresión de una máquina de disciplina, de energía, de impacto férreo, dispuesta a todo para vencer y delante de la cual nada puede resistir. Es justamente el estilo del militarismo alemán, bien diferente del militarismo español, más habituado a la guerra de emboscada, por medio de la cual los soldados de España expulsaron de su territorio al mayor ejército de su tiempo, el de Napoleón, organizado según los modelos que más tarde el ejército del Káiser habría de seguir.

Podemos imaginar el efecto que causaban millares de hombres desfilando horas seguidas delante del público electrizado. La población se sentía representada en aquellos hombres que personificaban el espíritu militar alemán; y el deseo de grandeza, de proeza, de osadía, el gusto de organización y disciplina que distingue a los alemanes, estaban allí muy bien expresados. Lo que encanta a toda esa gente es la idea de eventualmente hasta morir, en una manifestación suprema de fuerza y coraje.

Una de las situaciones más altas que la vida humana puede ofrecer

La próxima fotografía muestra aquel que, a mi modo de ver, es uno de los más bonitos regimientos del ejército alemán. Los soldados tienen sobre el yelmo de metal un águila, emblema del Imperio Germánico. Ella representa la fuerza en el mundo de los pájaros y, por lo tanto, simboliza el dominio. Se trata de soldados de caballería que visten un uniforme blanco con grandes botas, que van hasta arriba de la rodilla, y portan una espada.

En otro batallón, constituido de oficiales y que debe ser la guarda personal del Emperador, se nota una pieza de vestuario, una especie de dolmán, en la cual figura un sol que, a su vez, representa el dominio entre los astros. Es el astro rey, como el águila es el pájaro rey.

El alineamiento de las filas es impecable, correctísimo, indicando cuidado, disciplina. Ningún soldado aparece en una actitud perezosa, con aires de quien tiene prisa de cesar ese ejercicio. Todos están contentos, felices de representar el papel del guerrero. ¿Por qué? Por la belleza de la lucha y de la fuerza en si, por el pulchrum del holocausto del hombre que agota toda su vida en el momento en que realiza esto y puede decir: “Yo morí en el ápice de mi fortaleza.”

Vemos en otra fotografía una revista a las tropas. Los destacamentos están parados y el Káiser, seguido de su Estado Mayor, va recorriendo los regimientos. Una vez más se hace notar el alineamiento impecable.

La actitud de los soldados es de quien se deja inspeccionar con entusiasmo. La del Káiser y de su séquito, a su vez, es de quien comprende la nobleza que hay en comandar. Ellos también están alegres, porque comandar la guerra significa comandar la epopeya y la proeza, realizar las cualidades de hombre en una de las situaciones más altas que la vida humana puede ofrecer.

La idea de holocausto en defensa de un principio

En otra fotografía podemos ver una carga de caballería. Se trata de un ejercicio que prepara para la guerra. Los oficiales y los soldados cabalgan a todo galope, de sable en mano y gritando, para atacar, en este caso concreto a un adversario imaginario. Pero es una linda imagen de la guerra.

En las vísperas de la Primera Guerra Mundial, no se había hecho todavía la experiencia de que, con armas de fuego evolucionadas, el uniforme brillante hacía al soldado un blanco de largo alcance. De manera que en esa época los soldados aún usaban lindos uniformes, los cuales les daban consciencia de la importancia de su métier.

¿Cuál es la fuente del entusiasmo con que ellos avanzan? Todos comprenden cómo es bello montar a caballo, dominar un corcel fogoso y, sobre todo, ¡cómo es bello estimularlo a atacar, tener una fuerza que se lanza de encuentro al adversario para derribarlo, cómo es bello matar y morir en defensa de una buena causa! Esta idea de holocausto, de destrucción del adversario y de sí mismo en defensa de un principio, hacía con que esos hombres no midiesen riesgos ni cansancios. Para vivir esos momentos de apogeo, ellos sacrificaban todo.

Un mundo metafísico, de valores absolutos, que nos aproxima al Cielo

En una de las fotografías se ve la figura primorosa de un viejo general conversando con el Káiser. Un hombre cuya barba es toda blanca, y se nota el cabello blanco que aparece por debajo del casco. A pesar de la edad avanzada, sin embargo, él está firme, recto.

Llamo la atención para el yelmo. Él es brillante, reluciente, posee un adorno dorado que va hasta el mentón, y no tiene penacho ni águila, sino una punta que da la idea de que, a falta de otra cosa, el soldado alemán avanzará haciendo el papel del toro contra el torero, y luchará hasta la última resistencia.

El general está en una actitud que no inspira el respeto que se tiene por un anciano, sino el respeto debido a un militar. Se ve que, si aparece un adversario, ese anciano coge la espada y sale a combatir. Es un hombre válido para cualquier cosa. La firmeza y la altivez militares se encuentran espléndidamente representadas en esa fotografía.

Podemos observar una vez más el paso de ganso en el desfile de los estandartes del Imperio, en el cual cada soldado conduce una insignia diferente correspondiente a uno de los varios regimientos. Además de la variedad y belleza de los estandartes de gala – todos bordados, riquísimos –, contemplamos también la diferencia de los yelmos: uno en forma de cono truncado, otro con punta, otro más con penacho.

Noten con qué garbo y entusiasmo marchan ellos. Cada uno da la sensación de estar cargando en las manos la honra del propio regimiento, y conduce la bandera como quien porta un principio, un ideal, y lo lleva a la lucha.

Ellos no miran el público. Representan un papel para un mundo imaginario, metafísico, de valores absolutos, que está más allá del nuestro. Es el mundo hecho de ideas, de principios, que ya nos aproxima al Cielo y a Dios.

La Escritura atribuye al Altísimo el título de “Señor Dios de los ejércitos”, es decir, el Dios de toda la fuerza, el cual sobrevuela por encima de los ejércitos que defienden el bien y hace vencer a aquellos que Él quiere proteger. Da la impresión de que esos hombres están imbuidos de la grandeza de ser soldados del Señor Dios de los ejércitos.

(Continúa en un próximo artículo).

1) Ver Revista Dr. Plinio, No. 251 y 252, p. 3-35.

2) En francés: emoción.

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(Revista Dr. Plinio, No. 277, abril de 2021, pp. 31-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 12/1/1973).

Last Updated on Monday, 26 April 2021 17:51