La Catedral de Colonia: obra del hombre y de Dios

La Catedral de Colonia refleja uno de los aspectos más elevados del alma católica alemana. En ella contemplamos algo que parece irreal, en parte obra del hombre y en parte obra de Dios. Se trata del sentido de lo maravilloso en busca de lo metafísico, que invita a altos pensamientos sin dejarse llevar por la fantasía, pues incluso cuando sube a las más elevadas divagaciones, mantiene bases sólidas fundadas en la realidad.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

A nosotros, que vivimos en América del Sur y no estamos habituados a considerar las bellezas de la cultura católica de Europa, nos falta cierto sentido de lo maravilloso.

Ese sentido tiene mucha vinculación con el amor a Dios, porque por medio de él podemos elevar nuestras almas al Altísimo, finalidad para la cual fueron creadas las cosas maravillosas.

Por ejemplo, una persona que ve el sol tiene una ocasión de alabar a Dios de una manera especial, y por eso San Francisco de Asís cantó al Hermano sol. ¿Por qué? Porque al ser maravilloso, el astro rey eleva las almas hacia el Creador más que la consideración de un grano de polvo, que a su modo también puede conducirlas hasta Él. Lo maravilloso es la obra prima por la cual Dios se manifiesta a los hombres.

Ahora bien, lo maravilloso no se expresa apenas en los seres creados directamente por Dios. La maravilla más grande salida de sus manos fue el hombre, y las maravillas hechas por este indican la grandeza de la obra prima divina y, por lo tanto, la grandeza de su Artífice; de por sí, ellas son indirectamente criaturas de Dios.

Con cierta frecuencia he dicho que Dante llama a las obras de arte humanas de nietas de Dios, porque son hijas del hombre, que es hijo de Dios. Y nosotros, en la consideración de las nietas de Dios, podemos encantarnos con ese eterno, imperecedero y perpetuo abuelo que jamás envejece: Dios Nuestro Señor.

Una comparación para entender las obras de arte alemanas

Hemos analizado muchas cosas de Francia, pero toda Europa es una maravilla, con colores, refracciones y aspectos variados. Y Alemania constituye, de por sí, un mundo de maravillas.

Hoy escogí la famosa catedral gótica de Colonia, para hacer un comentario de conjunto del espíritu alemán y del modo por el cual él condiciona una obra de arte.

Se discute mucho cuál de las dos catedrales es más bella, si la de Colonia o la de Notre-Dame de París. Algunas personas acostumbran a colocar en la lista también a Westminster, Amiens, Reims.

No voy a discutir ese caso aquí, pero la comparación con Notre-Dame es muy importante porque, cuando la vemos, tenemos un sentimiento de admiración, casi un éxtasis delante de su equilibrio y de su armonía. La fachada, con todas sus divisiones y subdivisiones, representa la armonía perfecta, en la cual se expresa el genio francés, que es un genio estático, hecho, como todo lo que prima por el equilibrio, de la yuxtaposición de valores opuestos, pero reducidos a una armonía admirable.

El espíritu alemán no es propiamente así.

El espíritu católico alemán y su deformación

Para nosotros, el espíritu alemán pasa por ser el equilibrado por excelencia. Al pensar en el equilibrio de los alemanes, imaginamos el pie de plomo de sus soldados marchando, aplastando cabezas con un zapatón, con tacón de clavos. Es el paso de Atila. No hay hierba que resista al paso del soldado alemán.

No obstante, ese es el alemán protestante, “cuadriculado”, de la decadencia, no es el alemán católico. El alemán católico es muy diferente: pensativo, idealista, continuamente a la procura de una realidad invisible y metafísica – y por esa razón difícil de alcanzar –, hasta con cierto desprecio por las cosas que son muy pragmáticas y muy equilibradas, porque no se prestan a la expresión de valores de carácter metafísico, y con una tendencia, por esa causa, hacia la evasión de la realidad en busca de una realidad superior.

Ese grito de alma del alemán se encuentra deteriorado – pero se encuentra – no en zapato del soldado prusiano, sino en Wagner1. Es el metafísico que se embriagó, pero continúa haciendo metafísica en medio de su embriaguez y además tiene lances de talento envenenados.

Sentido metafísico reflejado en la Catedral de Colonia

Ese sentido metafísico del alemán se encuentra expresado en la Catedral de Colonia.

La construcción casi que se restringe a las dos torres. El cuerpo del edificio, que en Notre-Dame es tan grande y explayado, en Colonia prácticamente no existe. Consiste apenas en un guion que une las dos torres. Estas suben vertiginosamente y están concebidas con la idea de emular entre sí y entrar por los ojos del hombre, llevando su espíritu hacia arriba. Son leves y delgadas, dentro del carácter sólido alemán – sobre el cual expondré dentro de poco – que no las abandona.

Para que vean el papel que cada una de esas torres representa para la otra, imaginen que existiese una sola torre. Ella se perdería, quedaría medio desequilibrada, coja. Por el contrario, las dos torres juntas como que se apoyan para subir. Y la altura total es compensada por la base.

Hay un punto invisible de equilibrio en ellas – una vez más digo: de carácter metafísico – que sobrevuela en el aire y constituye el punto de unión insospechado de las dos torres, que el espíritu concibe y la mirada no percibe. A medida que suben, las torres van afilándose insensiblemente y, en cierto momento, se transforman en conos altísimos.

¿Por qué se afilan? Para dar la idea de algo que sube.

Cuando la mirada recae sobre un objeto muy alto, se tiene la ilusión de óptica de que se va haciendo más delgado naturalmente. Los que concibieron la Catedral de Colonia, para acentuar la idea de elevación, fueron afilando sus torres, de manera que todo da la impresión de una altura que se pierde en los cielos. Tanto más cuanto una parte de ellas es hueca, está formada por un entramado. Quien ve una fotografía de cerca percibe fragmentos de cielo a través de ese entramado. Es decir, se trata de algo medio irreal, en parte del cielo, en parte de la tierra, en parte obra del hombre, en parte obra de Dios.

En el punto que da origen a la cúpula final, aún hay unas pequeñas puntas que también parecen acompañar el chorro que sube; no lo consiguen y mueren sobre sí mismas, pero con elegancia, con distinción. Todo es hecho para ir afilándose.

Se ve una ventana y un pequeño portal. También dos ventanas que representan del mismo modo dos ojivas y terminan en una gran ojiva, porque al fin y al cabo se trata de una ojiva que se pierde en el cielo.

Es una concepción completamente diferente de la Catedral de Notre-Dame, aunque legítima y que expresa un modo de ser del espíritu humano. Así como nos extasiamos con Notre-Dame, también debemos regocijarnos con Colonia. Dios creó a los hombres con características diferentes, y quiere que cada uno se exprese como Él lo creó y que uno comprenda al otro.

La fantasía del occidental y la del oriental

Hay otro aspecto muy bonito. Esa catedral no tiene nada de un minarete. En una mezquita musulmana, el minarete es aquella torre delgada desde lo alto de la cual canta un muecín. Casi diríamos que el viento la va a derrumbar. Con todo, el oriental se agrada al verla enfrentando el viento, como un sueño que fue concebido sin base en la tierra.

En Colonia, por el contrario, no existe la fantasía de Oriente. La catedral representa la fantasía del occidental, muy diferente. Se trata de algo sólido, de un mundo de piedras, de una base muy fuerte. Las torres, vigorosas, están clavadas en el piso hasta el momento en que se separan.

Así actúa el occidental, en particular en alemán, que es verdaderamente sólido: inclusive cuando sube a las más altas divagaciones, tiene los pies en la realidad.

Aquí está algo del espíritu católico cuando sopla en un alma alemana. Quiten la Religión Católica, y el alemán jamás dará en eso. Es decir, todos fuimos concebidos en pecado original y nosotros, menos la gracia, somos iguales a nada. De esa ecuación nadie se escapa.

El arte ojival explorado de un modo ideal

El genio de la Edad Media se expresa en todas esas bellezas, y la ojiva delgadita se presta justamente para eso. Se tiene entonces el arte ojival explorado en un sentido “idealístico”, por así decir, como no se encuentra en Notre-Dame. Es algo completamente diferente.

Sería necesario contemplar la belleza de la catedral in loco, con aves que levantan vuelo desde dentro de las torres y las campanas tocando. Da la impresión de que son pensamientos contenidos en la torre, los cuales se desprenden y vuelan por el cielo azul. ¡Es de una grandeza enorme!

1) Wilhelm Richard Wagner (*1813-†1883). Maestro, compositor, director de teatro y ensayista alemán.

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 (Revista Dr. Plinio, No. 273, diciembre de 2020, pp. 32-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 10/6/1968  Título del artículo en la Revista: Obra de los hombres y obra de Dios).

Last Updated on Monday, 07 December 2020 20:39